Inversión o decadencia

       He aquí el dilema al que se enfrenta Europa. Quedan muy atrás los años de la llamada “globalización feliz” – que no fue tal para todos, dejando tras de sí una legión de perdedores y enquistando profundas desigualdades sociales. Pero es evidente que la geopolítica ha hecho una brutal irrupción en nuestras vidas. La guerra en Ucrania, el martirio de Palestina o la disputa del Sahel… reflejan, de modo espasmódico y en cierto modo “por delegación”, la tensión entre Estados Unidos y China. Los parámetros de las relaciones económicas y políticas a nivel mundial han cambiado bruscamente. Y a Europa le está costando situarse en ese nuevo escenario.

            El informe presentado a la Comisión Europea por Mario Draghi hace apenas unos días incide en ese cambio de paradigma, apuntando a la urgencia de un giro en la política económica de la UE. Un giro que supone, de facto, un salto adelante cualitativo en la construcción europea, un avance en su unión federal. Se trata de dejar atrás los dogmas inoperantes de la austeridad y emprender decididamente el camino de unas inversiones masivas y mancomunadas, sin las cuales Europa estaría condenada a un convulso declive de sus naciones. En ese sentido, como bien señala Thomas Piketty, el informe Draghi “va en la buena dirección”. Sin embargo, su orientación queda lastrada por el sesgo elitista de las modalidades propuestas. De hecho, el propósito modernizador y competitivo de la economía europea que plantea el informe difícilmente puede salir adelante sin un neto cariz socialdemócrata. Es decir, sin potenciar el liderazgo público en las inversiones estratégicas, sin realizar un esfuerzo fiscal progresivo similar al del período de la posguerra, sin implementar unas políticas sociales fuertemente redistributivas… El propio Piketty ha demostrado en sus trabajos sobre la desigualdad hasta qué punto la inversión masiva en educación fue determinante, tras la segunda guerra mundial, en el formidable avance de la productividad de la economía americana. Educación, formación, investigación… Con mayor fuerza incluso que antes, ahí estará la clave para enfrentar los retos inmensos de un nuevo modelo de producción, distribución y gobernanza que nacerá – si somos capaces de hacer que vea el día – con los fórceps de la respuesta al cambio climático y la adecuación a una cierta “economía de guerra”.

            Semejante desafío no puede ser resuelto por ningún Estado por separado. Nunca el futuro de las naciones europeas ha sido tan dependiente de ese salto cualitativo en la construcción federal de la UE. Y nunca esa construcción habrá tenido que afrontar tan fuertes tentaciones de repliegue – condenado de antemano al fracaso – de los Estados más importantes de la Unión. Francia se debate en una crisis política mayor, con un progresivo ascenso de la extrema derecha que se nutre del descrédito de la democracia representativa y de la nueva tanda de sacrificios proyectada en los presupuestos restrictivos del gobierno de Michel Barnier. Por su parte, Alemania está sumida en contradicciones que devienen insoslayables: su poderosa industria da señales de pérdida de competitividad y su crisis amenaza con desembocar en una sucesión de cierres de factorías, agravando el malestar social. El “motor de Europa” sólo puede ponerse al día de la mano de un audaz enfoque inversor comunitario. Más temprano que tarde, la asfixiante constitucionalización alemana del rigor fiscal deberá ser revisada y superada. Aunque, por ahora, el gobierno de coalición presidido por Olaf Scholz está en horas bajas y se aferra a una doctrina obsoleta que Alemania dictó al sur de Europa en los días más aciagos de la recesión. ¿Y qué puede esperarse del gobierno de Meloni?

            Sobre el gobierno español recae la responsabilidad de ser el abogado del informe Draghi y de declinarlo en términos progresistas en las instancias comunitarias. Hoy por hoy, España es el gran país europeo que está en mejor disposición para abrir ese debate en Europa. La voz de su gobierno, la pertinencia de sus propuestas – como en materia energética –, su peso en la diplomacia comunitaria… le han granjeado una autoridad política que debe aprovechar para impulsar este debate. Un debate inaplazable. Un debate literalmente existencial para Europa.

            Lluís Rabell

            15/09/2024

              Mario Draghi tiene razón, Europa debe invertir

        Digámoslo de entrada: el informe sobre la competitividad y el futuro de Europa remitido por Mario Draghi a la Comisión Europea va en la buena dirección. Para el antiguo presidente del Banco Central Europeo, Europa debería realizar una inversión anual suplementaria de 800.000 millones de euros – equivalente a un 5% del PIB de la UE -, es decir, aproximadamente el triple de lo que representó en su día el Plan Marshall (que supuso entre el 1% y el 2% del PIB en inversiones anuales tras la guerra). El continente recuperaría así el nivel de inversiones de los años 1960 y 1970. Para lograrlo, el informe propone recurrir al empréstito europeo, como ya se hizo en 2020 con un plan de reactivación de la economía por valor de 750.000 millones, tras el Covid-19. Con la salvedad de que, ahora, se trataría de movilizar anualmente una suma de ese orden con objeto de invertir de modo sostenido en el futuro (empezando por la investigación y las nuevas tecnologías), y no de financiar una respuesta excepcional a la pandemia. Si Europa se mostrase incapaz de realizar esas inversiones, entonces el continente entraría en una “lenta agonía” frente a Estados Unidos y China, advierte el informe.

