Rumbo de colisión

           Al igual que sucedía con el destinatario de la invectiva de aquella famosa “chica ye ye”, parece que nuestras izquierdas, pasmadas, tampoco “se quieren enterar”. Pero, esta vez, quien las interpela no es una muchacha “con el pelo alborotado”, sino un número creciente de feministas de sucesivas generaciones, decepcionadas y enojadas ante la actitud de los partidos progresistas – en cuyas filas muchas de ellas han militado o aún militan. Y es que la agenda feminista no está siendo atendida. Peor aún: está siendo traicionada, postergada en nombre de la realpolitik o utilizada como moneda de cambio en los equilibrios, sin duda delicados, que requiere mantener a flote la actual coalición de izquierdas que gobierna España.

           Atención al problema, cuyo alcance y profundidad no captan los spin doctor de esos partidos, preocupados sobre todo por el regate corto y la astucia política. No hablamos de los anhelos de un “colectivo”, sino de la realidad en la que vive más de la mitad de la población. Y, a través de ella, estamos hablando ni más ni menos que del proyecto de sociedad que realmente propugnamos. Porque hoy, bajo el imperio de lo políticamente correcto – y con la excepción quizá de la extrema derecha -, todo el mundo se proclama feminista y ecologista. Pero, como dicen los Evangelios, “por sus hechos los conoceréis”. Pues bien, son los hechos, “testarudos”, los que han llevado a una referente feminista como la escritora y ensayista Pilar Aguilar, mujer de dilatado compromiso con la izquierda desde la convulsa agonía del franquismo, a plantear una iniciativa singular: la creación de una nueva fuerza política para llevar las demandas feministas al Congreso de los Diputados, ante la dejación de responsabilidades por parte de quienes debieran impulsar tales reivindicaciones.

           Una vez más, atención. No se trata de una airada reacción individual. Más de un centenar de personalidades, como la ex-eurodiputada de Podemos Lola Sánchez Caldentey, las filósofas Victoria Sendón de León y Ana Pollán, la escritora Consuelo García del Cid o la activista Amelia Tiganus, lanzaron hace unas semanas el llamamiento “Feministas al Congreso”. Desde entonces, las adhesiones se cuentan ya por millares. Son muchas las voces que, desde el ámbito académico – Juana Gallego, Silvia Carrasco… – o desde el feminismo “a pie de calle”, van brindando apoyo a la iniciativa. En el seno de los propios partidos de izquierdas, aunque contenidas por el respeto a la disciplina orgánica, no pocas mujeres la consideran también con simpatía. (En la formación morada, el pasado mes de marzo, un grupo de cargos y militantes dio incluso a conocer un posicionamiento crítico con la llamada “Ley Trans”, promovida desde el Ministerio de Igualdad, bajo el título “En Podemos también hay feministas”). La advertencia no podría ser más seria: unos por desorientación ideológica (Podemos), otros por pusilanimidad (PSOE), quienes debieran ser sus aliados y valedores están en una deriva que lleva camino de convertirse en rumbo de colisión con el feminismo radical. Lo que supondría un desastre de inimaginables consecuencias para cualquier perspectiva de progreso democrático y social.

           ¿Cuáles son las “vindicaciones históricas del feminismo” que destaca el manifiesto en cuestión? Aquellas “inequívocamente abolicionistas”, podemos leer: las referidas “al género, los feminicidios, la prostitución, la pornografía, la explotación laboral y reproductiva, la compraventa de bebés, la violencia obstétrica, la misoginia religiosa o el borrado biológico y social de las mujeres”.

           El listado dista mucho de encabezar las preocupaciones y prioridades del Ministerio de Igualdad. En un país que sube al podio infamante de los primeros consumidores mundiales de sexo de pago y que constituye uno de los principales destinos de la trata con finalidades de prostitución, el Ministerio considera que éste es un tema que “divide”… y por lo tanto queda en stand by. Por supuesto, la trata suscita una reacción unánime de rechazo. Pero, tratad de señalar que hay trata porque existe prostitución… y lo más probable es que os diagnostiquen una incontenible “putofobia”. La única propuesta abolicionista, seria y articulada, que ha llegado a los grupos parlamentarios procede del movimiento feminista. Es cierto que Carmen Calvo se ha comprometido llevar un proyecto al Congreso. Pero está por ver en qué quedará ese anuncio – y, desde luego no por las convicciones abolicionistas, sobradamente acreditadas, de la vicepresidenta, sino por mor de una deseada “pax romana” en el seno de la coalición.

