Una herencia envenenada

               “El món ens mira” (“El mundo nos mira”). ¡Cuántas veces oímos es frase, pronunciada con altivez, en boca de los líderes independentistas, durante el “procés”! En aquellos años, las convocatorias de la ANC sacaban masas ingentes de ciudadanos a las calles, convencidos de que la independencia estaba al alcance de su mano. Y de que la secesión de Catalunya haría de ella un Estado modélico y próspero. Hoy, esa misma ANC ni siquiera logra movilizar un número suficiente de socios para completar la lista de candidatos a las elecciones internas de su propia dirección. Tras desencadenar la mayor crisis institucional que ha conocido la democracia española desde el 23-F, el “procés” se estrelló contra un muro y agotó sus últimas energías en las protestas contra la desmedida reacción punitiva de la judicatura. Hoy, no es el mundo – que contiene su aliento ante la guerra – quien vuelve su mirada hacia Catalunya, sino “Le Monde”, el rotativo parisino. Y lo hace a través de una lúcida crónica acerca del fenómeno político que representa la emergencia de una extrema derecha independentista, Aliança Catalana, a quien las encuestas auguran una progresión geométrica en los próximos comicios.

               El enfoque resulta acertado. La vorágine del “procés” pasó, sí. Pero no sin dejar huella en el país. O más bien un pósito de frustración y amargura sobre el que galopa Sílvia Orriols. El “procés” sólo se explica por la combinación de algunos rasgos propios de Catalunya, la crisis de su inacabado encaje en España y el impacto sobre todo ello de las corrientes globales que propiciaron el brexit y el ascenso de un nacional populismo de semblante autoritario a partir del primer mandato presidencial de Trump. Se trató fundamentalmente de un período de agitación de la pequeña burguesía y las clases medias, que entrevieron, con la crisis financiera de 2008 y la posterior recesión de la economía mundial, el rostro de su propia decadencia en una era de cambios vertiginosos. Pero la apuesta por la independencia, por la que compitieron ferozmente ERC y los herederos de CiU, no cayó del cielo, ni ha resultado inocua. Nunca fue esa la bandera del nacionalismo catalán durante las décadas de hegemonía convergente. Por el contrario, sí es cierto que Jordi Pujol tuvo siempre una visión esencialista, herderiana, de la nación catalana – muy alejada de la concepción tradicional del catalanismo progresista, integradora de diversidades y nuevos aportes, y federalista. Pujol siempre temió por la pérdida de una identidad, de una quintaesencia étnico-cultural del país, que la emigración – a la sazón procedente de otras regiones de España – podía desdibujar. En las comarcas del interior, la “Catalunya catalana” nunca dejó de tener reminiscencias carlistas. Pero, durante mucho tiempo, esa pulsión estuvo contenida, opacada por las legítimas reivindicaciones democráticas de recuperación de la lengua y las instituciones catalanas tras la dictadura.

               Sin embargo, el proyecto de Pujol, con el que compusieron las élites catalanas, siempre estuvo en desfase con la evolución de los tiempos. El sueño de Pujol era el de un país de pequeñas empresas familiares, menestrales y probos trabajadores, bajo una administración paternalista capaz de mantener la paz social. Esa visión andaba ya a contracorriente de una globalización que barrió algunas de las tradicionales industrias catalanas, empezando por las fábricas textiles, y generalizado una economía terciaria hacia la que se volcó la burguesía autóctona. Las primeras grandes sacudidas del orden global, durante la segunda década del nuevo siglo, pusieron en ebullición al país, tensando todas sus costuras institucionales – en un contexto de descrédito creciente de las intermediaciones políticas y de la propia democracia -, así como las relaciones entre los distintos estratos sociales del país. El “procés” quiso vestirse con ropajes progresistas: todo el mundo era de izquierdas. Los ejecutores de algunas de las políticas de austeridad más duras del sur de Europa juraban que todo era por culpa de España y que la independencia traería tal abundancia al país que “comeríamos helado de postre todos los días”. En cuanto a la emigración extranjera, se decía, a diferencia de una España racista y retrógrada, Catalunya era una generosa tierra de acogida.

