Buhoneros

Cada cual tiene los referentes culturales que puede. Permítaseme recurrir a los clásicos del western con que me deleitaba de niño en los otrora populares cines del barrio. Un personaje recurrente de aquellas películas era la figura del buhonero, aquel vendedor ambulante de baratijas que andaba de pueblo en pueblo con un destartalado carromato, tirado por un caballo en similar estado. Entre los productos que el charlatán trataba de vender a sus ingenuos auditorios no podía faltar un milagroso elixir. Por el módico precio de un dólar, los hombres del lugar podían adquirir un brebaje que hacía crecer el pelo y procuraba un inaudito vigor sexual. Naturalmente, aquel mejunje, hecho a base de zarzaparrilla, whisky del malo y algún remedio indio contra las mordeduras de serpiente, no provocaba más efecto que una incontenible diarrea. Al día siguiente, el buhonero tenía que poner pies en polvorosa, perseguido por una turba dispuesta a ahorcarle. Hoy, enarbolando las “leyes trans”, un ejército de charlatanes del siglo XXI llega a nuestras ciudades, alcanza notoriedad en las universidades, dicta líneas editoriales en diarios y televisiones, encandila a la juventud con narraciones sentimentales, obtiene el favor de gobiernos y parlamentos… El “elixir” que pretenden hacernos tragar resulta, sin embargo, mucho más dañino que el que repartían aquellos trotamundos del lejano Oeste. 

El consejo de ministros ha dado finalmente luz verde a un proyecto que, como lo exigían los lobby transgeneristas, reconoce de facto la “autodeterminación de sexo”. Pero las cosas no van a ser tan fáciles como esperaban. De hecho, contaban con que la ley viera la luz sin levantar demasiada controversia, como si se tratase de una “ampliación de derechos civiles”. La resistencia de numerosos colectivos feministas, denunciando la amenaza que esa ley supone para los derechos de las mujeres, ha obligado a que ese texto llegue al Congreso de manera forzada y tras no pocas fricciones en el seno de la coalición de izquierdas. Fue un error haber supuesto que, para frenarlo, bastaba con el rigor de los argumentos y la oposición de algunas destacadas dirigentes socialistas. Los aparatos de los partidos, si no cuentan con una fuerza social lo bastante amplia y organizada, tienden a plegarse ante las poderosas tendencias que se manifiestan a nivel global. (Y eso es precisamente lo que representan y anuncian esas leyes: un cambio de paradigma en nuestras sociedades bajo las exigencias del tecnocapitalismo). Pero esto no ha sido más que un primer asalto. El feminismo radical ha conseguido descubrir el pastel. Es cierto: su discurso apenas llega a la opinión pública, sometida a una incesante ceremonia de confusión – esto no va ni de personas transexuales, ni de los derechos de ningún colectivo. No obstante, el trámite parlamentario será largo. Tras un primer momento de perplejidad, la discusión se abrirá paso en los partidos de izquierda y en el conjunto de la sociedad civil. Nadie puede predecir los ritmos ni el desenlace de esa batalla. Pero tendrá lugar. Los hombres todavía pueden permitirse creer que cabe contemporizar con los cambios que se avecinan. Las mujeres conscientes, no. La resistencia feminista representa en estos momentos la vanguardia del pensamiento crítico y transformador.

A su abundante producción – artículos, manifiestos, investigaciones… – acerca del movimiento queer y las leyes que promueve me remito una vez más. Lo que está en marcha es de tal calado que no resulta fácil aprehender sus dimensiones. En la década de los 70, el capitalismo tuvo que hacer frente a una caída tendencial de su tasa de ganancia a nivel mundial. Lo logró mediante una contrarrevolución conservadora que dinamitó los precarios equilibrios de la posguerra, desde los acuerdos de Bretton Woods hasta los logros del Estado del Bienestar, e incorporó China y los países del área soviética a la economía mundial. Ese proceso, que dio lugar a la globalización neoliberal, comportó profundos cambios en todos los órdenes. También culturales, de mentalidades, de “valores” y horizontes. Fue el triunfo del individualismo, la deificación del mercado, el “fin de la historia” y la desaparición conceptual de las clases. (Por mucho que las desigualdades no hayan dejado de crecer y la “inexistente” clase trabajadora sea hoy más numerosa que nunca). Las corrientes transgeneristas que se manifiestan con tal fuerza y apoyos surgen del campo abonado del neoliberalismo, a la vez como expresión de su descomposición y como aspiración a un nuevo orden, a una reconfiguración social de rasgos distópicos. Tras la “desaparición” del proletariado, se trata de hacer desaparecer a la mujer y anular sus conquistas en materia de igualdad. Con la ayuda de los prodigiosos avances tecnológicos de las últimas décadas, el capitalismo pretende mercantilizar todas las facetas de la vida. Quizá ni siquiera el propio movimiento feminista sea consciente del potencial subversivo de su agenda: esa que pretende abolir las pautas y estereotipos de la dominación masculina; la que quiere acabar con la prostitución y la explotación reproductiva; la que se insurge contra la pobreza y las discriminaciones… Nada es hoy tan antitético a las pulsiones del capitalismo como esas aspiraciones igualitarias de las mujeres. 

Basta con echar un vistazo a algunos acontecimientos recientes para entender el calado de lo que está ocurriendo. Este último 28 de junio, la manifestación del Orgullo Crítico en Madrid estuvo encabezada por un grupo de niños y niñas pretendidamente “trans”. Es una imagen que hiela la sangre en las venas. Uno se pregunta dónde está el Defensor del Menor, porque esto sólo puede calificarse de maltrato infantil. Ninguno de esos menores ha alcanzado un desarrollo físico ni intelectual que les permita tener las percepciones que verbalizan, ni la consciencia de la “identidad” que declinan. Es difícil concebir mayor manipulación, adoctrinamiento más indignante. Ni más peligroso para la infancia en su conjunto. El transgenerismo está desenrollando una alfombra roja a los pies de la pedofilia. La reivindicación de la pedofilia como “disidencia sexual” no es nueva. La antropóloga americana Gayle Rubin ya exploró en su día esa idea. Desde una óptica totalmente opuesta, el sociólogo quebequés Richard Poulin lleva años alertando acerca de los riesgos de una hipersexualización de la niñez, perceptible en modas y tendencias culturales… por no hablar del crecimiento de la pornografía infantil. Son los síntomas de una sociedad enferma en la que el deseo individual desborda todos los límites y convenciones. Si, como nos dan entender, los menores viven una plenitud sexual desde la más tierna infancia, ¿por qué no habrían de tener relaciones consentidas con adultos? ¿Nadie está expresando semejante barbaridad? Todavía no. Pero está inscrita en la lógica del nuevo paradigma. Y, a diferencia de la “infancia trans”, la fuerza de la gravedad existe. Los rechazos sociales, erosionados, pueden acabar resquebrajándose. Hace tan solo dos o tres años nadie se hubiese atrevido a transformar a un grupo de niños en portavoces de una teoría sobre la sexualidad y el deseo. Pues bien, ahí lo tenemos: eso ya se está normalizando. De momento, abandonadas por una izquierda desnortada y pusilánime, sólo las feministas están dando la voz de alarma. Hay que echar de la ciudad a esos desaprensivos buhoneros y su elixir emponzoñado.

Lluís Rabell

29/06/2021

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