Ecos de un siglo

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La pandemia del coronavirus está siendo muy cruel con la franja de edad y la generación militante a las cuales pertenezco. Cuando nos disponíamos a conmemorar el aniversario de la IIª República, cayó como un mazazo la noticia del fallecimiento de Albert Escofet, entrañable amigo y animador de tantos combates de la izquierda. Pocos días antes, a finales de marzo, moría en Estrasburgo, a los 99 años de edad, quien fue a la vez un hombre sencillo y una figura emblemática de su época, perteneciente en este caso a la “quinta” de la guerra civil: Rafael Gómez, el último superviviente español de “La Nueve”, la unidad que entró en avanzada en París, en agosto de 1944, para liberar la capital de la ocupación nazi. El pasado domingo, fallecía en Aviñón, víctima también de la Covid 19, el exsenador y eurodiputado socialista Henri Weber. Poco conocido en España, Weber ha sido una personalidad política relevante en el país vecino y, sobre todo, representativa de la historia de la izquierda desde hace más de medio siglo. El 27 de abril, Marc Bassets se hacía eco de la noticia en “El País” y evocaba la trayectoria de quien fue todo un referente para sus coetáneos, pasando “de revolucionario del 68 a reformista en el PS”. Quizás valga la pena detenerse sobre algunos hitos de su biografía, por cuanto ilustran problemas de fondo que la izquierda europea está aún muy lejos de resolver.

Somos hijos de nuestro tiempo. El itinerario vital y político de Weber condensa muchos de los dilemas de la lucha por la emancipación social en el siglo XX. Nacido en 1944 en la lejana República de Tayikistán – sus padres, una humilde familia judía polaca que había buscado refugio en la URSS, fueron internados en un campo de trabajo en Leninabad -, Weber procede del yiddishland, un mundo perdido para siempre en la vorágine de la guerra. Un mundo cuyo trágico destino estuvo estrechamente vinculado a los avatares del Estado surgido de la Revolución de Octubre. No es sorprendente que el joven Weber, criado en Francia desde 1948, se sintiese atraído por el PCF, “el partido de los fusilados”, aureolado por la victoria militar soviética sobre Hitler y, durante los años cruciales de la guerra de Argelia, por la actitud solidaria de no pocos militantes comunistas con la lucha anticolonial. Como tampoco lo fue el desconcierto de sus padres, conocedores de la realidad del estalinismo y del antisemitismo que corría por las venas de la burocracia. La historia pesa en la conducta de los individuos, más allá de la consciencia que éstos tengan de su influjo. Henri Weber no tardaría en encontrarse en rebeldía frente al rígido aparato del partido, uniéndose a otros jóvenes comunistas como Alain Krivine y Daniel Bensaïd… y conectando con “históricos” cuadros trotskistas formados en los años treinta, como Pierre Frank. El trotskismo les aportaba tradición marxista y perspectiva revolucionaria: la recuperación del internacionalismo de clase frente al propio imperialismo francés; el programa de una regeneración socialista de la URSS que aboliría los privilegios y el régimen policial de la casta gobernante… Durante décadas, las persecuciones y un conjunto de circunstancias históricas habían hecho del trotskismo una corriente de proscritos, “exiliados de su propia clase” – entre los que se contaban numerosos judíos hostiles a la colonización sionista de Palestina. Tras la constitución de la Liga Comunista al calor de Mayo de 1968, circulaba un chiste en los círculos de la extrema izquierda parisina: “¿Por qué no se habla yiddish en el Buró Político de la Liga? Porque está Bensaïd“.

