Prefacio a “Feminismo o Barbarie” (vol.II), de Pilar Aguilar Carrasco

No es habitual que un hombre sea invitado a escribir el prefacio de un libro feminista. Está por ver si este atrevimiento ha sido un acierto por parte de mi admirada Pilar Aguilar. Por la mía, recoger el guante requiere hacer algunas precisiones. En primer lugar, recordar algo que no siempre es percibido como una obviedad: el feminismo es el movimiento histórico de las mujeres por su emancipación del yugo patriarcal. No somos los hombres quienes vamos a “explicar” el feminismo a las mujeres.

Mansplaining. Hace tiempo ya que las feministas acuñaron ese término para designar la actitud supremacista de los varones que pretenden “ilustrar” a las mujeres acerca de lo que ellas piensan o sienten, pero que serían incapaces de manifestar con suficiente claridad por sí mismas. Los hombres representarían, pues, la racionalidad, la expresión más elevada de nuestra especie, mientras que las mujeres serían consustancialmente emotivas… por no decir que encarnarían la vertiente animal de la condición humana. Desde los filósofos griegos hasta nuestros días, pasando por los Padres de la Iglesia, la misoginia ha sido declinada en todos los tonos a lo largo de los siglos. Hoy aún, nuestra sociedad está tan profundamente embebida de esa superioridad masculina que la pretensión de tutelar, no sólo la conducta, sino también el pensamiento femenino no resulta rara en absoluto. En muchas ocasiones, podemos incluso constatar cómo, en el curso de una controversia, determinados argumentos feministas parecen más dignos de consideración cuando son enunciados por hombres… que cuando se escuchan en boca de las mujeres que los han concebido, por más méritos intelectuales o académicos que éstas reúnan. Y por más que su condición y sus vivencias legitimen esas voces femeninas con el sello inconfundible de la autenticidad. Así es: a pesar de los reconocimientos logrados a pulso por las mujeres en las últimas décadas, la palabra de un hombre sigue gozando de una auctoritas incontestable.         

Por eso tampoco está de más recordar una segunda obviedad: al cabo, un hombre feminista es aquel que ha sido convencido por la lucha de las mujeres. Convencido tras haber sido convenientemente zarandeado, hasta el punto de hacer que se tambaleen las creencias y la visión del mundo en que, desde nuestro nacimiento, hemos sido socializados. Se pregunta Pilar Aguilar si el feminismo interpela a los hombres con excesiva vehemencia, si le falta pedagogía. No creo que sea esa la cuestión. De un modo u otro, más allá del registro en que se exprese, de entrada, el feminismo incomoda necesariamente a los hombres, en la medida que cuestiona privilegios ancestrales que los varones hemos heredado por el hecho de serlo, como si se tratase del orden natural de las cosas – y no de una construcción vinculada al desarrollo histórico de las sociedades humanas. Y en la medida que el feminismo impugna radicalmente el papel dominante de los hombres sobre las mujeres, sus vidas y sus cuerpos; una preeminencia que constituye el fundamento mismo de la masculinidad en el orden patriarcal.

           La cuestión tiene mayor profundidad que el reparto de las tareas domésticas o los cuidados, con todo el peso que ello supone en la vida cotidiana de las mujeres. En las sociedades occidentales, aunque sea a regañadientes y arrastrando los pies, cada vez más hombres se avienen a asumir una parte de sus responsabilidades. Lo cual es una conquista del feminismo, tanto en términos de batalla cultural como por cuanto se refiere a los avances legislativos obtenidos. Pero, ¡es que feminismo viene a cuestionar la propia identidad masculina! Y lo hace poniendo ante los hombres un espejo de Venus que les devuelve una imagen poco halagadora de sí mismos. Lo cual provoca desazón y zozobra. O irritación: siempre habrá quien prefiera propinar una patada al espejo. Por todo ello, el feminismo de los hombres – acerca del cual se interroga igualmente la autora – no puede ser sino un feminismo de la responsabilidad.

