Entrevista en la revista digital “La Discrepancia”

El libro puede adquirirse ya, en Barcelona, en la tienda “Colibantan”. (Calàbria, 142. 08015).

Estos días se celebra en Barcelona la Global Progressive Mobilisation, un encuentro internacional de fuerzas de izquierdas que pretende mostrar a la humanidad otro camino posible, una alternativa de solidaridad, respeto del derecho internacional y paz frente a los organizadores del actual caos mundial, con Donald Trump a la cabeza. Esta iniciativa, lanzada por Pedro Sánchez y promovida activamente desde la Internacional Socialista y el Partido Socialista Europeo, debería marcar un punto de inflexión: frente a la oleada reaccionaria, organización, movilización, hoja de ruta compartida de las fuerzas progresistas.

Pero no hay acción transformadora sin reflexión, sin una comprensión compartida de la crítica situación que estamos viviendo y cómo hemos llegado hasta ella. A esa reflexión, al necesario debate colectivo, pretende contribuir “De la distopía a la esperanza”. La próxima semana, el miércoles, 22 de abril, a las 18 h, tendrá lugar una presentación del libro en el locadel PSC de Barcelona (Consell de Cent, 416), animada por el periodista Xavi Casinos.

Debo agradecer a la revista digital “La Discrepancia” una amable entrevista con ocasión de la publicación de este trabajo, entrevista que se reproduce a continuación.

Lluís Rabell

  1. El título de tu libro plantea ya una encrucijada moral y política: pasar “de la distopía a la esperanza”. ¿En qué momento sintió que ya no bastaba con analizar el deterioro del mundo y que era necesario ordenar esas reflexiones en forma de libro, casi como una llamada a la acción?

Bueno, yo diría que eso responde a un sesgo de mi juvenil educación marxista – “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”-, un abordaje que me parece plenamente vigente. Hay un sentimiento de urgencia ante la vorágine de acontecimientos que se suceden a un ritmo vertiginoso. El mundo que conocíamos está dejando de existir. Nos adentramos en una nueva era. Y lo hacemos en medio del estrépito de unas guerras que afectan ya a nuestras vidas, de la quiebra del derecho internacional, de la angustiosa realidad del cambio climático, de grandes mutaciones en el mundo del trabajo, del ascenso de movimientos que dirigen la ira social contra la democracia… Todo va muy de prisa. Para el viaje que nos espera no disponemos de cartas de navegación. Pero, si la izquierda quiere forjar un desenlace progresista a lo que se está convirtiendo en una crisis civilizatoria, necesita actuar desde una lúcida comprensión del momento histórico. Necesita una mirada larga para incidir con acierto en lo inmediato.

  1. El subtítulo, El socialismo democrático frente al mundo de los depredadoreses deliberadamente combativo. Cuando hablas de “depredadores”, ¿se refiere solo a las nuevas élites económicas y tecnológicas, o también a la cultura política que ha normalizado el cinismo, la desigualdad y la degradación democrática?

Ambos aspectos son inseparables, surgen del mismo desarrollo histórico. El capitalismo necesitaba superar las relativas constricciones impuestas por las relaciones sociales nacidas de la posguerra. La globalización neoliberal, tras el colapso de la URSS, operó en dos sentidos: transfiriendo gran parte de la producción a Asia y devastando regiones enteras en las viejas metrópolis industriales. La desagregación de la clase trabajadora se acompañó de una oleada ideológica profundamente individualista y de un deterioro de las conquistas sociales que fundamentan la cohesión de las naciones modernas. Ahí están las raíces de la crisis de las democracias liberales. Pero ese movimiento, que favoreció una expansión sin precedentes de la producción y del comercio mundial, ha permitido al mismo tiempo la eclosión de una potencia como China, que el imperio americano ha identificado como una amenaza existencial para su hegemonía, otrora incontestable. Trump encarna la furiosa reacción de un imperio decadente que no está dispuesto a abandonar pacíficamente la escena de la historia, ni a ceder el testigo a nadie. Pero, al saltar por los aires todo el orden internacional, se desatan las ambiciones de las distintas potencias, globales o regionales. Desde Moscú a Pequín, pasando por Ankara o Tel-Aviv, es la hora de los autócratas, en un contexto en el que la cartografía del siglo parece llamada a redibujarse por la fuerza.

