
Si hay un terreno en el que los mantras de la derecha – cargados de ideología y de interés de clase – se han impuesto en la opinión pública frente a la izquierda, ése es el dominio de la economía. Venimos de décadas de hegemonía neoliberal. Pero la encrucijada en que nos han situado la crisis de la globalización, la emergencia climática y una nueva disputa geoestratégica preñada de guerras, obliga a la izquierda a reaccionar, abriendo nuevos horizontes… so pena de ver zozobrar la democracia. Las próximas citas electorales – y singularmente la contienda europea – apremian en ese sentido.
Sin duda, uno de los mayores factores de inestabilidad social y política tiene que ver con una inflación, hasta cierto punto contenida, pero persistente, que roe los ingresos de las clases laboriosas. Las causas de la actual tendencia inflacionista tienen que ver con un choque negativo de la oferta. Concretamente, con el encarecimiento de la energía y de otras materias primas, así como con restricciones en el comercio mundial a consecuencia de las tensiones bélicas. Ante la escalada de los precios, la receta económica “de manual”, aplicada tanto en Estados Unidos como en Europa – si bien con distintas cadencias -, ha sido la de encarecer a su vez el precio del dinero, subiendo los tipos de interés. Respuesta clásica de los bancos centrales: cuanto menos dinero circule, menor demanda… y progresiva desescalada de los precios. Sin embargo, las causas de la inflación no procedían en este caso de un consumo excesivo. Es más, si los salarios han subido significativamente en la zona euro (5,5%), lo han hecho galopando tras los precios. En realidad, los expertos admiten que la “medicina monetaria” restrictiva puede tardar año y medio o más en aplacar la inflación… mientras ralentiza el conjunto de la economía, con los dolorosos impactos sociales que ello comporta. Y es que la subida de los tipos de interés resulta de una dudosa eficacia al incidir esencialmente sobre la demanda inmobiliaria y comercial, y no tanto sobre la inversión o el consumo de las familias. El encarecimiento de las hipotecas, por el contrario, genera desazón entre las clases medias trabajadoras, en un escenario de difícil acceso a la vivienda en nuestras ciudades.
Tampoco parece una política adecuada la que ha llegado a proponer Mario Draghi: sustituir la política monetaria por la presupuestaria, reduciendo el gasto público para atajar la inflación. En efecto. ¿Cómo reducir ese gasto cuando Europa se enfrenta a los desafíos combinados de una inaplazable transición ecológica, de la reindustrialización y de un rearme al que se ve abocada ante las amenazas de Rusia y el temor de una inhibición americana? Esa opción, no sólo cerraría el camino a cualquier perspectiva de crecimiento, sino que incrementaría la pobreza y las desigualdades, sin que los Estados estuviesen en condiciones de recaudar impuestos para hacerles frente.
El economista Patrick Artus sugiere, por su parte, una “tercera vía”, basada en la estimulación de la oferta de bienes y servicios. Es decir, un impulso económico propiciado y pilotado desde los poderes públicos. Aunque no renuncia a una política monetaria restrictiva, ése es el camino que ha emprendido Estados Unidos. “Los programas de gasto público tienen como objetivo desarrollar las producciones de nuevos bienes en Estados Unidos (baterías y coches eléctricos, materiales para la producción de energías renovables, semiconductores), estimulando así la oferta, aún al precio inicial de incurrir en un déficit público muy importante (el 7% del PIB en 2024).” La apuesta es que, a cierto plazo, esa mayor oferta de bienes y servicios reduzca la inflación, y el déficit se vaya reabsorbiendo merced a una mayor actividad – y al correspondiente incremento de los ingresos fiscales. No es ésa la línea en la que se inscribe Europa, que vuelve a las consabidas normas de rigor presupuestario, empezando por la exigencia de un déficit público inferior al 3%.
