
No se trata, sin duda, de una panacea capaz de borrar de un plumazo las profundas desigualdades que atraviesan nuestras sociedades y amenazan la propia pervivencia de la democracia. Pero es una propuesta que pretende obturar una importante vía de agua en el sistema tributario: los multimillonarios no pagan impuestos sobre la renta. Nos referimos al tributo diseñado por el economista francés Gabriel Zucman para poner fin a esta anomalía, cuyas consecuencias son múltiples y a cuál más preocupante. Defendida por la izquierda, en particular desde el espacio socialdemócrata, la “tasa Zucman” fue aprobada por la Asamblea Nacional en febrero de 2025, antes de ser rechazada por el Senado unos meses más tarde. La propuesta tiene, sin embargo, el mérito de existir. No son razones técnicas las que impiden su aplicación, sino políticas: los multimillonarios no quieren pagar los impuestos que les corresponderían… y su riqueza les permite incidir en la opinión pública, monopolizando los medios de comunicación, y ejercer múltiples presiones sobre partidos e instituciones. Pero, el deterioro de los servicios públicos y las dificultades presupuestarias de los Estados no sólo siguen ahí, sino que se agravan en medio de la crisis climática, los impactos de las guerras en curso y las tensiones comerciales crecientes. Merece, pues, la pena interesarse por esta figura impositiva que tantas pasiones ha desatado en el país vecino.
“Como ocurrió cuando se votó a favor de implantar el impuesto sobre la renta a principios del siglo XX – escribe Zucman -, los detractores de esta medida predicen múltiples catástrofes, pero sus temores son infundados. El crecimiento y la innovación no se vieron aniquilados por el impuesto progresivo sobre la renta, sino todo lo contrario: desde 1914, la productividad se ha multiplicado por diez. Un impuesto mínimo a los ultrarricos no haría más que completar la revolución iniciada hace un siglo, sometiendo a las reglas comunes a las grandes fortunas que hoy escapan a ellas.” En efecto. Tal como han demostrado las investigaciones de Thomas Piketty, fueron las inversiones masivas en educación, salud pública e infraestructuras – inversiones posibles merced a la recaudación de impuestos -, las que permitieron el formidable crecimiento económico de las naciones industrializadas, a uno y otro lado del Atlántico, a lo largo de las tres primeras décadas de la posguerra. Luego, la revolución conservadora de Reagan y Thatcher iniciaría un largo período de reducción de impuestos a los más ricos… una reducción que nunca se tradujo, contrariamente a los augurios neoliberales, en mayores inversiones productivas, ni en un “goteo de la riqueza” sobre el conjunto de la sociedad, sino en el desarrollo hipertrófico de las finanzas, el crecimiento de las desigualdades y la zozobra de las clases medias.
Pero, ¿a quién nos referimos exactamente cuando hablamos de ultrarricos? ¿Y cómo sortean el sistema tributario? En un país como Francia, estaríamos hablando de una reducida franja de hogares fiscales cuyo patrimonio supera los 100 millones de euros. Pero cuya fortuna se incrementa de modo exponencial. Las quinientas familias más adineradas de Francia poseían, en 2024, más de 245 millones de euros de patrimonio cada una. En 1996, la riqueza de ese grupo ascendía, en su conjunto, a 80.000 millones de euros, el 6% del PIB de aquella época. En 2010 alcanzó los 241.000 millones de euros, es decir, el 12% del PIB. Pero es que, entre 2010 y 2024, el patrimonio de estos privilegiados se multiplicó por cinco, llegando a sumar 1.228 billones de euros… lo que equivalía ya al 42% del PIB. Más allá de los rasgos particulares de cada país, ésa ha sido la curva ascendente de las grandes fortunas en las metrópolis. “¿Cuándo cesará esta dinámica explosiva, antes de que termine socavando de forma irremediable nuestros ideales democráticos? – se pregunta Zucman – No resulta fácil estimar el punto de no retorno: nadie sabe con exactitud en qué momento la concentración de riqueza conduce a ese punto de inflexión que ha hundido a otras sociedades antes que la nuestra.” Las tensiones que se acumulan ante nuestros ojos hacen pensar que nos acercamos a ese punto crítico.