  1. En varios de tus textos recientes aparece una preocupación de fondo: el avance de la extrema derecha, la instrumentalización del miedo y el racismo como mecanismo de fractura social. ¿Cree que la izquierda ha entendido de verdad la profundidad de ese desafío o sigue reaccionando tarde y mal?

Si nos atenemos a la experiencia europea, más bien lo segundo. La crisis de la democracia tiene como principal vector la desestabilización de las clases medias. Ahí está la razón del desplazamiento de las bases sociales conservadoras hacia la extrema derecha y de la radicalización del discurso de la propia derecha tradicional. La focalización en la inmigración permite coagular miedos y resentimientos contra una sorda amenaza identitaria. Entre las clases populares, la percepción es la de una competición por el acceso a unos servicios sociales desbordados. Para dar una respuesta adecuada y evitar que la extrema derecha ahonde la fractura social, la izquierda debe abordar el tema con una osadía estratégica que hasta ahora no ha sabido mostrar. La inmigración no sólo es un hecho imparable, sino una necesidad vital para las envejecidas naciones del continente. El desafío es articular un proyecto integrador, respetuoso con una diversidad cultural que irá impregnando el nuevo semblante de nuestros países; establecer un marco de ciudadanía, laico y democrático, con iguales derechos y deberes para todos. Pero eso no es posible – y será sencillamente inconcebible bajo la tormenta que se avecina desde el Golfo Pérsico – sin plantear la cuestión de la desigualdad y la pobreza. No disiparemos los recelos de las clases populares con discursos moralizadores. Aún menos podemos pretender preservar el Estado del Bienestar restringiendo su acceso a una parte de la población. De lo que se trata, ante todo, es de dimensionar y financiar adecuadamente los servicios públicos, de dignificar los barrios, de hacer vivienda asequible… Habrá, pues, que embridar mercados e ir a buscar los recursos necesarios “allí donde están”, como le gusta decir a Thomas Piketty: entre las inmensas fortunas acumuladas en un reducido polo de la sociedad. Y habrá que hacerlo con una audacia a la altura de los nuevos tiempos.

  1. Tu procedes de una tradición muy concreta: la del activismo vecinal, la lucha democrática de base, el compromiso cívico y la izquierda que pisa barrio antes que plató. ¿Qué conserva hoy de esa experiencia y qué echa en falta en unas izquierdas que a menudo parecen más pendientes del marco simbólico que de la vida material de la gente?

Deberíamos guardarnos de ciertas dicotomías que, al cabo, se revelan engañosas. No hay una verdad cierta que brote de una base donde sólo habría virtudes, ni una iluminación que descienda de las alturas. El pensamiento libertario enseña que el poder corrompe. Y es verdad; el poder es una fuente de infección política. No hay más que ver algunos escándalos que nos avergüenzan. De ahí los contrapesos y controles que instauran las democracias más avanzadas. Pero la corrupción hunde sus raíces en la desigualdad social. La esclavitud también corrompe. Sólo la lucha consciente y organizada por superarla, una lucha que apela a la solidaridad y al esfuerzo colectivo, permite encontrar un camino. Es lo que han hecho a lo largo de la historia los grandes movimientos de emancipación, empezando por el movimiento obrero. Para la izquierda, la clave es levantar o regenerar sólidos partidos, revitalizados por una intensa vida democrática en su seno. La memoria no sobrevive sin organización, ni las nuevas experiencias pueden ser procesadas al margen de ella. Necesitamos partidos sólidamente anclados en la sociedad y en la sociedad civil organizada: en los sindicatos, los movimientos vecinales… pero igualmente en el mundo de la cultura, en la Academia… Y necesitamos partidos decididamente feminizados. Hay que estar en las calles y en los platós. La izquierda debe difundir sus mensajes en TikTok y estudiar en las bibliotecas. En un mundo de emociones torrenciales, como el que describen los trabajos de Eva Illouz, no podemos contentarnos con armar “máquinas de guerra electorales” que, a lo sumo y con viento favorable, pueden procurarnos éxitos efímeros. Necesitamos una inteligencia colectiva en ósmosis con la realidad social que pretendemos transformar.

