Una nueva cartografía

        La recesión de la economía mundial, desencadenada por el crac financiero de 2008, desvaneció las ilusiones acerca de una “globalización feliz” que hubiesen podido sobrevivir bajo los escombros de las torres gemelas y el estruendo de las expediciones militares en Oriente Medio. La pandemia y los primeros zarpazos del cambio climático cernieron un angustioso halo de incertidumbre sobre el futuro de la humanidad. Ahora, la sanguinaria “operación especial” de Putin en Ucrania nos confronta a una amenaza que, cuando menos en Europa, muchos creían por siempre más conjurada: la guerra. Una guerra que brota de las entrañas de un sistema basado en la acumulación y que vuelve a ser el modo en que las grandes potencias dirimen en última instancia sus conflictos de intereses, haciendo de las naciones más débiles objeto de disputa, moneda de cambio o “teatro de operaciones”. La izquierda europea había dejado de pensar el mundo en esos términos. La vida impone reseteo a todas sus tendencias. Las palabras aún se atoran en su garganta y no se atreve siquiera a pronunciarlas, pero éste será de nuevo un siglo de guerras y revoluciones. Unas y otras decidirán el destino de la humanidad.

            Por lo pronto, la guerra de Ucrania está modificando la cartografía política con que nos orientábamos, y lo está haciendo a velocidad de vértigo. Urge situarse ante sus nuevos trazos y leer correctamente los tiempos de los distintos acontecimientos. El tiempo es la materia prima de la política. Pedro Sánchez acaba de imprimir un brusco giro a la política exterior de España, asumiendo la propuesta marroquí de anexionar el conjunto del territorio saharaui, dotándolo de un incierto “estatuto de autonomía”. Desde luego, semejante alternativa contraviene la posición oficial de la ONU, tradicionalmente compartida por España, favorable a la celebración de un referéndum de autodeterminación en su antigua colonia. Es de temer, sin embargo, que la autoridad efectiva de la ONU vaya asemejándose cada vez más a la que fue revistiendo al filo de los años su antecesora de entreguerras, la Sociedad de Naciones. Los derechos del pueblo saharaui pesan muy poco en el nuevo entramado de intereses que se perfila al norte de África. Trump primero, y Biden después, dieron su beneplácito a las ambiciones de Mohamed VI. La monarquía alauí constituye un valioso aliado de Estados Unidos, y ha sabido establecer una estrecha connivencia con Israel. La guerra de Ucrania hace de España, por su ubicación, una pieza estratégica para la OTAN y para el conjunto de Europa, tanto en términos militares como de tránsito de suministros energéticos. Pedro Sánchez ha entendido que debía jugar a fondo las dos cartas: anclar resueltamente el país en la OTAN y hacer de España un actor de primer orden de las economías europeas. Nadie debería sorprenderse. La tradición socialdemócrata es atlantista. Y, con su parte de verdad y con sus aristas, la vía de progreso que concibe pasa por los estrechos márgenes de la disciplina europea. A pesar del malestar social que provocan el precio de los carburantes y la factura eléctrica, Sánchez se resiste a tomar decisiones de cierto calado, si no tienen amparo comunitario. En las últimas semanas, el presidente del gobierno dedica sus mayores esfuerzos a la proyección internacional de la política española: con el canciller alemán habla de la conexión para hacer llegar el gas argelino al corazón de la industria europea; con los primeros ministros de Italia, Portugal y Grecia, configura un frente mediterráneo dispuesto a pesar en las decisiones comunitarias; con Washington…

La cumbre de la OTAN que se celebrará el próximo mes de junio en Madrid tendrá mucho de “momento fundacional” de una nueva doctrina de defensa en el continente. Sánchez no quiere ser un mero anfitrión del evento. España es más que nunca “territorio OTAN” y frontera sur de Europa. Asegurar ese flanco satisfaciendo a Marruecos persigue eliminar inoportunas fricciones diplomáticas, blindar la españolidad de Ceuta y Melilla, favorecer los flujos comerciales con aquel país… y obtener la complicidad de sus autoridades en la contención de los movimientos migratorios. Biden desea esa estabilidad. Scholz, igualmente favorable a la autonomía del Sáhara, también. ¿Se ha hablado de todo eso con Argelia? Ya se irán conociendo detalles al respecto. La nueva coyuntura hace que, no sólo España, sino buena parte de Europa sea demandante de ingentes cantidades de gas argelino, en un intento de zafarse de la dependencia respecto a Rusia. Maná del cielo para la economía titubeante de Argel. Es dudoso que, en la balanza de la casta dirigente, la causa saharaui pese tanto como las divisas de la clientela europea – dando por descontadas algunas manifestaciones de airada protesta de cara a la galería. Bienvenidos a la realpolitik. Los mapas que apresuradamente dibuja la guerra señalan muchas víctimas colaterales. La onda expansiva de las bombas que estallan en Ucrania está a punto de llevarse por delante el último proceso de descolonización pendiente de resolver en África.

