Participar

El pasado 15 de septiembre tuvo lugar en la librería Documenta de Barcelona la presentación de “Participar hoy”, trabajo de Antoni Cisteró, licenciado en Filosofía y Ciencias de la Educación, ingeniero químico y, por descontado, prolífico escritor – “Confluyendo” traza la aproximación de las distintas corrientes de la izquierda alternativa – y activista social. Animado por Irene Jezabel Sánchez, un coloquio abordó algunas de las temáticas más destacadas del libro. Estas son las notas que sirvieron de base a la glosa de la obra.

He aquí un libro interesante, de agradable lectura, divertido incluso… Pero, ante todo, útil y oportuno. Y eso es probablemente lo más halagador que se pueda decir de un trabajo como éste. Útil y oportuno porque vivimos tiempos de profunda crisis de las democracias liberales. A principios de este año, pudimos ver cómo una turba enfurecida asaltaba el Capitolio. Los movimientos populistas que surgen aquí y allá minan y desacreditan las instituciones. La ciudadanía se aleja de ellas, desconfiada. Los partidos tiene mala prensa. Por el contrario, los regímenes autoritarios, como el chino, envueltos en un aura de eficiencia, cotizan al alza. El libro de Antoni Cisteró no habla propiamente de ese panorama, de las incertidumbres que acechan a nuestras naciones post-industriales, agravadas tras el azote de la pandemia. Sin embargo, trata de algo que tiene mucho que ver con todo ello; habla del substrato social de las democracias.

Una democracia consta de muchas cosas: instituciones reconocidas, leyes, marcos de representación de la ciudadanía y de conformación de su voluntad… Pero eso no basta. Es necesario que fluya una savia vivificadora por los intersticios de la sociedad. La solidez y la buena salud de la democracia política tienen mucho que ver con la vivacidad de la sociedad civil, de sus diversas organizaciones. Y tiene que ver con la participación de la ciudadanía en los asuntos públicos, pero también en todos los aspectos de la vida social y cultural.

Quienes tenemos edad para haberlo vivido, recordamos hasta qué punto fue determinante para la transición democrática el empuje del movimiento obrero y de las asociaciones vecinales. En Barcelona, las protestas de los barrios derribaron sucesivamente a tres alcaldes franquistas. Pero, no sólo los sindicatos o las entidades vecinales – más adelante podríamos referirnos a las ONG – son importantes. El potencial de una sociedad podría medirse por el nivel de asociacionismo que exhibe. Y hablamos de asociaciones de todo tipo: desde aquellas de carácter reivindicativo o solidario, como las antes mencionadas, hasta los agrupamientos culturales, deportivos o de ocio. Todas esas formas de asociación tienen en común, por encima de sus evidentes disparidades, el hecho de estar formadas por personas que aúnan esfuerzos e interés, dedican tiempo, aportan creatividad e iniciativa – o simplemente brindan su apoyo – para lograr un objetivo compartido.

El libro de Antoni Cisteró, que propugna una participación eficaz, constituye un auténtico manual de instrucciones – mucho mejor que los de IKEA – para todos aquellos que quieran lanzarse a una singladura colectiva. Uno de sus capítulos más amenos contiene una pormenorizada descripción de los distintos perfiles humanos que frecuentan el mundo asociativo: desde una minoría activa, que imprime dinamismo al conjunto, hasta los “capitanes araña” – prolíficos en ideas destinadas a ser realizadas por los demás -, pasando por aquellos que sólo esperan obtener una prestación o sacar un provecho individual. Y es que el asociacionismo no trasciende la condición humana, pero ayuda a conjugar sus distintas facetas y a obtener del conjunto una resultante positiva para la colectividad. Por modesta que sea, la asociación genera una cultura de implicación, responsabilidad y colaboración. Al cabo, eso es lo más importante, pues favorece el aprendizaje de la democracia. En Catalunya, dice el autor, deben existir actualmente unas veinte mil asociaciones de la índole más diversa. En Barcelona se concentran algunas de las más activas. Esa constelación de entidades se asemeja a un vasto conjunto de neuronas que, a veces, se conectan merced a un acontecimiento, un pálpito, generando manifestaciones de inteligencia colectiva que, sin su previa existencia, resultarían inexplicables.

