
La publicación del llamado “Manifiesto Palantir” ha causado un gran revuelo a escala internacional, suscitando numerosos análisis y reacciones ante la osada declaración de intenciones de dicho texto. Y no es para menos. El Manifiesto en cuestión es en realidad un resumen, articulado en veintidós tesis, de un libro reciente y que ha alcanzado una gran difusión: “La República tecnológica”, de Alex Karp, cofundador y director ejecutivo de Palantir Technologies, una de las mayores y más influyentes corporaciones de este sector, especializada en el desarrollo y aplicación de la inteligencia artificial. Es esta empresa la que abastece en IA militar a los sistemas de defensa del Pentágono. También diseña los dispositivos de control y vigilancia de muchas otras agencias gubernamentales – como el tristemente famoso ICE, conocido por su cruel asedio de la población migrante. Sin ir más lejos, fueron los algoritmos de Palantir los que definieron, dieron las órdenes ejecutivas y guiaron el bombardeo de más de dos mil objetivos durante la primera noche de ataques contra Irán, evaluando sus impactos en tiempo real merced al cruce instantáneo de un ingente volumen de datos y observaciones de satélites. En esa oleada inicial se alcanzaron más blancos de los que Estados Unidos ejecutó a lo largo de seis meses durante la guerra en Siria. Unas cifras que dan la medida de la temible eficiencia de los dispositivos desarrollados por la plataforma… y, al mismo tiempo, ponen de relieve – retengamos ese dato – los límites de la IA, incapaz de “pensar” estratégicamente, de imaginar una guerra asimétrica como la que está librando Irán, militarmente inferior a sus enemigos, pero en disposición de perturbar la economía mundial desde el estrecho de Ormuz. La IA, acumulando sin cesar capas y más capas de información, incorpora con ellas los sesgos, prejuicios y percepciones de los humanos que diseñan y validan sus enrevesados algoritmos. Son ellos quienes hacen temible la tecnología. Efectivamente, “no debemos temer a los robots, debemos temer al capitalismo”.
Pero, ¿por qué es tan importante ese documento de uno de los magnates de Silicon Valley? Por dos razones. En primer lugar, porque expresa la voluntad y los planes de la élite que define justamente la última mutación del capitalismo, surgida como un alien de las entrañas de la globalización neoliberal y encarnada por un puñado de ultrarricos que se siente con suficiente poder como para marcar el rumbo de Estados Unidos y dibujar un nuevo orden imperial. Y porque el mundo que conciben es, literalmente, una distopía reaccionaria, una regresión civilizatoria que sumiría a la humanidad en la violencia permanente y el caos. Esa distopía, inimaginable hace apenas unos años, está ya en marcha, podemos identificar sus contornos y el curso que pretende seguir. Es la senda de lo que la filósofa Donatella Di Cesare ha dado en llamar, a falta quizás de un término más preciso que aún no hemos hallado, el tecnofascismo. Hay quien habla de “tecno-autoritarismo” o incluso de “feudalismo tecnológico”. Nos faltan las palabras para aprehender plenamente un fenómeno novedoso y complejo. No obstante, el término acuñado por la pensadora italiana resulta más esclarecedor. Por supuesto, no nos encontramos ante un movimiento idéntico al fascismo que conoció Europa en los años treinta, con sus desfiles militares y su acometida directa contra las instituciones democráticas. Aunque no hay que descartar que hechos similares se produzcan – Trump ya lanzó sus huestes al asalto del Capitolio en 2021 -, no es ese el modelo que propone Palantir… aunque la senda que esboza el Manifiesto no resulta menos radical desde el punto de vista de la destrucción de la democracia liberal y del aplastamiento de la sociedad civil. Y esa radicalidad lo emparienta indiscutiblemente con el fascismo.
El Manifiesto concibe un doble movimiento: por un lado, la captura del Estado nacional por parte de las corporaciones tecnológicas y, por otro, la contracción del demos, de la comunidad que legitima y fundamenta ese Estado. La mayoría de los análisis críticos se han centrado en lo primero – de por sí, suficientemente aterrador. Pero es necesario captar el fenómeno en su totalidad. Contrariamente a quienes, durante los años de la globalización, teorizaron el desapego territorial de las grandes corporaciones en favor de inasibles redes transnacionales, la realidad es que esos gigantes empresariales permanecen firmemente adosados a los Estados y necesitan de ellos. El desarrollo de las industrias tecnológicas de Silicon Valley hubiese sido imposible sin la aportación inicial del complejo militar. Como recordaba hace unos días, Joseph Stiglitz, Nobel de Economía, esos pretenciosos gurús de la innovación han inventado mucho menos de lo que pretenden – empezando por Internet – y copiado y explotado mucho más de lo quisieran que se recordase. El 52% del negocio de Palantir, sin ir más lejos, procede de contratos con la administración, es dinero público. Algo que, desde luego, no ruboriza en absoluto a estos ultraliberales.