Pero, insistamos: ¿por qué los más ricos no pagan impuestos sobre la renta? “Porque pueden estructurar con facilidad su patrimonio de manera que éste no genere ingresos personales imponibles.” Frente a ellos, “todas las grandes categorías sociales pagan muchos impuestos. (…) En Francia, las clases populares – 26 millones de adultos – pagan en promedio alrededor del 45% de sus ingresos en impuestos y cotizaciones. El IVA y otros impuestos indirectos suponen para esos hogares una carga fiscal especialmente pesada. Luego, el tipo impositivo aumenta hasta alrededor del 50% para las clases medias, es decir, para las personas situadas entre la mediana y el 10% más rico, tramo en el que el impuesto progresivo sobre la renta y el impuesto sobre bienes inmuebles cobran mayor importancia. Por último, supera ligeramente el 50% en el caso del 10% más rico, que posee acciones de empresas y, por lo tanto, paga también el impuesto de sociedades aparte de los demás.” Pero, en la cúspide de la pirámide, todas esas figuras tributarias devienen muy poco relevantes.
Y es que, sin querer obviar el papel de los paraísos fiscales y el montante de activos que allí se desvían, las grandes fortunas no practican tanto la evasión fiscal como la elusión. Tal como está diseñada, la actual arquitectura tributaria convierte a nuestros países en auténticos paraísos fiscales para los ultrarricos. A diferencia de otras épocas, el grueso de su riqueza no se basa en el patrimonio inmobiliario, sino en las acciones de las valiosísimas empresas que poseen. Les afecta el impuesto de sociedades, cierto. Pero, el resto de figuras tributarias, agobiantes para muchos ciudadanos, apenas hacen mella en ese reducido segmento, pues “obtiene casi todos sus ingresos a través de holdings o sociedades de cartera (…) que actúan como pantalla fiscal: los ingresos que acumulan no están sujetos a impuestos. (…) Estas sociedades perciben los ingresos de los multimillonarios – dividendos en su mayor parte – en lugar de las personas físicas de carne y hueso. Los dividendos percibidos por las sociedades de cartera apenas están sujetos a cargas impositivas. En el caso francés, el 95% de estos dividendos, bajo ciertas condiciones que los ultrarricos cumplen fácilmente, están exentos del impuesto de sociedades; solo el 5% restante está sujeto a gravamen, lo que supone una imposición real del 1’25%. Mientras, un accionista medio deberá pagar un impuesto fijo del 30%.”
El resultado de todo ello es que los multimillonarios pagan globalmente, en proporción a sus ingresos, la mitad de impuestos que la media de sus conciudadanos. De ahí su continuo enriquecimiento. La cuestión no sólo reside en la “ingeniería financiera” que despliegan las grandes multinacionales para tributar en los países que les ofrecen un régimen fiscal más ventajoso – es el caso paradigmático de Irlanda -, a pesar de facturar en muchas otras partes. Ese entramado detrae ingresos fiscales derivados del impuesto de sociedades. Pero es que, además, los dueños de esas pujantes empresas no necesitan cobrar un sueldo, ni requieren disponer de una liquidez susceptible de imposición. (Pueden obtener en todo momento la liquidez que deseen, ya sea vendiendo acciones o mediante un crédito). Zucman evoca el caso de Jeff Bezos, el patrón de Amazon, que en una ocasión llegó a declarar unos ingresos nominales tan bajos que le hacían acreedor de ayudas familiares… prestaciones que, por cierto, recibió. El consumo de estas personas, por faraónico que sea a ojos de un ciudadano medio, representa una porción ridícula de sus ganancias. ¿Qué suponen, por ejemplo, unos gastos personales de 30 millones de euros al año para un magnate de la industria de lujo que percibe 3.000 millones en dividendos prácticamente libres de impuestos? Para una casta que representa apenas el 0,0002 % de la población, “el impuesto sobre la renta no es más que un mero gravamen sobre el consumo, un consumo que en sí mismo es ínfimo en comparación con los ingresos, mientras que, para la mayor parte de los contribuyentes, el impuesto sobre la renta grava todos los ingresos, ya sean consumidos o ahorrados.” Hablamos de una nueva aristocracia que se mueve en una realidad paralela a la sociedad. Y que no desea integrarse en ella. La “tasa Zucman” es justamente un intento de hacer que vuelva al redil.
