Eretz Catalonia

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A finales de octubre, en el curso de una entrevista emitida por la televisión pública israelí, Quim Torra afirmaba que “muchos catalanes admiran a Israel por haberse constituido en un Estado”: “Siempre está presente en mi mente el deseo de ser de la gente de Israel”, remachaba el president. La fascinación que siempre ha ejercido el sionismo sobre el nacionalismo catalán viene de lejos y merece estudio. No ha habido mandatario convergente, empezando por Jordi Pujol – unido a ese país por numerosos vínculos -, que no haya manifestado su devoción por Israel.

Una querencia que podría resultar desconcertante a primera vista. ¿Cómo puede identificarse una corriente política de fuertes rasgos nacional-católicos con un Estado que se proclama “judío”? El historiador israelí Shlomo Sand da una respuesta a esa paradoja en “La invención del pueblo judío” (Madrid, Akal, 2011) cuando explica que fue en el occidente cristiano, en función de sus intereses en la historia reciente, donde surgió y fue promovida la idea de que los judíos constituían una nación destinada a “regresar” a Tierra Santa. (Una idea que chocaba con la diversidad étnica, cultural y lingüística de las comunidades de religión hebrea, dispersas desde hacía siglos por el mundo. Y un proyecto que sólo llegó a imponerse tras algunos de los episodios más violentos que ha conocido Europa, venciendo la oposición de los judíos liberales – favorables a una integración en la vida de las naciones modernas -, de las corrientes ortodoxas – temerosas de una disolución de la religión en una entidad seglar – y, por supuesto, del grueso del movimiento obrero judío, que vinculaba la emancipación de las minorías oprimidas a la lucha por la democracia y a la perspectiva socialista).

Pero la clave de la fascinación convergente quizás nos la dé otro conocido historiador israelí, Ilan Pappé: se trata del “relato”. “La historia pervive en el núcleo de cada conflicto – escribe en “Los diez mitos de Israel”. Una comprensión fiel e imparcial del pasado ofrece una posibilidad de paz. La distorsión o manipulación de la historia, en cambio, sembrará por si sola el desastre”. Ahí está la clave: ¡qué envidia produce el relato mítico que ampara a Israel! ¡Un Estado legitimado, en su origen y en su política de expansión, nada menos que por la Biblia! No todo el mundo puede remontarse a los tiempos del emperador Tito, ni evocar la destrucción del Templo de Jerusalén. Aquí, hay que conformarse con Felipe V, haciendo de la caída de Barcelona en 1714 en una guerra de sucesión dinástica la sangrienta pila bautismal de Catalunya. (Por mucho que el desarrollo material de Europa – y la revolución francesa – tardasen todavía mucho tiempo en acuñar y hacer viable la idea de “nación”).

Merece la pena leer atentamente el riguroso trabajo de desmontaje que efectúa Pappé sobre los mitos sionistas. Entre otras cosas, porque arroja una luz cruda sobre las pulsiones del nacionalismo catalán. Palestina era una tierra vacía… y los judíos un pueblo sin tierra”. Un pueblo poseedor, además, de unos derechos de propiedad extendidos por Dios. Ni una cosa ni la otra eran ciertas. Pero la fuerza del mito resulta avasalladora y envuelve la empresa colonial sionista con el aura de una reparación histórica. El principio del advenimiento del reino de los cielos. ¡Hasta el punto de difuminar la nakbah, la violenta expulsión de la población palestina en 1948! ¡Quién pudiera imponer semejante dominio étnico sobre el territorio! El “procés”, bajo los rasgos del supremacismo cultural, ha reavivado un nacionalismo romántico y excluyente, que sueña con una catalanidad depurada de cualquier contaminación española. En tiempos de Pujol no se pasaba de invocar la Catalunya “catalana”. Hoy, medio país puede ser tildado de “colonopor los doctos firmantes del Manifiesto Koiné. Incluso es posible escuchar en TV3 que “democracia” no significa lo mismo en catalán o en castellano.

Lapsus revelador. La admiración por Israel, “única democracia del Próximo Oriente”, ayuda a entender de qué iba aquella República que el independentismo hizo votar el 7 de septiembre de 2017 en el Parlament: un Estado autoritario, cuyo perímetro nacional sería definido, con mandato imperativo sobre una futura Asamblea Constituyente, por un “proceso participativo” de “entidades sociales”. Aunque hace falta valor para desafiar los mitos fundacionales, nos dice Pappé, durante la última década del siglo pasado se produjeron obras académicas que desafiaban la suposición de un Estado democrático, presentando a Israel como perteneciente a una comunidad diferente: la de las naciones no democráticas. El geógrafo Oren Yifftachel, de la Universidad Ben-Gurion, describió a Israel como una etnocracia, un régimen que gobernaba un estado étnico mixto con una preferencia legal y formal por un grupo sobre todos los demás. Otros fueron mucho más lejos, etiquetando a Israel como un Estado de apartheid o un Estado colonial de pobladores”.

“La lógica del proyecto sionista – expresada en la ocupación de Cisjordania y el martirio de Gaza – puede resumirse como el deseo de apoderarse de la mayor cantidad posible de Palestina con el menor número posible de palestinos”. ¿Es ése el modelo con el que sueña el nacionalismo – o al menos una parte de él? ¿Qué le resulta tan apetecible en el Estado de Israel? ¿Su poderío militar y económico? ¿Su insolencia e impunidad ante los requerimientos de una comunidad internacional impotente frente maltrato cotidiano de la población palestina? ¿O tal vez sea la impronta con que la lógica colonial ha acabado formateando a la sociedad israelí? La guerra de 1967 arrastró a la izquierda en la euforia de un blitzkrieg victorioso. Las décadas posteriores, tras la contienda del Líbano, los acuerdos de Oslo y las sucesivas intifadas, han visto reducirse su influencia. Las corrientes anticolonialistas son hoy una exigua minoría militante. Tal vez sea esa hegemonía lo más anhelado.

Sin embargo… “Hemos perdido años hablando de la solución de dos Estados (…) pero necesitábamos tiempo para persuadir, tanto a los judíos israelíes como al mundo en general, de que cuando se funda un Estado – incluso con una cultura próspera, una industria de alta tecnología y un poderoso ejército -, sobre la base de desposeer a otra gente, su legitimidad moral siempre estará en cuestión”. Y, finalmente, incluso su viabilidad, podríamos añadir. Palestina no estaba vacía, del mismo modo que Catalunya nunca ha sido una realidad monolítica. “Palestina fue colonizada, no redimida”. A diferencia de Catalunya – que nunca vivió una dominación colonial, y aún menos a manos de una clase trabajadora venida de toda España que contribuyó decisivamente a engrandecer el país, recuperar su autogobierno y forjar su convivencia – y que no necesita arder en el fuego purificador de ningún patriotismo. El final exitoso de la lucha de liberación de los pueblos colonizados, concluye Pappé, “radica en la creación de un Estado democrático que incluya a todos sus habitantes”.

Para la sociedad catalana – y para España – la fuente de inspiración no debería ser Israel, sino el viejo anhelo de una Palestina unida, laica y democrática, donde pudiesen convivir árabes y judíos.

Lluís Rabell

(7/12/2019)

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