Pero ahora estamos ante un salto de escala y un cambio cualitativo. Ya no se trata de beneficiarse del Estado, sino de formatearlo, de remodelarlo, de tomar las riendas de su destino y – puesto que hablamos de Estados Unidos – ni más ni menos que de definir el orden geopolítico mundial bajo un renovado dominio imperial americano. Un dominio basado, no ya en su armamento nuclear, sino en la capacidad de anticipación, control e intervención a todos los niveles sobre sus rivales; una capacidad derivada de la primacía en materia de IA. El nivel de riqueza y poder acumulado por esta élite hace que semejantes delirios estén pasando ya de la ensoñación a la realidad. Las agencias estatales, empezando por el Departamento de Defensa, devienen absolutamente dependientes de las plataformas que, cada vez más, rigen sus funciones. Cuantos más datos engullen los algoritmos, más difícil – por no decir inviable – se torna la migración a otro sistema.
Estamos ante la angustiada reacción de un imperio que se siente amenazado en su otrora indiscutida hegemonía planetaria por la emergencia de China y el despertar del Sur Global. Se trata de una reacción que refleja un temor existencial. De ahí su virulencia.. “La libertad es incompatible con la democracia”, declara sin ambages Peter Thiel, el otro gran socio de Palantir. El Manifiesto permite entender que se trata de algo más que de barrer las normas, regulaciones o constricciones que pudieran limitar los negocios de las empresas tecnológicas. En la medida que sus dueños se sienten llamados a pilotar un imperio, el Estado debe adecuarse al combate que se avecina. La IA no es un mero instrumento, sino una fuerza vertebradora y definitoria. La administración debe ser purgada según criterios de eficiencia empresarial. Las funciones sociales devienen un lastre del que urge desembarazarse. Los contrapesos y la fiscalización del poder ejecutivo, un estorbo ante la necesidad de una actuación enérgica y vertical del poder. Puede entenderse incluso la alusión velada a hacer la vista gorda ante los desmanes privados de los líderes políticos más “capacitados”: que a nadie se le ocurra buscarle las cosquillas a Trump por insignificantes minucias como sus compadreos orgiásticos con Epstein. Quienes han sido llamados a regir los destinos de los mortales bien pueden gozar del desenfreno de los dioses. Palantir proyecta así el futuro de un mundo sumido en la arbitrariedad, la violencia perpetua y el retroceso de la civilización. La más alta sofisticación tecnológica entrelazada con el oscurantismo y la barbarie. Nadie puede decir que ésta sea la última transformación a la que vayamos a asistir – el capitalismo ha tenido muchas vidas –, pero estamos sin duda ante su más acabada expresión de senilidad y parasitismo, ante la renuncia cínica y nihilista a imaginar siquiera una vaga promesa de progreso para la humanidad. Hablan los profetas y hacedores de una época caótica y oscura. Pero no son señores feudales, por mucho que su brutalidad nos recuerde tiempos pasados: son los máximos exponentes del capitalismo contemporáneo y de su irremediable decadencia.
Sin embargo, la República tecnológica sería inviable sin socavar los cimientos de la democracia. El cuestionamiento de la soberanía de los Estados nacionales bajo la globalización ha suscitado manifestaciones de nacionalismo exacerbado. Hasta el punto de poner en tela de juicio la comunidad sobre la que se asientan esos Estados y sus instituciones. El declive de la nación soberana propicia regurgitaciones tribales. “Por eso prefiero utilizar el término etnocracia para referirme a la gestión neototalitaria de los pueblos – escribe Donatella Di Cesare -. Con este neologismo aludo a la reducción sistemática del demos, es decir, del pueblo como comunidad no definida, a un ethnos, esto es, a una comunidad definida en función de unos antepasados comunes. De este modo se establece el dominio de un supuesto núcleo étnico sobre el resto del pueblo, un resto que, según las circunstancias, puede ser objeto de tratos distintos, más o menos tolerantes, más o menos violentos.” De la democracia a la etnocracia. El racismo de nuestros días evita, al contrario del nazismo, cualquier referencia a la biología – aunque ese substrato rezuma por todos los poros de los discursos pretendidamente asépticos acerca del “choque entre civilizaciones”. No en vano el Manifiesto de Palantir afirma la preeminencia, la superioridad natural de la “cultura occidental” – léase “blanca” –, de la que sería portador el renovado imperio, frente al resto.
