Pétalos de Rosa

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Van a cumplirse cien años de la muerte de Rosa Luxemburgo, asesinada junto a su compañero de partido Karl Liebknecht, un 15 de enero, en Berlín, a manos de los freikorps, las milicias armadas que combatían la agitación obrera en la capital, bajo el gobierno del ala derecha socialdemócrata de Ebert, Scheidemann y Noske. Es de temer que la figura de la gran revolucionaria socialista sólo sea recordada, aquí y allí, por algunas publicaciones de izquierdas de limitada difusión. Para las nuevas generaciones militantes, quizás se trate tan solo de una lejana referencia en la lucha del movimiento obrero europeo. En cualquier caso, el paso del tiempo ha diluido las encendidas polémicas acerca del marxismo de Rosa Luxemburgo, de sus polémicas con los dirigentes socialistas de su época – incluidos Lenin y Trotsky -, de sus advertencias acerca de los peligros que amenazaban el devenir de la Revolución de Octubre… Sin embargo, lejos de aparecernos como el admirable testimonio del combate de otra época, el pensamiento de Rosa Luxemburgo, pletórico de anticipación, arroja una viva luz sobre los grandes problemas de nuestro tiempo. Sería imposible rendir justicia en unas pocas líneas a la obra teórica y a la vida militante de quien fuera, en palabras de Franz Mehring, “la alumna más aventajada de Marx”. Que se nos permita evocar, cuando menos, algunos trazos de su legado.

Y quizás hoy, en plena oleada de misoginia promovida desde la extrema derecha, el primero que acude a nuestra mente sea el que se refiere al feminismo. Vale la pena recordar que Clara Zetkin y Rosa Luxemburgo fueron las grandes promotoras de la Segunda Conferencia Internacional de mujeres socialistas, celebrada en 1910 en Copenhague, que instauró el 8 de marzo como Día Internacional de las Mujeres. (Un encuentro de activistas de diecisiete países que, ante las tensiones que se acrecentaban entre los distintos imperios del continente, enarboló la consigna “Guerra a la guerra”). Rosa escribía: “Quien es feminista y no es de izquierdas, carece de estrategia; quien es de izquierdas y no es feminista, carece de profundidad”. Nada más actual que esta percepción. El capitalismo tiene sexo. Una y otra vez, las condiciones de su reproducción necesitan relegar las mujeres a una esfera tan vital como subalterna e invisible. La virulenta persistencia de los rasgos patriarcales en nuestras sociedades – y la fragilidad de unas conquistas feministas, ahora cuestionadas – refleja la simbiosis congénita entre capitalismo y opresión de género. En el curso de las últimas décadas, la globalización neoliberal ha conllevado una mercantilización sin precedentes del cuerpo de las mujeres a escala planetaria. La crisis de ese orden exacerba contra ellas una violencia que siempre lo acompañó. Como el océano y el cielo parecen encontrare en la lejanía, el horizonte de la plena emancipación de la mujer se confunde con la superación de la explotación de clase. A su vez, la izquierda no puede aprehender el verdadero alcance histórico de la transformación socialista, ni reunir las fuerzas para acometerla, sin abrazar decididamente el feminismo.

Nos corresponde la tarea de llevar a cabo un aggiornamento del marxismo, tal como Rosa Luxemburgo supo hacerlo en su época, marcada por aquella gran fase de globalización que dio lugar al imperialismo – “era de guerras y revoluciones”, como decía Lenin. La vida de Rosa está indefectiblemente unida a la lucha contra el nacionalismo. Es decir, contra la exaltación de un pretendido “destino superior” en nombre del cual las clases poseedoras de los distintos países empujaban los pueblos a la guerra, enmascarando así las ambiciones territoriales o comerciales de la burguesía. Esa lucha se libró de una manera particularmente dura en las propias filas de la socialdemocracia. Los grandes partidos de la II Internacional, que habían jurado mil veces oponerse a la guerra imperialista, que habían amenazado incluso con llamar a la huelga y al derrocamiento de los gobiernos belicistas, acabaron acompañándolos en su aventura sangrienta. Jean Jaurès, la figura más prestigiosa del socialismo francés, fue asesinado la víspera de la guerra. El 4 de agosto de 1914, el grupo parlamentario socialdemócrata alemán votó los créditos de guerra. Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, es bien sabido, fueron a su vez las voces más firmes de la izquierda alemana contra el social-patriotismo. Y pagaron su fidelidad al internacionalismo con la cárcel y, al cabo, con la vida.

Pero, junto al heroísmo y la fidelidad a la clase trabajadora de Rosa, merece ser tenidas en cuenta – y re-descubiertas – sus posiciones sobre la cuestión nacional. Si, en el corto plazo, en un período de hundimiento de la autocracia rusa y de los imperios centro-europeos, Lenin defendía una política más operativa reivindicando el derecho de autodeterminación de las naciones sojuzgadas, la intuición de Rosa – que refutaba ese derecho bajo el socialismo – apuntaba a un rasgo del desarrollo histórico que no ha hecho sino acentuarse y devenir dominante en “nuestra” globalización. La estrecha interrelación de economías, culturas y poblaciones a que ha dado lugar a nivel internacional, ha dejado definitivamente atrás la época del surgimiento de los Estados-nación como fenómenos progresistas o vectores de avances sociales o democráticos. Los movimientos de carácter nacional populista que vemos surgir en muchos países – y el caso catalán no es una excepción – expresan la contradicción entre el poderío global de las fuerzas productivas de la humanidad y la impotencia de los Estados “soberanos” nacionales, incapaces de gobernar dichas fuerzas. ¿Acaso Lenin y Rosa tuviesen razón, no uno contra otro, sino ambos a la vez, en fases distintas del desarrollo histórico?