A la izquierda de la socialdemocracia reina cierta perplejidad. Las viejas consignas no conectan con la realidad. No, la OTAN no ha cambiado de naturaleza. Pero, merced a las salvajadas de Putin, su percepción entre la opinión pública sí que lo ha hecho. Bajo la tutela de Estados Unidos, la expansión de la OTAN debía chocar tarde o temprano con las ambiciones de Rusia, deseosa de recomponer su área tradicional de influencia – esta vez por cuenta de una autocracia de espías reciclados y magnates sin escrúpulos. Pero, más allá de causas y contextos sobre los que podríamos disertar al infinito, en Ucrania se ha producido una brutal intervención de carácter imperialista. Tal es la realidad que pasa a primer plano. La acción de Putin ha sembrado un fundado temor entre las ciudadanías de los países vecinos, reavivando su memoria histórica. La OTAN no sólo es reivindicada, sino percibida como una alianza defensiva más necesaria que nunca. A su vez, las Repúblicas bálticas, Polonia, Hungría, Rumanía… la franja más pro americana del continente – y los países con los que Bruselas ha tenido más desavenencias en materia de democracia política o derechos civiles – devienen vitales para la seguridad europea ante la agresividad del Kremlin. Es muy posible que la UE meta en el congelador algunos temas espinosos en aras de la unidad. La guerra desplaza hacia la derecha a todos los actores políticos.

En tales condiciones, las pancartas contra la OTAN y las bases militares americanas apenas congregarán a la militancia más encallecida. El “No a la guerra” aparece como una impotente plegaria. Allí donde ha habido manifestaciones multitudinarias, como Berlín o Praga, ha sido porque se denunciaba sin ambages la invasión rusa. Aquí, ni la izquierda, ni los sindicatos, se han atrevido a hacerlo. Ese desfase traerá problemas. Por lo pronto, indica un anquilosamiento inquietante… cuando la situación, volátil, demanda viveza de espíritu para ubicarse ante los nuevos escenarios. La opinión pública evolucionará. Pero hay que darle tiempo y hay que acompañarla en sus experiencias.

Ahora es cuando apreciar la inconveniencia de determinadas decisiones tácticas, adoptadas por la izquierda alternativa. Su obsesión por formar parte del gobierno contribuyó a unas repeticiones electorales que, no sólo no beneficiaron a las izquierdas, sino que acabaron facilitando la irrupción de Vox en el Congreso de los Diputados. Pero la coalición, finalmente constituida, comporta servidumbres que no se supo medir en su día. Un gobierno es un órgano ejecutivo por definición, no un marco deliberativo. La disciplina y la lealtad más estrictas obligan a todos sus miembros. La necesidad de UP de mostrar un perfil propio frente a la socialdemocracia o de poner en valor su influencia, real o supuesta, en las decisiones del gobierno, ha llevado a momentos de tensión y a ciertas sobreactuaciones… seguidas de un alineamiento realista y pragmático con los arbitrajes de Pedro Sánchez. Ahora, se echa de menos – por el bien del conjunto de las izquierdas – la flexibilidad que hubiese proporcionado la fórmula portuguesa de apoyo a un gobierno socialdemócrata, brindado por la izquierda crítica desde el Parlamento. Su gestión no requiere menos madurez política, pero sí ofrece un abanico de posibilidades que una coalición como la actual constriñe. Las políticas de Estado corresponden a los socialistas. Cuando éstas devienen problemáticas, como en el caso del Sáhara, discutirlas con la profundidad que merecen podría precipitar una crisis de gobierno en una tesitura de tremenda dificultad, con la extrema derecha tratando de liderar la irritación de cuanto descontento hay en España. Sin embargo, sin poner en peligro la continuidad de un gobierno progresista, ¡qué útil sería en estos momentos una izquierda capaz de explicar a la ciudadanía los riesgos que conllevan determinadas decisiones, de desenmascarar los intereses que se esconden tras algunos discursos en favor de la paz y la seguridad! En esta etapa, ayudaría a contener los desbordamientos de entusiasmo atlantista. Quizá no lograra frenar el incremento del gasto militar, cuando otras prioridades sociales claman al cielo. Pero el debate se abriría paso entre la ciudadanía. Una nueva etapa política requiere su preparación. Del mismo modo, esa libertad de movimientos hubiese permitido a la izquierda tomar iniciativas en la calle, dando un formato negociable a las legítimas demandas de sectores sociales golpeados por la inflación.

Pero es inútil perderse en lo hubiese podido ser. Ahora, toca apechugar con lo que es. UP va estar obligada a expresar con muchas limitaciones sus fundadas reservas en materias que son competencia exclusiva del PSOE. No es momento de jugar con la estabilidad del gobierno, ni propiciar un adelanto electoral. La situación no puede ser más incómoda, cuando la izquierda alternativa intenta reconfigurar su proyecto en torno al liderazgo de Yolanda Díaz. Pero no hay más remedio que seguir bailando con la pareja escogida mientras suene la música, so pena de un traspiés que diera con ambos en el suelo. Para tener posibilidades, ese proyecto debe empezar por mostrar temple y fidelidad a los de abajo, medir bien los tiempos y estudiar con detenimiento la nueva cartografía del mundo.  

Lluís RABELL

19/03/2022

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