               Pero, incluso en aquellos momentos en los que el inmovilismo y las maneras corruptas del gobierno del PP proporcionaban credibilidad a ese discurso, era ya perceptible su endeblez, por no decir su doblez. Se afirmaba recibir con los brazos abiertos a la emigración de todo el mundo… pero se expulsaba del perímetro de la catalanidad a la emigración que había levantado y reconfigurado literalmente las ciudades del país. Y que había jugado, a través del movimiento obrero y las luchas vecinales del tardofranquismo, un papel decisivo en la recuperación de las libertades, de la propia Generalitat y, más tarde, en la normalización de la lengua catalana. Esa mitad del país llegó a ser tildada, en términos rayanos a una visión supremacista, de “colonos del franquismo”. Bajo la “revolución de las sonrisas” latía una rancia herencia que nada tenía de progresista.

               Durante el “procés”, los grupos identificables como extrema derecha eran residuales. Eso formaba parte también de la narrativa de aquella etapa: las ideologías reaccionarias, como el fascismo, la xenofobia o el racismo, eran cosa de España. Catalunya, por el contrario, era un remanso de progresismo. El agotamiento de la acometida independentista ha dado al traste con ese espejismo. El “procés” ha muerto, pero el nacionalismo – esa “inflamación del sentimiento nacional” que tanto temía Isaiah Berlin – no ha desaparecido. Muy al contrario: demuestra su porosidad ideológica, así como su capacidad para actuar como un resguardo, como el último territorio familiar, en momentos de tribulación de los pueblos. Porque las sacudidas del orden global que pusieron en ebullición a las clases medias no sólo persisten, sino que, bajo el segundo y disruptivo mandato de Trump, han hecho añicos cualquier certidumbre en cuanto al futuro. La guerra contra Irán puede arrastrar al mundo a una recesión económica de efectos devastadores. Esas son las condiciones objetivas que favorecen la emergencia de un discurso radical que amalgama todos los temores y designa un culpable fácilmente identificable, transformando así el miedo en odio.

               Aliança Catalana es un partido independentista. Pero, ni la independencia está a la orden del día, ni esa enseña constituye su banderín de enganche. Silvia Orriols recoge el pósito de frustración del “procés” y lo reformatea a través de una narrativa nacional-populista. Una narrativa tan reaccionaria como la de Vox, con quien coincide en temáticas e incluso votaciones en el Parlament, pero notablemente más sofisticada y con mayor capacidad de concitar adhesiones en distintas franjas de la sociedad catalana, aparentemente inconexas. La denuncia del peligro que representaría la inmigración magrebí no se refiere tanto a los puestos de trabajo que “robaría” a los autóctonos – ese resorte tiene un recorrido limitado -, como a la amenaza que hace planear sobre la “identidad”. La “identidad” funciona como uno de esos “significantes vacíos” que Ernesto Laclau, ideólogo del populismo de izquierdas, propugnaba… y que, decididamente, los agitadores de ultraderecha formados por Steve Bannon manejan con mayor soltura. El intangible de la “identidad amenazada” opera como un receptáculo de todos los resentimientos, de todas las angustias y temores. Es la argamasa que puede unir al votante resabiado de las comarcas interiores y a la pequeña burguesía urbana, deseosa de orden y certezas. Incluso a sectores empobrecidos que pueden ver a los migrantes como los causantes de la deterioración de los servicios públicos. Tanto más cuanto que las élites de la capital empiezan a naturalizar el discurso de esa nueva extrema derecha y la reciben en sus salones. Efectivamente, como señala la crónica de “Le Monde”Aliança Catalana va a “morder” entre el electorado independentista, sobre todo el de Junts, el más permeable a las tesis identitarias. Aunque es de temer que no se circunscriba a él. Y es que la ausencia de un balance del “procés” por parte de sus impulsores, tanto republicanos como convergentes, ha dejado un campo de juego embarrado y propicio a la demagogia populista.

