
El fantasma del racismo. Hace unos días, el partido de fútbol entre las selecciones de España y Egipto, celebrado en Cornellá, se convirtió en una vergonzosa exhibición de odio con los cánticos islamófobos de la gradería. Nada sería tan erróneo como pensar que se trata de un incidente puntual o la manifestación de una minoría poco significativa. No. Hay que leer esos hechos como un síntoma y una advertencia. Las condiciones han ido reuniéndose para que el huevo de la serpiente terminase por eclosionar. Ya estamos en ello. Si el telón de fondo es el de una profunda crisis social, la apuesta cada vez más clara de las élites por los discursos de la extrema derecha y la degradación de la política institucional han contribuido decisivamente a una expresión desacomplejada del racismo. Antes de que algunos miles de voces entonasen el consabido “Pedro Sánchez, hijo de p…”, Isabel Díaz Ayuso ya había proclamado su apetencia por la fruta en pleno Congreso de los Diputados.
El fenómeno, desde luego, no es nacional. Está presente en toda Europa y sigue unas pautas similares. Buena prueba de ello la hemos tenido en Francia, tras las últimas elecciones municipales. Toda una serie de comunas en la periferia de las grandes urbes, con barrios densamente poblados por inmigrantes o por sus descendientes, han elegido alcaldes representativos de esas franjas sociales. Lo que, en principio, debería interpretarse como la manifestación de una normalidad que demasiado ha tardado en manifestarse – en otros países, la presencia de estos nuevos nacionales en responsabilidades de gestión pública es una realidad más asentada -, ha suscitado una violenta reacción de rechazo por parte de la extrema derecha… amplificada por algunos medios de gran impacto, propiedad de uno de los grandes magnates de la comunicación, Vincent Bolloré. En su cadena CNews, el nuevo alcalde de Saint-Denis, Bally Bagayoko, descendiente de emigrantes malíes, ha sido tildado de “macho dominante” de una “tribu”, tal como correspondería – explicaba el psicólogo Jean Doridot – a la organización natural de quienes “descienden de los grandes simios”. Es difícil imaginar una expresión más descarnada y gutural de racismo colonialista.
Pues bien, por mucho que nos retrotraiga a anteriores y sombríos períodos de nuestra historia, ahí está de nuevo, desafiante, un discurso envenenado, pensado y promovido de manera consciente para formatear y manipular el malestar social, dirigiéndolo contra las franjas de la población más desfavorecidas y vulnerables. Más allá de la indignación y la denuncia, la cuestión que se plantea a la izquierda es la de la acción política. “¿Qué hacer?”. En ese sentido, prestar atención a cuanto ocurre en Francia puede brindarnos algunas pistas. La proximidad de la elección presidencial, que tendrá lugar dentro de un año, está haciendo de la emigración y del nuevo semblante que ha ido confiriendo al país, un tema central, un nodo que condensará de algún modo los distintos proyectos en liza. El escenario político aparece más fragmentado que nunca al final de unos mandatos de Emmanuel Macron bajo los que se ha agrandado la distancia entre las grandes fortunas y las rentas más bajas, se han deteriorado los servicios públicos… y las clases medias – sobre las que la derecha tradicional y el social-liberalismo, con sus perfiles respectivos, habían buscado apoyo en los años de la globalización – han ido disgregándose, atemorizadas ante la incertidumbre sobre su futuro.
En tales condiciones, la disputa del Elíseo contiene todos los ingredientes de una polarización extrema en la segunda vuelta. Esa es la apuesta decidida de la extrema derecha. El Reagrupamiento Nacional, palpando la debilidad relativa de las formaciones de la derecha tradicional y la permeabilidad de una parte de su electorado a las tesis radicales, desarrolla una intensa campaña en dos frentes, con dos discursos contradictorios que sólo una situación como la actual permite sostener al mismo tiempo. Por un lado, Marine Le Pen se dirige incansablemente al electorado popular, presentándose como la más acérrima defensora de los derechos de la ciudadanía y de los servicios públicos. Por otro lado, Jordan Bardella, más que probable candidato a la presidencia, tranquiliza a los sectores empresariales en cuanto a políticas fiscales y laborales se refiere. Y, a diferencia de la patrona del RN, abonada al “no somos de derechas ni de izquierdas”, el joven pretendiente declara su identificación con los “valores” de la derecha clásica. ¿Búsqueda de voto en distintos caladeros? Desde luego. Pero si hay una argamasa que permita amalgamar ambos discursos, es ésta: el Estado social que defiende Marine Le Pen es sólo “para los franceses”, no para los inmigrantes. Y, como se ve, el campo del reconocimiento de la identidad nacional está en abierta disputa. He aquí el significado de clase del racismo: la división y confrontación étnico-identitaria, reemplazando a la adscripción social y poniendo en cuestión los propios fundamentos del pacto republicano que funda la nación. No hablamos de una cuestión menor. Y menos tratándose de Francia, pieza clave de la Unión Europea.
