¿Qué hicisteis aquel verano?

               “El deber de memoria es transfronterizo. Aquello que nosotros, franceses, quisimos para nuestros primos del otro lado del Canal de la Mancha nos define en el arco político hexagonal.” Es la certera reflexión de Alain Frachon, colaborador de “Le Monde”, cuando se cumplen diez años de la celebración del referéndum que decidió la salida de Gran Bretaña de la UE. El brexit y sus amargas lecciones siguen interpelándonos. Pero no sólo como una experiencia británica con grandes repercusiones. Las posiciones que cada corriente política adoptó entonces se proyectan sobre los postulados que hoy defiende y permiten entenderlos mejor. Eso es cierto en Francia, pero también por estos lares.

               “¿De qué lado estabais cuando se produjo el psicodrama del 23 de junio de 2016? He aquí la pregunta que convendría hacer a quienes serán candidatos al Elíseo en la primavera de 2017. Incluso si su respuesta ha variado a lo largo de estos años, sigue siendo definitoria de su identidad política. Prefigura una manera de gobernar Francia. Hubo dos personalidades favorables al brexit: Marine Le Pen, entonces presidenta del Frente Nacional (…) y Jean-Luc Mélenchon, líder de la Francia Insumisa (LFI). La primera, en nombre de la “soberanía” del país; el segundo porque el brexit propinaba un golpe a la Europa liberal.” En estos momentos, ante el fracaso palmario del camino emprendido por el Reino Unido, pocos se atreverían a reivindicar aquella decisión. Sin embargo, por parte de esos actores… sigue sin haber un balance de fondo de aquella aventura, ni un cuestionamiento de los criterios políticos que los llevaron a ensalzarla.

               Hay dos razones que explican esta actitud. La primera es el apego al populismo como método político. El brexit fue el primer experimento a gran escala de este fenómeno, anticipando el primer mandato de Trump. La ira de la Inglaterra desindustrializada y los miedos de las clases medias fueron amalgamados en torno a la ensoñación del retorno a un pasado glorioso y soliviantados contra “las élites europeas”, causantes de todos los males nacionales. El brexit supuso el triunfo de la emotividad desbordada – terreno favorable a las mentiras y la demagogia – frente a la razón y las evidencias. Marine Le Pen lo celebraba en estos términos: “El pueblo británico acaba de recuperar su libertad como pueblo. Es posible salir de la UE y ser una nación libre y soberana. Ni la UE ni el euro son irreversibles. La UE es la piedra angular de todas las crisis que conocemos.” Desde luego, la extrema derecha francesa no se atrevería a proponer hoy una salida de la Unión. Pero sí un frenazo al proceso de integración europea en nombre de los (supuestos) intereses supremos de Francia.

               El brexit ha demostrado que la búsqueda de la soberanía nacional por la vía de la ruptura, lejos de revivir grandezas pretéritas, no ha hecho sino acelerar la decadencia. Aquella orgullosa soberanía era, simplemente, el reflejo de una posición imperial que nunca podrá recuperar el Reino Unido. La globalización neoliberal asignó un lugar subalterno a las viejas potencias industriales venidas a menos. El único camino por el cual es posible alcanzar un grado deseable de bienestar y de cohesión social en el seno de estas naciones pasa, justamente, por una cesión de su soberanía. Es decir, por unos niveles cada vez más avanzados de cooperación, de decisiones y proyectos compartidos con otros países, empezando por los del entorno más inmediato. Ninguno de ellos tiene un peso determinante en la “economía mundo”. Ninguno puede, por separado, afrontar los retos que plantean la crisis climática, la confrontación estratégica sino-americana – con su secuela de conflictos armados -, las ambiciones distópicas de las grandes corporaciones tecnológicas o la gestión de los grandes movimientos migratorios que marcarán con su impronta el siglo XXI.

Pero, si la política tiene sus razones – marcadas por la urgencia -, no siempre su lógica es razonable a medio y largo plazo. Por mucho que el fiasco del brexit o el impacto de la canícula aporten un rotundo desmentido a sus promesas – como al obtuso negacionismo climático -, la extrema derecha sigue aferrada al discurso polarizador como estrategia para la conquista del poder. Sabe que las incertidumbres y los resentimientos son muy agudos. Y que demandan respuestas inmediatas. Adecuadamente exacerbadas, esas emociones oscurecen la percepción de la realidad, transformándose en combustible electoral. Una parte de la izquierda ha recurrido también al populismo, tratando de agregar múltiples descontentos sociales contra “los de arriba”, desde la convicción de que la clase trabajadora, debilitada por las políticas liberales, había desparecido como el sujeto histórico. En España o en América Latina, los éxitos del populismo de izquierdas han resultado efímeros. Por el contrario, en manos de la ultraderecha y sus poderosos apoyos, ese método se revela muy eficaz para debilitar las instituciones democráticas, desarbolar la intermediación y fomentar las guerras de pobres contra pobres.  