               El nacionalismo es un suelo pegajoso. Y es innegable que Aliança Catalana explota hábilmente el choque cultural que supone para toda una parte de la ciudadanía la percepción de un nuevo vecindario de apariencia y costumbres distintas. Sobre todo, cuando las naturales dificultades de integración, en un contexto de fuertes desigualdades sociales, tienden a concentrar sus contingentes en las periferias urbanas, acentuando los rasgos comunitarios de esa población, haciéndola tanto más visible y vulnerable. Sin olvidar que, en el seno de esa comunidad, actúan también corrientes islamistas, igualmente de extrema derecha, cuya influencia – particularmente nefasta para los derechos de las mujeres – contribuye a proyectar una imagen distorsionada y turbadora. Ni tampoco el impacto traumático de los atentados terroristas que se han ido produciendo en Europa, y en 2017 también en Barcelona y Cambrils. Por mucho que se trate de un fenómeno complejo, vinculado al desorden geoestratégico del nuevo siglo, no deja de ser percibido como la confirmación de un choque entre civilizaciones incompatibles y el anuncio de una amenaza existencial. En un momento como el actual, la focalización sobre la población musulmana no es baladí; resulta de un elaborado cálculo estratégico de la extrema derecha en busca de transversalidad social.

               Pero se equivocaría la izquierda si creyera que puede confrontar al nacional-populismo en un terreno meramente discursivo, a base de buenos argumentos. El discurso de la extrema derecha prende en la sociedad porque los agitadores saben hurgar en las disfunciones reales del sistema, las mismas que socavan el crédito de la democracia. Mientras la ensoñación de una independencia exprés embebía a Catalunya, su realidad demográfica y social cambiaba a gran velocidad. En pocos años, se ha pasado de los seis millones de habitantes a una población que ronda ya los ocho y medio. Todo ello merced a la emigración y en medio de un “invierno demográfico” por cuanto a la población autóctona se refiere. El “efecto llamada” lo ha sido el de una economía, en gran medida terciaria, demandante de mano de obra numerosa, pero mal remunerada. Los servicios públicos y las infraestructuras no han acompañado ese crecimiento y sufren fuertes tensiones. No es que la inmigración use tales servicios con desmesura – aporta a su mantenimiento más de lo que demanda de ellos -, es que se han quedado desfasados ante la nueva realidad. Las proporciones y la naturaleza de los recientes flujos migratorios explican también otras contradicciones. Gracias a su aporte, el PIB crece. Y lo hace muy por encima de la media europea. Sin embargo, persisten sangrantes desigualdades y bolsas de pobreza que se ceban sobre la infancia. Y todo ello a pesar de la acción redistributiva de los ayuntamientos de izquierdas, como el de Barcelona, y de las políticas sociales del gobierno de Pedro Sánchez, que atenúan las dificultades de las rentas más bajas. Sin embargo, la inflación va erosionando un poder adquisitivo ya limitado. Y el encarecimiento del precio de la vivienda actúa como un poderoso factor de segregación urbana. Los barrios más degradados funcionan como “zonas esclusa”, de donde se van quienes mejoran sus expectativas y a donde llegan los nuevos contingentes migrantes. Las clases medias de la capital se ven a su vez presionadas por la afluencia de los “expats” y las tendencias gentrificadoras que propicia su llegada.

               Todas esas contradicciones pueden tornarse explosivas en medio de la crisis global que se está gestando en Oriente Medio. La izquierda necesitará mucho más que un discurso moral y un buen argumentario frente a los bulos envenenados de la extrema derecha. Necesitará armar un nuevo proyecto de país, un nuevo pacto democrático de ciudadanía que sepa abrazar la diversidad de la Catalunya que emerge ante nuestros ojos… y que se sustente sobre la transición hacia un modelo económico y social mucho más justo y resiliente. Y tendrá que hacerlo en medio de una tempestad mundial. Mejor será, pues, que identifiquemos el triste legado que nos dejó el “procés” en la precedente convulsión global y que tanto se asemeja al huevo de la serpiente.

               Lluís Rabell

               31/03/2026

Aliança Catalana, el partido islamófobo en ascenso

La formación separatista podría rivalizar con las principales formaciones independentistas

            En el Parlamento catalán la escena se ha convertido ya en algo familiar. Este 12 de marzo, Sílvia Orriols toma la palabra ante un hemiciclo semivacío pero atento. La diputada encadena los ataques sin pausa. Su diana: la inmigración, una y otra vez.

