No disparéis al pianista


Algún día – esperemos que no muy lejano – sus señorías maldecirán a las estenógrafas del Congreso por haber consignado con tanta exactitud sus palabras en el diario de sesiones. Y se avergonzarán, como hoy sentimos algunos bochorno por el espectáculo. El pasado 18 de mayo se debatía la toma en consideración de la proposición de “ley trans”, presentada y avalada por un conjunto heterogéneo de grupos parlamentarios, donde confluían desde Más País hasta el PNV y JxCat, pasando por Ciudadanos, ERC, Bildu y la CUP. Sin olvidar a la suspirante ministra de Igualdad, que pidió perdón por no haber podido vencer las reticencias del gobierno de coalición a la hora de proponer su propio proyecto. Como es sabido, el trámite no prosperó, al recibir los votos en contra de PP y Vox, así como la abstención de un PSOE manifiestamente incómodo, que no sabía muy bien dónde dar con la cabeza. (Sin embargo, la justificación de dicha abstención, referida a la inseguridad jurídica del texto presentado, no debería tomarse a la ligera, ni rechazarse como una mera excusa. Vistos los borradores de “ley trans” que han ido circulando, el del ministerio o el que se vio ese día en la cámara, la constitucionalidad de sus fundamentos y de algunos de sus apartados sería muy razonablemente discutible). Pero la sesión parlamentaria merece ser recordada por la cantidad de majaderías que llegaron a decirse desde la tribuna por boca de personas de quienes cabría esperar mayor seriedad. Lo que no se escuchó en todo el debate fue una intervención feminista. No hubo ninguna. Y eso es un síntoma realmente inquietante.


Desde el movimiento feminista se está formulando una rigurosa crítica de esos textos, a la cual me remito. La eliminación de la consideración del sexo biológico como fundamento jurídico pone en cuestión las frágiles conquistas de las mujeres en materia de igualdad. Lejos de defender los derechos de ningún colectivo, los proyectos basados en la llamada “autodeterminación de género” atentan contra el saludable desarrollo de niños y adolescentes, resultan amenazadores para la natural expresión de la homosexualidad e incluso degradantes para las personas transexuales (a quienes no se refieren tales textos, a pesar de la ambigüedad calculada del término “trans”, que funciona como un cajón de sastre donde caben los conceptos más variopintos, elevados al rango de insospechadas “identidades”). La crítica feminista, recogiendo la experiencia de otros países que han adoptado legislaciones similares, es demasiado amplia y documentada como para tratar de resumirla en unas pocas líneas. Para entender lo que está en juego, es obligado consultar la abundante producción de las teóricas feministas, activistas y colectivos agrupados bajo el lema “Contra el borrado de las mujeres”. Lean y reflexionen. Eso ayudará a contrarrestar una formidable campaña mediática que, en nombre del establecimiento de nuevos derechos, dibuja en realidad los contornos de una sociedad nihilista, marcada por la servidumbre de las mujeres y la distopía de unas élites patriarcales deseosas de transcender los límites de la humanidad. Pero no anticipemos el desenlace de un debate social que promete ser largo y difícil.


En cualquier caso, los discursos pronunciados en el Congreso fueron de antología. Tuvieron el mérito de ejemplificar el pensamiento retrógrado que inspira las leyes generistas, así como el sentimentalismo demagógico y la infantilización de los auditorios a que recurren sus abogados. Basta con recordar el arranque de la intervención de Íñigo Errejón“Quisiera que se imaginaran ustedes que tienen un hijo trans”. Directo a las tripas. Emoción en vena. Pero, ¿qué es un niño trans? ¿Un niño que quiere jugar con muñecas? ¿Una niña que le pega bien al balón? Bien, ese es el rigor científico de algunos protocolos – los hay ya en catorce comunidades autónomas – que deberían seguir los maestros para detectar precozmente a esos menores cuya “identidad de género” ha aterrizado misteriosamente en un “cuerpo equivocado”. Mal que le pese al bueno de Íñigo, no existe ninguna “infancia trans”. Lo que sí existe es un denodado intento de fabricarla, proyectando sobre los menores delirios de adultos, delirios teñidos de los más rancios estereotipos. Así lo demostró Joan Baldoví, diputado de Compromís, que quiso enternecer al Congreso contándole un cuento de hadas e instándole a permitir que un niño “sealo que realmente es”. (Y “lo que realmentees” coincide con aquello que las pautas patriarcales consideran como los comportamientos propios de cada sexo). Llama poderosamente la atención la similitud de esta visión supuestamente progresista con el imaginario de la extrema derecha. En realidad, vienen a ser reflejos invertidos de una misma idea: inculcando comportamientos o bien modificando cuerpos y apariencias, unos y otros deben “encajar” con lo establecido por la normatividad ancestral. 