  1. En la presentación del libro subrayas algo muy interesante: que el feminismo no es una cuestión sectorial, sino una verdadera fuerza civilizatoria para este tiempo. ¿Por qué considera que no habrá reconstrucción democrática seria ni esperanza sin una profunda impregnación feminista del socialismo democrático?

Porque el feminismo plantea de la manera más radical la cuestión de la igualdad. En una reciente entrevista, Edgar Morin afirmaba que la revolución feminista es la más importante de nuestra época. Sin duda. Aquello que el feminismo ha conceptualizado como patriarcado – es decir, los mecanismos materiales y simbólicos de subordinación de las mujeres a los varones – han sido funcionales y estructurantes en todos los sistemas basados en la explotación. Cada avance revolucionario ha supuesto un paso adelante en los derechos de las mujeres; cada acometida reaccionaria ha empezado por barrerlos. ¿Cómo imaginar un mundo en el que seamos “socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres”, como soñaba Rosa Luxemburgo, sin la plena emancipación de la mayoría de sus habitantes, que hoy representan las mujeres? Sin embargo, que el socialismo sólo pueda entenderse en clave feminista no quiere decir que la izquierda sea coherente con ese postulado, El feminismo ha adquirido tal fuerza que todo el mundo se declara feminista. El propio movimiento se ha convertido en un campo de batalla. La posmodernidad ha introducido temibles troyanos en sus circuitos. Hoy, una parte de la izquierda tiene una mirada neoliberal y regresiva sobre la prostitución – que entiende como un “trabajo” -, sobre la pornografía e incluso sobre la realidad material del sexo. Y hay que reconocer que, cuando tiene que pactar con esa izquierda, la socialdemocracia – de tradición abolicionista y con mayor apego a los postulados del feminismo histórico -, son sus principios aquello con lo que acaba transigiendo. Más allá de las comprensibles urgencias tácticas, sigue abierta una disputa ideológica trascendental.

  1. En tus artículos insistes en que no basta con denunciar a la extrema derecha: hay que construir una mayoría social reconocible, un proyecto nacional-popular en sentido democrático, igualitario y europeo. ¿Qué errores ha cometido la izquierda en ese terreno durante las últimas décadas y qué tendría que hacer para volver a hablar un lenguaje comprensible para las mayorías?

La presencia y el discurso de la extrema derecha han sido ya muy normalizados. En pérdida de apoyos, la derecha tradicional ha terminado por adoptar la narrativa de la extrema derecha y legitimar su acceso al poder. Ya casi no opera ningún “cordón sanitario”. En medio de la degradación del clima político, la extrema derecha ha perdido su aura sulfurosa. No son los llamamientos abstractos al “antifascismo” los que detendrán el ascenso de las fuerzas reaccionarias. Meloni fracasó el 23 de marzo en su intento de reforma constitucional en la medida en que la ciudadanía la percibió como una erosión de sus libertades. Y Orban ha sido descabalgado merced al rechazo popular ante la desmedida corrupción de su gobierno. (Sin olvidar la decisiva retirada de las candidaturas de toda la izquierda a fin de concentrar el voto contra el candidato de Trump y de Putin). Pero, aún siendo alentadoras esas derrotas de la ultraderecha – al igual que los buenos resultados del Partido Socialista en las grandes ciudades francesas con ocasión de los últimos comicios municipales -, sería aventurado hablar de un cambio de tendencia. El auge de la extrema derecha cuenta con poderosos apoyos y responde a un desplazamiento de las placas tectónicas sobre las que se asientan las sociedades postindustriales. La amenaza no se desvanecerá a pesar de esos tropiezos. Efectivamente, la izquierda debe avanzar un proyecto, claramente comprometido con la construcción europea en clave federal, que responda a las acuciantes necesidades sociales y medioambientales. Un proyecto que no debe rehuir ninguno de los temas sobre los que campa la demagogia populista – seguridad, inmigración… -, ni ceder a la extrema derecha la bandera del sentido común. No obstante, ese proyecto sólo será creíble si aparece despojado de los oropeles del social-liberalismo – que sedujo a las amplias franjas cultivadas de las urbes, pero no puede vertebrar una mayoría social. Un enérgico programa socialdemócrata sí estaría en medida de hacerlo en distintos países. Pero cabe imaginar que, ante la virulencia de las crisis que se avecinan, ese programa – en principio orientado a un crecimiento sostenible y una redistribución de la riqueza -necesitará sostenerse sobre un decidido liderazgo de lo público, contar con el apoyo de amplias movilizaciones sociales… Y obligará a practicar incursiones, hasta ahora impensables, en los sacrosantos dominios de las grandes fortunas. No se trata de inventar nuevos lenguajes, sino de decir la verdad a la clase trabajadora, a las mujeres, a la juventud. Una verdad que a veces requerirá de amargas experiencias para ser plenamente aceptada, cierto. Pero sólo con ella se recompondrán los vínculos, hoy deshilachados, entre la izquierda y su gente,

