Violencia simbólica

           Quizá no estemos tan lejos como parece de la estremecedora distopía de Ray Bradbury. Aún no ha sido organizada ninguna quema de libros. La imagen evoca recuerdos históricos que la hacen repulsiva. Sin embargo, parece que sí ha llegado el momento de condenar a determinadas autoras a una pira simbólica… y de someterlas a un asedio sistemático, desde los insultos en las redes sociales hasta la presión para que las librerías dejen de vender sus obras, pasando por las amenazas hacia su persona. Es el caso de la conocida escritora Lucía Etxebarría, culpable de haber manifestado sus discrepancias con el anteproyecto de la  llamada “Ley Trans”, cuya versión final debería ser registrada a principios de año en el Congreso de los Diputados para su tramitación. No es Lucía Etxebarría la única que se ha mostrado crítica con ese proyecto. Numerosas voces, desde el ámbito académico y las propias filas del feminismo, han alertado acerca de la pretensión de introducir en nuestro ordenamiento jurídico conceptos carentes de fundamento material y científico – como la “autodeterminación de género”. En primer lugar, porque al dejar de considerar la realidad de la mujer como un hecho biológico, sustituyendo dicha realidad por un “sentimiento”, se dinamitan los cimientos de todas las leyes a favor de la igualdad. Pero también porque se pone en peligro la salud e integridad de niños, niñas y adolescentes al establecer que inclinaciones divergentes con los estereotipos patriarcales, trastornos diversos, disforias o incluso confusas manifestaciones de homosexualidad, responden a una “identidad” – calcada de los clichés más rancios acerca del semblante de un hombre o una mujer. Una identidad aprisionada en un cuerpo equivocado… que convendría modificar a golpe de hormonas y bisturí.

Ya tendremos ocasión de ir al detalle de la ley cuando se conozca el proyecto definitivo, y podremos asimismo compararlo con otras disposiciones similares, adoptadas en países como Canadá, Inglaterra o Suecia, cuyos efectos sociales negativos resultan ya perfectamente constatables. Pero la cuestión ahora es la siguiente: ¿por qué es Lucía Etxebarría objeto de semejante campaña de acoso y derribo por parte de lobby y colectivos transgeneristas? Porque es una persona pública, feminista, con un criterio independiente… y la propia naturaleza de su profesión la hace vulnerable al acoso mediático. Reúne todos los atributos de una cabeza de turco. Pues se trata, en efecto, a través de ella, de dar un escarmiento, un aviso para navegantes, a quienquiera se atreva a cuestionar los dogmas de la fe queer. Si es posible poner en la picota a una escritora consagrada y amargarle la vida, ¿qué no podría hacerse con las demás?

La campaña de acoso ha tenido un momento culminante con la atribución del “premio ladrillo” – que consagraba a la escritora como “tránsfoba del año” – por parte de COGAM, colectivo LGTBI de Madrid, en el curso de un acto celebrado en el Ministerio de Cultura, al que asistió la ministra de Igualdad, Irene Montero… quien aplaudió, gozosa, la designación. El hecho no es anecdótico y merece reflexión a dos niveles. El primero se refiere a los calificativos recurrentes con que los grupos transgeneristas pretenden denostar a las feministas. “TERF” o “transfoba” no es un simple insulto. Es algo que incluso va más allá de la descalificación de un adversario ideológico o político – en este caso, el feminismo radical. Se trata de la invalidación de la palabra de dicho adversario, de su deshumanización y, en última instancia, de la legitimación de la violencia que pudiera llegar a ejercerse sobre él. En efecto: ¿qué validez puede tener el discurso de alguien trastornado, sometido al imperio de un odio incontenible? No tiene sentido escuchar siquiera los delirios de una mente enferma. Pero es que, además, lo que brota de ella es una pulsión destructiva, una amenaza para seres inocentes, niñas y niños nacidos en cuerpos equivocados. ¿No sería lícito entonces defenderse… y contraatacar?

