Kremlinólogos

A lo largo del último período de la “guerra fría”, las redacciones de los periódicos y los centros de inteligencia de las cancillerías occidentales vieron proliferar una curiosa especie de analistas, hoy extinta: los kremlinólogos, unos tipos muy sesudos, dedicados a escrutar el menor cambio que pudiera producirse en la élite gobernante de la URSS. Cada relevo en las filas de la gerontocracia soviética, cada cese, cada nombramiento o traslado, era minuciosamente estudiado, tratando de anticipar los planes de un poder que permanecía envuelto en un halo de misterio. Aquella vieja burocracia cedió su lugar a un régimen autocrático que ha encontrado en el ex-KGB Putin su expresión más acabada. Pero ya no es lo mismo. Hay que creer, sin embargo, que no ha disminuido la afición periodística por interpretar una remodelación de gobierno como quien lee el futuro en los posos del café. Así, los cambios efectuados este fin de semana por Pedro Sánchez en su gabinete han desatado una cascada de análisis de desigual rigor… y no pocas especulaciones. Lo cierto es que la crisis de gobierno, aunque esperada, ha supuesto toda una convulsión política y tendrá sin duda múltiples derivadas.

Sánchez encara la fase decisiva de la legislatura. Hostigado desde el minuto cero por la derecha, el primer gobierno de coalición ha sobrevivido a la pandemia, ha sacado adelante unos PGE, ha logrado el beneplácito de la UE por cuanto se refiere a los fondos de recuperación, ha dado un paso audaz en la intrincada crisis territorial concediendo los indultos a los líderes independentistas catalanes… Pero ha sufrido un notable desgaste en distintos frentes. Las elecciones autonómicas madrileñas, con un PP revigorizado y capaz de conectar con el deseo de “desahogo” de una parte importante de la sociedad española, no podían por menos que encender todas las alarmas en la Moncloa. Y el presidente ha reaccionado con un movimiento audaz, marca de la casa. Un movimiento que, de algún modo, define un giro bonapartista de Pedro Sánchez. Por supuesto, este 10 de julio no es equiparable a ningún 18 de brumario. Pero sí que representa una elevación del líder socialista por encima de los distintos componentes del gobierno y – lo que quizá sea aún más importante – sobre el conjunto de las tendencias del PSOE.

En cuanto al ejecutivo, no le ha temblado el pulso a Sánchez“Los cementerios están repletos de gente irremplazable, que fue inmediatamente sustituida”, decía el viejo Georges Clémenceau. Se van pesos pesados del anterior gabinete, responsables que han acompañado a Sánchez en los momentos más difíciles y han estado a su lado desde la exitosa moción de censura contra Rajoy en 2018: ÁbalosCarmen Calvo, Celáa… Y entra gente que pertenece a otras familias del PSOE. Derrotada definitivamente Susana Díaz, ni los susanistas, ni quienes optaron en su día por otros liderazgos -como el de Patxi López – serán repudiados. Al contrario. Sánchez sacrifica a personalidades relevantes de su propia fracción… para reinar sobre todas las demás. Porque se trata del partido. El Congreso del PSOE está a la vuelta de la esquina. La brusca salida del otrora influyente – y ambicioso – asesor Iván Redondo significa, ante todo, que Sánchez quiere abordar las próximas elecciones generales y municipales, no ya sobre la base de ingeniosas campañas comunicativas ni estructuras ad hoc, sino apoyándose en la entrega militante, la implantación territorial y la experiencia de un partido. Mejor dicho: de su totalidad. Después del fiasco de Murcia – aunque no fuese Redondo el responsable -, los experimentos, con gaseosa. El PSOE es fuerza de gobierno. Todas las corrientes socialistas beben de esa cultura. Con la reestructuración del ejecutivo y los preparativos del Congreso, Sánchez manda un mensaje inequívoco: “Hay un capitán a bordo. Uno solo. ¡Todos a sus puestos!”. Sabe que funcionará.

Hay muchos otros elementos a destacar en esta remodelación: rejuvenecimiento del ejecutivo, mayor presencia de mujeres de formación municipalista como señal de proximidad, guiños a determinados territorios… Pero comporta también un par de arbitrajes de la mayor importancia. El primero tiene que ver con el reforzamiento de Nadia Calviño. En su calidad de vicepresidenta primera, pilotará las reuniones de secretarios y subsecretarios, auténtica sala de máquinas del gobierno. Todo el mundo entiende que se trata de un mensaje de tranquilidad a Bruselas – e incluso a los mercados -, en la medida que Calviño es percibida como una personalidad social-liberal. Habrá que ver las consecuencias de ese mayor peso específico en el desarrollo de la agenda social pendiente: el incremento del SMI, el desmontaje progresivo de la reforma laboral del PP… por no hablar de una reforma tributaria progresiva. La llegada de los fondos europeos puede traer la letra pequeña de nuevas exigencias de rigor fiscal por parte de la Comisión Europea. Y Calviño ser la encargada de leer esas cláusulas adicionales al resto del gobierno. Añadamos que la continuidad de José Luis Escrivá al frente de la Seguridad Social, después de sus declaraciones acerca de los “sacrificios” a que podía verse abocada la generación de los baby boomers, tampoco resulta del todo tranquilizadora. Al tiempo. Los sindicatos no tardarán en hacer la prueba del algodón al renovado gobierno de coalición. Y aquí sí que se la juega: no habrá despegue electoral de las izquierdas si no se atienden las exigencias de su base social trabajadora.

El segundo arbitraje concierne a las mujeres. La salida de Carmen Calvo sella una derrota del feminismo en el seno del Gobierno. Quizá priorizando la estabilidad de la coalición, Sánchez ha zanjado. Irene Montero obtiene su anhelada “ley trans”. Veremos si esa no acaba siendo la única concesión que logra arrancar UP en lo que queda de legislatura. Yolanda Díaz, que también se ha apuntado a la coral queer, confía en puentear a Nadia Calviño y negociar las cuestiones de su ministerio directamente con el presidente. Toquemos madera. En esta reconfiguración del gobierno, UP parece haber optado por aquello de “Virgencita, que me quede como estoy”. Lo cual, como señala lucidamente Enric Juliana, no constituye precisamente una señal de fortaleza. En cualquier caso, embarcándose en ese proyecto transgenerista, el gobierno da ostensiblemente la espalda a la agenda feminista. Va a darse la paradoja de que el gobierno con mayor presencia femenina de la historia, a iniciativa de un partido liderado por mujeres, impulsará una ley que socava las conquistas igualitarias del feminismo, al tiempo que amenaza la salud de menores y adolescentes. El asunto es de una extrema gravedad y, tarde o temprano, la izquierda lo pagará muy caro. Ojalá la tramitación de la ley llegue a evitar lo peor. Más allá de la valía – incluso la brillantez – de las mujeres y los hombres que componen el segundo gobierno de Pedro Sánchez, con estos mimbres y estas incertidumbres se ha trenzado. El futuro nunca está escrito de antemano. Pero es bueno saber lo que hay. (¡Y qué difícil es resistirse al encanto de la kremlinología monclovita!).

Lluís Rabell

12/07/2021

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