Aviso para navegantes

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La crisis desatada en el gobierno de coalición a partir del acuerdo suscrito por PSOE y UP con Bildu, más allá de los múltiples estropicios que ha provocado y de la necesidad de repararlos, debería ser leída como una seria advertencia. Los dos socios de gobierno, cada cual en su particular registro, deberían sacar lecciones de esta experiencia. Quizás no haya más avisos antes de que lleguen las tormentas de otoño.

Algunos ministros fuera de juego, otros contradiciéndose públicamente, aliados agraviados, sindicatos enojados, patronal enfurecida, Bruselas perpleja… y la derecha política y mediática lanzándose a la yugular de un gobierno que balbucea confusas explicaciones. La torpeza ha sido mayúscula y supone el error más grave que ha cometido en su corta singladura, justo cuando su gestión de la epidemia, a pesar de todas las dificultades y tanteos, empieza a verse coronada por el éxito. Lo que quizás era visto como una hábil maniobra política – nada menos que un acuerdo con Bildu, recordándole al PNV que había en Euskadi otros vascos con quien hablar… y desmontando el discurso de ERC acerca de una súbita inclinación del PSOE hacia Ciudadanos – acabó transformándose en un embrollo de todos los demonios. Además, para añadir fantasía al malabarismo, los términos del acuerdo se publicitaron tras la votación sobre la prórroga del Estado de Alarma. El cóctel resultó ser Molotov.

Sólo un gusto desmedido por el regate táctico y la filigrana ayuda a entender cómo se pudo llegar a firmar un papel en esos términos con un aliado circunstancial que todavía huele a azufre en las propias filas socialistas. Derogar la reforma laboral del PP, íntegramente y de modo inmediato… ¡Nada menos! La bronca estaba servida. Y es que la cuestión no es derogar o no esa reforma, como algunas reacciones y encendidos debates en el seno de la izquierda alternativa darían a entender. Ese objetivo forma parte del acuerdo de gobierno. La cuestión está en el cómo y el cuándo. De hecho, el desmontaje de las medidas más lesivas para los trabajadores ha comenzado ya con la anulación del despido motivado en el absentismo por bajas médicas. Pero, como ha explicado muy bien Yolanda Díaz, ministra de trabajo, la derogación no es un acto jurídico único, sino un conjunto de reformas destinadas a recuperar posiciones – en primer lugar, por cuanto se refiere a la capacidad negociadora de los sindicatos, a la jerarquía de los convenios o a su vigencia durante los períodos de negociación – y destinadas también a abordar nuevas problemáticas del mundo del trabajo. Tras estas semanas de confinamiento, resulta evidente que el teletrabajo ha venido para quedarse y que las plataformas emplean a un número creciente de personas cuyos derechos necesitan amparo.

Los sindicatos, más interesados que nadie en derogar la reforma, entendían, sin embargo, que la mejor manera de proceder era a través de la concertación social, de la negociación directa con la patronal. De tal modo que el gobierno, auspiciando ese diálogo, acompasase sus iniciativas legislativas, decretos o reformas, con la construcción de los acuerdos entre los agentes sociales. Y esa era sin duda la mejor política a seguir por parte de un ejecutivo como el de Pedro Sánchez, minoritario y necesitado de concitar a cada paso complicados apoyos parlamentarios. La idea era dar solidez a cada avance, evitando el cara a cara del gobierno con la CEOE – que sólo podía derivar en confrontación ideológica, favoreciendo que la patronal se sumase a la agitación inclemente de la derecha política y mediática. La ministra de trabajo quizás sea la persona que mejor ha entendido esa dialéctica, negociando con solvencia cuestiones tan vitales para el empleo y el futuro de las empresas como los ERTE. Los propios sindicatos entendían que había que ocuparse prioritariamente de los impactos del parón económico, emplazando a gobierno y patronal a retomar la negociación al salir del Estado de Alarma.

