Road to hell

Lamenta amargamente Unai Sordo que, por la incapacidad de alcanzar un acuerdo para la investidura de Pedro Sánchez, se haya malogrado la oportunidad de formar un gobierno de izquierdas. Tiene toda la razón del mundo. Porque hay urgencias sociales y medioambientales que atender. Y porque todo indica que en noviembre las condiciones serán más difíciles, si no adversas, para la configuración de tal gobierno. Incluso si los números dan para ello… y el hartazgo ciudadano no acaba propiciando un vuelco electoral favorable a las derechas.

Los resultados del 10-N son absolutamente impredecibles. No tanto lo sombrío del escenario en que acudiremos – o no – de nuevo a las urnas. Nadie sabe cual será el desenlace del brexit, que puede producirse de forma caótica. La recesión llama ya a la puerta de Alemania – es decir, de toda Europa. La disputa comercial entre Estados Unidos y China o la tensión militar en el Golfo pueden desestabilizar la economía mundial. En España, la prolongada parálisis institucional deja sin restañar, en forma de desigualdades sociales y bolsas de pobreza, las heridas de la anterior crisis. Por otra parte, no es difícil aventurar que la inminente sentencia del Tribunal Supremo caldeará otra vez los ánimos en Catalunya. Todos los ingredientes de una tormenta perfecta.

De todo esto deberían estar hablando las izquierdas. Es de temer, sin embargo, que a lo largo de las próximas semanas asistamos a un ensordecedor cruce de reproches, especialmente sangrante entre dirigentes del PSOE y de UP. Pero, por muchas ganas y motivos que haya para ello, sucumbir a esa tentación no haría sino empeorarlo todo, aumentando el enfado de la ciudadanía e imposibilitando definitivamente cualquier acuerdo. El examen de los errores de unos y otros sólo tiene sentido desde la discusión acerca de lo que hay que hacer ante la situación que se nos viene encima.

En una brillante reflexión (“La Vanguardia”, 18/09/2019), Antón Costas advierte del peligro de que la UE repita los errores de 2010. Las políticas de austeridad agravaron y prolongaron los efectos de la recesión, descargándolos sobre las espaldas de las clases populares. Hoy, con los tipos de interés por los suelos, la capacidad de estímulo de las políticas monetarias es muy reducida. La cuestión es saber qué camino seguirá Europa ante la anunciada contracción de la economía. ¿Volver a las recetas neo-liberales basadas en los recortes en gasto público, privatizaciones y, en casos como el nuestro, en una devaluación interna a través de la erosión de los salarios y las condiciones contractuales de los trabajadores? Esas políticas, aparte de socialmente injustas, se han revelado ineficaces y pro-cíclicas. ¿No habría que apostar, por el contrario, por la fuerza tractora del sector público, la mejora de salarios y pensiones y, en particular, por un ambicioso plan de transición ecológica? Naturalmente, ese giro implica avanzar decididamente hacia una política tributaria progresiva y armonizada, hacia un polo europeo de inversión dotado de un presupuesto ambicioso… Implica superar el paradigma fiscal asfixiante focalizado en el déficit. Y, sobre todo, requiere una alianza entre la clase trabajadora y las clases medias. Porque no será fácil esa transición. El propio Costas señala que “en el manejo de la política fiscal, las creencias, los prejuicios doctrinales y los intereses de los más ricos están más arraigados y son más influyentes que en la política monetaria”.

En realidad, las dificultades para formar gobierno tienen que ver con esa disyuntiva. La fragmentación de la representación parlamentaria y la torpeza con que se han conducido las negociaciones entre socialistas y “morados” ha enmascarado el fondo del problema. El PSOE nunca quiso un gobierno de coalición. Junto a las dudas – razonables – de que soportase el embate catalán, latía el deseo de disponer de un margen de maniobra para modular su respuesta al nuevo ciclo, moviéndose entre esos dos polos. Nadie ha llegado a plantear la verdadera discusión. La izquierda alternativa ha acumulado error sobre error. Primero, poniendo la exigencia de coalición por delante de la discusión programática. La fórmula idónea de un ejecutivo depende del perímetro de los acuerdos entre las fuerzas que lo sostienen. Muchos pensábamos que la correlación de fuerzas, en el Parlamento y en la calle, no daba más que para llevar al PSOE a un pacto sustantivo en la reducción de las desigualdades, la recuperación de derechos laborales, avances en materia fiscal, igualdad y ecología… Pero era evidente que Sánchez quería mantener una entente europea con Macron y ambicionaba recuperar parte del espacio electoral capturado por Ciudadanos desde un perfil progresista moderado. En tales condiciones, la modalidad portuguesa concedía a la izquierda alternativa mayor libertad de debate y de incidencia sobre la acción gubernamental. Pero es que UP cometió además el error de rechazar la propuesta de tres ministerios en julio… y, ahora, la posibilidad de una investidura sin acuerdo.

A fuerza de desperdiciar ocasiones y denunciar la perfidia de los otros, podemos encontrarnos con una profecía auto-cumplida. Este otoño será más propicio a un acercamiento entre PSOE y Ciudadanos que a una alianza de las izquierdas. En lugar de gritar “al lobo” y encastillarse en una pretendida superioridad moral, UP debería consagrar sus esfuerzos a responder a las dos grandes preguntas de los próximos meses: ¿con qué políticas abordamos la recesión que se nos echa encima? Y, una vez conocida la sentencia, ¿qué pasos damos para reconducir el conflicto catalán a la senda del diálogo? En cualquier caso, es imperativo tejer una alianza con la socialdemocracia. Y no lo es menos hacerlo con la vista puesta en el interés general de las clases populares. Habrá que esperar al veredicto de las urnas. Pero, desde ya, hay que decir que no puede repetirse el empecinamiento de estos meses. Un paso adelante del movimiento, una mejora real de las condiciones de vida de nuestra gente, cuenta más que el mejor de los programas (sobre todo si no se tiene la fuerza para implementarlo).

Nada sería tan nocivo en esta coyuntura como caer en el sectarismo. Los agravios, las heridas abiertas, la frustración, un sentimiento de impotencia… pesan sobre el ánimo de todo el mundo. Todo resulta cada vez más difícil. Y puede que, enojada, una parte de las bases sociales de la izquierda no acuda a los colegios electorales el 10-N. Pero toda esa gente no podrá abandonar sus trabajos precarios, ni sus barrios castigados por la especulación. La izquierda debe sobreponerse a sus errores. Debe “volver a la carretera”… o ésta nos deparará un mal destino.

Lluís Rabell

(18/09/2019)

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