Tania Sánchez, diputada autonómica de Mas Madrid, respondía a las protestas de Lucía Etxebarría con un frívolo twitt en que le “explicaba” que los ladrillazos de que fue objeto en la celebración de COGAM eran meramente simbólicos. Vamos, que se quejaba por nada. Sin embargo, la historia y, singularmente, la producción teórica del feminismo, nos alertan sobre la importancia de la violencia simbólica: directamente, como factor de intimidación y destrucción, así como condición previa y necesaria para la escalada hacia la agresión material. Nadie se atrevería hoy a contar chistes sobre judíos, presentándolos como inocentes manifestaciones de un viejo humor prusiano. Sin embargo, sí que es posible escarnecer a una mujer. Por eso es tan grave que la izquierda aplauda – o calle – ante determinadas prácticas. Aquí ya no estamos hablando de la opinión que cada cual pueda, en principio, tener acerca de un proyecto de ley, sino del hecho de que quienes sustentan determinadas opiniones puedan ser objeto de anatema, hostigamiento público y amenazas directas. Hay que decirlo sin ambages: el aplauso totalmente irresponsable de la ministra es violencia institucional. Y es violencia misógina.

La izquierda en su conjunto debe recapacitar, porque está emprendiendo un peligroso rumbo de colisión con el feminismo. Pero, en lugar de encajar con aplomo el aluvión de críticas, reflexionar y propiciar una sensata rectificación por parte de la ministra, destacados portavoces de Podemos han preferido cerrar filas en torno a ella. Sostenella y no enmendalla. Parece que el nuevo patriotismo hunde sus raíces en una acrisolada tradición. Pero, entre todas esas voces – que, curiosamente, evitan cualquier referencia al incidente en cuestión, limitándose a un penoso ejercicio de culto a la personalidad -, destaca sin duda por su grosería la de Juan Carlos Monedero. “Los ataques a Irene Montero – escribía hoy en su cuenta de twitterson coletazos del país que cortó el pelo a las mujeres de los mineros en huelga, que dejó en la cárcel en la amnistía del 77 a las mujeres, que quiso tumbar al gobierno por el matrimonio homosexual. Que fusiló a Lorca por rojo y maricón”.

Las nuevas generaciones, que no han conocido la lacra del estalinismo en las filas del movimiento obrero, pueden hacerse una idea de la degradación intelectual que sembró a través de este compendio de arrogancia machista, servilismo cortesano, demagogia y calumnias. Monedero explica a las feministas – e invoca contra ellas – la historia de lucha de las mujeres españolas contra la dictadura franquista. ¡Nada menos! Porque, aunque no tenga la entereza de nombrarlas, “los ataques” contra la ministra a que se refiere son, en realidad, las enojadas críticas de numerosas feministas. Pero, según la vieja tradición burocrática, “nadie puede tener nunca razón contra el Partido”, pues representa la consciencia y los intereses supremos de la clase. Cuestionar una decisión o una palabra de sus dirigentes significa, no sólo menoscabar su autoridad, sino la del Partido. Y, cuando sabemos lo que éste representa, semejante actitud sólo puede emanar de los enemigos del pueblo, de las fuerzas más negras de la reacción y de sus agentes estipendiados. “Fusilad a esos perros rabiosos”. Bajo esa consigna, miles y miles de opositores de izquierda a la élite soviética perecieron en su día ante los pelotones del NKVD. Hoy, merced a un silogismo envenenado, heredado de aquellos tiempos en que “era medianoche en el siglo”, resulta que las feministas acaban de matar a Lorca “por rojo y maricón”. Que no se sorprendan, pues, si les cae algún ladrillazo. De momento, simbólico. ¡Es que van provocando!

Hay que poner fin a este despropósito antes de que el desgarro sea irreparable. Que los cortesanos callen. Que la ministra rectifique de modo honorable. Que se escuche a las feministas en el Ministerio de Igualdad. Hay demasiado en juego.

Lluís Rabell

20/12/2021

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