De ahí su sorpresa y desazón al ver que se anunciaba una súbita derogación, al margen de la concertación social, mediante el pacto con una fuerza nacionalista. Vistas las consecuencias de la maniobra, parece poco discutible que, en lugar de avanzar hacia el objetivo anunciado, estemos hoy más lejos de revertir la reforma de Rajoy. En la izquierda alternativa adolecemos de un gusto inmoderado por la retórica y acabamos creyendo en la fuerza del Verbo. Si el equipo negociador del PSOE se metió en un jardín y salió trasquilado – Pedro Sánchez tuvo que arbitrar la discordia interna zanjando a favor de una rectificación -, en UP pudieron más las ganas de sacar pecho, reivindicando el acuerdo… al unísono con Otegui. Error sobre error. El socio de gobierno de UP es el PSOE, no la izquierda abertzale. En una situación en que el ejecutivo está en dificultad y asediado, poco importa quién tenga mayor responsabilidad en el desaguisado; es irrelevante quien crea ser el más fiero enemigo de la reforma laboral… toca cerrar filas en torno al jefe de gobierno e intentar salir lo más airosa y disciplinadamente posible del atolladero. Es el precio y la ley de una coalición.

Hay que tratar de recomponer las cosas. No será fácil. Pero, sobre todo, hay que aprender. Menos “juego de tronos” y más política seria en los entornos de la Moncloa. Y menos inflación retórica en las filas de la izquierda alternativa. Quizás Nadia Calviño encarne el alma social-liberal del gobierno. Pero nadie sabe mejor que ella cómo se las gasta la nomenclatura de Bruselas. No es de extrañar que haya sido la primera en ver la tempestad que iba a caer sobre el gobierno y exigido a Sánchez un golpe de timón. Más allá de las discrepancias que se puedan tener con la vice-presidenta, su instinto en esta crisis ha sido el más certero.

Y es que los meses que se avecinan serán muy difíciles. La elaboración de los presupuestos de 2021 puede convertirse en un campo de minas y reavivar las tensiones en el seno del gobierno. Con una economía tambaleante, cifras de paro al alza, ingresos inciertos y gastos disparados por la crisis sanitaria y la emergencia social, el margen de maniobra del gobierno dependerá muy mucho de las decisiones que acabe tomado la UE. Las reformas fiscales que requeriría la situación no se anuncian fáciles bajo la severa vigilancia del PNV. Por no hablar de las concesiones que comportaría una negociación con Ciudadanos – negociación que puede revelarse crucial para sacar adelante las cuentas.

En cuanto a Europa… Lo más probable es que acabemos teniendo una respuesta híbrida a las demandas de un esfuerzo mancomunado para remontar la crisis, combinando préstamos a bajo interés con transferencias. Pero ya se vislumbra que unos y otras serán limitados, probablemente insuficientes ante la magnitud de la devastación… y cabe temer que vengan acompañados de la exigencia de contrapartidas. De momento, por no exasperar a unas opiniones públicas aún conmocionadas, nadie evoca esas condiciones. Pero habrá que estar muy atentos a la letra pequeña de los acuerdos comunitarios. ¿En qué consistirán esas “políticas económicas sanas” que Bruselas insta a los países del Sur a seguir? Al filo de la controversia sobre la reforma laboral, ya se han oído ahí voces diciendo que España soporta un gasto excesivo en pensiones y que una mayor rigidez en las relaciones contractuales las tornaría insostenibles. Aviso para navegantes.

Urge calafatear las grietas del barco gubernamental. Y UP tiene que proceder a una reflexión de fondo. Su responsabilidad será enorme y su papel muy difícil. Mientras no se produzca un ascenso significativo de la movilización social, aquí y en algunos países europeos, que modifique la correlación de fuerzas entre las clases, el margen de actuación será muy estrecho. (Y es probable que, en un primer momento, el shock de la crisis tenga un efecto de parálisis y desconcierto sobre las clases populares). Si es así, la izquierda alternativa deberá decidir si se encomienda a Tsipras o a Varoufakis. Y de lo que haga dependerá la suerte del gobierno… y el propio semblante de la socialdemocracia: un fracaso de la coalición supondría el triunfo de las tendencias del PSOE más conservadoras y proclives a un entendimiento con el establishment. Añadamos a esa dificultad que, aún haciendo las cosas bien, el mayor desgaste electoral recae casi siempre en el socio minoritario de la alianza. Pero esa fue la opción de UP. “En tiempos de tribulación, no hacer mudanzas”. Que sirva la experiencia de estos días para guardarse de algunas amistades peligrosas. No será la última vez que veamos a tendencias nacionalistas desplegar un fiero discurso social en el Congreso de los Diputados. ERC ha dado ya bastantes pruebas de ser revolucionaria en Madrid… y neoliberal en la Generalitat. No nos perdamos en las brumas de la charlatanería.

Lluís Rabell

           23/05/2020

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