Desde luego, podrá objetarse que Estados Unidos juega con ventaja, a caballo de un dólar que, por su atractivo y su papel en el mercado mundial, ha permitido históricamente a Washington financiar sus desviaciones presupuestarias. Y no faltará tampoco quien señale que la Reserva Federal americana lleva bien su nombre, mientras que el Banco Central Europeo actúa en el marco de un mandato que refleja la inacabada construcción de la UE y la aún lejana armonización de las economías nacionales de sus países miembros. Sin embargo, “a la fuerza ahorcan”. El escenario, convulso y repleto de incertidumbres, al que se enfrenta Europa requiere decididos pasos al frente, dejando atrás un recetario obsoleto. Corresponde a la izquierda poner en valor los pasos dados durante la pandemia, cuando la necesidad impuso a la UE un esfuerzo mancomunado y la suspensión temporal del rigor fiscal. Ese cambio de rumbo, en contraste con la apuesta por la austeridad que siguió a la crisis financiera de 2008, evitó una auténtica debacle. Pues bien, no es menos exigente el panorama que se avecina, y requerirá seguir avanzando en un “federalismo de los hechos”. Mayor audacia, estrecha cooperación.
Pero ese giro en la política económica de la Unión no llegaría a buen puerto si no se conjugase con un cambio no menos decidido por cuanto se refiere a la política tributaria. Y ahí hay un auténtico nudo gordiano que resulta imperativo cortar. Aurore Lalucq, economista y eurodiputada socialdemócrata lo señala hoy en las páginas de “Le Monde”: “Demasiados impuestos matan a los impuestos”, “Francia no quiere a los ricos”, “Hartos ya de presión fiscal”… “Durante décadas – dice – los impuestos han sido desacreditados a golpe de patrañas y falsedades, presentándolos como el origen de todos los males de nuestra sociedad. Un discurso pernicioso y cínico, que ha logrado convencer a las clases medias de que, cuando hablábamos de fiscalizar a los más ricos, en realidad estábamos pensando en ellas.”
El éxito de esa campaña neoliberal ha sido tal que el impuesto sobre la fortuna ha desparecido prácticamente en toda Europa. Y eso cuando, en un país como Francia, el 10% más rico de la población acumula más de la mitad de la riqueza heredada del país. No sólo reputados economistas, como el Premio Nobel Joseph Stiglitz, sino el propio FMI o el BCE, convienen en la necesidad de imponer a los ultrarricos. De ahí que la eurodiputada plantee la necesidad de “una directiva europea para imponer a las grandes fortunas y financiar la transición ecológica”. Ese reducido número de multimillonarios, simplemente a través de los mecanismos de elusión fiscal, paga menos impuestos que las clases medias. Desde 2020, un período marcado por la pandemia, la guerra y la inflación, la fortuna de esa selecta élite mundial se ha incrementado en 3’3 billones de dólares. Las cifras producen vértigo, sobre todo si las comparamos con el aumento de la pobreza en el planeta e incluso en las propias metrópolis.
Audacia. “El riesgo de que los ultrarricos ‘se fuguen’ a Dubai o a cualquier otro lado no debería considerarse como una fatalidad. ¿Por qué no instaurar una ‘exit tax’ europea, como hace Estados Unidos? Si una persona quiere cambiar de residencia, está en deuda con el fisco en función de los años que ha permanecido en su país de origen. Cuando alguien se ha beneficiado de infraestructuras, de escuelas, de un sistema sanitario, parece normal que cumpla, en contrapartida, con un cierto número de obligaciones, concretamente en el plano fiscal.” Cambio de discurso, cambio de paradigma. Si algo debe hacer reconocible a la izquierda en el próximo período, ha de ser ante todo su europeísmo – sólo a esa escala es posible enfrentar los retos de nuestra época – y la voluntad de restablecer la justicia fiscal. De ello depende la posibilidad de cohesionar a la clase trabajadora y evitar que las clases medias, atemorizadas, sucumban a la demagogia populista y a sus falsas soluciones, basadas en la ilusión de un repliegue nacional protector y en la furia xenófoba. Es decir hasta qué punto están en juego el semblante – e incluso el futuro – de las democracias.
Lluís Rabell
31/03/2024
Estan a punt de baixar els tipus d’interés tant la Ue com els EE.UU: ull !
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