El paso del tiempo y una lluvia ininterrumpida de propaganda han desdibujado el recuerdo de mayo del 68, reduciéndolo a una suerte de movimiento contracultural. Sin embargo, cuando los estudiantes levantaban los adoquines del Barrio Latino, aún no se había secado la sangre del Che, caído un año antes en Bolivia. El poderío militar de Estados Unidos topaba con la resistencia vietnamita. En Praga, la juventud y las fábricas reclamaban un “socialismo con rostro humano”. En Francia, una formidable huelga general de diez millones de trabajadores paralizaba el país durante mes y medio y ponía en jaque a De Gaulle, que a un paso estuvo de llevar los tanques a París para restablecer el orden por la fuerza. Henri Weber no sólo fue un líder de aquellas protestas, sino uno de los principales teóricos de su organización. Junto a Daniel Bensaïd escribió entonces “El segundo aliento”, interpretando la revuelta estudiantil como el preludio de una época de radicalización y de renovación del movimiento obrero. Mayo no era sino “un ensayo general” de la revolución que vendría. Y la revolución necesitaba templar sus cuadros y forjar sus instrumentos. Weber fue también el creador del mítico servicio de orden de la Liga – vistosamente desplegado en la celebración del centenario de la Comuna. Situándolas en perspectiva, sin duda los representantes de la nueva izquierda considerarían hoy con desagrado aquellas exhibiciones de fuerza. El propio Weber había de criticar años más tarde la fascinación por la violencia que latía en el movimiento. Pero, lo cierto es que era una época violenta: la policía se mostraba poco amena en la calle, los enfrentamientos con los grupos de extrema derecha eran frecuentes en los campus, tampoco escaseaban los choques con otras formaciones izquierdistas… y, por supuesto, había que mostrar firmeza frente a los dispositivos de la CGT para no ser expulsado manu militari de una manifestación.

La revolución esperada no acudió a la cita. Bien, en cierto modo, sí. Lo hizo en Portugal en 1974. Lo intentó en 1980-81 en Polonia, con la primera irrupción de Solidarnosc. Pero no con el empuje necesario, ni contando con direcciones apropiadas. Lo que sí fue abriéndose paso en todas las metrópolis fue la “revolución conservadora” que encabezarían Reagan y Thatcher. Y, en Europa del Este, poderosas tendencias restauracionistas que acabarían barriendo unas economías nacionalizadas al borde del colapso. En Francia, se leyó la victoria de François Mitterrand en las presidenciales de 1981 como un triunfo, diferido y posibilista, del gran impulso renovador de mayo del 68. En el transcurso de esa década, marcada por el declive del comunismo y un cambio de perspectivas a nivel mundial, fueron numerosos los cuadros trotskistas que evolucionaron hacia la socialdemocracia, arrastrando girones enteros de sus organizaciones a las filas del Partido Socialista. Weber fue uno de los más destacados. Pero hubo otros muchos, procedentes sobre todo de otra gran corriente trotskista francesa, la Organización Comunista Internacionalista (más tarde PCI) que dirigía Pierre Lambert: de ahí procedían Lionel Jospin – que llegó a ser Primer Ministro -, Jean-Christophe Cambadélis – Primer Secretario del PS – o Jean-Luc Mélenchon, hoy líder de “La France Insoumise”.

Podría discutirse hasta la saciedad sobre esos itinerarios. Guardémonos, sin embargo, de juicios perentorios – sobre todo tratándose de personas que, como Henri Weber, nunca han desmentido su integridad, ni su compromiso con el progreso  humano y la justicia social. No. Esto no va de “traiciones” a los ideales de juventud, ni del sabio abandono de sus alocadas quimeras. Ni siquiera, en el fondo, de “una evolución del trotskismo al reformismo”. Henos aquí ante la palmaria dificultad de ser revolucionario en un período histórico que bruscamente dejó de serlo; en una nueva época en que las configuraciones del capitalismo y de la propia clase trabajadora se han modificado sustancialmente y donde la globalización obliga a plantear la transición al socialismo bajo premisas tan acuciantes como la amenaza de un cataclismo climático. Esa es la dificultad histórica en la que estamos inmersos. A su manera, Weber siguió siendo hasta el final un socialista internacionalista. Sus trabajos como europarlamentario y sus elaboraciones acerca de una regulación justa del comercio mundial, reconocidos por el conjunto de la socialdemocracia europea, apuntan al gran desafío de los tiempos venideros: el de una gobernanza democrática, cooperativa y supranacional de las colosales fuerzas productivas desarrolladas por la humanidad.

La pandemia que ha segado la vida de Henri Weber anuncia la venida de una época convulsa. Al inclinarnos ante su memoria, llegan hasta nosotros los ecos de un siglo de terribles guerras y revoluciones, de esperanzas y derrotas, de sueños exaltantes y grandes compromisos militantes; un siglo que fue plenamente el suyo. Ojalá sepamos aprender de ese pasado…

Lluís Rabell

29/04/2020

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