Metáfora de la barbarie

           Rosa Cobo, profesora de Sociología del Género en la Universidad de A Coruña, nos brinda un extraordinario trabajo (“Pornografía. El placer del poder”)que merece atenta lectura y debate. Fruto de una rigurosa investigación de la que la autora ya había ido dando cuenta en numerosas conferencias, “El placer del poder” sitúa el fenómeno de la pornografía en una dimensión económica, cultural y política como un factor de primer orden en el moldeo de nuestras sociedades bajo el capitalismo tardío.

           No hablamos de un hecho menor. A través de Internet, la difusión de las producciones pornográficas alcanza todos los rincones del planeta. Y todas las franjas de edad: gracias a los dispositivos móviles, niños y adolescentes acceden sin restricciones a sus contenidos… que se convierten así en su puerta de acceso a la sexualidad. Como ocurre con la prostitución – de la que hace “pedagogía” -, la pornografía ha dejado muy atrás su carácter marginal, con poca incidencia en el PIB de las economías nacionales. Tan sólo en Estados Unidos, la pornografía y el conjunto de actividades mercantiles asociadas a ella generaron en 2019 un volumen de negocio del orden de los 6 billones de dólares. Los principales portales dedicados a la difusión de material pornográfico constituyen un auténtico oligopolio, del que participan los más “respetables” intereses financieros y corporativos mundiales. Una de las plataformas más destacadas, Pornhub, colgó durante ese ejercicio 6’83 millones de vídeos. Su visionado requeriría permanecer ante la pantalla durante 169 años. (1) Esta formidable explosión refleja y condensa todo un cambio de época.

           El porno no sólo es un gran negocio: representa el intento de diseñar e imponer una nueva normatividad a las mujeres. No se trata de ficción, ni de fantasía. La violencia que se exhibe es real y se convierte en el núcleo del relato pornográfico. Como es patente la voluntad de objetivar y deshumanizar a las mujeres, disciplinándolas, erotizando sin cesar la brutalidad masculina ejercida sobre ellas, “destruyendo cualquier sentimiento de empatía” y “procediendo a una aniquilación simbólica de las mujeres”. “La pornografía es una metáfora de las relaciones de poder de los varones sobre las mujeres”.

           Ciertamente, la crítica feminista de la pornografía no es algo nuevo. Pero, como explica la gran pensadora feminista Celia Amorós, ante cada transformación de la realidad social – como la que estamos viviendo a nivel mundial en medio de la crisis del orden neoliberal -, el patriarcado necesita redefinir el semblante y el lugar de las mujeres. Y, por ende, los de los hombres. Es en esa encrucijada histórica donde Rosa Cobo actualiza esa crítica: “La pornografía ilustra con imágenes la descomposición social y el uso de la violencia en los lugares más vulnerables y pobres del capitalismo neoliberal. La violencia de las maquilas y los feminicidios se corresponde con la violencia del porno contra las mujeres. La creciente desigualdad y el surgimiento de nuevas clases de servidumbre aparecen minuciosamente relatados en las narraciones pornográficas. Las trabajadoras de las maquilas y las servidoras domésticas tienen su correlato en las servidoras sexuales de la industria de la explotación sexual. El porno da testimonio en sus representaciones de esta servidumbre. Las relaciones de poder en el mundo del nuevo capitalismo entre los que tienen mucho y los que apenas tienen nada encuentra su traducción en las relaciones entre hombres y mujeres relatadas en el porno. La pérdida de comunidad y el debilitamiento de la empatía y de la solidaridad de las sociedades capitalistas se corresponden con la soberanía del deseo masculino frente a la alteridad insignificante que representan las mujeres en el porno. La expulsión de grandes sectores de la población de sus tierras, fábricas, casas y entornos está también metafóricamente expresada en el porno, donde se muestra con naturalidad la satisfacción de los deseos de unos a costa de las otras”.

