Una vía de agua

El destino de este siglo será el de las mujeres. Nunca sus anhelos de emancipación se habían entrelazado de modo tan inextricable con los dilemas que afrontan las sociedades de nuestro tiempo. La ideología neoliberal, individualista y agresiva, ha permeado durante décadas todas las naciones. Hoy, la crisis de la globalización alienta en su seno profundas tendencias reaccionarias. Aquí y allá, la democracia, desacreditada, sufre los embates del populismo y contempla la inquietante eclosión de una nueva extrema derecha. La izquierda busca todavía su camino, debilitada por años de adaptación a los dictados de los mercados. Su relación con la clase trabajadora se ha resentido profundamente por ello. En ese escenario repleto de incertidumbre, los derechos de las mujeres, su aspiración a una plena igualdad y los logros alcanzados por el feminismo se han convertido en objeto de una batalla crucial. En torno a ellos se dirime la posibilidad de un salto hacia adelante de la humanidad… o la amenaza de una profunda regresión civilizatoria. No obstante, tanto la socialdemocracia como la izquierda alternativa demuestran tener aún una conciencia muy limitada de esa encrucijada. Por supuesto, el feminismo es unánimemente loado por toda fuerza que se diga progresista. Pero la naturaleza de este movimiento – el proceso histórico de emancipación de las mujeres del dominio patriarcal – se ha convertido en algo interpretable. La posmodernidad ha alumbrado corrientes de pensamiento que pretenden subvertir esa base materialista del feminismo y que han alcanzado un notable predicamento en la izquierda. Todo ello ha acentuado el papel accesorio de la agenda feminista en relación a los problemas de la “alta política”, desdibujando incluso la raíz de la opresión y el trato desigual que sufren las mujeres. Cierto, ellas constituyen más de la mitad de la población. Sin embargo, sus reclamaciones devienen moneda de cambio en transacciones y pactos, donde se cierran acuerdos sobre cuestiones que – supuestamente – revisten mayor trascendencia. Hay sobrados ejemplos de esta dolencia viril.

Quizá estemos a punto de contemplar una desconcertante paradoja que ilustraría lo dicho. El próximo fin de semana tendrá lugar en Valencia un acto político muy relevante, promovido por Mònica Oltra, vicepresidenta autonómica y figura prominente de la nueva izquierda. En él participarán destacadas personalidades como  Ada Colau, dirigente de los comunes, o Mónica García, líder de la oposición en la Comunidad de Madrid. El evento ha despertado gran expectación, en la medida que se trata del primer encuentro público de Yolanda Díaz con otras responsables políticas, en el marco de los diálogos ciudadanos que la Ministra de Trabajo pretende establecer en distintos ámbitos. En el horizonte está la hipótesis de conformar una plataforma electoral de amplio espectro, agrupando a las fuerzas que se reconocen a la izquierda del PSOE de cara a los comicios de 2023. La ausencia de representantes de IU y de Podemos, empezando por su secretaria general y la Ministra de Igualdad, ha levantado no pocas suspicacias. Lo que constituye un presagio de las muchas dificultades que se ciernen sobre el proyecto que acaricia Yolanda Díaz. ¿Qué será, pues, lo de Valencia? ¿Un primer movimiento exploratorio? ¿El esbozo de un reagrupamiento general de la izquierda alternativa? En cualquier caso, los perfiles y trayectorias de las participantes permiten anticipar contenidos. Todas gobiernan – o hacen oposición a la derecha, en el caso de Madrid – junto a los socialistas. Al mismo tiempo, se muestran críticas ante lo que consideran una actitud conciliadora de la socialdemocracia hacia las élites empresariales y financieras a la hora de acometer reformas de calado social, ya sea en materia de legislación laboral, en cuanto a vivienda, sanidad pública u otros temas. Perfilan, en suma, un espacio que subraya su determinación transformadora, muy especialmente en todo lo referente a la transición ecológica. Tras el reconocimiento que han recibido en Glasgow las políticas del Ayuntamiento de Barcelona, la bandera verde aureolará sin duda la cita valenciana. 

Pero la propia Mònica Oltra ha querido destacar que un encuentro como éste pone de relieve los liderazgos alcanzados por las mujeres, así como la pujanza de los nuevos feminismos. Y ahí es donde surge la contradicción. Pues, raramente una concentración tan importante de mujeres dirigentes – excelente noticia – habrá estado tan alejada de la agenda feminista, si nos atenemos a las posturas defendidas por las protagonistas de la reunión. Yolanda Díaz, concentrada en su desempeño al frente del Ministerio de Trabajo, se ha prodigado poco en los debates feministas. No es el caso de sus compañeras. En nombre de una exaltación de la diversidad, determinadas imposiciones patriarcales – como el pañuelo y todo lo que conlleva, en el caso de las niñas musulmanas – son reconocidas como expresiones culturales legítimas, en detrimento de la igualdad de derechos. Es conocida la posición de los comunes, favorable al reconocimiento de la prostitución como trabajo sexual. Su celo llega hasta el punto de querer eliminar el restablecimiento del castigo a la tercería locativa, previsto en el proyecto de ley sobre libertad sexual elaborado por el Ministerio de Igualdad. (Un departamento que se resiste a dar cualquier paso hacia una legislación abolicionista, como las vigentes en los países nórdicos o en Francia). No se conoce ningún pronunciamiento de estas dirigentes contra la expansión de la pornografía y el impacto nefasto que tiene entre niños y adolescentes la imagen degradada de la mujer que proyecta. Tampoco se las ha oído alzar la voz contra el comercio de los “vientres de alquiler”, prohibido en España, pero que sigue fluyendo por las rendijas de la legalidad vigente. En cambio, compiten a la hora de manifestar su fe en el credo transgenerista. El lenguaje queer, destinado a diluir la materialidad del sexo y, por ende, el fundamento de la opresión que sufren las mujeres, está impregnándolo todo. El proyecto de ley que permitiría el libre cambio de sexo registral no es sino el colofón de decenas de disposiciones y protocolos autonómicos que no sólo socavan los derechos de las mujeres, sino que amenazan gravemente el saludable desarrollo de los menores, especialmente las niñas. Por si no hubiera bastante con la labor propagandística de Irene Montero, esta semana hemos podido oír a la Ministra de Sanidad, Carolina Darias, evocar medidas en favor de las personas “con capacidad de gestar”. No parece que eso del “borrado de las mujeres” sea una hipérbole de las feministas radicales. 

Éstas no estarán en Valencia o difícilmente podrán reconocerse en lo que de allí salga, por muy verdes y de izquierdas que se sientan. Y eso constituye un gravísimo problema. Es muy probable que el desencuentro con el feminismo se tape con la sobreabundancia de voces femeninas. Es posible también que ese frente se considere, una vez más, secundario. O que se piense que, a falta de otra cosa, las feministas críticas tragarán cuando lleguen las elecciones; incluso que su desencanto no tendrá un reflejo significativo en los resultados. Tal vez, aunque todo está por ver. Pero las voces inaudibles en medio del ruido mediático de una campaña se volverán atronadoras a cierto plazo. Lo que está en discusión no son disputas menores, sino un modelo de sociedad. Poco ecologismo y menos socialismo habrá si se da la espalda a una agenda feminista que incide en las desigualdades más sangrantes de nuestro tiempo. No va a ser fácil para la izquierda resolver un problema de semejante envergadura. Por eso urge empezar a nombrarlo. Mientras no sea tratado convenientemente, los proyectos que quiera botar la izquierda se harán a la mar con una vía de agua en su casco. 

Lluís Rabell

10/11/2021

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