La izquierda en tiempos de ira

Uvas-de-la-ira“Las uvas de la ira” (1940), John Ford.

Los resultados de las elecciones andaluzas vienen cargados de advertencias. Singularmente, para las izquierdas, las grandes derrotadas de estos comicios. Andalucía acaba de decirnos que España no es diferente. No, en el sentido de permanecer ajena a los tensiones sociales y políticas que la actual fase de la globalización está desatando en las democracias liberales de nuestro entorno. La irrupción, con inusitada fuerza, de una formación de extrema derecha certifica algo que, en realidad, era ya un hecho. Aquí también, las hirientes desigualdades sociales, la precariedad del mundo del trabajo, los temores de las clases medias y el sentimiento generalizado de pérdida de capacidad de decisión ante unas élites lejanas e insensibles, han socavado la credibilidad de las instituciones y de unas mediaciones políticas muchas veces salpicadas de corrupción. Son tiempos de ira, como nos muestra el movimiento de los “chalecos amarillos” en Francia.

La oleada nacionalista y populista que ha llevado a Trump, Salvini y Bolsonaro al poder, que impulsa el Brexit y pone en crisis a la Unión Europea, que provoca por doquier el ascenso del racismo y la xenofobia, nos ha alcanzado de lleno. Aquí reviste, por supuesto, formas específicas, que tienen que ver con nuestra historia, con la configuración del Estado español y su complejidad nacional, con sus estructuras económicas y sociales. Pero, es fundamental entender que, a través de todas esas particularidades, actúan las poderosas fuerzas de la “economía mundo”, como diría Thomas Piketty. Es imposible predecir el curso y el ritmo de los acontecimientos que, en los distintos ámbitos de la vida política, precipitará el terremoto andaluz. Sin embargo, aunque sea de modo apresurado, sí podríamos identificar algunas cuestiones sobre las que debería reflexionar seriamente toda la izquierda.

La primera es que no funciona la teoría de los vasos comunicantes entre sus distintas formaciones. El PSOE cosecha los peores resultados de su historia y pierde 400.000 votos en relación con los anteriores comicios autonómicos. Una parte de su electorado le da ostensiblemente la espalda en sus feudos tradicionales. Pero Adelante Andalucía no sólo no capitaliza en absoluto esa fuga de votos socialistas, sino que a su vez ha visto como se esfumaban 280.000 votos propios – en relación a los sufragios que, en conjunto, obtuvieron Izquierda Unida y Podemos en 2015.

Habría que ver cuántos de esos votos de izquierda han ido a engrosar la abstención – probablemente la mayoría- y cuántos, procedentes de franjas populares desfavorecidas y exasperadas, pueden haberse deslizado hacia la extrema derecha. (Aunque los datos disponibles apuntan principalmente a un trasvase de votos del PP hacia Vox, y muestran un perfil de votante masculino, de clase media o media alta). En cualquier caso, parece evidente que el declive socialista no beneficia a una izquierda de discurso más radical, sino que la marea conservadora sumerge al conjunto de tendencias progresistas. Ello se debe probablemente a varios factores, algunos estructurales y otros más circunstanciales.

La clase obrera y sus entornos populares, así como las clases medias trabajadoras, sobre las que tradicionalmente se asientan las izquierdas, constituyen un terreno lo bastante amplio y fértil como para sustentar diversos proyectos de emancipación, diferentes culturas políticas, partidos y sindicatos. Resulta difícil imaginar que una de esas tendencias pueda un día representar por si sola a tan vasto conjunto social. Es razonable pensar, al contrario, que el electorado que se ha abstenido ante la candidatura de Susana Díaz lo ha hecho desde la amargura y la decepción, a la espera de otro PSOE: un partido socialista, capaz de proteger a la gente humilde ante una situación que desborda las consabidas redes asistenciales. Para esos sectores, la izquierda radical no es la alternativa que esperan ante el agotamiento del partido meridional que ha gobernado Andalucía durante décadas.

El sectarismo será un mal compañero de viaje para los tiempos que se avecinan. La izquierda crítica, alternativa, que pretende organizar su espacio a la izquierda de la socialdemocracia, deberá madurar y aprender a competir con ella de manera virtuosa. Es decir, combinando el debate y la crítica con la búsqueda de la unidad de acción – contra la derecha, para acometer transformaciones y mejoras tangibles… Se trata de perseguir una elevación de la conciencia política del conjunto de la ciudadanía y una movilización de las respectivas bases sociales de cada proyecto. Ante la fuerza disgregadora de la competencia global, es impensable que pueda haber siquiera una defensa del Estado del bienestar – y no hablemos ya de nuevos avances sociales y democráticos –, al margen de esa connivencia entre las fuerzas de izquierdas.