Porque Rosa Luxemburgo, con mayor clarividencia y antelación que los revolucionarios rusos, captó el sesgo conservador y oportunista que iba apoderándose de la socialdemocracia. Décadas de desarrollo sostenido del movimiento obrero habían comportado, junto al surgimiento de partidos, sindicatos, cooperativas, asociaciones culturales y deportivas populares, mejoras materiales y de representación política del mundo del trabajo. Pero, habían inducido también diferenciaciones en el seno de la propia clase obrera, así como el surgimiento de toda una capa profesionalizada de políticos y funcionarios. Esa franja, desde su preeminencia, constituyó la base social del oportunismo. Los debates teóricos y la formación de corrientes en el seno de la socialdemocracia tenían como trasfondo esos cambios sociales: las capas superiores de la clase obrera, las más cultivadas y organizadas, iban meciéndose en la perspectiva de una acumulación constante de conquistas y un tránsito tan indoloro como lejano al socialismo. Frente al conservadurismo y la rutina burocrática, Rosa representó como nadie la lucidez del pensamiento crítico; fue quien defendió apasionadamente la táctica de la huelga general, quien vislumbró en el levantamiento ruso de 1905 el preludio de las batallas de clase que se librarían en Europa… y fue quien comprendió el alcance de la adaptación al orden existente que había ido moldeando la mentalidad de los más destacados dirigentes socialdemócratas. Una adaptación que les llevaría, primero, a capitular ante el militarismo en el momento crítico de la guerra y, más tarde, cuando el Estado alemán se hundía y la revolución llamaba a la puerta, a cerrarle el paso desde el gobierno. Es difícil hoy imaginar la conmoción que aquellos dramáticos acontecimientos supusieron para toda una generación. Baste con recordar que Lenin, refugiado en Suiza, se negó durante varios días a admitir que los diputados del SPD hubiesen votado los créditos de guerra, convencido de que sólo podía tratarse de una patraña urdida por el Estado Mayor del Kaiser para confundir a la opinión pública. Una vez más, Rosa iba muy por delante.

Y una vez más también, su combate ilumina los problemas actuales de la izquierda, los tanteos para reagrupar un polo transformador, las tensiones entre la configuración de ese espacio independiente y la necesaria unidad de acción de las fuerzas progresistas, la frecuente discordancia entre las bases sociales del cambio y los liderazgos que pretenden conducirlo… Problemas que nos corresponde resolver o, a veces, más modestamente, tratar de gestionar. Para ello, no encontraremos en Rosa Luxemburgo ninguna receta susceptible de ahorrarnos el esfuerzo que debemos acometer. Pero sí una fuente inagotable de inspiración y de fidelidad a la causa de los oprimidos.

Todo lo que podía ofrecer un partido en un momento histórico dado, en coraje, visión y coherencia revolucionarios – escribía desde su celda -, Lenin, Trotsky y los demás camaradas lo proporcionaron en gran medida. Los bolcheviques representaron todo el honor y la capacidad revolucionaria de que carecía la socialdemocracia occidental. Su insurrección de Octubre no sólo salvó realmente la Revolución Rusa; también salvó el honor del socialismo internacional”. Hoy, el balance inconcluso de la degeneración burocrática y totalitaria de aquella revolución sigue siendo lastrando las tentativas de imaginar un horizonte de superación del capitalismo. Por eso resulta de gran utilidad entender como percibió realmente aquella generación los acontecimientos: ante todo, salvar el honor del socialismo; alzar la voz, en su nombre, contra la barbarie de la guerra y proclamar la solidaridad internacional de la clase trabajadora como único camino de emancipación y progreso para todos los pueblos.

Lenin y Trotsky celebraron como un acontecimiento el hecho de que el poder soviético sobreviviese más allá de las nueve intensas semanas que en su día pudo resistir la Comuna de París, el primer gobierno obrero de la historia. Hasta tal punto eran conscientes, como la propia Rosa, de que la revolución surgida en un país tan atrasado como Rusia estaba condenada al fracaso si el proletariado alemán no acudía en su ayuda. Las advertencias de Rosa acerca de los peligros de una deriva autoritaria del nuevo régimen, no se referían a “desviación ideológica” alguna de sus dirigentes, sino al choque terrible de las fuerzas sociales en liza que provocaba la implosión de la democracia política: a la devastación de la industria, a una clase obrera diezmada por la guerra civil y la intervención extranjera, al atraso secular del campo… Para Rosa, el devenir de Rusia se dirimiría en Alemania. Su asesinato privó al movimiento obrero europeo de su mente más preclara en la tesitura más compleja, imprimiendo un curso trágico, no es exagerado decirlo, a toda la historia del siglo XX.

Más allá del acontecimiento, reivindicar su memoria equivale a reivindicar la vigencia del pensamiento materialista frente a la impronta idealista que la posmodernidad ha dejado en las nuevas corrientes de la izquierda. Los errores del viejo oportunismo, dispuesto a hipotecar la lucha por los grandes objetivos del movimiento en aras de supuestas ventajas inmediatas, pueden resurgir con los ropajes del populismo de izquierdas y los liderazgos providenciales. Con la firmeza de su crítica y con la cálida humanidad de su compromiso hacia la causa de la emancipación, cien años después, Rosa sigue hablándonos del presente. Y sigue anticipándose al dilema de los nuevos tiempos.

“Nosotros no necesitamos canonizar a nuestros héroes – escribía Trotsky el 19 de enero de 1919. Nos basta con la realidad de los acontecimientos que estamos viviendo, por si misma legendaria, pues pone de manifiesto la fuerza de espíritu y el temple de unos caracteres que destacan sobre el resto de la humanidad”.

Lluís Rabell

9/01/2019 

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