Es cierto que “l’air du temps” que hoy se respira no parece demasiado favorable a la participación ciudadana anhelada por Antoni Cisteró. La actual crisis de las democracias es el resultado de décadas de neoliberalismo, que han tenido un efecto disgregador sobre la sociedad civil organizada y han exacerbado el individualismo. “La sociedad no existe”, decía Margaret Thatcher. Así, hemos llegado a situaciones paradójicas, características de nuestro tiempo: débiles organizaciones… y grandes movimientos de masas; potentísimas redes sociales… y un profundo aislamiento de los individuos, sumidos muchas veces en burbujas cognitivas que impiden la interacción entre personas con pareceres distintos y, por ende, asfixian el pensamiento crítico. El libro establece una clara distinción entre los marcos pautados y formales de las asociaciones – poco atractivos para las nuevas generaciones – y las formas laxas de plataformas y movimientos. No está de más recordar que algunos de los movimientos sociales más destacados – y que han permanecido en el tiempo – se incubaron en asociaciones, antes de estar en condiciones de desplegar sus propias agendas. El vigoroso movimiento feminista que eclosionó en los años de la transición debió mucho a las Vocalías de Mujeres de las entidades vecinales. La asociación de l’Esquerra del Eixample, a la cual pertenecemos tanto el autor y yo mismo, fue la primera en tener una Vocalía de los derechos de gais y lesbianas. Podríamos multiplicar los ejemplos. Sin embargo, los movimientos masivos de la última década tienen marcados rasgos populistas. Y, aunque arrastran a mucha gente, distan mucho de la participación responsable de que hablamos; representan una experiencia muy alejada de la construcción colectiva de pensamientos y opiniones fundamentadas. Se trata, muy al contrario, de movimientos de gente atomizada, vinculada por la emotividad, la inflamación del sentimiento nacional, el seguidismo de líderes carismáticos, las disyuntivas maniqueas y el espíritu plebiscitario. Ahí no encaja la deliberación democrática, definitoria de la participación.

Pero, detengámonos un instante en la experiencia de Barcelona. A partir de la llegada de los ayuntamientos democráticos, se elaboró una densa estructura de participación ciudadana. Había consciencia de que un buen gobierno requería cercanía de los gestores respecto a las preocupaciones y demandas del vecindario, así como un conocimiento de la compleja realidad urbana. Así surgieron consejos sectoriales a nivel de distritos y de ciudad, consejos de barrio, audiencias públicas… No sé si hay ciudades europeas con un reglamento de participación tan desarrollado. En los últimos mandatos ha habido intentos de desarrollar un régimen de consultas populares. Hoy contamos además con sofisticados portales informáticos que brindan información y permiten a la ciudadanía interactuar con la administración. No obstante, todas esas estructuras permanecen muchas veces inertes. La participación está en horas bajas. Naturalmente, el nivel de participación no sólo depende de una buena disposición de la administración. (Reducir la participación a una mera formalidad puede ser a veces una tentación. Pero la comodidad que se gana al no tener interferencias en la toma de decisiones acostumbra a pagarse con errores de bulto por un conocimiento insuficiente de la realidad). 

El grado de participación depende fundamentalmente del momento histórico, de una mayor o menor efervescencia social. Pero, parece indiscutible que uno de los grandes problemas de la participación radica en la debilidad del tejido asociativo. Las aportaciones individuales pueden ser de interés en el curso de una audiencia o en una página web. Pero no pueden reemplazar a las opiniones basadas en la experiencia, la continuidad organizativa, el conocimiento del territorio, las tradiciones de lucha vecinal o la memoria colectiva de los barrios. Incluso por lo que respecta a las consultas populares, más allá del perímetro apropiado de las mismas y de la claridad de la cuestión planteada, la existencia de un potente tejido asociativo resultará determinante para la formación de una opinión ciudadana fundamentada, frente a intentos de manipulación o a efímeros estados de ánimo.

En resumen: por razones de salud democrática – y también de salud personal tras meses de confinamiento y restricciones de la vida social -, vale la pena hacer caso a Antoni Cisteró, asociarse y participar. No hay causa, ni entidad risible. No hay esfuerzo colectivo vano, aunque parezca ir a contracorriente. “Res no és mesquí”, diría el poeta. Ninguna red social puede substituir al trato humano. Me gustaría ser tan convincente como este libro, escrito desde un profundo conocimiento del tema y desde la convicción de que la cooperación nos hace mejores y hace progresar a la sociedad. Como dice el autor, sólo así pueden tomar la palabra los “nadie”. Y esa es la razón última de un corazón que late a la izquierda.

Lluís Rabell

16/09/2021

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