            Uno tras otro, la presidenta de Aliança Catalana, pequeña formación separatista de retórica abiertamente islamófoba, acusa a la izquierda independentista (ERC) de “alentar la importación de semi-esclavos”, reprocha a la derecha nacionalista (Junts) que “trate a Aliança de fascista para acabar adoptando sus mismas ideas” y cuestiona al gobierno de Madrid, responsabilizándolo de haber permitido “una inmigración antioccidental y tercermundista” con el objetivo de “desnacionalizar” y “empobrecer” Catalunya. Con un aplomo que aún causa asombro tratándose de una novicia en política, Orriols reclama “una moratoria inmediata” sobre la inmigración, la expulsión de aquellos que “quieren imponernos sus costumbres arcaicas y misóginas” y propugna un sistema social “para los catalanes en catalán”. Y concluye: “No se trata de racismo, sino de supervivencia.”

            En las distintas bancadas, las reacciones son mesuradas. Las invectivas que habían suscitado indignación cuando entró en el Parlamento, en mayo de 2024, provocan hoy una especie de tedio. “Sobre todos los temas, recurre siempre al mismo discurso: todo es por culpa de la inmigración”, resume Najat Driouech, diputada de ERC y la única del hemiciclo en llevar hiyab.

            Tras obtener tan solo dos escaños y un 3’8% de votos en los últimos comicios autonómicos, Aliança Catalana es la formación más pequeña del Parlamento. Pero su influencia supera ampliamente ese reducido peso numérico. Según una encuesta del Centro de estudios de opinión (CEO) de la Generalitat, publicada en noviembre de 2025, el partido podría alcanzar entre el 11% y el 14% de las intenciones de voto, rivalizando con las principales formaciones independentistas. Durante mucho tiempo marginal, circunscrita a las comarcas interiores del país, la formación es hoy invitada a los foros políticos y económicos de Barcelona.

            La propia Silvia Orriols admite estar sorprendida ante este ascenso. “Si me lo hubiesen dicho, nunca lo habría creído. Lo que hemos vivido es algo surrealista”, nos confía sonriente. “Es una gran victoria: contando con muy pocos recursos y tan solo un par de diputados, hemos sido capaces de influir realmente en el terreno político”, prosigue, durante un encuentro en la cafetería del Parlamento. Habla deprisa, sin rodeos. La conversación se desarrolla en catalán, el castellano es “el idioma del ocupante”. “Las formaciones que nos acusan de ser extremistas adoptan ahora nuestras temáticas. No sé cómo van a explicárselo a sus electores”, añade, refiriéndose sobre todo a Junts, que ha endurecido su discurso sobre la inmigración.

            Ese avance interviene en una Catalunya en recomposición. Desde 2024, la región está gobernada por los socialistas, apoyados por la izquierda independentista, en busca de un retorno a una forma de normalidad institucional tras el fracaso del intento de secesión de octubre de 2017. Desde entonces, el ímpetu independentista ha perdido aliento: un 39% de catalanes se declara todavía favorable a la independencia y un 53% se opone a ella, mientras que en 2017, según el mismo estudio del CEO, las proporciones respectivas eran de un 49% frente al 43%.

            Electorado heterogéneo

             En ese contexto, Aliança Catalana progresa siguiendo otras líneas de fractura. En dos años, esta formación, que propugna una ruptura unilateral con España, ha logrado imponer sus temas en el corazón del debate, obligando a sus adversarios a posicionarse. Y ahora ocupa un espacio singular, “el de un nacional-populismo que existía ya en Catalunya, pero que nadie había conseguido articular”, señala el politólogo Xavier Torrens, autor de un libro sobre este partido, “Salvar a Catalunya. La gestación del nacional-populismo catalán”. Según él, la formación combina dos dimensiones: “La de un partido nacional-populista, comparable a otros muchos que encontramos en Europa, y una componente independentista catalana.” Su electorado es heterogéneo: independentistas decepcionados por el fracaso de 2017, militantes procedentes de la izquierda radical o republicana seducidos por el “perfil antisistema” de Silvia Orriols, pero también, y cada vez más, electores movilizados por la cuestión migratoria. “Hoy en día, lo que atrae un mayor número de sufragios, es el voto contra la inmigración”, subraya.

