Antiutopía de la “Ley Trans”

(Bajo este sugerente título,laFundación Internacional Olof Palme ha organizado este 15 de marzo de 2021 un debate, presentado por Anna Balletbó, presidenta de la Fundación, que ha contado con sendas ponencias a cargo de Lidia Falcón, presidenta del Partido Feminista, y de Ángeles Álvarez, feminista y ex-diputada del PSOE, así como con laintervención de Carles Villagrasa, magistrado y titular de la UB.He aquí las notas de mi intervención en ese coloquio, al que fui amablemente invitado. Sirva su publicación como agradecimiento y felicitación a Anna Balletbó y al equipo de la Olof Palme por su valentía en abordar un tema tan controvertido y del que tantos foros rehúyen).

¿Qué hace un chico como yo en un debate como éste? En otras palabras: ¿qué podría aportar a la discusión, después de intervenciones solventes de figuras reconocidas del movimiento feminista como las que me han precedido? Modestamente, el punto de vista de un hombre feminista. Una afirmación que requiere una doble puntualización previa.

En primer lugar, el feminismo es el movimiento secular de las mujeres para acabar con el yugo de la opresión patriarcal, al que se han visto históricamente sometidas por los varones. Más allá de sus agendas y prioridades – que, lógicamente, variarán según países -, más allá de distintos desarrollos o circunstancias políticas, ésa es la naturaleza y la razón de ser del feminismo: un movimiento de transformación social en pro de la igualdad efectiva entre ambos sexos. No está de más recordarlo en un momento en que se ha puesto de moda hablar de “feminismos”, “feminismos inclusivos y excluyentes”, “feminismos conservadores”, “coloniales” e incluso “racistas”. Lo cierto es que no hay noticia de ninguna expedición colonial feminista. En cambio, cabe sospechar que esa explosión de epítetos esencialistas del feminismo pretende sobre todo relativizar sus valores universales, vigentes en todas las latitudes del planeta.

En segundo lugar, un hombre feminista es aquel varón que ha sido convencido de la justeza de esa lucha como progreso civilizatorio y que ha sido ganado a ella. Más de una vez he dicho que esa toma de conciencia implica que los hombres asumamos un feminismo de la responsabilidad. Es decir, que nuestro deber cívico, sobre todo si nos consideramos de izquierdas, no es el de inmiscuirnos en los espacios que las mujeres han construido para defenderse, organizarse y construir su proceso de emancipación, sino rechazar los privilegios de los hombres y luchar por la igualdad, tanto en la esfera privada como en la pública – que sigue bajo preeminencia masculina.

Como veremos, estas puntualizaciones tienen mucho que ver con lo que hablamos hoy. ¿Cómo hemos sido convencidos por el feminismo? A base de ser interpelados y zarandeados, a fuerza de ver contestado el conjunto de convicciones y prejuicios en que habíamos sido socializados. La crítica materialista del feminismo – ese “hijo no deseado de la Ilustración”, como dice Amelia Valcárcel – y la lucha de sucesivas generaciones de mujeres por sus derechos han ido agrietando las viejas creencias. Por así decirlo, el feminismo nos ha obligado a contemplar nuestro semblante en el espejo de Venus. Y la imagen que nos devolvía no era precisamente halagadora. Ante ello, sólo cabía tomar partido con mayor o menor determinación… o propinar una patada al espejo. Pero lo que ha caracterizado siempre al feminismo ha sido la impugnación radical de la dominación y los privilegios viriles, de los estereotipos y roles que los envuelven – y que la teoría feminista ha dado en llamar género -, así como de las violencias con que se sostienen.

Ahora, sin embargo, nos encontramos con corrientes de pensamiento que se dicen feministas… pero que, en lugar de interpelarnos y cuestionarnos, nos confortan en los roles que, tradicionalmente, el patriarcado ha asignado a los hombres. Uno de los casos más llamativos es sin duda el de la prostitución, aderezada como “trabajo sexual” e incluso propuesta como “opción empoderadora” para las mujeres. No me extenderé al respecto. Sólo querría que os hicieseis cargo de la lectura que, desde la posición de los hombres, podríamos hacer de semejante discurso. Es un discurso que nos invita a desandar el camino hacia el respeto, tan difícilmente esbozado por el feminismo.

En efecto. Si consideramos legítima la prostitución, si nos parece aceptable que una sociedad democrática mantenga una reserva de mujeres sometidas a los caprichos sexuales de los hombres, la supremacía masculina se reproducirá una y otra vez. Pero no sólo sobre las mujeres en situación de prostitución, sino sobre todas, porque todas devendrán susceptibles de ser prostituidas. Y todos los hombres sin excepción, hagan mayor o menor uso de él, verán reconocido un privilegio ancestral que certifica su dominio. Si legitimamos esa institución, ya podemos ir a los institutos a denunciar las agresiones machistas; ya podemos hablar de igualdad y respeto. Los muchachos celebrarán el final de curso en un burdel o exigirán que sus amigas se sometan a las prácticas sexuales que ven a diario en los relatos pornográficos, auténtica erotización de la violencia contra las mujeres.