La proposición establece un nuevo principio fiscal: en el caso de las personas inmensamente ricas – entendiendo por tales aquellas cuya fortuna ascendiera a 100 millones o más –, la imposición como persona física no debería caer por debajo de un mínimo irreductible del 2% sobre su patrimonio. La tasa funciona como una contribución diferencial: sólo se aplicaría si el importe de los impuestos pagados como persona física fuese inferior al 2% del patrimonio en su conjunto, “en cuyo caso las personas concernidas deberían pagar la diferencia para llegar a dicho mínimo.” Aun así, según los cálculos del Observatorio Fiscal de la UE, una medida de este tipo permitiría recaudar entre 300.000 y 380.000 millones de dólares a escala mundial y unos 67.000 millones de euros en Europa. Naturalmente, la cuantía de esas cifras es objeto de controversia entre partidarios y detractores de la tasa. No obstante, en cualquier estimación, se trataría de unos ingresos fiscales muy significativos.
Pero, por encima incluso de esa aportación, hoy escamoteada a las arcas públicas, se estaría restableciendo el principio democrático de igualdad ante los impuestos. “La tasa del 2% – insiste Zucman – no se ha elegido al azar: es la que permitiría eliminar la regresividad del sistema fiscal actual. Para los multimillonarios, la tasa de rendimiento de las fortunas asciende de media a un 6% anual. Una contribución irreductible igual al 2% del patrimonio reduciría dicho rendimiento en un tercio, de tal modo que, de media, equivaldría a un impuesto sobre la renta del 33%. Si a ello se suma el impuesto de sociedades que los ultrarricos pagan a través de las empresas que poseen, su tipo impositivo total ascendería al 50-55 %.” Más o menos lo que paga el contribuyente medio.
Por lo que se refiere a la habitual objeción acerca del riesgo de exilio fiscal de las grandes fortunas, hay que decir que nada impide que, por ley, se establezca que los contribuyentes sujetos a esa tasa deberán seguir pagándola hasta cinco o diez años después de su partida. O que se arbitre otra fórmula de reducción progresiva en el tiempo. “Lo que no tiene justificación alguna es que el impuesto se reduzca inmediatamente a cero: si una persona se ha hecho multimillonaria, se debe en gran parte a la educación que ha recibido, a los servicios sanitarios de los que se ha beneficiado, a las infraestructuras y servicios públicos que han permitido a su empresa desarrollarse, a las sumas que la administración ha dedicado a garantizar la seguridad de sus propiedades. No existe ningún derecho natural a exiliarse una vez que se ha amasado una fortuna.”
En la actual coyuntura, la justicia fiscal adquiere una relevancia política decisiva. Sin los recursos necesarios, ningún gobierno podrá afrontar los retos inherentes a la transición ecológica o al mantenimiento de un Estado del Bienestar cuyo deterioro socava la confianza ciudadana en la democracia. El restablecimiento de una auténtica progresividad fiscal – que las exenciones de la época neoliberal han erosionado también -, la lucha por establecer una tributación acorde con los beneficios extraordinarios que las crisis geopolíticas permiten realizar a grandes corporaciones o una fiscalidad disuasoria de la especulación en materia de vivienda, deben formar parte de un programa de izquierdas para el próximo período. También medidas como la que propone Gabriel Zucman, tanto por su alcance práctico como por el mensaje inequívoco que envía: “Los multimillonarios no pueden salir de la sociedad: deben participar en la solidaridad nacional. Una inmensa fortuna, genere o no ingresos, confiere siempre un inmenso poder, sobre el que los poderes públicos deben ejercer su autoridad. La fortuna nunca es virtual.” He aquí la revolución que debemos culminar.
Lluís Rabell
27/08/2026