Alba y ocaso del capitalismo (1)

  • En un lugar de Inglaterra…

          

“El capitalismo – escribe la historiadora Ellen Meiksins Wood en su estudio dedicado a los orígenes de este sistema socio-económico – no es ni una consecuencia inevitable de la naturaleza humana, ni una mera ampliación de antiguas prácticas comerciales cuyos orígenes se pierden en la noche de los tiempos”. No. El capitalismo tiene fecha y lugar de nacimiento. (Incluso tiene sexo, añadiría Roswita Scholz. Aunque quizá fuese más exacto decir que el capitalismo ha ido moldeando y ajustando las relaciones patriarcales, las relaciones de dominio de los varones sobre las mujeres, haciéndolas funcionales a las necesidades propias del sistema y a su reproducción social. Lo veremos más adelante). Y, al igual que otros modos de producción anteriores, presentes durante siglos en sucesivas civilizaciones, el capitalismo está llamado a desaparecer. Sin embargo, sus propias características, que le han permitido extenderse por todo el planeta, hacen presagiar que no abandonará amablemente la escena de la Historia, aún mostrándose ya del todo incapaz de aportar progreso alguno a la humanidad. Antes bien al contrario. Le hemos visto arrastrar las naciones más avanzadas a la barbarie, desencadenar crisis asoladoras, engendrar abismales desigualdades y amenazar los frágiles equilibrios de la biosfera.

           “El capitalismo es el único modo de producción en el cual la forma dominante de apropiación se basa en la total desposesión de los productores directos, quienes son legalmente libres (no como los esclavos en cautiverio) y cuya plusvalía del trabajo se apropia por medios estrictamente ‘económicos’ – mediante el mercado. (…) Este sistema singular de dependencia del mercado impone unas exigencias específicas y está guiado por una compulsión que no comparte ningún otro modo de producción: los imperativos de la competitividad, la acumulación y la maximización de beneficios y, por tanto, una constante necesidad sistémica de desarrollo de las fuerzas productivas. Estos imperativos, a su vez, conllevan que el capitalismo pueda y deba estar en constante expansión, algo que lo diferencia también de otras formas sociales. Puede y debe acumular constantemente, buscar persistentemente nuevos mercados, someter permanentemente a sus imperativos nuevos territorios y nuevas esferas de la vida, imponerse sobre todos los seres humanos y el entorno natural”. (Ellen M. Wood. “El origen del capitalismo. Una mirada de largo plazo”).

           Para Marx, el capital es una relación social. Y esa relación surgió gracias al concurso de determinadas circunstancias que se dieron, nos dice la autora, en el campo de Inglaterra, allá por los siglos XV y XVI, antes de irrumpir en las ciudades, de dar lugar al capitalismo industrial y de extenderse por todo el mundo – merced a las redes comerciales existentes y a la extraordinaria capacidad de presión del capitalismo sobre los modelos económicos anteriores, subvirtiéndolos o sometiéndolos. En efecto. Bajo la estructura de clases medieval, “los campesinos tenían acceso directo a los medios para su propia reproducción y a la tierra. Los explotadores se apropiaban la plusvalía de su trabajo por medios extraeconómicos, en palabras de Marx. Es decir, los señores feudales y los Estados utilizaban directamente métodos coercitivos como su fuerza superior, y su acceso privilegiado a los poderes militar, judicial y político”. Eso es lo que cambió específicamente en Inglaterra. Allí, los vínculos propiamente feudales entre las clases fueron debilitándose a medida que los servicios en trabajo fueron conmutándose por rentas en dinero.

           Así pues, en Inglaterra, “una proporción excepcionalmente grande de la propiedad de la tierra estaba en manos de terratenientes. La trabajaban arrendatarios cuyas condiciones de titularidad fueron adoptando progresivamente la forma de alquileres económicos cuyas rentas no las fijaba la ley ni la costumbre, sino que dependían de las condiciones del mercado. (…) Un número creciente de arrendatarios estaba a la merced de sus imperativos. No tenían la ‘oportunidad’ de producir para el mercado y pasar de ser pequeños productores a capitalistas, sino que tenían la necesidad de especializarse en el mercado y de producir con criterios de competitividad para poder acceder a los medios de subsistencia y a la tierra en sí.” De ahí procede el cambio sustancial que representa el capitalismo respecto a otros sistemas. Desde la antigüedad, muchos han contado con mercados más o menos desarrollados o sofisticados. El final de la Edad Media vio el florecimiento de poderosas ciudades mercantiles en el norte de Italia o los Países Bajos, así como poderosos flujos de intercambio entre distintos países. Estos se basaban en el viejo criterio de comprar barato y vender caro, merced al control de las rutas comerciales – o incluso al saqueo de recursos, como el que practicaron los imperios coloniales europeos. Algunos, como en el caso de España, Francia y Holanda, con anterioridad a Inglaterra. El capitalismo, sin embargo, surgió como una economía de mercado: todas las relaciones pasaban por él y eran moldeadas por sus imperativos.