           De hecho, ésa es la razón que me ha movido a escribir estas líneas. Estamos ante un cambio de época que supone una auténtica encrucijada para la humanidad. El feminismo que hoy conocemos tiene tras de sí una larga singladura desde la Ilustración. Más de dos siglos… y quizá no tengamos aún la perspectiva histórica necesaria para evaluar cuánto ha aportado este movimiento a la civilización. No sólo desde el punto de vista de la presencia de las mujeres y de su proyección en todos los ámbitos de la esfera pública, sino por cuanto se refiere a la subversión del conocimiento y el pensamiento humanos. El arte y la ciencia, la filosofía, la historia, la geografía humana, la antropología, la sociología, la ecología, la economía política… No hay territorio donde el feminismo no haya hecho osadas incursiones, aportando un nueva visión del mundo. Hace tiempo que la revuelta engendró una utopía. Y no ha cesado de explorar caminos para alcanzarla.

           El feminismo escribe los capítulos que le faltaban al Capital y obliga a declinar la crítica de la sociedad de clases en toda su complejidad. El ascenso del capitalismo pasó por el cercado de tierras y la persecución de las brujas. La forja del proletariado fue inseparable de una violenta reconfiguración del papel de la mujer, relegándola a la invisibilidad, los cuidados domésticos y la reproducción. Ciertamente, el dominio patriarcal no fue inventado por el capitalismo. Pero el capitalismo necesitó moldearlo de nuevo hasta hacerlo funcional a su régimen de acumulación. Larga y difícil ha sido también la lucha del feminismo para que el movimiento obrero hiciese suya la enseña de la igualdad. Grandes gestas revolucionarias, desde la Comuna de París a la República española, pasando por la revolución de Octubre, inscribieron la emancipación femenina en el programa de las clases oprimidas. A veces de modo efímero, pues cada triunfo de la reacción, cada derrota de la transformación social, comenzó invariablemente con un retroceso de los derechos conquistados por las mujeres. Y cada logro ha sido penoso. Las francesas, sin ir más lejos, no consiguieron el derecho al voto hasta el final de la Segunda Guerra mundial.

           Cabalgando los grandes hitos históricos, las guerras, los momentos de contestación del orden mundial, distintas oleadas feministas han venido sucediéndose. Hasta llegar a la disyuntiva del momento presente, en que una concatenación de factores hace que el feminismo esté llamado a librar los combates más decisivos de su historia. Las décadas de la globalización neoliberal han visto la transformación del feminismo en un movimiento mundial. Ciertamente, con distintas agendas en cada país o latitud, pero con valores y aspiraciones universales. A su vez, esos años han sido los del hundimiento de las grandes utopías de emancipación social del siglo XX, que habían movilizado las energías de millones de hombres y mujeres a lo largo de varias generaciones. Tras el descalabro del comunismo y el debilitamiento de la socialdemocracia, el feminismo aparece como el movimiento contestatario de mayor amplitud a escala internacional. Lo que hace de él terreno y objeto de una enconada disputa.