           Pero el porno refleja también una disputa entre las propias élites masculinas, donde “los varones del capitalismo sin reglas”, “los bárbaros del patriarcado”, encarnación de las pulsiones de una floreciente economía criminal, aspiran a desplazar a aquellos hombres dispuestos a aceptar, con mayor o menor reticencia, los limitados avances alcanzados por las mujeres en materia de igualdad. El porno no sólo pretende cancelar radicalmente esas conquistas, sino que plantea rebasar los límites del contrato sexual tradicionalmente establecido por el patriarcado: una mujer para cada hombre, por medio del matrimonio; unas cuantas para satisfacer los caprichos de todos, merced a la prostitución. En la pornografía, la exaltación de la dominación masculina se declina siguiendo vectores raciales, culturales y de clase. Basta con echar un vistazo a los títulos de algunas propuestas, escogidas entre una catarata de producciones similares: “Puta latina se pone a cuatro patas para que su cliente se la folle duro”, “Dulce rusa recibe doble”, “Zorra árabe recibe doble penetración”, “Yo pago y tengo derecho a follarte”, “Follándose a la chica de la limpieza”, “Dinero extra para follar y encular a la chica de la limpieza”, “Jefe abusador convierte a su asistenta en una puta sumisa”… Pero, de manera cada vez más insistente y explícita, el incesto y la pedofilia forman parte del relato pornográfico, a modo de gutural exigencia de un acceso sin límites ni cortapisas al cuerpo de todas. Aquí también la narrativa pornográfica deviene explícita: “Dale esas tetitas a papá”, “Hipnotiza a su hija y se la folla como a una puta”, “Su hija estaba embarazada y aún así se la folló”, “Padre se corre dentro de su hija”, “El nieto se la mete a la abuela, la abuela se corre a chorros”, “Despierta a su madre con un anal”, “Le echa un polvo a su madre para quitarle la depresión a pollazos”… La prohibición del incesto y el respeto por el cuerpo de las niñas que, nos recuerda Rosa Cobo, formaban parte de los pactos sobre los que se fundaba la legitimidad de las sociedades patriarcales, saltan por los aires ante los envites de semejante imaginario libertino. La sociedad que prefiguran esos hombres cuya masculinidad radica en la dominación absoluta y esas mujeres que sólo existen como receptoras de violencia es una sociedad bárbara. Esa es la sociedad que late en la entrañas del capitalismo depredador del nuevo siglo.

Por eso insiste la autora en abordar el porno como un hecho rotundamente político. “En el imaginario colectivo, la pornografía y la prostitución son presentadas como hechos morales. El clima de relativismo moral facilita este análisis. Sin embargo, si (…) negamos su carácter político, ocultamos su relación con el patriarcado y el capitalismo. O, en otros términos, silenciamos la colisión del porno con la igualdad. Por eso, porque se alimenta del lenguaje del poder, la pornografía no tiene efectos emancipadores”. He aquí un diagnóstico sobre el que debería meditar la izquierda, en cuyas filas ha hecho mella ese clima de relativismo característico de la posmodernidad. El porno no tiene nada de liberador. No expresa ninguna disidencia, sino la evolución más brutal y execrable del orden existente.

Se está librando una batalla cultural determinante para el futuro de nuestras sociedades. La pornografía al igual que la prostitución, porfían por legitimarse. Y ahí la academia, donde proliferan los solícitos discursos sobre “el trabajo sexual”, desempeña un papel de primer orden. Pero el terreno decisivo de esa batalla se dará en el movimiento obrero y las organizaciones de izquierdas. El feminismo está peleando denodadamente contra la nueva alianza del capitalismo y el patriarcado que se perfila a través de la expansión mundial de las industrias del sexo, de la prostitución, de la pornografía, de la explotación reproductiva del cuerpo de las mujeres… pero también de los intentos insidiosos de borrarlas como sujeto político que reivindica la igualdad frente al otro sexo. Concretamente, a través de las llamadas legislaciones trans, que no preservan ningún derecho efectivo y, por el contario, amenazan la salud y los derechos de muchas y muchos, empezando por los de la infancia.

“Estamos solas”, escribía amargamente hace unos días en “Público” la profesora de periodismo Juana Gallego, refiriéndose a las vacilaciones y a los retrocesos de sindicatos y fuerzas progresistas ante una ofensiva ideológica a la que sólo el feminismo radical se está enfrentando hoy con claridad. No le falta razón. Urge dar la vuelta a esa situación. No habrá avances hacia una sociedad más justa e igualitaria sin la derrota de los bárbaros. Si la izquierda “las dejase solas”, entonces estaríamos irremisiblemente perdidos.

Lluís Rabell

13/10/2020

(1) Ponencia de Lourdes Muñoz y Maribel Cárdenas, presentada durante las Jornadas “El porno feroz”, celebradas en Santa Coloma de Gramenet en febrero de 2020.

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