           Esos rasgos diferenciales empujaron a una presión sostenida para incrementar el rendimiento de la tierra, algo en lo que Inglaterra superó notablemente al resto de países europeos. La idea del “mejoramiento” de la tierra – es decir, de hacerla fructificar – devino tan poderosa en el pensamiento económico y filosófico de los siglos posteriores que llegó a convertirse en la justificación ética de la propiedad privada y del expolio de las naciones del Nuevo Mundo: los colonos cumplían en cierto modo un mandato divino al apropiarse de unas tierras que los indios eran incapaces de hacer fructificar. Era esa capacidad – aunque se realizase mediante la explotación de otros brazos, necesitados de vender su fuerza de trabajo para subsistir – lo que legitimaba la propiedad. No resulta difícil reconocer los ecos de aquel discurso, característico del “siglo de oro del capitalismo agrario” (s. XVIII), en el relato económico actual, repleto de proverbiales “creadores de riqueza” y empresas que “dan trabajo”.

           El capitalismo no surgió del ímpetu de las ciudades mercantiles, sino de una áspera lucha de clases en el campo. Inglaterra tenía otra característica que favoreció su triunfo: una notable centralización del Estado feudal en manos de la corona, merced a la desmilitarización de la nobleza terrateniente. La apropiación por su parte de los resortes de ese Estado fue decisiva para barrer definitivamente la herencia medieval: los derechos consuetudinarios que protegían hasta cierto punto a los campesinos, el cercamiento y la apropiación de las tierras comunales que mantenían lazos comunitarios entre sus familias y las vinculaba a su entorno… Eso no podía lograrse de modo pacífico. Necesitaba el amparo de unas leyes definitorias del nuevo orden y la coerción del Estado. Una legión de desheredados de la tierra pobló los caminos. La horca y la hoguera, cerniéndose sobre vagabundos y “brujas”, empezaron a dibujar los contornos del proletariado. Ellen Wood insiste en la conveniencia de no confundir “burgués” con “capitalista”. La “Revolución Gloriosa” (1688-1689), que derrocó al rey Jacobo II Estuardo, cerrando el paso a un retorno del catolicismo y a la configuración de un régimen absolutista, supuso el advenimiento de una monarquía parlamentaria, con una cámara plenamente dominada ya por los grandes propietarios. En ese sentido, fue una revolución capitalista. A diferencia de la gran revolución francesa de 1789 que, sobre el fondo de una amplia revuelta campesina, enfrentó a las clases ilustradas de las ciudades con una aristocracia acaparadora de las prebendas y resortes del Estado – gracias a los que seguía extrayendo las plusvalías que mantenían su posición y la de la dispendiosa realeza. La revolución – burguesa, en ese sentido – facilitó, por supuesto, el desarrollo ulterior del capitalismo en Francia, creando las condiciones de un mercado unificado. Pero el país tuvo que adentrarse en el siglo XIX para que se asentaran unas relaciones sociales que ya eran dominantes desde mucho antes en Inglaterra.

           En 1700, Londres era de lejos la ciudad más grande de Europa. Lo cual daba fe de “la transformación de las relaciones sociales de producción en el corazón del capitalismo agrario, en el sur y el sureste, y la desposesión de los pequeños productores, cuyo destino como migrantes desplazados sería con frecuencia Londres. El crecimiento de Londres representa no solo la progresiva unificación del Estado inglés, sino también de un mercado nacional. No solo era un cruce fundamental en el tránsito del comercio nacional e internacional, sino que además contaba con un consumo masivo de productos ingleses, en particular de productos agrícolas. El crecimiento de Londres simboliza la emergencia del capitalismo en Inglaterra debido a que contaba con un mercado cada vez más competitivo, integrado y único, junto al grado de productividad de su agricultura y a la proporción de población desposeída.” Esa población constituyó una ingente cohorte de consumidores de productos asequibles, propiciando así el desarrollo de la industria, al tiempo que devenía su mano de obra: “El proletariado constituía tanto una fuerza de producción como un mercado de consumo de masas, y ambas características intrínsecas al proletariado configuraron el desarrollo de las fuerzas productivas.” Las relaciones sociales así establecidas fueron determinantes por cuanto se refiere a la suerte de los imperios coloniales. España extrajo de América un inmenso volumen de riquezas. Otras potencias amasaron también grandes fortunas gracias al esclavismo y al comercio de azúcar o tabaco. Pero sólo Inglaterra llegó a transformar esas riquezas en capital industrial. Y “una vez que el capitalismo británico se afianzó, sobre todo en su forma industrial, pudo imponer los imperativos capitalistas sobre otras economías que contaban con unas relaciones sociales de producción distintas.”