Pues bien, mientras las lucrativas industrias del sexo nos invitan a masturbarnos compulsivamente ante imágenes de violaciones y vejaciones a las mujeres, hay responsables del feminismo posmoderno que invocan una colaboración con esas industrias para promover la educación sexual de los jóvenes. Ciertamente, no nos corresponde a los hombres, por feministas que nos declaremos, distribuir carnets de auténtico feminismo. Pero sí que podemos dar fe de que esas corrientes de pensamiento, lejos de conmovernos, lejos de exigirnos avanzar hacia un estadio de relaciones igualitarias con las mujeres, nos empujan hacia atrás, nos invitan a encastillarnos en la vieja ciudadela del patriarcado.

Y ése es el caso de la filosofía de la llamada “Ley Trans” y la ley LGTBI en preparación – así como de las legislaciones y protocolos de rango autonómico aprobados ya en catorce comunidades. Es cierto que hablamos de borradores, que vienen incluso de anteriores legislaturas. Aún no sabemos qué contendrá exactamente el proyecto de ley que ha de ser sometido a tramitación parlamentaria, y que debe emanar del Consejo de Ministros. Pero, esos esbozos han encendido las luces de alarma. No sólo en el feminismo, sino también entre personal docente, científicos y especialistas en el tratamiento de la disforia de género, así como en los equipos médicos que hacen el seguimiento de las personas transexuales en sus procesos de transición o reasignación. Sin embargo, flota un ambiente de intimidación que mantiene muchas bocas cerradas en las instituciones, en los partidos, en los ámbitos profesionales y académicos. Nadie quiere ser acusado de “transfobia”. El “delito de odio” se desliza peligrosamente hacia una suerte de “delito de blasfemia” contra quienes cuestionan los postulados del transgenerismo, y los lobby que se aferran a ellos empiezan a actuar como una policía religiosa. Los propios borradores de que hablamos contienen preceptos nada tranquilizadores al respecto.

Aunque ya se han comentado antes, quisiera insistir en algunas cuestiones especialmente relevantes de esos proyectos legislativos, pues constituyen auténticos torpedos dirigidos a la línea de flotación de cuanto nos ha enseñado el feminismo. La pretensión de que hay un “sexo asignado” al nacer – y no la constatación de un hecho biológico – cuestiona todos los avances basados en la lucha contra la discriminación que sufren las mujeres desde el instante en que son identificadas como hembras de la especie humana. Lo que nuestras sociedades patriarcales les asignan no es un sexo, sino un rol y unos determinados patrones de conducta. Y los asignan a través de toda una socialización y educación, pero también a sangre y fuego: mediante mutilaciones genitales, crímenes de honor, códigos integristas, violaciones…

La pautas culturales que definen el género se escriben con una violencia muchas veces abierta y, siempre, latente. En ese sentido, la pretendida “autodeterminación de género” es una falacia; por no decir un oxímoron, un contrasentido. En realidad, lo que se pretende es confundir género con sexo, negando el carácter material, biológico, de éste. El sexo deviene, pues, performativo; es un sentimiento. Un sentimiento, además, que genera derechos. No es ése un planteamiento que pueda fundamentar una convivencia democrática. Y, desde luego, no es un planteamiento que ampare a las personas transexuales, que buscan un equilibrio vital aproximándose – a costa de no pocos sacrificios – a la fisionomía del sexo con el que se identifican. Las leyes “trans” juegan con las palabras. Dan a entender que hablan de transexualidad cuando en realidad lo están haciendo de otra cosa.

Los planteamientos transgeneristas constituyen una seria amenaza para el desarrollo de la infancia y la adolescencia, al tiempo que refuerzan los más rancios estereotipos machistas. Pretender identificar una “infancia trans” en base a los gustos de un niño o una niña, a sus juegos y preferencias, es puro oscurantismo. Representa todo lo contrario de la coeducación y la educación en la igualdad; supone una restauración en regla de la educación sexista, con amenazadoras derivadas para aquellos menores que no se ajusten a los clichés establecidos, que pueden verse encarrilados en un determinado sentido.

Y permitidme que haga aquí un paréntesis. El discurso queer aparece como un reflejo invertido del relato de la extrema derecha… y acaba llevando el agua a su molino. Ante un mismo comportamiento, el relato transgenerista nos dirá que el cuerpo del niño o la niña están equivocados La extrema derecha, nos dirá que hay que ajustar la conducta de esos menores a unos determinados estereotipos, propios de cada sexo. El feminismo, por el contrario, nos dice que no hay cuerpos que estén mal, ni centros de interés o preferencias infantiles que sean reprobables. No sería extraño que, en un momento dado, Vox se erigiese en defensor de la infancia ante los temores que las leyes “trans” puedan suscitar entre las familias. Ni que lo hiciera culpando de todos los males – y tratando de barrer – esa misma coeducación de inspiración feminista que ya está siendo minada por los nuevos protocolos transgeneristas.