La socialdemocracia tiene el reto insoslayable de repensarse. Con el ocaso del viejo socialismo andaluz, doblan las campanas por un aparato de anquilosadas baronías y rutinas institucionales. Y eso, en toda España. Tal como aún es hoy el PSOE, difícilmente podrá mantenerse en el poder y, todavía menos, contener la dislocación del Estado ante la exacerbación de los conflictos territoriales – comenzando por el “procés” y su Némesis, la réplica reaccionaria que pretenden darle desde PP, Ciudadanos y Vox, en pugna desaforada por ver quien declina con mayor intransigencia el dogma de la unidad nacional. Pero no es menor el desafío que se plantea a la izquierda alternativa y sus tortuosas confluencias. Un desafío que tiene en estos momentos dos grandes vertientes.

En primer lugar, no se puede frenar la irrupción amenazante de la extrema derecha con una retórica antifascista propia de otras épocas. Eso evoca pocas cosas en la consciencia de los sectores populares atraídos por las respuestas simplistas de una extrema derecha que clama contra “las élites”. Ni se puede combatir esa demagogia reaccionaria con otro discurso populista, con artificios académicos o “significantes vacíos”. No hay atajos. Nadie ahorrará a una izquierda de ambición transformadora la tarea de conectar de nuevo con la clase trabajadora, de avivar su conciencia y organización, de promover un programa de medidas acorde a los intereses de la mayoría social y de luchar por un gobierno que pueda llevarlo a cabo.

En segundo lugar, es necesario que esa izquierda construya su pensamiento sobre ese vínculo social y no sobre ensoñaciones. Eso es decisivo para orientarse ante una crisis territorial que va a condensar todos los problemas de España en el futuro más inmediato. No todo aquello que supone una ruptura del actual ordenamiento constitucional apunta a una superación democrática del mismo. En Andalucía no han surgido de la nada cientos de miles de fascistas; pero el voto airado de esa gente nos advierte que la atmósfera social se está cargando de electricidad. Por eso urge proponer alternativas que permitan desenmascarar y aislar a los agitadores. Del mismo modo, no tenemos en Catalunya a dos millones de supremacistas, movidos por un odio visceral hacia los españoles. Hay que saber escuchar y entender las inquietudes de quienes desean alcanzar la independencia. Pero, al mismo tiempo, la izquierda no puede coquetear con esa idea, ni considerar el camino seguido por el “procés” como un factor de progreso democrático. Muy al contrario. En su desarrollo concreto, ese movimiento ha representado ante todo una reacción de repliegue nacional de las clases medias de una región rica de Europa en una situación de aguda crisis económica. Y cuando su dirección política se vio en la tesitura de perfilar su objetivo – durante las jornadas parlamentarias del 6 y 7 de septiembre del año pasado – acabó proponiendo una República de dudoso diseño democrático… destinada a mantenerse como un paraíso fiscal. Y ese sería el previsible destino de una Catalunya “soberana” en el actual contexto internacional.

Conjeturas aparte, lo cierto es que entramos en una fase de turbulencias. Por un lado, el tremendo aldabonazo de Andalucía. Por otro, en Catalunya, comienza una huelga de hambre de cuatro de los líderes independentistas encarcelados. La tensión emocional se disparará. Una acción extrema como ésa resulta siempre de incierto desenlace. Puede desembocar en el peor escenario imaginable. El gobierno de Pedro Sánchez, falto de apoyos para sacar adelante sus presupuestos, se ve así atenazado por dos exigencias radicales: la del más rancio nacionalismo español y la del independentismo. La derecha española quiere acabar cuanto antes con el ejecutivo socialista para lanzarse a recuperar el gobierno del Estado. Enfrente, el nacionalismo catalán encuentra su justificación democrática en el choque con una España de oropeles reaccionarios.

No cabe, desde luego, coyuntura más desfavorable para la defensa de una perspectiva federal. El proyecto de una España federal, reconciliada por fin con la diversidad nacional que la compone, se antoja hoy más lejano que nunca. Esforzándose a pesar de todo por rebajar la atmósfera de enfrentamiento, la izquierda sólo puede evocar por ahora esa reforma del Estado como un objetivo, necesario para organizar la convivencia, pero para cuyo abordaje aún no están reunidas las condiciones. Y, sin embargo, sólo bajo esa bandera puede hallar la izquierda el camino hacia la clase trabajadora. En Catalunya como en Andalucía.

Lluís Rabell

(3/12/2018)

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