La pinza

               El pasado 8 de julio, la Fundación Internacional Olof Palme organizó en la Barcelona School of Management un interesante seminario sobre geopolítica en torno a la noción de “seguridad común compartida”. Era el primer acto de una nueva singladura, tras la muerte de Anna Balletbó, durante muchos años auténtica alma máter de la Fundación. La reflexión, nutrida por un excelente plantel de ponentes, no podía ser más oportuna. Europa atraviesa una situación compleja y está llamada a afrontar disyuntivas trascendentes. La ciudadanía no siempre es consciente de ello.

               En España, por ejemplo, la guerra de Ucrania se antoja un conflicto lejano. La causa de Kiev, que se defiende de la agresión rusa, suscita sin duda simpatías en la opinión pública. Pero, al cabo, se percibe como un acontecimiento que tendría poca relación con nuestras vidas. Y eso no es cierto. Ni fáctica, ni políticamente hablando. El Kremlin está librando una contienda sangrienta en las planicies de Ucrania… al tiempo que una guerra híbrida contra el resto de Europa. En Finlandia, en Polonia, en los países nórdicos o las repúblicas bálticas, al alcance de incursiones de drones y violaciones del espacio aéreo, la amenaza rusa es percibida con gran intensidad. “Desde el flanco oriental, consideran que el despreocupado pacifismo que a veces exhiben los países del sur es un lujo”, apuntaba en el curso del coloquio la investigadora Carme Colomina. Un lujo basado en la ilusión de que la distancia geográfica nos mantendría a buen resguardo. En realidad, las operaciones de espionaje, los sabotajes, las campañas de intoxicación en redes, los ataques cibernéticos, son constantes. También aquí.

La guerra es la prosecución de la política por otros medios. Y la política exterior una prolongación de la política interna. La guerra y el expansionismo juegan un papel consustancial al mantenimiento del régimen autocrático ruso, a su exaltación nacionalista. Desde ese punto de vista, Ucrania no es sólo el objeto de un deseo imperialista, nostálgico de las antiguas fronteras zaristas. La incorporación a la Europa democrática de una nación estrechamente imbricada en la historia de Rusia se vive, por parte del poder autoritario que la gobierna con mano de hierro, como un riesgo de contagio. Más allá del intento de expandir su “zona de influencia”, Putin está librando un combate existencial contra las democracias liberales “decadentes”. Y eso nos concierne de lleno.

Los cálculos de la inteligencia militar rusa erraron en muchas cosas al considerar que la invasión de Ucrania iba a ser una guerra relámpago. Pero partían de un marco global cierto: Estados Unidos, potencia valedora de la defensa europea, ya había desplazado – desde la presidencia de Obama – el foco de sus preocupaciones hacia el Pacífico, con la mirada puesta en el ascenso de China. Un giro estratégico de ese calado no puede hacerse efectivo de la noche a la mañana. Pero es evidente que, en medio de sus incesantes vaivenes y bravuconadas, Trump ha acelerado el ritmo, poniendo bajo tensión a la OTAN. Su caótica presidencia representa la preeminencia de una nueva élite de tecno-oligarcas, estrechamente vinculada al complejo militar-industrial, hostil a las constricciones de la democracia y, en particular, a las regulaciones de la UE. Cuando Peter Thiel, gurú de Silicon Valley, reclama una “libertad” que juzga incompatible con la democracia, parece invocar la vieja “libertas” romana: el libre albedrío reservado a la nobleza. Esa es la “República Tecnológica” a la que aspiran. He aquí, pues, que el enemigo declarado del proyecto europeo y su histórico aliado le están haciendo una pinza. No sólo la seguridad, sino también el modelo social europeo construido desde la posguerra, están en el punto de mira.

Si en algo coinciden Trump, Putin y Xi Jinping es en su ferviente deseo de una Europa fragmentada. Washington quiere Estados vasallos. Moscú, unos aliados divididos. Pequín, un mercado poroso y accesible. Todos fueron en su día partidarios del Brexit. Hoy, la presión combinada de estos actores globales se conjuga, en todos los países, con el ascenso de la extrema derecha y el deslizamiento de las derechas tradicionales hacia sus tesis. La tentación de buscar salidas nacionales a las amenazas e incertidumbres que nos envuelven está a la orden del día.

Desde ese punto de vista, el caso de Alemania – pilar, junto con Francia del proyecto europeo – es emblemático. Durante años, Alemania ha tenido un papel preponderante en Europa merced a la combinación de tres factores: una cobertura estratégica íntegramente asumida por Estados Unidos, una poderosa industria que se beneficiaba del gas ruso… y un mercado chino que absorbía buena parte de las exportaciones germanas. En poco tiempo, todo eso ha cambiado. Con la guerra de Ucrania, se acabó el gas. China ha pasado de ser cliente a convertirse en competidor directo, en particular en el dominio del automóvil. El ecosistema productivo alemán, formado en la cultura del motor térmico, va dando traspiés mientras trata de situarse en la onda de la electrificación. Señal inequívoca de las dificultades que se avecinan, Volkswagen contempla la supresión de 100.000 empleos y el cierre de varias factorías en los próximos años. Ni que decir tiene que los sindicatos están ya en pie de guerra.

