Tomárselas en serio

           Alea jacta est. “El feminismo clásico concurrirá como partido a las elecciones generales”, anuncia en primera página “La Vanguardia” (5/01/2022). “Lo que aún puede dividir más el voto en la izquierda”, concluye el rotativo. La iniciativa “Feministas al Congreso”, impulsada por veteranas militantes, como la ensayista Pilar Aguilar, la psicóloga Puri Lietor – del Front Abolicionista del País Valencià – o la profesora de periodismo de la UAB Juana Gallego entre otras destacadas intelectuales, acaba de registrarse como partido político y efectuará su presentación oficial en Madrid el próximo 18 de enero. “Creemos que hay muchas mujeres huérfanas de un proyecto político, que no saben a quién votar después de que la izquierda haya abandonado la agenda feminista”, declara Juana Gallego. La nota periodística resume así el temario de dicha agenda: “La abolición de la prostitución, la prohibición de los vientres de alquiler y de cualquier explotación reproductiva de la mujer, la prohibición de la pornografía, las políticas contra la opresión y la precariedad laboral y salarial por razón de sexo, la lucha contra la violencia machista y la misoginia religiosa”. Así como, por supuesto, “la derogación de las leyes que consagran la libre determinación del sexo – especialmente el proyecto de ley trans que se tramita en el Congreso – al entender que ésta es una negación de las mujeres y un ataque frontal a las políticas de igualdad”.

No habrá sido fácil dar este paso. Esa agenda es compartida por muchas mujeres feministas, situadas ideológicamente en su inmensa mayoría – como las propias promotoras de este nuevo proyecto – en la órbita del socialismo y de la izquierda alternativa. El reproche, vehementemente dirigido al gobierno progresista de Pedro Sánchez, es tremendo. Y hay en esa crítica decepción y amargura. Tiene razón Cristina Sen al señalar en su artículo que “la salida del Ejecutivo de la vicepresidenta Carmen Calvo tras perder la batalla sobre la ley trans con la ministra Irene Montero marcó un antes y un después”. No pocas feministas socialistas, con algunas de sus más reconocidas representantes a la cabeza, estaban convencidas de que Carmen Calvo lograría frenar ese despropósito. El feminismo subestimó quizá los apoyos financieros y mediáticos con que contaba la oleada transgenerista; una oleada que ha embebido instituciones, leyes y fuerzas políticas – y, finalmente, la sociedad – tras décadas de exaltación del individualismo, de identificación de deseos y derechos, de relativismo cultural. Lo que hoy se da en llamar “feminismo clásico” – en boca de algunos, sinónimo de rancio y trasnochado – no es sino la continuidad de un combate secular por la emancipación de la mujer, iniciado con la Ilustración. (El feminismo es su hijo no deseado, acostumbra a decir Amelia Valcárcel). A lo largo de los años, en un mundo moldeado por el dominio masculino, el movimiento obrero y la izquierda han tenido momentos de complicidad, pero también de desencuentro con el feminismo. El propio Estado del Bienestar, joya de la corona del progresismo en el siglo XX, estuvo marcado por su innegable carácter androcéntrico – lo que sin duda lo hizo más vulnerable cuando llegó el embate de la revolución conservadora. Pero hoy, en un momento de descomposición del poso cultural neoliberal, cuando el feminismo está enfrentándose a las nuevas servidumbres que el capitalismo del siglo XXI proyecta sobre las mujeres, el hecho de que las más conscientes se sientan traicionadas y se revuelvan contra la izquierda es algo de una gravedad aún mayor. Y la izquierda parece no darse cuenta del peligro.

Para que así fuese, debería contar con dirigentes de mayor enjundia ideológica y con organizaciones mucho más vinculadas a la realidad, raramente glamorosa, de la clase trabajadora. La izquierda padece una inflación de políticos con estudios, devenidos profesionales del poder, audaces, habilidosos en la maniobra y el regate corto, y de todo un florilegio de spin doctors sin otro ideal que “ganar”. (Objetivo muy loable… a condición de no perder de vista lo que se pretende hacer desde el gobierno). No se requieren dotes adivinatorias para saber de antemano lo que estos brillantes asesores susurrarán al oído de los responsables políticos. “No hay de qué preocuparse. Estas feministas carecen de altavoces mediáticos y de apoyos institucionales. En una campaña electoral, su voz será inaudible. Y están locas: pretenden ir contra un cambio de paradigma social que ya está aquí y ha venido para quedarse. Lo trans, la autodeterminación de sexo… todo eso es percibido por la juventud como novedoso y portador de derechos. Hay que surfear esa ola o ser engullidos por ella”. El reajuste de gobierno al que procedió Sánchez parece indicar que el presidente se alinea con ese punto de vista táctico. “Por si fuera poco – añadirán los listillos -, ellas ni se imaginan lo que se les viene encima: formar listas, definir una estrategia para tratar de tener alguna electa… Incluso si consiguiesen llevar alguna diputada al Congreso, cosa improbable, su presencia sería residual, sin capacidad para impulsar nada. Lo mejor es ignorarlas en público; que juegue en su contra el temor a fragmentar el voto progresista frente a la derecha y la extrema derecha…Ell lobby queer y los colectivos LGTBI ya se encargarán de machacarlas cumplidamente. Nosotros, mientras, ponemos cara de buenos chicos y desplegamos las velas a favor del viento.” Desgraciadamente, la política de la izquierda se decide muchas veces en esos términos superficiales y oportunistas, huyendo de los dilemas trascendentes, referidos al modelo de sociedad, que plantea el feminismo. Si no se produce un inesperado cambio de guión, pronto lo veremos en el Congreso. A no ser que se le adelante el Parlament de Catalunya, que tiene también en cartera su propia ley trans. Y aquí, como es sabido, siempre queremos ir más lejos y más de prisa que nadie. La ley catalana está llamada a ser compendio y superación de todo lo habido en la materia. Es de temer que veamos a los partidos nacionalistas, a los comunes y a Ciudadanos disputarse el título del más transgenerista. Para agobio del PSC, que puede encontrarse en la tesitura de tragarse un sapo monumental para no entrar en contradicción con el gobierno de izquierdas. Y para regocijo de la extrema derecha, a quien se ofrecerá en bandeja – ¡ojalá no tenga luces para aprovecharla! – la oportunidad de aparecer ante las clases populares como un partido sensato, opuesto a quienes amenazan la integridad de menores y adolescentes, propiciando la mutilación de cuerpos sanos en aras de una supuesta “identidad de género”. En el fondo, el activismo queer y Vox comparten la misma identificación del sexo con los estereotipos de género.

