Aritmética mediterránea

“Es la política, estúpidos”. Es lo que pide el cuerpo replicar ante la proliferación de pronósticos acerca de la formación del próximo gobierno de la Generalitat. Se avecinan unas elecciones envueltas, como pocas, en la incertidumbre. Más que nunca, lo decisivo será la política, no las cábalas numéricas. Sobre todo porque determinadas maneras de sumar se asemejan a las cuentas que echaba la célebre lechera camino de su infortunio. Y es que, cuando hablamos de relaciones o alianzas entre distintas fuerzas políticas – con sus respectivas bases sociales, cultura, agenda e intereses particulares -, dos más dos no suman necesariamente cuatro. Es mejor recurrir a las fórmulas algebraicas, despejando paso a paso las incógnitas, que tratar de aplicar las reglas de la aritmética a realidades dispares e incluso contradictorias.


La candidatura de Salvador Illa ha sacudido el tablero de unas elecciones que debían, en principio, dirimir el pulso entre los dos socios de gobierno permanentemente enfrentados: ERC y JxCat. El PSC sólo podía aspirar, como mucho, a una honrosa e inane segunda plaza, en el marco de una mayoría independentista renovada y apuntalada, si fuese necesario, por la CUP. Ahora, las cosas se presentan de modo distinto. Algunas encuestas ponen en tela de juicio la reedición de esa mayoría. Al Govern le han temblado las piernas ante una cita con las urnas cuyos augurios han quedado trastocados. Por eso intentó – de manera chapucera – desconvocar las elecciones y aplazarlas hasta que soplaran vientos más favorables. ¿Y si el enojo ciudadano por la deficiente gestión de la pandemia y el deseo de dejar atrás los años de división social arremolinasen en torno al candidato socialista una fuerza favorable al cambio? Ciudadanos ganó las elecciones de 2017 y no supo qué hacer con su victoria, basada en la irritación frente al independentismo. Pero el caso del PSC es muy distinto. Puede gustar más o menos, pero Illa tiene un programa para gobernar Catalunya, un plan para reconducir el conflicto territorial y, last but not least, cuenta con la complicidad del gobierno progresista de España.  


No es poco. Si bien no constituye una garantía de que, aún ganando las elecciones, Illa pudiera hacerse con la presidencia de la Generalitat. La investidura requiere contar con una mayoría de 68 escaños. Y ahí es donde aparecen las calculadoras y empiezan las especulaciones. ¿Una mayoría independentista con ERC, JxCat y la CUP? ¿Una reedición del tripartito entre PSC, ERC y comunes? ¿Dos posibles mayorías alternativas… con ERC pudiendo optar por una u otra alianza? La política ficción hace las delicias de los periodistas. “¿Con quién pactará usted?” Sin embargo, nada es más erróneo que plantear la cuestión en estos términos. Lo que está en juego no es una suma abstracta y neutra, sino el programa, la naturaleza y la orientación del próximo gobierno. Con los matices que se quiera, la disyuntiva que se plantea es ésta: o bien un gobierno centrado en atender la emergencia social y la reactivación económica; por así decirlo, un gobierno de tregua y cooperación… o bien un ejecutivo en irreductible tensión con el Estado, manteniendo al frente del país a una mesocracia decadente envuelta en la estelada. Las alianzas se darán – o no – en uno u otro de esos dos caminos. 


En ese sentido, la invocación de un “tripartito de izquierdas”, que tanto predicamento tiene en espacio de la izquierda alternativa, puede resultar muy engañosa. No en vano el procés ha pasado por ahí, desgarrando a la sociedad catalana y a su representación política, desarbolando partidos,  radicalizando a sus dirigentes. En un reciente artículo, Jaume Bosch evoca un debate histórico entre el malogrado líder de ICV Miquel Caminal y el entonces dirigente de ERC JosepLluís Carod-Rovira; un debateen que el primero defendía “un federalismo que no excluía la opción de la independencia”… y el segundo una independencia que no rechazaba el horizonte federal. La discusión ya no puede declinarse en esos términos. La vida ha zanjado la controversia teórica. Hoy, federalismo e independentismo se afirman como proyectos antitéticos. Con una notable diferencia entre uno y otro, todo hay que decirlo. La propuesta federal abraza la realidad plurinacional de España y, por ende, la singularidad de Catalunya; conjuga el autogobierno con un proyecto fraternal compartido; entronca con la tradición del catalanismo democrático, comprometido con la regeneración y embebido de europeismo. Muy contrario, el independentismo que se ha ido configurando a lo largo de la última década se ve a si mismo como la superación del catalanismo; representa una inflamación enfermiza del sentimiento nacional, teñida de rasgos marcadamente etnicistas y xenófobos. De modo ostensible, esa deriva domina cada vez más el artefacto construido por Puigdemont. Pero, aunque arrugue la nariz ante el hálito reaccionario de una derecha cada vez más extrema, ERC permanece inmersa en la lógica nacionalista. Y, por mucho que odie en el alma a los postconvergentes, tiembla ante la sola posibilidad de ser tildada de “traidora”. A pesar de los fracasos acumulados, el proyecto de ERC sigue siendo reeditar un gobierno independentista. Sus reiterados guiños a los comunes revelan, mucho más que la pretensión de incorporarles a cualquier ejecutivo, la voluntad de debilitar el polo de la izquierda social y federalista.


En tales condiciones, la reivindicación de un “tripartito” – como si esa fórmula tuviese un sentido unívoco – sitúa a la izquierda alternativa en una posición de subalternidad respecto a ERC, haciendo depender el futuro de la buena voluntad de sus líderes y apelando candorosamente a su “alma progresista” frente a la radicalización de JxCatNo es una buena manera de encarar esta campaña. Socialistas y comunes deberían ir decididamente al encuentro de sus respectivos electorados populares, proponerles un programa iusionante para salir del atolladero en que nos encontramos… y recabar su apoyo para llevarlo a cabo desde un gobierno del cambio. Los pactos, si cabe que los haya, sólo pueden materializarse tras el veredicto de las urnas. Cuando se verifique la correlación de fuerzas entre las dos grandes opciones que se plantean a la sociedad catalana. Poner la carreta delante de los bueyes sólo contribuye a prolongar el marasmo. Al contrario de la dieta, la aritmética mediterránea no es nada saludable para la izquierda.


Lluís Rabell

29/01/2021

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