            Los sondeos de opinión confirman esa centralidad: la inmigración constituye, tras el acceso a la vivienda, una de las principales preocupaciones en Catalunya, una de las regiones españolas que cuenta con una mayor proporción de población extranjera, un 19’25% (frente al 14’6% de media nacional), originaria en gran medida del Norte de África. Siempre según el CEO, cerca del 60% de los habitantes considera que hay “demasiada inmigración” en la región. “Ese malestar existía ya anteriormente, pero los otros partidos rehusaban abordarlo, temiendo alentar la xenofobia. Resultado: Aliança Catalana se ha apropiado el discurso”, estima por su parte el politólogo Xavier Sants.

            En el corazón de esta dinámica, Silvia Orriols. Alcaldesa de Ripoll desde 2023, una localidad de 10.800 habitantes ubicada en los Pirineos catalanes, encarna una suerte de autenticidad a través de los apoyos que concita. 41 años, madre de cinco hijos, antigua empleada administrativa, Orriols reivindica sus orígenes modestos. “Es una persona carismática, procedente de un entorno social muy humilde, muy crítica con la clase política catalana. Todo ello le confiere credibilidad ante sus simpatizantes”, describe Xavier Torrens.

            Implantarse durablemente

            Ripoll no es una localidad como cualquier otra. Nueve de los diez miembros de la célula yihadista responsable de los atentados de Barcelona y Cambrils del 17 de agosto de 2017, que causaron 16 víctimas mortales y 140 heridos, eran originarios de Ripoll. Algo que ha supuesto un shock duradero para la población local. “Si no se hubiesen producido los atentados islamistas de Barcelona, nunca me habría presentado a unas elecciones”, afirma Orriols.

            Hoy, Aliança Catalana aspira a implantarse establemente en el conjunto de Catalunya. A finales de 2025, el partido ha abierto una sede en Barcelona y prepara las elecciones municipales de 2027 con una estrategia asumida. “El ideólogo de Aliança Catalana, Jordi Aragonés, reivindica abiertamente su admiración por Steve Bannon, uno de los estrategas de la extrema derecha americana, y su manera de conducir una campaña, a base de martillear sobre dos temas como mucho”, subraya el politólogo Xavier Sants. Con ocasión de las elecciones autonómicas de 2024, la formación concentró su discurso en torno a la emigración y la inseguridad, relegando a un segundo plano la cuestión de la independencia. “A ese respecto, consideran que no tienen nada que demostrar”, añade.

            Esa progresión inquieta particularmente a Junts, el partido del expresidente catalán Carles Puigdemont, impulsor de la tentativa secesionista, instalado en Bélgica y objetivo de la justicia española desde 2017. “Junts ha entrado en pánico: sus cuadros saben que una parte de su electorado podría votar por Aliança Catalana en las próximas municipales”, observa Xavier Rius. Es una de las razones que, en octubre de 2025, empujaron a la dirección de Junts a romper su acuerdo con el gobierno de Madrid, al que brindaba su apoyo desde 2023, invocando el incumplimiento de sus promesas, y ello a pesar de la adopción, en 2024, de una ley de amnistía en beneficio de los responsables independentistas.

            En ese contexto, algunos apuestan por un eventual retorno de Puigdemont, todavía a la espera de una decisión del Tribunal de Justicia de la Unión Europea acerca de las acusaciones mantenidas por Madrid, a fin de contener la popularidad de Aliança Catalana. Silvia Orriols dice esperar esa vuelta sin temor. “Realmente espero que vuelva. Mientras permanezca en el exilio, muchos seguirán sintiendo simpatía por él. Pero, si vuelve, el mito se desmoronará: la gente verá que no estuvo a la altura de las circunstancias.”

            Isabelle Piquer

            (“Le Monde”, 29-30/03/2026)

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