Galopando a través de un cielo en llamas

       ¿Quién no recuerda la vieja leyenda country que inspiró esta canción, mil veces versionada? Un vaquero solitario divisa entre las nubes una manada de reses, en cuyos ojos brilla el fuego del infierno, atravesando el cielo en estampida. Tras ella galopan fantasmales jinetes, condenados a perseguirla eternamente. “Si no enderezas tu destino – le dicen – tú también cabalgarás con nosotros tras el rebaño del diablo”. A la izquierda le puede pasar lo mismo, si no es capaz de atender a los avisos que, este 19 de junio, ha recibido desde comicios tan dispares como las elecciones autonómicas andaluzas y la segunda vuelta de las elecciones legislativas francesas.

            Los análisis coyunturales de esas contiendas resaltan, como no podría ser de otro modo, sus rasgos particulares. Pero éstos pueden tornarse borrosos si no se enmarcan en las grandes tendencias de fondo que agitan al conjunto de las democracias liberales. Muchos comentaristas han incidido en este extremo: las clases medias andaluzas han votado por la continuidad de un gobierno regional del PP que les inspira un sentimiento de relativa estabilidad en medio de un panorama angustioso, tanto en España como a escala internacional. La guerra prosigue en Ucrania y sus repercusiones socio-económicas se hacen sentir en los presupuestos familiares. ¿Voto de castigo al gobierno de Pedro Sánchez? Sin duda. Pero empiezan a ser redundantes los analistas que hablan de los “problemas de comunicación” de la coalición de izquierdas, como si ese fuera el quid de la cuestión. Cierto, nadie puede negar la importancia de la comunicación. Sin embargo, algunos politólogos parecen atribuir al Verbo una fuerza similar a la que le confiere el Génesis. En realidad, el impacto de una determinada narrativa depende de su conexión con aquellas corrientes subterráneas. El gobierno ha hecho no pocas cosas bien: en materia laboral y social, en la implementación de políticas europeas solidarias… Pero los efectos de la pandemia y de la inflación están haciendo mella en sectores sociales que venían muy castigados ya por la anterior crisis financiera, y cuyo desencanto en relación a la política se ha vuelto prácticamente un dato estructural. Básicamente, las franjas más humildes de la población sobre las que se apoyaba tradicionalmente la izquierda han ido cayendo en la abstención. Las medidas protectoras del gobierno les alcanzan de modo insuficiente, como en el caso del IMV. La desindustrialización de provinciass otrora dinámicas, como Jaén, no ha dado paso a desarrollos alternativos. No es fácil revertir una tendencia que viene de tan lejos. Y aún más si la coyuntura sigue alimentándola. Esa misma coyuntura, por otro lado, atemoriza a las clases medias conservadoras e incluso a determinadas franjas próximas a la socialdemocracia. No se ofendan, pues, los doctores de la posmodernidad: la fuerza performativa del relato de la derecha ha consistido en formatear adecuadamente tal desazón. La izquierda difícilmente enderezará su rumbo si no toma la medida exacta de la grave situación que vive una porción creciente de las clases populares. No es tanto una buena publicidad, sino profundidad, audacia y efectividad en sus políticas públicas lo que necesita urgentemente fortalecer la izquierda para ser escuchada.

            Si algo debe explicar la izquierda – ¡eso sí! – es el contexto europeo y mundial en que nos movemos, porque condiciona todas las actuaciones. Basta con echar un vistazo al país vecino. Francia camina hacia un escenario de profunda inestabilidad e ingobernabilidad. Normalmente, las elecciones legislativas, convocadas a rebufo de las presidenciales, conferían casi por inercia al inquilino del Elíseo una mayoría suficiente para gobernar. Eso se acabó. El desgaste del mandato anterior, con una grave erosión del Estado del Bienestar, un aumento de las desigualdades y revueltas sociales como la de los “chalecos amarillos”, ha pasado factura. Macron se ha quedado sin mayoría en la Asamblea Nacional. Necesitará apoyos, que probablemente buscará en los escaños de la derecha, desdibujando su imagen “centrista”. Se acabaron los “cordones sanitarios” y los “frentes republicanos” para contener el avance de la extrema derecha. Esta vez, no ha habido consignas de voto contra los candidatos de la formación de Marine Le Pen en aquellas circunscripciones en que se enfrentaban a un candidato de izquierdas. Algo que ha favorecido sin duda el éxito de la extrema derecha, que logra un grupo parlamentario de noventa diputados. Un hecho sin precedentes, que refleja un inquietante fenómeno: el RN es la única fuerza que progresa de elección en elección, consolidando su influencia en el medio rural y en las franjas de mayor edad de la clase trabajadora empobrecida. A diferencia de Vox, lastrado por sus discursos neoliberales y su tufo a señoritos “de toda la vida”, Le Pen habla un lenguaje social y defiende las prestaciones del Estado Providencia… para los nacionales.  Pero, ¿no han sido también esas elecciones exitosas para la izquierda? Hasta cierto punto.