No, no habló ninguna feminista en el Congreso. Tampoco lo hizo nadie con un mínimo criterio científico. Los nacionalistas vascos y catalanes acostumbran a ser gente creyente. Ninguno tendría, no obstante, la ocurrencia de proponer una ley basada en el dogma de la virginidad de María o el misterio de la Santísima Trinidad. Pues bien, tanto ellos como sus respectivas “izquierdas” convinieron sin problemas en una propuesta tan materialista como el propio creacionismo; una propuesta que apela irremisiblemente a la fe: hay que creer en identidades que flotan por el éter… y en la capacidad taumatúrgica de los seres humanos para “autodeterminar” su sexo, más allá de que una aleatoria combinación de cromosomas haya hecho de ellos machos o hembras de la especie humana. ¿Qué podría salir mal a partir de semejantes premisas? El caso paradigmático de Keira Bell – Baldoví que tanto gusta de evocar casos particulares hubiese podido referirse a éste – nos alerta acerca de los peligros de inducir transiciones medicalizadas en adolescentes cuyo malestar o disconformidad con los roles que se atribuyen a su sexo pueden responder a múltiples causas, desde síndromes autistas hasta traumas infantiles. O, simplemente, a una pulsión homosexual mal aceptada por el entorno social. La retórica de la “despatologicación” enmascara una negación de atención profesional a menores en momentos difíciles de su desarrollo. Hay una tremenda irresponsabilidad en todo ello. Y no es exagerado, ni conspiracionista, sino simplemente conocedor de la lógica del capitalismo, percibir el interés de grandes corporaciones médico-farmacéuticas en convertir a toda una generación en su cliente perpétuo. La izquierda alternativa, rauda en denunciar cloacas mediáticas, presiones del Ibex 35 o maniobras de los poderes fácticos del Estado – que, de haberlas, haylas -, aún no se ha percatado de este pastel.


Por ahora, la presión exigente del feminismo se está haciendo sentir sobre todo en las filas socialistas. Pero el PSOE tendrá que hacer bastante más que una llave de judo parlamentaria para zafarse de una embarazosa proposición de ley. No podrá evitar un árduo debate interno. Ojalá lo ganen las feministas. Y ojalá su voz genuína acabe oyéndose en el hemiciclo. Porque hay que detener esa locura de las “leyes trans”. Y habrá que derogar las disposiciones y protocolos que han ido colándose por las autonomías sin que la ciudadanía pudiese tomar conciencia de sus nefastas consecuencias, empezando por cuanto se refiere a la coeducación. La exhibición de frivolidad y oscurantismo que hubo en el Congreso debería ser motivo de inquietud para cualquier demócrata. Las guerras de religión siempre han sido muy crueles. El transgenerismo se asemeja a una religión posmoderna; representa la exaltación del individualismo neoliberal, el triunfo último del deseo particular sobre cualquier derecho colectivo. Y ya sabemos qué querencia por las hogueras tienen los guardianes de la fe. El pensamiento crítico es hoy tildado de “transfobia”. Mucho más de lo que ella misma es consciente, el futuro de la izquierda está en disputa. De este tiroteo no se salva ni el pianista.


Lluís Rabell

19/05/2021

3 Comments

  1. Otro gran artículo de este señor que explica como nadie y en términos claros y concisos los delirios de parlamentarios supuestos, y lo retorcido oscurantista de los artículos de la presente ley

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  2. Y yo aún diría más. Hola. No quería dejar esto sin respuesta. He estado haciendo algunas averiguaciones…

    Resulta que se hizo una ley en 2007 para proteger los derechos de los y las transexuales. Y ahora se quiere hacer otra; ir más allá pero parece que equivocando el Norte. Así lo denuncian feministas históricas como Celia Amorós o Amelia Valcárcel pero también otras teóricas del feminismo más jóvenes como Alicia Miyares, Paula Fraga o Alicia Puleo.

    Hay muchos puntos críticos en la nueva ley. Uno de ellos es el intento de suprimir la dicotomía o enfrentamiento entre el sexo biológico con el que venimos cada cual al mundo y el género, que es la construcción social que nos asigna distintos papeles y capacidades en función del sexo biológico.

    Pero parece que hay más y peor. La antigua ley establecía la necesidad de un dictamen médico o dos años de tratamiento hormonal para poder optar a la operación quirúrgica de cambio de sexo. Y la mayoría de edad. En la nueva ley todo esto desaparece. Bastaría la voluntad expresada para el cambio de sexo en el registro y para la cirugía sin mínimo de edad ni tratamiento hormonal previo. Esto podría ocasionar que un violador acabase en una cárcel de mujeres o que un niño o niña menor de edad pidiera el cambio de sexo y los padres perdieran la custodia por negárselo.

    Las feministas que nombré se apoyan o están influidas por el libro “El segundo sexo” de Simone de Beauvoir y en definitiva por la filosofía moderna de I. Kant. Las que apoyan la nueva ley parecen guiarse por Judith Butler y su libro “El género en disputa”, que es tanto como decir la línea del posmodernismo de Foucault.

    Modestamente pienso que las primeras tienen razón y que la nueva ley es un patinazo de mi apreciada gente de UP, que son quienes la defienden a través de Irene Montero.

    Creo que esto necesita de un debate sereno pero en las redes el asunto está desatado. Lo he resumido mucho. Pero que quede claro que nadie niega los derechos de los y las transexuales. Es que la nueva ley está mal pensada. De hecho es cuestionada como un Caballo de Troya del neoliberalismo para acabar con el movimiento por los derechos de la mujer.

    Abrazos y buena suerte a todos. Y perdonad la chapa 😅

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  3. Me han parecido muy acertadas y claras las opiniones que es lo que necesitamos ante el disparate desatado. Enhorabuena !

    M'agrada

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