  1. Hay en tu escritura una tensión muy fértil entre memoria y porvenir: entre las conquistas sociales del siglo XX y las amenazas del presente. ¿Este libro es, en el fondo, un libro de resistencia, de balance o de reconstrucción? ¿Qué esperanza concreta quiere dejar al lector cuando cierre la última página?

Es imposible separar una cosa de las otras. Trotsky decía que quien no sabe defender las posiciones alcanzadas difícilmente logrará metas más ambiciosas. Por supuesto, necesitamos defender con uñas y dientes los servicios públicos, las políticas de lucha contra las desigualdades, las formas democráticas… Pero ya no podemos hacerlo pensando que volveremos a escenarios anteriores, que las aguas retornarán a su cauce. La realidad que estamos viviendo es disruptiva. No podríamos sostener el Estado del Bienestar, necesario para mantener la cohesión social – ni aún menos impulsar una transición ecológica justa –, con las exiguas cargas tributarias del “infierno fiscal” que padecen las clases pudientes. Habrá que pensar en tipos impositivos como los de la posguerra, en medidas audaces de socialización de la economía, en una participación de los trabajadores, con atribuciones de codecisión, en los consejos de administración de las empresas estratégicas… Y habrá que acelerar el proceso de integración de la Unión Europea, construir su autonomía defensiva al margen de Estados Unidos, transformarla en un referente mundial de la democracia y el derecho. Ningún país podrá resistir por separado a la tempestad. Europa… o decadencia y vasallaje. Esa es la alternativa. ¿Será fácil ese camino? Desde luego que no. Hoy el horizonte parece sombrío. Todo invita a pensar que las naciones difícilmente podrán ahorrarse etapas de sufrimiento, de privaciones, de dificultades extremas. Sin embargo, la experiencia histórica nos ha mostrado los raudales de abnegación, creatividad y solidaridad que pueden brotar de la resistencia y la revuelta de los pueblos; esos mismos pueblos que a veces sucumben a la apatía o se dejan arrastrar por los peores charlatanes. La esperanza no es una fe ilusa. Es una apuesta decidida por los rasgos más elevados de la condición humana.

  1. Para terminar: si tuvieras que resumir en una sola idea qué aporta hoy De la distopía a la esperanza al debate público español – y por qué merece ser leído precisamente ahora ., ¿cuál sería ese mensaje?

El mensaje, ante una situación tan incierta como la que atravesamos, es que la esperanza nos obliga a un trabajo preparatorio. Decía Andreu Nin que la principal tarea de los revolucionarios es la de sembrar: “Sembrar obstinadamente. Sobre la tierra fértil como sobre el suelo árido o las mismas piedras…” Sembrar con la convicción de que, aquí o allá, las semillas germinarán y vendrá el tiempo de la cosecha. Y con ella la primavera de los pueblos. Mi generación entrevió su rostro en no pocas gestas de los oprimidos: en Portugal en 1974, en el Báltico en 1980… Y en la malograda experiencia de un socialismo democrático en Praga, en 1968. La esperanza es un compromiso ético y práctico con el progreso de la humanidad. 

De la distopía a la esperanza – Entrevista con Lluís Rabell – LA DISCREPANCIA

El libro puede adquirirse ya, en Barcelona, en la tienda “Colibantan”. (Calàbria, 142. 08015).

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