            Los resultados de la Nueva Unión Popular Ecológica y Social en la primera vuelta de las legislativas equivalían exactamente a la suma de los votos obtenidos separadamente con anterioridad por los distintos partidos – socialistas, comunistas, ecologistas, alternativos – agrupados bajo ese paraguas. No había, pues, progreso real de la izquierda, en el contexto de una enorme abstención – rondando el 53% -, que se concentra en los barrios con menor renta. La astucia de Mélenchon permitió a la izquierda pasar airosamente a la segunda vuelta, disputando escaños a la coalición presidencial y apareciendo como una alternativa progresista en liza por el gobierno. Ese éxito queda atenuado por la presencia de la extrema derecha. Francia no ha superado su división en tres bloques casi equivalentes, en un contexto de “fatiga de materiales” de la arquitectura de la V República, que no fue concebida para gestionar semejante fragmentación política. Pero, si fue posible salvar los muebles de la izquierda, sus problemas de fondo siguen por resolver. Y tienen que ver con las mismas dificultades que han llevado al fracaso del PSOE y al tortazo de la dividida izquierda alternativa en Andalucía.

            No será fácil que la izquierda francesa mantenga su unidad ante los acontecimientos que se avecinan. Una parte de ella, La France Insoumise, hace gala de soberanismo y de autosuficiencia nacional en un momento de grandes tensiones en Europa. Y lo que la izquierda debe hoy entender por encima de cualquier otra cosa es que no habrá políticas nacionales de progreso social y medioambiental que no se sustenten en un avance decidido de la construcción europea en clave federal. No es posible reactivar y reconducir las economías sin un esfuerzo conjugado. No es posible hacer frente a la crisis energética y a los cuellos de botella en los suministros industriales desde la óptica de las economías nacionales. Ni siquiera lograremos evitar nuevas crisis de la deuda soberana sin avanzar hacia una armonización fiscal y un ambicioso presupuesto europeo. No habrá recursos para la transición ecológica sin la voluntad mancomunada de acabar con los paraísos fiscales y lograr la tributación de las grandes multinacionales en los países donde efectúan sus negocios. Putin libra una contienda imperialista en los campos y ciudades de Ucrania, pero también una “guerra híbrida” contra las democracias occidentales. Si no quiere verse dislocada por las presiones que la atenazan, la UE debe avanzar hacia su propio sistema de defensa.

            Todo eso resulta sin duda muy difícil en las actuales circunstancias: Inglaterra cabalga el brexit, Francia anda sin rumbo claro, Alemania está asustada… Sin embargo, no hay otra. Para ser creíble, la izquierda debe empezar a explicar esas cosas, poniéndolas en relación con los problemas de la vida cotidiana de la población y mostrando determinación en su defensa. Es en ese terreno donde las izquierdas deben trenzar su unidad. Las divisiones, en Francia como aquí, se pagan muy caras. Europa ha estado ausente de las elecciones andaluzas y a penas evocada en las francesas. Más allá de las muy distintas competencias de los gobiernos, esa ausencia falsea los debates, favoreciendo los discursos y la demagogia populista. Mucho se discute sobre si son extrapolables o no los resultados de Andalucía. Si la izquierda acude a los próximos comicios – municipales, autonómicos o generales – sin tener claro a qué segmentos sociales pretende hablar, en qué términos materialistas ha de hacerlo y con qué perspectiva – nacional y europea – pretende armar su proyecto, no sólo habrá extrapolación, sino amplificación de la derrota sufrida ayer. Y el viejo cowboy se condenará a galopar eternamente tras las furiosas reses del diablo.

            Lluís Rabell

20/06/2022

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