Es peor que un error…

Campo de concentración de Argelès – 1939

“C’est pire qu’un crime, c’est une faute”. La frase, erróneamente atribuida al ministro del Interior de NapoleónJoseph Fouché, fue en realidad pronunciada por Boulay de la Meurthe en 1804 al conocer la noticia de la ejecución del duque de Enghien, que dejaba expedita la vía a las ambiciones imperiales de quien era aún primer cónsul. Permítasenos parafrasear aquel tétrico enunciado y decir, tras la analogía establecida por Pablo Iglesias entre el exilio republicano de posguerra y la situación de Puigdemont“Es peor que un error, se trata de una línea política”. El vicepresidente, muy rodado en las entrevistas, es un excelente comunicador. Dice lo que quiere decir, y no otra cosa. La sofisticación de sus respuestas a las preguntas de la Sexta durante la entrevista emitida el pasado 17 de enero dan fe de un discurso controlado. Así, por ejemplo, Puigdemont habría defendido sus “ideas” por “vías que no tienen por qué ser indiferentes al derecho”. ¡Menudo requiebro! No niega explícitamente – pero tampoco nombra – la violación del ordenamiento democrático, de la Constitución y el Estatut de Catalunya, por parte de los dirigentes independentistas en 2017. Aquí no hay improvisación, ni calentón. En realidad, tampoco hay novedad en relación a posiciones anteriormente expresadas desde la izquierda alternativa.  Pero, ante el revuelo que se ha formado, se han prodigado justificaciones, matices e incluso desautorizaciones – o casi – de las palabras de Pablo IglesiasAda Colau, sin ir más lejos, ha salido al paso de la controversia diciendo que no podía compararse la situación actual con la tragedia de 1939. Por supuesto. Sin embargo, no hay categorías de exiliados, ni de presos políticos. Y la cuestión no va a dirimirla la RAE. Durante años, el independentismo ha construido el poderoso imaginario colectivo de una Catalunya pletórica de aspiraciones democráticas, sojuzgada por una España imperturbablemente franquista. Los términos acuñados – “presos políticos”“exilio”“causa general contra el independentismo”… – se inscriben en ese imaginario. Podemos y, en primer lugar los comunes, hicieron suya desde el principio esa terminología… que no sólo pervierte la percepción de la realidad, sino que tiene una gran fuerza gravitatoria hacia la órbita nacionalista. El lazo amarillo colgó durante meses de la fachada del ayuntamiento de Barcelona. La razón de todo ello era una tentativa de aproximación a una parte del independentismo, concretamente a ERC. Pero era una aproximación oportunista, sin principios. De aquellos polvos vienen estos lodos. Y esto no acabará aquí.


Muchos amigos de la izquierda catalana, vinculados ideológica y personalmente con el drama de los vencidos de la guerra civil, se han sentido ofendidos. ¡Ojalá sirva el shock para abrir un debate de fondo sobre las apuestas que está haciendo la izquierda alternativa! Porque, aunque sea esta parte de la entrevista la que ha suscitado mayor fragor mediático, hay también cierta coherencia entre el despropósito en cuestión y el abordaje del papel de UP en el seno del gobierno de coalición que hizo Pablo Iglesias. Veamos. Ninguna forma de alianza de la izquierda representa una solución ideal. Las tensiones y discrepancias son inevitables entre fuerzas políticas con culturas distintas. Algunos pensábamos que hubiese sido más apropiado ensayar un pacto “a la portuguesa”. Se escogió, sin embargo, la vía de la coalición – que tiene sus ventajas, pero que es también más constrictiva para el socio minoritario. Pues bien, ahora no hay vuelta atrás. Con esa fórmula hay que sacar adelante las reformas previstas. Lo contrario, supondría el retorno de una derecha agresiva y revanchista, espoleada por la extrema derecha. Pero la lectura que hace Iglesias de la singladura gubernamental, no por comprensible – trata de poner en valor su influencia en las decisiones del ejecutivo -, y no por reflejar parte de la realidad, deja de ser peligrosamente simplista. La cosa no es tan sencilla como un PSOE, monárquico y sensible a los cantos de sirena del IBEX 35, y un Podemos librando en solitario una titánica batalla social en el seno del gobierno. Las tensiones entre el ministerio de Economía y el de Trabajo han sido una constante de todos los gobiernos socialistas. Es cierto que, en las filas del PSOE conviven distintas sensibilidades, desde el social-liberalismo hasta una socialdemocracia netamente escorada a la izquierda. Los partidos que ha levantado históricamente la lucha social son ellos mismos objeto y terreno de disputa del conflicto insomne entre las clases. Pero eso también es cierto para la izquierda alternativa. El peso excesivo en sus filas de una intelectualidad precarizada, que accedió a la consciencia política en un mundo hegemonizado por el neoliberalismo, hace sensible ese espacio a determinadas modas reaccionarias, en ruptura con las tradiciones del movimiento obrero y del pensamiento materialista. Es el caso del transgenerismo, del que UP se obstina en hacer bandera, o de un feminismo capaz de convivir con la prostitución o la pornografía.