           Si la agenda feminista fuese la hoja de ruta del Ministerio que dirige Irene Montero, el gobierno bulliría de reuniones interministeriales, iniciativas legislativas y programas de actuación. Agresiones machistas, discriminaciones salariales, precariedad contractual, pensiones de miseria, trato injusto en los tribunales… Por no hablar de la pornografía, erotización de la violencia contra las mujeres, cuya difusión masiva conforma en niños y adolescentes una visión sesgada y bárbara de la sexualidad. O del recurso a los vientres de alquiler, práctica ilegal en España que, no obstante, encuentra suficientes rendijas para seguir adelante. La lista de agravios y discriminaciones de que son objeto las mujeres es inacabable. Sin embargo, parece que la principal preocupación del Ministerio de Igualdad consiste en que prospere la “Ley Trans” – y, en general, las leyes basadas en supuestos “generistas”. La izquierda alternativa está haciendo de ello prácticamente una seña de identidad. Y el PSOE no se atreve a quitarle ese sonajero a Podemos, da largas al asunto, busca soluciones de consenso…

           Pero el problema es que no hay conciliación posible entre el feminismo – que es el movimiento histórico de emancipación de las mujeres del yugo patriarcal, generando en consecuencia un pensamiento crítico y materialista – y una corriente que niega la realidad del sexo biológico como base de la opresión ejercida por los varones. Los planteamientos que sustentan el proyecto de esa ley “trans” – que ni siquiera se refieren a la transexualidad, sino a la subjetividad de un “sexo sentido”, identificada con los estereotipos machistas, y nos hablan de “identidades” caídas en cuerpos equivocados  – son tan anticientíficos como el creacionismo o la creencia de que la tierra es plana. Más allá de los poderosos intereses comerciales que están promoviendo la adopción de legislaciones similaresen todo el mundo, nos hallamos ante una potente oleada cultural reaccionaria, gestada entre las élites corporativas y patriarcales, que pretende resituar a las mujeres en una nueva servidumbre, anulándolas como sujeto político y barriendo los avances del feminismo: ya no habrá mujeres, sino “personas menstruantes”, “seres gestantes” y otros delirios deshumanizadores.

           La izquierda alternativa, cuya visión de la lucha de clases quedó terriblemente debilitada con el hundimiento de las utopías del siglo XX, ha “comprado” esas teorías, creyendo encontrar en el caleidoscopio de la diversidad y en el relativismo cultural un impulso “disruptivo”. La escritora Najat El Hachmi – que anda muy lejos de ser “una mora como Dios manda” – se queja amargamente de que esa izquierda dé la espalda a las mujeres musulmanas críticas contra la imposición del velo o los preceptos misóginos de la religión, proyectando sobre ese movimiento de rebeldía feminista la sospecha de “islamofobia”. Pero la socialdemocracia, a pesar de que en sus filas tiene mayor arraigo el feminismo histórico, tampoco se ha mostrado como un dique de contención lo bastante sólido frente a esa oleada. La aprobación en catorce comunidades autónomas de leyes y protocolos educativos basados en los postulados generistas, promovidos o apoyados por las izquierdas, demuestra que hay muchas grietas.

           Y la paciencia de muchas feministas, como vemos, se está agotando. No sólo no se las escucha, ni se las recibe, sino que se pretende legislar amenazando sus derechos – y amenazando la integridad de menores y adolescentes, la vivencia saludable del lesbianismo y la homosexualidad e incluso el propio itinerario de las personas transexuales. Sin olvidar la presión que se ejerce sobre los profesionales, en el ámbito de la medicina como de la educación, para alinearlos con unas prácticas contrarias a deontología. Por si fuera poco, el Ministerio de Igualdad acaba de nombrar presidenta del Consejo de Participación LGTBI a una ferviente defensora de los vientres de alquiler. Resulta difícil no leer semejante despropósito como un chulesco desplante a las feministas. Así de mal andan las cosas.

           Por supuesto, la idea de configurar un nuevo partido exclusivamente feminista plantea dudas y puede generar no pocas contradicciones. No lo ignoran sin duda sus promotoras, que atesoran muchos años de experiencia militante. “Quien es feminista y no es de izquierdas, carece de estrategia. Quien es de izquierdas y no es feminista, carece de profundidad”. La conocida aserción de Rosa Luxemburgo sigue siendo cierta. Quizá más que nunca a las puertas de un convulso cambio de época. Pero el caso es que la izquierda está fallando al feminismo, cuando son las mujeres quienes más empujan a favor de la justicia social. En los objetivos de la agenda feminista, hoy relegada, hay más democracia y socialismo que en los programas oficiales de los partidos progresistas. Tanto es así que, de continuar como hasta ahora, no pocos hombres de izquierdas consideraríamos incluso nuestro voto para que la voz del feminismo consecuente pudiera oírse en el Congreso. Porque lo que está en liza es trascendental para la sociedad. Las izquierdas deberían acusar recepción del recado que les está mandando el feminismo. Y corregir cuanto antes su rumbo de colisión.

           Lluís Rabell

           13/04/2021

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