Tampoco insistiré en los riesgos que supone para la salud, en nombre de “despatologizar”, apartar a los profesionales – psicólogos, médicos especializados – de la atención de las angustiosas vivencias de disforia que pueden darse en algunos adolescentes, y que son susceptibles de ocultar muy distintas realidades: desde trastornos autistas y traumas infantiles hasta incipientes manifestaciones de homosexualidad. Los profesionales sólo serían llamados a reforzar el sentimiento manifestado por el adolescente, favoreciendo que se encaminase hacia tratamientos hormonales y quirúrgicos de impredecibles consecuencias. Vale la pena llamar la atención sobre un dato revelador del carácter profundamente misógino de semejante enfoque.

En los países donde se han aprobado leyes similares a la que está cocinando el Ministerio de Igualdad, se ha producido un crecimiento exponencial de las chicas que se declaran trans. Semejante explosión de casos de disforia, sobrevenida en la adolescencia, sólo puede asociarse a la incomodidad que supone para esas muchachas adaptarse a los constrictivos roles femeninos exigidos por la sociedad. La opción trans, profusamente promocionada y envuelta en glamur, parece ofrecer una vía de escape a su desazón. Una vez más, lo que está en cuestión son los avances del feminismo en la lucha contra las imposiciones patriarcales.

Dos apuntes para terminar. Primero, apelar de nuevo a la responsabilidad de los hombres. La agenda feminista en España está sobrecargada: no tenemos una legislación abolicionista en el primer país consumidor de prostitución de Europa; el porno más violento se ha convertido en el mentor sexual de niños y adolescentes… Aunque ilegal, el recurso a los vientres de alquiler – es decir, la explotación reproductiva de mujeres pobres – sigue estando a la orden del día. Por no hablar de las violencias, desigualdades y discriminaciones que sufren las mujeres en todos los ámbitos. Sin embargo, parece que todas las energías están hoy absorbidas por la “cuestión trans”. No, no es una trifulca entre feministas. Menos aún entre feministas “artríticas”, atrincheradas en la academia, y jóvenes inconformistas. No se trata de una pelea en el barro. Ni siquiera de la situación de un determinado colectivo. Estamos ante un trascendental problema de sociedad.

En segundo lugar, debemos ser conscientes de que se trata de la manifestación de una dinámica global. Nos adentramos en una crisis de civilización. Y, ante todo cambio de época, nos recuerda una vez más Amelia Valcárcel, el patriarcado necesita redefinir el papel de la mujer y su semblante en la sociedad. En la actual fase de su desarrollo, el capitalismo está exacerbando sus rasgos extractivos y depredadores, rebasando cada día nuevas fronteras. En sus manos, los prodigiosos avances tecnológicos de las últimas décadas han abierto nuevas fuentes de acumulación, inéditas capacidades de explotación del trabajo humano… La prostitución, la pornografía, los vientres de alquiler… representan hoy una mercantilización del cuerpo de la mujer a escala planetaria. El deseo ha abierto un inagotable nicho de mercado. Hay mucho dinero, poderosos intereses comerciales, tras la ofensiva internacional a favor de las legislaciones trans. La investigadora Jennifer Bilek, por ejemplo, estima que la industria de la identidad de género ha pasado, en tan solo cinco años, de representar una cuota de mercado de 8.000 millones de euros anuales a más de 3 billones.

Pero hay, al mismo tiempo, una ofensiva cultural profundamente reaccionaria. Aquello que algunas autoras como Rosa Cobo llaman las “élites del patriarcado” – dirigentes de grandes corporaciones y poderes mediáticos, varones poseedores de inmensas riquezas – están concibiendo un mundo de nuevas servidumbres. El feminismo se ha convertido en un movimiento contestatario que es imperativo abatir. El “borrado de la mujeres” precede simbólicamente al troceado de sus cuerpos. En esas élites empieza a germinar el delirio del transhumanismo: trascender la condición humana, incluido el sexo biológico. Algo que estaría sólo al alcance de los poderosos y que supondría desdibujar la humanidad tal como la conocemos, llevando la opresión de la mujer a su paroxismo. Es el propio capitalismo quien plantea la alternativa histórica entre feminismo o barbarie. Lo que tenemos entre manos no es un simple episodio de nuestra política nacional. Si lo situamos en perspectiva, nos damos cuenta de lo mucho que hay en juego.

Lluís Rabell

15/03/2021

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