La segunda razón que lleva a quienes fueron partidarios del brexit a rehuir cualquier balance es la fuerza que conserva la ilusión nacionalista. La construcción europea atraviesa por ello un momento crítico. Si, como recuerda Alain Frachon“el brexit fue en su día la opción de PutinTrump y Xi Jinping, el colapso del proyecto europeo es hoy su deseo compartido. Y, su presión conjugada se hace sentir en todas las capitales del viejo continente. Nadie se plantea desandar el camino del mercado único y del euro, pero la tentación del “sálvese quien pueda” empieza aflorar por doquier. Las señales son claras e inquietantes. Alemania exige una drástica reducción de su contribución a unos presupuestos comunitarios en franca regresión. La idea de compensar tal retracción a través de una mayor imposición tributaria a las corporaciones tecnológicas choca, no sólo con la oposición de Estados Unidos, sino con los intereses particulares de países como Irlanda, que dispensan un provechoso trato de favor a esas compañías. Los llamados “países frugales” vuelven a entonar sus conocidos sermones rigoristas, dirigidos a los “dispendiosos” socios del Sur. Y mientras se incrementan las compras de armamento – americano – en detrimento del gasto social y de las políticas de transición ecológica, las exigencias de los industriales germanos y franceses dan al traste con proyectos mancomunados de defensa que hubiesen permitido avanzar en la autonomía europea y practicar economías de escala. El reciente voto, en el Parlamento de Estrasburgo, de una vergonzosa política de extradición que criminaliza a migrantes y demandantes de asilo, da la medida de la influencia lograda por la retórica del “gran reemplazo” y la “prioridad nacional”.

Esa narrativa envenenada, que estaba en el corazón del brexit, ha engendrado las explosiones de violencia racial que hemos visto en Inglaterra y en Irlanda del Norte. La emigración, en medio de crecientes dificultades, seguirá llegando a Gran Bretaña y al resto de Europa, porque así lo demandan sus economías. Pero el discurso de la extrema derecha pretende crear un marco de división social favorable a una sobreexplotación de la clase trabajadora en su conjunto. Un marco que imprime igualmente una deriva autoritaria a los Estados, en la medida que reformula en términos étnicos, de origen cultural o de adscripción religiosa, el perímetro de la ciudadanía. La extrema derecha expresa, en términos políticos e ideológicos, los espasmos de un capitalismo que querría resistir a las acometidas del mundo, adosado a una matriz que no da más de sí. Tal es la funcionalidad y la amenaza del nacionalismo, esa “inflamación del sentimiento nacional” que denostaba Isaiah Berlin.

En una reciente crónica (“Le Monde”, 5/07/2026), el articulista Philippe Bernard llamaba la atención acerca de una realidad, plenamente asentada en Francia, pero de la que no estamos lejos en España: nuestros países son ya sociedades posmigratorias“La diversidad no es un eslogan, sino una realidad viva y compleja que escapa al mismo tiempo a la lógica del comunitarismo y al esquema de la asimilación.” En el país vecino, uno de cada tres ciudadanos tiene un padre o un abuelo inmigrante. Aquí también, ante nuestros ojos, está surgiendo un nuevo país, que tiende a integrar – sin desdibujarlos – orígenes muy variados en una cultura nacional y un proyecto de convivencia abiertos. La extrema derecha se revuelve contra ese proceso y emponzoña la atmósfera mezclando dos cuestiones distintas: “El control de los flujos migratorios y la gestión de la diversidad de la población desde el punto de vista de la vivienda, la escuela o la promoción social.”

En efecto. Mientras que, desde la derecha, se endurecen las políticas migratorias para enmascarar los déficits de la integración (el crecimiento de la población exige redimensionar los servicios públicos y atender a la complejidad cultural), desde una franja de la izquierda se ha celebrado la diversidad, rehuyendo la problemática de regular de un modo adecuado los flujos migratorios e ignorando las tensiones que podían suscitar. La izquierda radical francesa, la misma que concebía el brexit como una suerte de revuelta popular contra la nomenklatura de Bruselas promueve la idea de “una nueva Francia”. Esa noción, “al principio exclusivamente asociada a la población de origen migrante que LFI quiere seducir, pero presentada como si se refiriese a ‘toda Francia’, se presenta cargada de ambigüedad y ‘racializada’, en un intento por fijar en la opinión pública la perspectiva de un duelo inevitable con el RN en las próximas elecciones presidenciales. (…) Corresponde a una izquierda universalista reinventar la promesa de ‘vivir juntos’, de hacer de la diversidad un motivo de orgullo, sin concesión alguna a quienes siembran el odio, pero sin ingenuidad a propósito de los obstáculos que habrá que salvar.”

¡Cuidado, pues! Las maneras polarizadoras galvanizan a los bandos enfrentados y pueden antojarse una buena estrategia de movilización. Pero instalan un juego de suma cero que resquebraja la unidad civil y evacúa la complejidad. El referéndum británico certificó el fiasco de los métodos plebiscitarios para zanjar una cuestión que, de haberse planteado seria y responsablemente, hubiese requerido un amplio proceso deliberativo, propuestas claras en cuanto a las distintas alternativas y sus consecuencias, así como un marco decisorio sereno, alejado de la vociferación callejera. A una escala mucho más modesta, pero con innegables paralelismos, el “procés” nos ilustró al respecto. Efectivamente, no está de más recordar qué hicimos aquel verano. Y qué hemos aprendido.

Lluís Rabell

7/07/2026   

Deixa un comentari