    Grandes pensadoras y referentes del feminismo, como Celia AmorósAmelia Valcárcel o Rosa Cobo insisten desde sus respectivas disciplinas acerca de una idea fundamental: en todo cambio de época, las élites patriarcales necesitan redefinir el semblante y el lugar de las mujeres en la sociedad. En eso estamos. La crisis del orden mundial nos adentra en un período de grandes convulsiones sociales y geopolíticas. Los cambios inducidos en todos los órdenes por el tecnocapitalismo, ahondando el surco de las desigualdades existentes, plantean un nuevo modelo de sociedad – y de relaciones entre hombres y mujeres – de rasgos inquietantes. Rosa Cobo nos advierte que se está produciendo un relevo, un cambio de guardia, entre los poderosos lobby que definen esas relaciones y, por ende, los nuevos contornos de la feminidad y la masculinidad. Es el fenómeno que esta investigadora identifica como la irrupción de “los bárbaros del patriarcado”. En efecto. No es una exageración retórica decir que se ha desatado una guerra contra las mujeres. El movimiento de las mujeres y sus conquistas democráticas han sembrado la desazón entre muchos varones, apegados a sus ancestrales privilegios, propagando la inquietud en determinados centros de poder. Ha empezado una vasta y multiforme contraofensiva del patriarcado, en estrecha alianza con las nuevas configuraciones del capitalismo. Desde Oriente a la católica Polonia, resurge con fuerza un integrismo que dicta su ley despiadada sobre el cuerpo femenino. Año tras año, las mutilaciones genitales siguen marcando la vida de millares de niñas. Desde la atrocidad de los feminicidios a la explotación de las maquilas, una nueva era de servidumbre se perfila para las mujeres. La prostitución, convertida en un lucrativo negocio a nivel mundial, equiparable con el comercio de armas o el tráfico de drogas, conlleva la deportación masiva de mujeres y niñas pobres desde la periferia a las metrópolis. Países enteros se conectan a la economía global a través de las industrias del sexo, sacrificando a generaciones enteras de mujeres en el altar del PIB. La pornografía, auténtica apología del odio hacia las mujeres, se ha convertido en la puerta de acceso a la sexualidad para millones de niños y de adolescentes a quienes se enseña a naturalizar y erotizar la violencia, conceptualizando la virilidad en la fuerza y el poder, identificando la feminidad con la degradación y el sometimiento al deseo de los varones. La industria de los vientres de alquiler, púdicamente bautizada como “maternidad subrogada”, proclama ante el mundo que el dinero puede reinar incluso en las entrañas de las mujeres. Su propia existencia biológica – la base sobre la que se han edificado culturalmente los mandatos a que se han visto sometidas a lo largo de la historia – empieza a ser cuestionada por una vasta campaña internacional a favor del transgenerismoPilar Aguilar dedica buena parte de su trabajo a desmenuzar los argumentos de esta corriente, profundamente misógina. Así pues, no existirían diferencias biológicas determinantes entre hombres y mujeres. Los “sentimientos” definirían el sexo a través de una pretendida “autodefinición de género”; es decir, en función de la adscripción de cada cual a los estereotipos que la educación tradicional asigna a uno y otro sexo. Si no hay mujeres, identificables como tales por su sexo, no hay opresión específica sobre ellas. Y todas sus frágiles conquistas en pro de la igualdad se ven directamente amenazadas.

           La izquierda vacila ante la magnitud de esa ofensiva. En Alemania, verdes y socialdemócratas asumieron el discurso del “trabajo sexual”, legalizaron la prostitución y convirtieron el país en un gigantesco burdel donde son explotadas cientos de miles de muchachas procedentes de las regiones económicas más deprimidas del Este y del resto del mundo. En España, la izquierda alternativa parece decidida a hacer de las delicuescentes teorías queer toda una seña de identidad. Hay que dar la voz de alarma. Cabe esperar que este libro contribuya a ello. Rara vez se había dado una simbiosis tan perfecta entre las nuevas tendencias del capitalismo y el diseño patriarcal de las relaciones humanas. Las izquierdas se juegan literalmente su futuro en unas batallas culturales y políticas que determinarán su reencuentro – o su divorcio – con los postulados del feminismo radical y materialista. El socialismo sólo puede postularse como un nuevo orden de progreso, justicia y convivencia, si lo hace embebido hasta el tuétano de feminismo.

           En el umbral de una nueva época, ya sea de modo activo o mediante un silencio cómplice, los hombres somos convocados a formar parte de una fratría bárbara. Se nos presentarán muchos dilemas, en que deberemos decidir si queremos aullar con los lobos o caminar como humanos. El feminismo de los hombres no consiste en explicar cosas a las mujeres. Ni tampoco en inmiscuirse en los espacios que ellas han construido para protegerse, organizarse y forjar su pensamiento emancipador. Nuestro feminismo consiste en asumir el combate contra los privilegios viriles allí donde nos corresponde: entre los hombres y en la esfera pública, dominada por los varones. Sólo ese compromiso trazará los contornos de una nueva masculinidad. Es sabido que los hombres leen poco lo que escriben las mujeres. Aún más les cuesta aceptar su magisterio. Quienes, hombres o mujeres, se sumerjan en las páginas de este trabajo encontrarán muchas claves para entender el mundo en que vivimos y los conflictos en los que se fragua el curso de la historia.

           Lluís Rabell  

(Barcelona, 2/11/2020)     

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