Y esa es la estela que siguen todos los movimientos de extrema derecha. “El intento (…) de naturalizar el pueblo introduciéndolo en un esquema étnico es uno de los pilares del proyecto político de la nueva derecha, desde Rassemblement National hasta Fratelli d’Italia.” A pesar de las constantes invocaciones de la soberanía nacional, no nos hallamos ante un resurgir del nacionalismo tradicional, sino más bien ante su estertor. La ilusión soberanista ha sido barrida por las inextricables interdependencias de la economía-mundo. Lo que escuchamos son, en realidad, las voces atemorizadas de amplios sectores sociales sumidos en la incertidumbre ante la vorágine del siglo. “El objetivo no es la restauración – a todas luces quimérica – del viejo Estado nacional, sino la remodelación biopolítica de la comunidad, que debe ser homogénea y firme desde el punto de vista de la pertenencia étnica, ya sea para evitar integrarse en formaciones posteriores y más amplias, como el proyecto europeo, o para contrarrestar el torbellino de los cambios globales.” Esa remodelación de los Estados en clave étnica es funcional a la relación de vasallaje que el imperio pretende imponer a los países europeos. Incluso la OTAN se antoja un marco excesivamente encorsetado en la medida que se trata de una “alianza”. La UE es el Anticristo que Peter Thiel querría exorcizar. El Manifiesto plantea en ese sentido que, tras la Segunda Guerra mundial, Alemania y Japón recibieron un castigo excesivo. El rearme de estas potencias, bajo la égida de los señores de la IA y un desplazamiento del poder hacia la extrema derecha, se inscribe de este modo en la articulación de los dispositivos de la República tecnológica en su pugna por la hegemonía mundial.
“No es casualidad – concluye Di Cesare – que el emblema de la ideología etnocrática sea el trumpismo, en el que se condensa el Zeitgeist, el espíritu de nuestro tiempo. (…) Muros, fronteras y promesas de protección. Contando con el respaldo de los supremacistas blancos, apela al corazón de las tinieblas de la América ancestral para marginar a las minorías, resaltar los límites, discriminar. Con él, la democracia estadounidense se convierte en una democracia inmunitaria, mientras la política se reduce a un proceso de descontaminación.” Tampoco es casualidad que surja ahora en España la controversia acerca de la “prioridad nacional”. (Vox no ha hecho más que recuperar un tema introducido en su día por Le Pen en la agenda política francesa, inicialmente formulado – quizás con prematura sinceridad – como “preferencia nacional”).
La “prioridad”, establecida en los pactos de gobernanza autonómica de Extremadura y Aragón, debe ser considerada más allá de su escasa viabilidad práctica en lo inmediato. Así mismo, la sonada introducción del tema en el debate político trasciende los cálculos tácticos de Vox y los apuros de un PP que se siente asediado y desbordado por su derecha. En lo confuso – y sujeto a múltiples interpretaciones – del término reside justamente su inquietante toxicidad. Porque se trata de la apertura de una ventana de Overton. Aquello que resultaba innombrable – la violación de un sólido principio constitucional de igualdad – ha sido dicho con desparpajo. Es el inicio de un proceso a través del cual la idea podría pasar, tras la conmoción inicial, a ser socialmente admitida como una opinión legítima… llegando, al cabo, a ser percibida como una emanación del sentido común e incluso como una imperiosa necesidad. A través de la “prioridad” se plantea el interrogante sobre los contornos de la nación, de la comunidad. ¿Quién y en base a qué los define? Sílvia Orriols, líder de Aliança Catalana, dice que, para ser considerado catalán, “no basta con haber nacido, vivir y trabajar en Catalunya”. Incluso el discutible ius soli – ¿no cabrían acaso en la catalanidad, como ciudadanos de pleno derecho, quienes, procedentes de distintos lugares, contribuyen con su esfuerzo al progreso general del país? – se le antoja demasiado generoso a la alcaldesa de Ripoll. Todavía no se invoca abiertamente la pureza de la sangre. Aún menos se nombra el continuum de violencias a las que abriría la puerta semejante retorno al pasado… amplificado con los medios que la tecnología brinda hoy a un régimen autoritario. Estamos aún muy lejos de eso. Pero ya hemos echado a andar. La evolución del Estado de Israel, desde la promesa inicial de una democracia que cobijaría a los judíos perseguidos – pero estaría abierta a las otras comunidades – hasta la afirmación exclusiva de un “Estado nacional judío” en 2018 y el genocidio de Gaza, debería ilustrarnos sobre la amenaza de las derivas etnocráticas, nos recuerda Donatella Di Cesare.
Desde Silicon Valley hasta Extremadura se perfila el combate crucial de los años venideros: el enfrentamiento entre dos modelos socio-políticos inconciliables. O bien un modelo democrático, basado en un pacto de ciudadanía, de igualdad de derechos y deberes para todos los miembros de la comunidad, más allá de su origen, su cultura o su religión, y sin más “arraigo” exigible que el respeto a las normas de convivencia compartidas… O bien una asfixia de la democracia, constantemente empequeñecida en la delimitación de sus cimientos; una sociedad fracturada, en permanente conflicto consigo misma, abocada a la tragedia. ¿Estamos ante un conflicto ideológico entre derecha e izquierda? No exactamente. Por fortuna, hay numerosos sectores de la sociedad civil, instituciones, corrientes de pensamiento, que desde una óptica liberal, desde un apego a los valores humanistas o desde la simple aspiración a una vecindad pacífica, rechazarán la senda del tecnofascismo. Sin embargo, que cuaje ese rechazo y llegue a articularse una mayoría social democrática depende en primer lugar de la claridad con que la izquierda dé la voz de alarma y proponga una vía y un horizonte de progreso. Nunca ha recaído mayor responsabilidad sobre sus hombros.
Lluís Rabell
27/04/2026