No hay que negar por ello la aportación de UP y sus logros concretos. Pero éstos han sido fruto de la tenacidad y la inteligencia, como en el ámbito del diálogo entre patronal y sindicatos, y no del ruido. No es bueno intentar crecerse increpando a una ministra como Teresa Ribera a propósito del recibo de la luz… desde el desconocimiento del trabajo realizado por ese departamento y la complejidad de su intervención en el mercado de las eléctricas. Tampoco lo es querer sacar pecho republicano con comisiones parlamentarias de recorrido meramente propagandístico. Si adviene un día la República, será por la exigencia de transparencia y ejemplaridad de la jefatura del Estado, y su sometimiento a los mandatos de la justicia. La izquierda en su conjunto debe saber en qué márgenes se mueve y cómo puede acumular respaldo social para acometer los cambios que propugna. La izquierda crítica, en particular, debe evitar tratar de compensar sus limitaciones con imposturas y artificios. Ha habido algunas declaraciones de Pablo Iglesias en que prácticamente les decía a los sindicatos lo que tenían que hacer. (Afortunadamente, el sindicalismo de clase ya está muy bregado. Ha aprendido a lidiar, desde su autonomía, con gobiernos amigos y con ejecutivos poco amenos. Unos y otros han tenido sus huelgas generales. El de Pedro Sánchez va a tener que oir en las próximas semanas las demandas de CCOO y UGT acerca del SMI y la reforma laboral). Más peligroso es, sin embargo, tratar de influir sobre el rumbo del gobierno desde alianzas exteriores al mismo. Esa es la orientación inconfesada que ha propiciado el resbalón de la dichosa entrevista.


Ya es hora de ir al fondo del problema. Una cosa es que se plantee la necesidad del diálogo y los pactos con determinadas fuerzas nacionalistas. Otra muy distinta es que la izquierda renuncie a liderar, con su proyecto social y federal, a las distintas nacionalidades ibéricas. La verdadera cuestión que subyace en las declaraciones de Pablo Iglesias es la subalternidad respecto a ERC por parte de la izquierda en Catalunya. Con semejante perspectiva es imposible avanzar. Por eso Podemos tiene aquí una franquicia, pero nunca ha logrado forjar nada que se asemejase a un partido. Por eso los comunes, de no replantearse seriamente su estrategia, pueden acabar sumidos en la irrelevancia. Lo cual sería dramático para toda la izquierda, que necesita que sus distintos espacios se consoliden. De manera más o menos convincente, Pablo Iglesias rectificará tarde o temprano sus palabras. Pero el tema no está tanto en el irritante error que en sí mismas representan como en la orientación política subyacente. Y eso es mucho peor que una equivocación.


Lluís Rabell

19/01/2021

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