Policía religiosa

Acrílico obra de Isabel Sanmartí

           El Parlament de Catalunya acaba de ser teatro de un incidente que, lejos de ser un hecho trivial o anecdótico, debería considerarse como el síntoma de una insidiosa dolencia. La Mesa, gobierno de la cámara autonómica, rehusó hace un par de días dar curso a dos preguntas, para las que se solicitaba una respuesta escrita, formuladas por la diputada socialista Gemma Lienas. Las preguntas iban dirigidas a la consejera de Justicia, al consejero de Trabajo, Familias y Asuntos Sociales, así como al presidente de la Corporación Catalana de Medios Audiovisuales. Lo que debía ser un mero trámite parlamentario – como parte de su trabajo habitual de fiscalización de la actividad del gobierno, todos los grupos registran preguntas y solicitudes de información a los distintos departamentos – se convirtió así en un problema político de calado. Desatendiendo una vez más la opinión de los letrados, que no veían objeción alguna a la diligencia, los partidos independentistas – ERC, JxCat y CUP – se opusieron firmemente a ella… alegando que dichas preguntas era “transfóbicas”.

           ¡Nada menos! El temido anatema posmoderno caía implacablemente sobre mi buena amiga y admirada escritora, metida en política por sus convicciones feministas. Ni que decir tiene que, apenas conocida la noticia, no pocos diarios digitales se hacían eco de ella. En general, con tanta premura como escasez de rigor informativo. Curiosamente, han aparecido distintas versiones de las preguntas en cuestión, algunas de las cuales se dirían pensadas para estimular el linchamiento de Gemma Lienas por parte de los grupos transgeneristas. No han faltado, como de costumbre, los exaltados de turno estableciendo analogías con Vox. Pero, como no hay que ser malpensado, diremos que la prensa está muy mal, que vive un momento muy precario y no puede saberlo todo. Vaya pues para el mundo informativo el redactado exacto de las preguntas, tal como las llevó el grupo socialista al registro.

           Una de ellas se refería a una instrucción penitenciaria emitida por el Govern en noviembre de 2020, en virtud de la cual las personas transgénero recluidas en las prisiones catalanas podían solicitar su traslado a un centro penitenciario de su sexo sentido. Y decía literal y estrictamente así: “¿Cuántas personas transgénero han solicitado el traslado a prisiones de mujeres? ¿Cuántas a prisiones de hombres?”. Resulta a todas luces calumnioso atribuir a esa interpelación fobia alguna. Lo que sí resulta la pregunta es incómoda para un determinado discurso. Pero es totalmente legítima y oportuna desde un punto de vista feminista. ¿O constituye acaso un temor infundado recelar de que un hombre, merced a la simple manifestación de sus sentimientos o de una identidad descubierta quizá entre rejas, pueda acceder a un centro de mujeres? No sabemos cuántas peticiones de traslado ha recibido instituciones penitenciarias. Pero cabe sospechar que, muchas o pocas, ninguna procedía de una cárcel de mujeres. A lo mejor era eso lo que irritaba a nuestros censores: que los datos rezumasen misoginia.

           Tampoco ha faltado quien, en redes, ha evocado las violencias de que pueden ser objeto las personas trans en un centro de reclusión para hombres. No se trata, desde luego, de discutir ese extremo. En cualquier caso, la responsabilidad acerca de la integridad de los internos corresponde a la administración que los tiene bajo su custodia, no a las mujeres presas. Frivolizar con su seguridad y dignidad, evocando un deber de protección que a ellas no compete, constituye – ¡eso sí! – una actitud típicamente machista de desprecio hacia las mujeres.