Hay también una parte de la izquierda que, puesta a reflexionar, se inclinaría a favor de la crítica feminista radical o que incluso la comparte ya. Pero que considera que existen otras prioridades. Que es posible seguir adelante cargando con la mochila de esas contradicciones. Ahora contempla esperanzada la posibilidad de reconfigurar un proyecto político a la izquierda del PSOE,  en torno a Yolanda Díaz. Es el rostro de un laborismo renovado. Los sindicatos están encantados. Y el liderazgo de la ministra de Trabajo, reforzado por la complicidad de Ada Colau o Mònica Oltra, se antoja con una pátina suficiente de feminismo como para poder ir tirando. Mejor aparcar polémicas intempestivas que sólo pueden dividir el espacio de la izquierda alternativa. El problema de ese razonamiento es que tales valedoras de Díaz están en guerra abierta con las “feministas clásicas”. Como dice con vitriólica ironía Pilar Aguilar, si la simple reunión de mujeres bastase para desbrozar el camino de la emancipación, una despedida de soltera sería una convención feminista. No. El feminismo se declina en relación a la agenda de la lucha por la igualdad. Y eso es de tal calado social que no puede ser aplazado a conveniencia, ni tratado como tradicionalmente los hombres han considerado “las cosas de mujeres”; es decir, como algo engorroso y, en el mejor de los casos, accesorio. El feminismo no es una causa suplementaria que la izquierda añada a su ideario. “El capitalismo tiene sexo”, dice la periodista alemana Roswitha Scholz. En su prefacio a la edición española de “Sexo, capitalismo y crítica de valor”, la activista feminista Sylviane Dahan escribía hace diez años ya: “He aquí una de las mayores debilidades del movimiento obrero del siglo XX. El imperio de la mercancía se alza sobre una disociación fundamental: entre producción y reproducción, entre la esfera pública (masculina) y la esfera privada (asociada a la feminidad). La primera no puede subsistir sin la segunda; pero tampoco sin negarla y hacerla invisible. La razón implacable de la acumulación requiere objetivar los cuerpos, construir géneros y establecer el férreo dominio de un sexo sobre el otro. La ecología ha demostrado (…) que el ritmo de la acumulación, en una espiral desenfrenada, se superpone con ciega arrogancia a los ciclos regenerativos de la vida, los desprecia, los violenta. En una alocada carrera puntuada de catástrofes ‘naturales’, el valor arrastra la tierra hacia el calentamiento global. Pues bien, la opresión de la mujer es tan consustancial al capitalismo como su irrefrenable pulsión saqueadora del planeta”.

Es hora de exigir a la izquierda profundidad. La frivolidad y las astucias de quienes hacen de la política un excitante juego de tronos nunca transformarán la sociedad. Sus éxitos sólo pueden ser efímeros. La cosa no va de especulaciones acerca de los votos que podría obtener una candidatura feminista independiente. El solo hecho de que haya surgido como una enmienda radical a la conducta de las izquierdas debería encender todas las luces de alarma, sacar de su letargo a quienes no se han olvidado de pensar con su propia cabeza y sacudir la conciencia de quienes todavía se dejan mecer por la ilusión de que es posible mirar para otro lado, buscando la línea de menor resistencia. Quizá sea posible ahogar la voz de las feministas que llaman a las puertas del Congreso. Pero nadie podrá evacuar su vindicación, porque está en el corazón de la crisis de nuestra civilización. Si la izquierda quiere tener un futuro, más vale que empiece a tomarse en serio a las feministas.

 Lluís Rabell

 (5/01/2022)

2 Comments

  1. Siempre espero sus artículos como regalo de Reyes. Sus análisis me hacen ver las cosas más claramente y me permiten articular y verbalizar mis reflexiones sobre distintos temas en este caso sobre el feminismo.
    Feliz año nuevo. Gracias ☺️

    M'agrada

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