Libertad y revolución

9788430622313

Reencuentro con Hannah Arendt

En si misma, constituye una excelente noticia la publicación de un texto inédito de Hannah Arendt (“La libertad de ser libres”, Taurus), que corresponde a una conferencia pronunciada por la autora en el proceso de elaboración de su libro On revolution, que salió a la luz en 1963. Pero la noticia resulta tanto más feliz cuanto que las reflexiones que contiene este opúsculo unen a la profundidad del pensamiento una extraordinaria vigencia y oportunidad.

Uno de los rasgos más llamativos de la nueva izquierda es la ausencia de debate estratégico. En realidad – más allá de cierta fascinación por los gestos de apariencia “disruptiva” -, el bagaje ideológico de esa izquierda se reduce muchas veces a un reformismo chato. Y el problema no es que no haya que pelear por reformas. Al contrario, es lo que corresponde hacer en estos momentos. Y harto difícil resulta incluso preservar avances sociales y derechos anteriormente conquistados frente a los zarpazos del capitalismo neoliberal. Pero es muy significativa la ausencia de la hipótesis revolucionaria, como si las revoluciones fuesen cosa del pasado, algo impensable en el siglo XXI. Vale la pena recordar que las reformas sociales más avanzadas – el Estado del bienestar, surgido en la posguerra – son el subproducto de un formidable ascenso revolucionario tras la derrota del fascismo.

Si el fantasma de la revolución no perturba el sueño de la nueva generación de activistas, hijos de la posmodernidad, su presencia era habitual en los acontecimientos que cambiaron la faz del mundo en los siglos anteriores. “Del mismo modo que el resultado más duradero de la expansión imperialista fue la exportación de la idea de Estado nación a todos los rincones de la tierra, escribe Hannah Arendt, el fin del imperialismo, bajo la presión del nacionalismo, ha dado lugar a la propagación de la idea de revolución a lo largo y ancho del planeta”.

El siglo XXI se perfila como una nueva era de guerras y revoluciones. Los conflictos armados, dirimiendo en terceros países correlaciones de fuerza entre grandes potencias, han salpicado todo el desarrollo de la globalización. Bajo el actual desorden mundial, con sus devastadoras crisis financieras, el deterioro de la biosfera y la exacerbación de las desigualdades, maduran las condiciones de nuevos acontecimientos revolucionarios que determinarán el curso de la historia. El ascenso de los populismos pone de relieve la dificultad de las democracias liberales para contener las contradicciones generadas por esta fase del capitalismo. La desestabilización y la radicalización creciente de las clases medias a que asistimos en todos los países indica que la atmósfera se está cargando de electricidad. Es razonable prever que, tarde o temprano, aquí o allí, una catástrofe financiera, una tensión bélica, una crisis particularmente aguda, determinen el colapso de las instituciones y pongan en cuestión la naturaleza del poder y el destino nacional. La izquierda que no inscriba esa hipótesis en sus algoritmos políticos difícilmente podrá orientarse ante los acontecimientos que se avecinan.

“Ninguna revolución, independientemente de con cuánta amplitud abra sus puertas a las masas y a los oprimidos – ‘les malheureux’, ‘les misérables’ o ‘les damnés de la terre’, como los llamamos en virtud de la grandilocuente retórica de la Revolución francesa -, se ha iniciado nunca por ellos. Y ninguna revolución ha sido jamás obra de conspiraciones, de sociedades secretas o de partidos abiertamente revolucionarios. Hablando en términos generales, ninguna revolución es posible allí donde la autoridad del Estado se halla intacta, lo que, en las condiciones actuales, significa allí donde cabe confiar en que las Fuerzas Armadas obedezcan a las autoridades civiles. Las revoluciones no son respuestas necesarias, sino respuestas posibles a la delegación de poderes de un régimen, no la causa sino la consecuencia del desmoronamiento de la autoridad política”.

Y todas las revoluciones, surjan donde surjan y sea cual fuere su particular gramática – señala la pensadora alemana -, “se encuentran bajo el signo de las revoluciones occidentales tradicionales”; responden, como dirían los marxistas clásicos, a unas mismas “leyes”. Si el objeto de una revolución es “la libertad” – entendida como la plena participación del pueblo en la conducción de los asuntos públicos -, Hanna Arendt nos advierte que “la libertad para ser libres ha sido privilegio de una minoría”. La propia revolución francesa ya se dio de bruces con esa realidad: “Si deseáis fundar una república, afirmaba Saint-Just, debéis encargaros primero de sacar al pueblo de un estado de miseria que lo corrompe. No se tienen virtudes políticas sin orgullo. No se tiene orgullo en la indigencia”. Una reflexión que, de algún modo, anticipaba el rasgo que caracterizaría las revoluciones a partir de 1848: “El paso entre querer cambiar la forma de gobierno y tratar de alterar el orden de la sociedad por medio de la lucha de clases. Solo a partir de febrero de 1848, tras ‘el primer gran enfrentamiento entre las dos clases en que se divide la sociedad’ señalaba Marx que la revolución pasaba a significar ‘subversión de la sociedad burguesa, mientras que antes había significado subversión de la forma del Estado’. La revolución de 1789 fue el preludio de ésta, y aunque acabó en un fracaso deprimente, siguió siendo trascendental para todas las revoluciones posteriores”.