El desafío se plantea cuando la izquierda está inmersa en muchas dudas, divida y en gran medida desorientada. Los buenos resultados socialistas en las grandes ciudades, como París o Marsella, con ocasión de los recientes comicios locales o el éxito de la izquierda radical en algunos municipios de la periferia, no pueden ocultar las dificultades que se ciernen sobre el campo progresista. La pugna por la presidencia de la República lo pondrá de manifiesto del modo más crudo. Y es que la Constitución, de corte bonapartista, otorga poderes amplísimos al Elíseo. Suficientes para socavar en profundidad los cimientos de la convivencia democrática sin necesidad de recurrir a grandes modificaciones legislativas. El arsenal jurídico está ya disponible para un rápido deslizamiento de la República hacia el autoritarismo. Por su parte, Giorgia Meloni, que en Italia se enfrenta a una arquitectura constitucional directamente surgida de la posguerra, con el sello indeleble del trabajo y la lucha antifascista, se ha visto obligada a intentar ese viraje por etapas, empezando por una reforma de la judicatura. Y se ha topado con un claro rechazo ciudadano en el referéndum del pasado 22 de marzo. Ha sido también una buena noticia. Pero esos movimientos indican que la oleada antidemocrática va en serio, responde a fuerzas sistémicas y no se detendrá fácilmente. Para recoger el guante, la izquierda necesita proponer un proyecto nacional en el que pueda reconocerse una mayoría social del país.
El problema para la izquierda radica, sin embargo, en el suelo que pisa. Las décadas neoliberales desagregaron sus bastiones tradicionales. Francia fue campeona en materia de “empresas sin fábricas”. Unas dos terceras partes de los asalariados de sus multinacionales trabajan en el extranjero. En 2019, sólo el 10’3% de los asalariados franceses estaban sindicados… frente al 20% de 1975. Un descenso que se explica por las deslocalizaciones, pero también por la irrupción de nuevas tecnologías y la aparición de categorías profesionales que incitan a los empleados más cualificados a negociar individualmente sus condiciones laborales, al margen de los convenios colectivos. Un escenario difícil… que los sindicatos, por su propia naturaleza, están afrontando con más tino que la izquierda política. “Una lección anexa de este estudio – comenta Pauline Grosjean en las páginas de “Le Monde” acerca de un reciente ensayo sobre la evolución del mundo del trabajo – es que los sindicatos, cuya misión de negociación salarial se ve cuestionada por el aumento de las desigualdades, pueden ocupar otras dimensiones de la negociación para sobrevivir. Eso explica quizás el compromiso creciente de los sindicatos en causas societales e incluso políticas más amplias, y el relativo mantenimiento de una opinión pública favorable, a pesar de esa pérdida de entusiasmo por parte de los propios asalariados.” Es decir, de algún modo y más allá de su escenario natural, los sindicatos tratan de reagrupar a la clase trabajadora. La izquierda debería inspirarse de esa pulsión.
En efecto. La dispersión de la clase obrera fordista, en cuyos antiguos bastiones empezó a penetrar la extrema derecha, desplazó a la socialdemocracia hacia las clases medias urbanas ilustradas; unas capas sociales que, en gran medida, representaban el éxito y la materialización de un Estado del Bienestar que los vientos del capitalismo mundial zarandeaban ya. Fue la conversión al social-liberalismo. La izquierda reformista dejó de hablar a los perdedores de la globalización. Pero no sólo a sus antiguos electores de las grandes fábricas y las cuencas mineras. También a esas amplias franjas de la población, de origen migrante, que se concentra en los suburbios de las capitales. En esos municipios, comunistas y socialistas han gestionado durante muchos años los ayuntamientos, con las limitaciones de las políticas locales… pero sin trasladar tampoco a los ámbitos de poder el mestizaje de las calles. Podría decirse que la izquierda radical, encarnada por La Francia Insumisa de Jean-Luc Mélenchon, sí lo está haciendo, arrebatando toda una serie de alcaldías de la mano de referentes como Bagayoko. Sin embargo, la bandera que despliega Mélenchon, centrándose en esa parte de la población trabajadora, resulta problemática en la medida que desdibuja el contenido social de la injusticia – y, por ende, la materia aglutinadora de clase –, resaltando su envoltorio de conflicto étnico y cultural. Es cierto que, mucho después de su abolición, los fantasmas de la esclavitud siguen habitando el imaginario colectivo de las naciones que la practicaron. Y aunque vaya quedando lejos la época colonial, la añoranza de los imperios perdidos se asoma al vértigo de potencias que, como Francia, ya sólo encontrarán grandeza en el proyecto solidario y cooperativo de la construcción europea. Si esos relentes del pasado cobran fuerza y mueven masas es porque son funcionales a determinados intereses de clase. Es imposible combatir ese racismo y las línea de fractura que pretende ahondar sin desvelar su trasfondo social.