           Considerar la historia del capitalismo se ha tornado imprescindible para situar en perspectiva el momento de incertidumbre que vivimos bajo la crisis de una globalización que había prometido traer al mundo una era de prosperidad para todos. En plena emergencia ecológica, Wood nos recuerda que “el capitalismo es incapaz de promover un desarrollo sostenible, no porque fomente un avance tecnológico capaz de llevar al límite los recursos de la Tierra, sino porque el objetivo de la producción capitalista es el valor de cambio y no el valor de uso, el beneficio y no la personas.” Para concluir diciendo: “A medida que el capitalismo se extiende y penetra todos los aspectos de la vida social y del entorno natural, sus contradicciones escapan cada vez más a nuestros intentos por controlarlas. Es evidente que la esperanza de lograr un capitalismo más humano, verdaderamente democrático y ecológicamente sostenible es cada vez menos realista. Pero, si bien esa alternativa es inviable, siempre nos quedará la alternativa real del socialismo.” El valioso trabajo de Ellen Meiksins Wood nos reafirma en esa convicción.

           Lluís Rabell

           11/01/2022

5 Comments

  1. Piero Sraffa, en su genial Producción de mercancías por medio de mercancías, articula una crítica al marginalismo como herramienta teórica para convertir la economía en una ciencia económica que pueda establecer una ley del valor. Como corolario del modelo económico que desarrolla en dicho libro, se cuela una igualmente potente crítica a la teoría marxista del valor (valor de uso y valor de cambio).
    Con toda la humildad posible, acompaño un estudio crítico de la teoría del valor marxista a la luz del modelo sraffiano.
    Alienación: valor de uso versus valor de cambio (¿Por que Marx, aunque se equivocaba, acertaba?) (https://filosofiacriticaposmoderna.blogspot.com/2022/01/alienacion-valor-de-uso-versus-valor-de.html?m=1)

    M'agrada

  2. A eso voy… Este artículo es el primero de una serie de notas de lectura, encaminadas a esbozar una respuesta a esa pregunta crucial. A no ser que nos conformemos con ser meros comentaristas de la lucha de clases, renunciando a incidir en su curso. Entender la realidad para cambiarla. Esa es, a mi entender, la buena tradición.

    M'agrada

    1. “La teoría microeconómica neoclásica no parece ser el único ni el mejor método que se tiene para modelar la realidad económica, en su estado actual no puede ser acogida como la mejor descripción de la forma del funcionamiento de los mercados y, por tanto, no puede ser considerada como una teoría satisfactoria que aporte elementos útiles para pronosticar la evolución de las economías. En este lúgubre panorama resulta necesaria la seria reconsideración de teorías heterodoxas que posiblemente sean más apropiadas para elaborar descripciones menos limitadas de los fenómenos económicos observables.” (Tania Contreras et altri, https://repositorio.unal.edu.co/handle/unal/71048?show=full)

      “¿Por qué deberían hacernos caso?” (https://bit.ly/3FjGQN5)

      “De la oferta y la demanda a la lucha de clases, dos leyes en pugna” (https://bit.ly/34K56vs

      “La lucha (matemática) de clases” (https://bit.ly/3K5ffD5)

      “Si la deuda tiene la culpa ¿quién tiene la culpa de la deuda?” (https://bit.ly/3nlaIm5)

      “Y vuelta la burra al trigo”, (https://bit.ly/3ngCXT2)

      M'agrada

  3. Piero Sraffa, en su genial Producción de mercancías por medio de mercancías, articula una crítica al marginalismo como herramienta teórica para convertir la economía en una ciencia económica que pueda establecer una ley del valor. Como corolario del modelo económico que desarrolla en dicho libro, se cuela una igualmente potente crítica a la teoría marxista del valor (valor de uso y valor de cambio).
    Con toda la humildad posible, acompaño un estudio crítico de la teoría del valor marxista a la luz del modelo sraffiano.
    Alienación: valor de uso versus valor de cambio (¿Por que Marx, aunque se equivocaba, acertaba?) (https://filosofiacriticaposmoderna.blogspot.com/2022/01/alienacion-valor-de-uso-versus-valor-de.html?m=1)

    M'agrada

Respon a rgranero Cancel·la la resposta

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

Esteu comentant fent servir el compte WordPress.com. Log Out /  Canvia )

Twitter picture

Esteu comentant fent servir el compte Twitter. Log Out /  Canvia )

Facebook photo

Esteu comentant fent servir el compte Facebook. Log Out /  Canvia )

S'està connectant a %s