Pero es en el ámbito de la defensa donde se ha producido el giro más espectacular. Alemania ha entrado de lleno en una fase de rearme. El anterior canciller, el socialdemócrata Olaf Scholz, constituyó un fondo especial de 100.000 millones de euros para modernizar la Bundeswehr. En marzo del año pasado, Alemania revisó su Constitución para poder financiar sus gastos militares recurriendo al endeudamiento. El actual canciller conservador, Friedrich Merz, propone elevar el gasto en defensa hasta el 3’5% del PIB de aquí a 2029. La ambición declarada es la de constituir el ejército convencional más poderoso de Europa. No pocos países – en el norte, pero sobre todo en Europa central – contemplan esa carrera armamentista como una fuerza tractora para sus respectivas industrias y economías. Muy probablemente también, la propia burguesía alemana vea en esa apuesta una vía de compensación ante sus dificultades en los mercados mundiales.

Pero la nueva política de Berlín genera también vivas inquietudes en otras capitales. “Le Monde” (9/07/2026) se hacía eco de ello hace unos días: “Esas ambiciones militares, conjugadas con el progreso de Alianza por Alemania, despiertan viejos temores. ‘El ascenso de la extrema derecha alemana, que quiere aproximarse a Rusia, combinado con el creciente poderío militar germano, es percibido en Varsovia como una amenaza real para el orden europeo a medio o largo plazo’, dice Marek Swierczynski, especialista en temas de defensa.” Esa dinámica convertiría a Alemania en referencia continental en materia de defensa a ojos de Washington… y la alejaría de la cooperación con sus socios de la UE. La colaboración con Francia ya se está resintiendo. Distintos proyectos conjuntos – el avión de combate SCAF, la nueva generación de helicópteros Tigre o la construcción de patrulleras de vigilancia naval – se han ido ya al traste. Y Berlín amaga ahora con desarrollar su propia red de comunicaciones, sembrando la duda acerca del proyecto europeo Iris.

En el cambio de época que vivimos, la deriva alemana encierra muchos peligros. En los debates del seminario, el catedrático de Ciencias Políticas de la UB, Rafael Martínez, insistía sobre la vigencia del pensamiento de Olof Palme, para quien era necesario conjugar un sistema de defensa dotado de capacidad disuasoria efectiva con un Estado del Bienestar que garantizase cohesión social y progreso. La vía “nacional”, incluso en el caso de una economía tan desarrollada como la alemana, no permite responder a ninguna de esas dos exigencias. Por mucho que desarrolle unas fuerzas armadas convencionales, Alemania tendrá siempre un déficit estratégico: la necesidad de contar con una capacidad disuasoria nuclear… que sólo puede obtener bajo el paraguas americano o a través de un dispositivo europeo que incluya la “force de frappe” francesa. Pero es que, por otro lado, el sobreesfuerzo inversor en defensa podría llevar a severas restricciones presupuestarias en materia social y en políticas de transición ecológica. Es dudoso que el crecimiento en la producción de armamento llegase a compensar las pérdidas de empleo que se anuncian en la industria civil. Sin contar con que el “resarcimiento” a través de la producción de “mercancías” bélicas – que sólo pueden adquirir los Estados – favorecería las tendencias inflacionistas de la economía, complicando aún más las cosas.

Tampoco se trata de hacer cábalas acerca del comportamiento de Putin. Sin embargo, en círculos militares europeos se estima que, en torno a 2029, Rusia reuniría las capacidades armamentísticas necesarias para emprender una operación de envergadura contra un país vecino. El atasco del ejército ruso en Ucrania, podría, en efecto, llevar al Kremlin a plantearse escalar el conflicto: doblar la apuesta antes que admitir el fracaso. En cualquier caso, Europa tiene un problema de seguridad… y tiene por delante enormes desafíos económicos, sociales y medioambientales. Sólo es posible resolverlos por la vía de la integración política europea. Así lo han entendido la Unión de Federalistas Europeos, los Jóvenes Federalistas Europeos, el Grupo Spinelli y el Comité de Acción por los Estados Unidos de Europa, que acaban de lanzar una petición dirigida al Consejo Europeo para que active simultáneamente dos disposiciones del Tratado de la UE, recogidas en sus artículos 42 y 48. “La petición solicita una Defensa común europea basada en capacidades compartidas, un mando estratégico común, así como instrumentos eficaces de seguridad colectiva, y una Unión Política Federal, que emprenda la reforma del Tratado a fin de acabar con el veto, reforzar la rendición de cuentas mediante un mayor empoderamiento del Parlamento europeo y hacer una UE más resiliente, capaz de ofrecer bienes públicos europeos mediante la transformación de su presupuesto en un sentido federal.” (“El Triangle”, 10/07/2026).

A nadie se le oculta la dificultad de la tarea. La construcción de un sistema de defensa común, hoy más urgente que nunca, ha chocado siempre con enormes reticencias. Empezando, como lo subrayaba igualmente Rafael Martínez, por la indefinición acerca de cuál debería ser su doctrina, su estructura operativa o el grado de integración de los ejércitos existentes. En la actual coyuntura, con formaciones nacional-populistas en ascenso – e incluso llamando a las puertas del poder en países tan determinantes como Francia -, los obstáculos serán aún mayores. Razón de más para que la izquierda europea coordine y redoble sus esfuerzos, promoviendo aquel binomio que sustentaba el pacifismo militante y el humanismo de Olof Palme: disuasión y Estado del Bienestar.

Lluís Rabell

10/07/2026

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