            Se puede estar en desacuerdo con Mario Draghi respecto a algunos puntos esenciales, en particular por cuanto se refiere a la composición exacta de las inversiones a realizar, lo que no es una cuestión menor. Sin embargo, el informe tiene el mérito inmenso de retorcer el cuello al dogma de la austeridad presupuestaria. Según algunos, en Alemania pero igualmente en Francia, los países europeos deberían hacer acto de contrición por cuanto se refiere a sus anteriores déficits y entrar en una prolongada fase de excedentes primarios en sus cuentas públicas; es decir, una fase en que los contribuyentes deberían pagar en impuestos mucho más de lo que percibirían en gasto público, a fin de reembolsar los intereses de la deuda y el capital.

El caudal del ahorro

          En realidad, este dogma de la austeridad se basa en un sin sentido económico. En primer lugar porque los tipos de interés reales (netos de inflación) han caído a niveles históricamente bajos en Europa y Estados Unidos desde hace unos veinte años: menos del 1% o del 2%, y a veces incluso a niveles negativos. Este fenómeno refleja una situación en la que existe una enorme volumen de ahorro disponible, poco o mal utilizado en Europa y a escala mundial, dispuesto a ingresar en los sistemas financieros occidentales casi sin rentabilidad. En esa situación, corresponde a los poderes públicos movilizar esas sumas para invertirlas en formación, sanidad, investigación, etc. En cuanto al nivel de la deuda pública, es efectivamente muy elevado, pero no sin precedentes: se acerca al que se daba en Francia en 1789 (aproximadamente, el equivalente a un año de renta nacional) y es netamente inferior a los niveles constatados en el Reino Unido tras las guerras napoleónicas y durante el siglo XIX (dos años de renta nacional), así como en el conjunto de los países occidentales al salir de las dos guerras mundiales (entre dos y tres años).

            Pues bien, lo que demuestra la historia es que no es posible hacer frente a tales niveles de endeudamiento con métodos ordinarios; es necesario desplegar medidas excepcionales, como la imposición sobre los mayores patrimonios privados, como la que se aplicó con éxito en Alemania y en Japón tras la guerra. Cuando los tipos de interés reales vuelvan a subir, habrá que hacer lo mismo con las fortunas de los multimillonarios y los billonarios. No faltará quien diga que eso es imposible, pero en realidad se trata de un simple juego de escritura en unos ordenadores. No sucede lo mismo cuando se trata del calentamiento global, de la salud pública o de la formación, problemas que no se solucionan de un plumazo.

            Si examinamos detalladamente las propuestas del informe Draghi, evidentemente hay mucho de qué hablar. Y tanto mejor si es así. A partir del momento en que aceptamos el principio de que Europa debe invertir masivamente, es saludable que se expresen distintas visiones acerca del modelo de desarrollo perseguido y de los indicadores de bienestar que queremos establecer. En este plano, Draghi manifiesta un enfoque tecnófilo, mercantil y consumista bastante tradicional. Pone el acento sobre la necesidad de conceder amplias subvenciones públicas a las inversiones privadas en materia de digitalización, inteligencia artificial y medio ambiente. Sin embargo, cabe legítimamente pensar que Europa debería, por el contrario, aprovechar la ocasión para desarrollar otras modalidades de gobernanza, evitando dar – una vez más – plenos poderes a los grandes grupos capitalistas para gestionar nuestros datos, nuestras fuentes de energía o nuestras redes de transporte.

            Draghi contempla igualmente inversiones propiamente públicas, por ejemplo en investigación y enseñanza superior, pero lo hace de manera demasiado elitista y restrictiva. Así, por ejemplo, propone que el Consejo Europeo de Investigación financie directamente las universidades (y no sólo los proyectos individuales), lo que sería estupendo. Pero, desgraciadamente, el informe propone concentrarse únicamente en algunos polos de excelencia de las grandes metrópolis, algo que sería económicamente peligroso y políticamente inaceptable. La salud pública y el hospital están casi del todo ausentes en el informe.

            De modo general, para que semejante plan de inversiones pueda ser adoptado, resulta indispensable que los territorios desheredados y las regiones más desfavorecidas vean los beneficios que les puede reportar a través de intervenciones masivas y de impacto. Si Francia, Alemania, Italia y España, que representan las tres cuartas partes de la población y del PIB de la zona euro, alcanzan un compromiso equilibrado e inclusivo en un plano social y territorial, entonces será posible avanzar sin tener que esperar a alcanzar la unanimidad, apoyándose en un núcleo duro de países (tal como lo contempla, por cierto, el propio informe Draghi). Ése es el debate que debe abrirse ahora en Europa.

            Thomas Piketty

            “Le Monde”, 15-16/09/2024

            Traducción: Lluís Rabell

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