           Pero parece ser que los partidos independentistas estaban particularmente sulfurados por la otra pregunta de la diputada, concerniente a la emisión en TV3, en horario nocturno, de un corto de dibujos animados de “Las tres gemelas” (“Les tres bessones”) – que fue retirado por la propia cadena pública ante la airada protesta de Roser Capdevila, creadora de los personajes. El capítulo consistía en un confuso diálogo en que las hermanitas decían que les habían asignado un sexo y un género al nacer, pero que en realidad había niños con vagina y niñas con pene, según cómo se sintieran. Una malvada hechicera, la Bruja Terf atacaba a las niñas, exigiendo respeto por la biología. Antes de eso, sin embargo, tenían tiempo de explicar las maravillosas experiencias que puede reportar una sabia utilización del clítoris. Empaquetada de tal modo la doctrina queer, normalmente de difícil digestión, producía directamente vértigo y mareo. Sin embargo, la pregunta concreta, dado que la emisión iba dirigida a un público adulto, era la siguiente: “¿Por qué se utiliza a unas niñas prepúberes, en la línea de la pornografía infantil o de hipersexualizar a las niñas?”.

           Buscad la transfobia. En este caso, lo que probablemente incomodó fue que se cuestionaran las prácticas de TV3, la bien engrasada maquinaria de agitación y propaganda del independentismo. Pero la acusación, por desplazada, no es casual, ni baladí. Veamos. La arbitrariedad de impedir la tramitación de las preguntas de un grupo resulta particularmente llamativa por parte de quienes llevan años dando la turra con que en el Parlament se debe poder hablar de todo. (De todo lo que a ellos les interese a ellos, calro está: de hecho, llevamos años en que sólo se habla sobre todo de la independencia…  y mucho menos de la vida de la ciudadanía). Conscientes de la contradicción en que incurrían, han insistido en que la excepción se debía a la insufrible ofensa vertida contra el colectivo trans. Algo manifiestamente falso. Pero la utilización desacomplejada de la mentira forma parte ya de la manera que tiene esta gente de entender la política. Trump hizo escuela. Vivimos tiempos de “fake news” y “hechos alternativos”.

           En este caso, el recurso a la acusación de “transfobia” responde a un clima de intimidación y de hostigamiento del pensamiento crítico – muy especialmente del feminismo – que va instalándose en la escena mediática y en las instituciones. Hay quien considera este fenómeno como algo secundario, una “guerra cultural” que no debería distraer a la izquierda de “sus cosas”. En realidad, esa ofensiva ideológica, de profundo sesgo patriarcal, condensa las peores tendencias deshumanizadoras del capitalismo del siglo XXI. Esa “guerra cultural” está minando el potencial transformador de las izquierdas, enfrentándola con el feminismo en un momento crítico.

           Las izquierdas, o bien se han entregado a esas teorías oscurantistas tomándolas por “lo más rompedor”, o bien rehúyen el combate frontal. Una delgada línea separa el realismo – es decir, la capacidad de apreciar en cada momento la correlación de fuerzas y adecuar en consecuencia la táctica a seguir – del oportunismo, ese viejo conocido del movimiento obrero, que consiste en sacrificar los principios en el altar de unos dudosos beneficios, acaso una ilusoria tranquilidad, a corto plazo. El transgenerismo se ha convertido en una suerte de nueva religión. Una religión útil para cierto orden. No es de extrañar que cuente con tantos apoyos mediáticos, políticos, económicos e institucionales. Tampoco lo es que las leyes transgeneristas se implanten con pasmosa facilidad en países donde las mujeres penan por ver reconocidos sus derechos más elementales… o, en otros, al tiempo que los logros en materia de igualdad empiezan a retroceder. Pero toda religión desdeña la razón. La fe no admite controversia. El problema surge cuando las creencias devienen ley; cuando, desde las instituciones, empiezan a convertirse en una religión de Estado. Entonces, todo se pervierte. El delito de odioVox nos ha un ejemplo de lo que realmente significa eso con su cartel electoral en Madrid, incitando a una violenta animadversión racista contra menores – se diluye en una suerte de viscosa blasfemia. Gemma Lienas es sospechosa de blasfemia. Y, por ende, asimilable a la extrema derecha. Es lo que nos está diciendo esa especie de inoportuna policía religiosa, esa muttawa del credo generista en que se ha erigido la mayoría independentista de la Mesa. O la izquierda espabila, o acabará pagándolo muy caro. Cada batalla aplazada hace más difícil el siguiente enfrentamiento.

           Lluís Rabell

           21/04/2021

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