Eso les pasa por ser mujeres


Las noticias vienen teñidas de sangre. Sangre de mujeres, asesinadas de forma brutal por sus parejas o ex-parejas. Pero también de sus hijas e hijos. Es lo que se ha dado en llamar “víctimas vicarias”: a través de su muerte, el maltratador pretende asestar el peor de los golpes a la madre, transformar su vida en una inacabable agonía. Es quizá la forma más cruel y extrema de violencia machista. Y, quizá por eso también, la que revela con mayor claridad sus motivaciones. Porque no, no se trata de accesos de locura, ni estamos ante monstruos. Resulta tranquilizador pensarlo, pero no es así. Los asesinos son hombres de aspecto corriente; en sus casas no faltarán las fotografías en las que aparecen sonrientes junto a sus hijos, como modélicos padres de familia. 


Como todos nosotros, han sido socializados en una cultura de dominación sobre la mujer. Una cultura que traspua discriminación y violencia, latentes en los roles atribuidos desde la infancia, palpitantes en la cotidianedad de nuestras vidas. Una convicción tan profundamente arraigada que acaba convirtiéndose en el sentido último de la masculinidad: el hombre se define por su preeminencia y su control sobre la mujer. Los meses de confinamiento han hecho que muchas mujeres tuvieran que compartir techo con sus maltratadores. Con la relajación de las medidas sanitarias, el intento de tomar distancias ha sembrado en ellos el temor a perder el control. También sobre los hijos. La afirmación de la potestad paterna, entendida incluso como un derecho de vida o muerte sobre la descendencia, constituye un rasgo sustantivo de la figura patriarcal. He aquí, probablemente, una de las explicaciones de la actual oleada de feminicidios. En ese sentido, no cabe llamarse a engaño acerca del suicidio de los autores de tales atrocidades, pauta frecuente en esas explosiones de violencia. No parece razonable pensar que su motivo sea el temor a afrontar el castigo de la justicia o el reproche social. Antes bien, el suicidio indica que, destruido el objeto de la dominación, la existencia que se cimentaba en ella carece ya de sentido. Por la senda del horror, el patriarcado alcanza su plenitud en la nada. Va siendo hora de que los hombres meditemos sobre el modelo de masculinidad en que nos reconocemos.


El feminismo viene insistiendo sobre ello, y los hechos son incontestables: estos crímenes no son sino la punta del iceberg. Miles y miles de mujeres padecen un calvario en sus hogares. Desde la simple ocurrencia machista, de apariencia inocua, hasta las manadas, pasando por todo tipo de abusos o situaciones de acoso, la violencia, descarnada o sutil, envuelve a las mujeres a lo largo de su existencia. Como un permanente recordatorio del lugar “que les corresponde” y de los riesgos que conlleva salirse del redil. Ante los crímenes que hoy conmueven a la opinión pública, todo el mundo se echará las manos a la cabeza. Y, por supuesto, volveremos a reclamar aquellas medidas elementales de protección para cuyo despliegue siguen faltando, más allá de condolencias y condenas verbales, voluntad decidida de las administraciones públicas, programas y presupuestos. Faltan dispositivos de acogida para las mujeres y menores en situación de riesgo; faltan recursos, protocolos adecuados y formación en la magistratura y la policía para actuar con mayor eficiencia ante las denuncias y las señales de alarma…


Pero, sobre todo, es necesario tomar conciencia de la dimensión del problema e ir a sus raíces. La educación en la igualdad es fundamental. Hay, sin embargo, poderosas instituciones que permean cotidianamente esa violencia, naturalizándola en la sociedad. La prostitución supone la esclavitud de millares de mujeres y niñas pobres, al tiempo que traslada un potente mensaje acerca de la superioridad y los privilegios viriles. La pornografía, devenida la escuela de la sexualidad para las nuevas generaciones, se basa en la erotización de las vejaciones y violencias contra las mujeres. La práctica de los “vientres de alquiler” mercantiliza sus cuerpos y las deshumaniza. “Son cosas distintas”, objetan quienes consideran esas realidades desde una óptica liberal, perorando acerca del “consentimiento” de las desamparadas. Ciertamente, son cosas distintas. Pero todas remiten a un mismo sometimiento de las mujeres al imperio de los varones, todas se inscriben en la lógica de idéntica barbarie.


También son otro asunto las controvertidas leyes generistas que van siendo adoptadas por numerosas comunidades autónomas y que pronto deberían irrumpir en el Congreso. Sin embargo… este sería un buen momento para detenerse y reflexionar al respecto. Ser mujer no es un sentimiento. No asesinan “géneros sentidos”, sino mujeres. Por serlo y porque se rebelan contra la tiranía de los hombres. ¿De verdad no entendemos que legislar negando la realidad biológica de los sexos supone desdibujar el fundamento de esa opresión estructural y socava todos los avances del feminismo en materia de igualdad? ¿Cómo vamos a educar a niños y niñas en un espíritu de igualdad y respeto si convertimos en “identidades” los más rancios estereotiposLa indignación y el dolor ante los crímenes machistas llenarán hoy las calles. Oigamos el clamor de las mujeres, porque representa el más profundo anhelo de justicia. Mañana, habrá que escuchar la voz rigurosa del feminismo, porque ha sabido identificar las raíces del problema y nos sitúa, individual y colectivamente, ante nuestras responsabilidades.


Lluís Rabell

11/06/2021

Ilustración : @Laura Strego

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