“La ‘nueva Francia’ que abandera LFI – escribe Pascal Riché – toma a contrapié la visión conservadora de una Francia ‘eterna’ y ‘enraizada’. La expresión sugiere que habría una ‘Francia antigua’, envejecida, falocrática, blanca, heteronormativa y rural. ‘Cuando Jean-Luc teoriza su Nueva Francia, ¿sobre que base lo hace? No sobre una base social, ‘las clases humildes’, ‘los trabajadores’, sino espacial – ‘las metrópolis frente a los barrios’ – y casi racial (…) La Francia Insumisa levanta entonces nuevos muros’, comentaba François Ruffin en las páginas de Le Nouvel Obs en septiembre de 2024, después de abandonar LFI. Desde su punto de vista, la Nueva Francia enfrenta los bloques de viviendas sociales de los suburbios con las ciudades. Es una idea evidentemente concebida para polarizar. Algo que no favorece la convivencia, ese ‘bien precioso y frágil’ que el propio Mélenchon reivindicaba en 2005 – cuando se produjo un estallido de descontento en los extrarradios de las grandes urbes francesas.” (“Le Monde”, 2/04/2026).
El potencial de fractura social que representa el racismo sitúa a la izquierda ante sus enormes responsabilidades. Esa amenaza indica que la atmósfera está cargándose de electricidad y que, bajo las sacudidas de la crisis geoestratégica, nos adentramos en un período de intensa lucha de clases. La izquierda debe darle un formato político y una salida progresista. No puede agrupar bajo la enseña de un retorno al social-liberalismo, que dejó heridas aún abiertas entre los más desfavorecidos y acabó engendrando a Macron. Tampoco puede actuar como el reflejo inverso del discurso de la extrema derecha, naturalizando un enfrentamiento de contornos étnicos. ¿Cómo articular entonces una mayoría social? ¿Qué programa, lo bastante radical para responder a la crisis social y ecológica, y al mismo tiempo transitable, podría congregarla? Aquí y allí nos enfrentamos al mismo tipo de problemas. Tendremos que seguir mirándonos en el espejo de Francia.
Lluís Rabell
3/04/2026
Nueva Francia, vieja Francia
No resuelta, la cuestión es fundamental para la sociedad francesa, y para la izquierda en particular. ¿Cómo facilitar la cohabitación de poblaciones de origen cada vez más diverso, apegadas a la reivindicación de su historia y que soportan cada vez menos las discriminaciones persistentes? El camino que hay que construir debe evitar dos escollos: por un lado, la invocación ritual, sin avances en su concreción, de los ideales igualitarios republicanos, y por otro la división comunitaria, fermento de conflictos.
La cuestión no es nueva. En los años 1980-2000, se había alcanzado un aparente consenso político en torno a la idea de “integración”, a medio camino entre una “asimilación” olvidadiza de los orígenes y un encierro en “comunidades” herméticas. Esa perspectiva pronto se vio atenazada. Por un lado, la derecha y la extrema derecha, aferrándose al mito de una identidad nacional inmutable, consideraron la “integración” demasiado generosa, pues reconocía al mismo tiempo la igualdad y el apego a las raíces. En un contexto exacerbado por el ascenso de las reivindicaciones identitarias y también por el recuerdo de los múltiples atentados terroristas, ese arco político que va desde Bruno Retailleau hasta Marine Le Pen no quiere dejar más opción que entre asimilación o exclusión de la comunidad nacional. Un díptico segregador, irrealista y empobrecedor.
Una parte de la izquierda ha rechazado la idea de “integración” como heredera de la dominación colonial, sin llegar a sustituirla realmente por otra cosa. Sin embargo, en un país que, desde hace siglo y medio, no ha dejado de enriquecerse con las aportaciones extranjeras y en el que cerca de un ciudadano adulto de cada tres tiene por lo menos un padre o un abuelo inmigrante, un discurso político cargado de futuro sobre la cuestión es necesario.