Nada sería tan ocioso como perderse en conjeturas acerca del curso que seguirán futuras revoluciones, dónde y cuando surgirán, ni cuál será su desenlace. Más aún: en medio de la oleada conservadora y regresiva que sumerge todas las naciones, desde la América de Trump y Bolsonaro hasta la Europa zarandeada por el brexit y la xenofobia, hablar de revolución puede sonar a trasnochada ensoñación. Para no poca gente, incluso en el ámbito de la izquierda, su evocación se asocia a una indeseable violencia. Pero lo cierto es que la violencia, manifestándose con mayor o menor ímpetu según las circunstancias, es inherente a la dominación de clase. Y, como le gustaba decir al filósofo marxista Daniel Bensaïd, la revolución llega cuando no se la espera… y porque nadie está esperándola”.

Pero, ¿cuál puede ser el objeto de la revolución en el siglo XXI? Pues quizás tenga que ver con la idea de una “restauración” – sentido original de la palabra revolución, entendida como el movimiento que describe un cuerpo celeste al completar una rotación. En una dinámica que pone en crisis el Estado nación y su ilusoria “soberanía”, el sentido de la revolución no puede ser sino afirmar la preeminencia de la democracia política sobre la dictadura, ciega y devastadora, de los mercados. Y eso apunta a la conquista de una libertad que resulta impensable sin el control social sobre las finanzas y los grandes polos industriales estratégicos – vitales para una transición ecológica – y sin el triunfo internacional de una nueva institucionalidad democrática – como la que supondría una ambiciosa reforma federal de la UE.

No existe una muralla de China entre reforma y revolución, por cuanto al contenido último de las transformaciones que hay que acometer. Si, como decía Trotsky, la revolución representa “un momento de inspiración de la Historia”, lo mejor será que nos encuentre trabajando – es decir, peleando por reformas democráticas y sociales -, cuando venga a visitarnos. Cosa que, a su vez, haremos tanto mejor, midiendo el alcance y dirección de los cambios necesarios y evaluando los obstáculos, si somos capaces de captar el pulso subterráneo de la revolución. Francia nos advierte una vez más de la intensidad de los conflictos sociales que se están fraguando. Y nos indica que el futuro estará en disputa: la vigencia de la revolución en nuestro siglo significa también la actualidad de la contrarrevolución.

Hannah Arendt nos dice que no hemos terminado de aprender las lecciones de las revoluciones. Es cierto. ¿Cómo podría la izquierda definir un proyecto de transformación sin rehacerse del fracaso del “socialismo real” o del giro de China hacia el capitalismo, sin un balance de las revoluciones del siglo XX? “No hay nada más difícil de realizar, ni de resultado más dudoso, ni más peligroso de gestionar, que iniciar un nuevo orden”, decía Maquiavelo. A lo que Hannah Arendt replica, abordando uno de los mayores dilemas de la transición al socialismo: “No solo la superación de la pobreza es un requisito previo para la fundación de la libertad; la liberación de la pobreza tampoco puede abordarse de la misma manera que la liberación de la opresión política. Pues, si responder a la violencia con la violencia conduce a la guerra, ya sea civil o contra un enemigo exterior, responder con la violencia a las condiciones sociales siempre ha desembocado en el terror. El terror, más que la mera violencia, el terror desatado una vez que el Antiguo Régimen se ha disuelto y el Nuevo Régimen se ha establecido, es lo que o bien condena a las revoluciones o bien las deforma de un modo tan drástico que se convierten en tiranía y despotismo”.

Es evidente que la izquierda no ha terminado de ajustar cuentas con sus propios demonios. A principios del siglo pasado, la socialdemocracia europea se dejó arrastrar a la carnicería imperialista. La revolución de Octubre, aislada y exhausta, vio como el asalto a los cielos del proletariado se convertía en el asalto al Estado soviético por parte de una burocracia dispuesta a todo para conservar sus privilegios. El balance del siglo de la revolución, que diría Josep Fontana, es tremendo; el hundimiento de las utopías que han consumido las esperanzas y energías de varias generaciones, pesa sobre nuestras espaldas cuando se avecinan nuevos combates. La nueva izquierda tiende a creer que, siendo libre de cualquier responsabilidad con el pasado, puede desentenderse de él. Es un grave error. No hay progreso en la larga lucha por la emancipación que no se nutra de la experiencia de las anteriores generaciones. “El objetivo original de la revolución era la libertad en el sentido de la abolición de la autoridad personal y de la admisión de todos en el ámbito público y en la participación en la administración de los asuntos comunes. (…) Este hecho es la medida de nuestra esperanza. Nos permite tener en cuenta las lecciones impartidas por las revoluciones deformadas y, pese a todo, aferrarnos no solo a su innegable grandeza, sino también a la promesa inherente a ellas”.

En la época del surgimiento de la Internacional Comunista, cuando se trataba de construir apresuradamente nuevos partidos obreros llamados a afrontar los desafíos de un tiempo convulso, se mencionaba con frecuencia una cualidad primordial, exigible a las jóvenes direcciones llamadas a liderarlos: se decía que debían ser estudiosas. Más allá del sesgo doctrinario que pudo revestir en su día esa admonición, la necesidad de aprender deviene hoy más imperiosa que nunca. El feliz reencuentro con Hanna Arendt nos invita a ello.

Lluís Rabell

18/12/2018

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