“El eslabón perdido”
Con la idea de “creolización” (“mestizaje”), Jean-Luc Mélenchon tuvo el mérito, en 2020, de esbozar cuando menos una perspectiva. Esa manera de “transformarse de manera continua sin perderse”, inspirada por el pensador martiniqués Edouard Glissant, “no era un programa, sino un hecho”, aseguraba entonces el dirigente de “La France Insoumise” (LFI). Mélenchon explicaba en aquel momento que pretendía forjar “el eslabón perdido entre el universalismo y la realidad vivida que lo desmiente” y presentaba esa creolización como un medio de oponerse a “la división de nuestro pueblo sobre bases religiosas o étnicas”.
Por desgracia, el “programa” y la estrategia acabaron por sumergir tales propósitos. La “nueva Francia”, la consigna con la que Jean-Luc Mélenchon ha substituido recientemente la de la “creolización”, ha sido concebida para alimentar la línea conflictiva de LFI. Simétrica a la visión de la extrema derecha, que rehúsa considerar como plenamente francesas a las poblaciones procedentes de la inmigración, la nueva consigna las contrapone a una “vieja Francia”, nunca designada de modo explícito, pero denostada como “empequeñecida y racista” por el propio Mélenchon en Saint-Denis (Seine-Saint-Denis), el pasado 20 de marzo, durante su discurso de homenaje al nuevo alcalde “insumiso” de la ciudad, Bally Bagayoko, electo en la primera vuelta de las elecciones municipales. Oponiendo una “Francia racializada” a una “Francia racista”, Mélenchon deserta el terreno social de la izquierda y alimenta, invirtiéndola, la retórica identitaria de la extrema derecha que pretende acreditar la idea de una competición entre poblaciones “antiguas” y “nuevas”.
En Saint-Denis, históricamente tierra de acogida de todas las oleadas migratorias, tanto provinciales como foráneas, la victoria de Bally Bagayoko, de 52 años, cuadro de la RATP, nacido en Francia de padres malienses, constituye un formidable símbolo de “integración”. Junto a otras varias victorias de candidatos que tienen un currículum comparable, desde Vénissieux (área metropolitana de Lyon) hasta Saint-Ouen (Seine-Saint-Denis) y desde Vaulx-en-Velin (a.m. de Lyon) hasta Mantes-la-Jolie (Yvelines), la elección de Bagayoko rompe con un largo período durante el cual los “viejos” partidos de izquierdas, el Partido Socialista y el Partido Comunista, se han resistido a promover esos perfiles.
El huracán mediático hostil que se ha abatido sobre el nuevo alcalde de Saint-Denis cuando la extrema derecha ha querido oír la palabra “negros” (“noirs”) en lugar de “reyes” (“rois”) cuando declaró que su ciudad, que alberga la necrópolis de los monarcas de Francia, es “la ciudad de los reyes difuntos y del pueblo vivo”, pone dramáticamente en evidencia hasta qué punto el acceso al poder de personas oriundas de la inmigración anda lejos de ser algo aceptado por todos. Ese episodio no hace más que alimentar el bulo de una guerra racial en curso en un país marcado por sus barrios convertidos en guetos, pero que es también el primero en cuanto a matrimonios entre personas de orígenes diversos.
Bally Bagayoko, que reaccionó con admirable sangre fría ante esa provocación, parece de talla a resistir a la “racialización” promovida por su propio partido. En diciembre de 2025, Sébastien Delogu, candidato de LFI en las municipales de Marsella, vino a Saint-Denis a brindarle su apoyo, llamando a sus conciudadanos a elegir a un candidato “racializado” para que “el auténtico pueblo de Francia tome el poder”. Y, poco después de celebrarse los comicios, Mélenchon acudió igualmente a Saint-Denis para proclamar “la victoria de la nueva Francia”. Eso no impidió que el nuevo alcalde tomase sus distancias con la palabra “racializado”, que rehabilita la ficción de las razas, ahonda las brechas y tiende a asignar a las personas una identidad que no necesariamente han escogido.
Confortado por su sonado triunfo en las urnas, se permitió afirmar ante los micrófonos de RMC que a él “no le gustaba demasiado el término racializado”, y que prefería definir la “nueva Francia” como el país de “los hijos de la República y los herederos de la inmigración”. Bagayoko personifica a la vez la cruda realidad del racismo y la posibilidad de una respuesta digna y determinada. Y quizás también, puestos a soñar, una síntesis entre el orgullo de los orígenes y la reivindicación del “derecho a la indiferencia” que podría inspirar a la izquierda.
Philippe Bernard
(“Le Monde”, 29-30/03/2026)