
Hace unos días, prácticamente coincidiendo con la segunda vuelta de las elecciones municipales francesas, fallecía Lionel Jospin, quien fuera primer secretario del Partido Socialista bajo la presidencia de François Mitterrand y, años más tarde, entre 1997 y 2002, primer ministro del gobierno de izquierdas que “cohabitó” con el presidente gaullista Jacques Chirac. Las glosas hacia la figura de Jospin y las reformas que promovió han sido numerosas. El reconocimiento de su altura intelectual y su probidad, unánimes. Como ocurre en estas circunstancias, los obituarios han pasado en revista la densa biografía política de un dirigente que ha sido todo un referente para el socialismo francés y cuyo legado político conserva gran vigencia.
Sin embargo, esas miradas retrospectivas sobre la trayectoria de Lionel Jospin han obviado, sin duda por variadas razones, una etapa crucial: la de su juventud y su formación marxista en una tradición militante hoy desconocida por las nuevas generaciones – cuando no envuelta en un halo de misterio y conspiracionismo. Jospin fue durante años un cuadro trotskista, miembro de la Organización Comunista Internacionalista, una de las corrientes surgidas de la crisis de la IV Internacional en la posguerra. De hecho, su adhesión al Partido Socialista en 1971, tras el congreso de unificación de Épinay, era una tarea orgánica para la cual había sido cuidadosamente preparado. Jospin permaneció más o menos estrechamente vinculado a la corriente “lambertista” hasta entrada la década de los ochenta. Jospin nunca hizo gala de esa etapa, que algún medio de comunicación aireó en su día; más bien pasó de puntillas sobre ella. Pero no habría que ver en esa actitud arrepentimiento, vergüenza y aún menos doblez moral alguna por su parte. Muy al contrario. Como el matemático Michel Broué, antiguo camarada y conocedor de ese secreto, ha escrito estos días recordando a su amigo, aquella generación se embebió en su compromiso vital de aquella máxima enunciada por Hegel: “Ningún hombre es aquello que oculta, sino aquello que hace.”
Volver sobre aquella etapa no es baladí, porque en ella se templaron el carácter y los principios que, a través de toda la evolución política de Lionel Jospin hasta identificarse con la socialdemocracia y marcarla con su impronta, en él siempre prevalecieron. Me permito hablar de ello porque, aunque más joven, quien escribe estas líneas, igualmente adherente al trotskismo, bebió de las mismas fuentes doctrinales y frecuentó a no pocos compañeros de Jospin. No resulta sencillo trasladar la atmósfera que se respiraba en aquellos años. Sin duda esa dificultad pesó también en el comedimiento de Jospin. Con la eclosión del mayo francés de 1968 y de la Primavera de Praga, todavía bajo los tensos equilibrios de la Guerra Fría, el mundo se agitaba. En Vietnam, un pueblo de campesinos tenía en jaque al coloso americano. En Bolivia, acababa de caer el “Che”, convertido en icono mundial de la juventud contestaria. En Francia, más allá de las barricadas estudiantiles del Barrio Latino, una huelga general de diez millones de trabajadores sacudía la presidencia del general De Gaulle. Y en Checoslovaquia, años después de los levantamientos obreros de Berlín o de Hungría, florecía la aspiración a un socialismo democrático. ¿Cuánto tiempo tardarían aún – pensábamos – en manifestarse esos mismos anhelos en la URSS? En España, el ascenso de los movimientos sociales auguraba lo que Ernest Mandel designaría como “el crepúsculo del franquismo”. La revolución parecía volver a inscribirse en el horizonte de los posibles.
En tales condiciones, el internacionalismo que reivindicaba la tradición trotskista adquiría todo su sentido para una generación que descubría con horror la brutalidad de los herederos de Stalin. En aquellos años, una de nuestras banderas era la de los Estados Unidos Socialistas de Europa, el sueño de una Europa federal capaz de fundir a sus pueblos en un abrazo fraternal, rebasando las injusticias sistémicas del capitalismo y la dictadura de los jerarcas del Kremlin por los caminos inéditos que el propio movimiento emancipador de las clases laboriosas trazaría en cada país. ¿Impacientes? Sin duda. ¿Ingenuos? Más bien inexpertos. No habíamos tenido ocasión de aprehender la lentitud de la Historia. El progreso de la humanidad no es lineal. La civilización conoce etapas de regresión y períodos sombríos. Y las grandes transformaciones sociales acostumbran a consumir las energías de varias generaciones. Como decía en sus memorias el trotskista bretón André Calvès, miembro de la resistencia bajo la ocupación alemana, “resulta muy amargo tener que admitir que no conoceremos la plenitud del socialismo cuando estamos en la flor de la edad.” (“Sin botas ni medallas”).
Pero no, no éramos ilusos. Una vez que los acontecimientos han seguido un determinado curso, los zafios declaran, doctamente y a buen resguardo, que ése era el único camino posible. Pero eso nunca es cierto. La Historia está hecha de bifurcaciones, de disyuntivas que sólo la lucha zanja. Y en aquellos años la lucha de la clase trabajadora, su creatividad, su abnegación y sus anhelos, estuvieron bien presentes. Quienes hemos tenido la fortuna de vivir una auténtica revolución, como la que derribó a la dictadura salazarista en Portugal en 1974, o podido ver de cerca un movimiento tan potente como lo fue Solidarnosc en sus orígenes, daríamos fe de ello. Aquí y allá faltaron liderazgos, visión de futuro, planes adecuados para encaminar esas energías hacia nuevas transformaciones. Se llegó hasta donde se llegó, con algunos logros y no pocas decepciones… Luego, basculando en sentido contrario, vendría una resaca conservadora de la mano de Reagan y Thatcher. Pero nada estaba escrito de antemano.
Mi generación aprendió el marxismo revolucionario merced a la transmisión de un reducido número de cuadros, “exiliados de su propia clase”, opuestos a la corrupción estalinista, y que sólo habían conocido derrotas y persecución. Los hábitos de trabajo clandestino, incluso en los sindicatos, no procedían de una reminiscencia carbonaria ni de un gusto inmoderado por la conspiración, sino de la necesidad de preservarse de la represión burocrática. En los años 70, a pesar de todo lo que ya se sabía acerca del “socialismo realmente existente” en la URSS, aún éramos tildados de “hitlero-trotskistas”. Nuestros cortejos tenían que imponer su presencia en las manifestaciones unitarias por la fuerza de aguerridos servicios de orden, enfrentándose a las barreras humanas que montaba la CGT, a la sazón hegemonizada por un PCF que aún no había tomado distancias con el Kremlin. Durante largos años, envuelto en la bandera de Octubre, el estalinismo instaló la calumnia y la violencia en lo más hondo del movimiento obrero, debilitando su capacidad deliberativa y su unidad.
(En aquellos años, París acogía a numerosos refugiados políticos de todo el mundo. Entre ellos, se contaban no pocos opositores a los regímenes dictatoriales de Europa del Este, pertenecientes a las más diversas tendencias políticas. La corriente “lambertista”, consecuente con la tradición de la Oposición de Izquierdas, dio cobijo y facilitó la organización de grupos afines húngaros, polacos, checoslovacos, yugoslavos… que editaban su propaganda desde el exilio y la introducían clandestinamente en sus países. Si la memoria no me traiciona, los militantes polacos, editores del boletín “Walka Klas”, me comentaron en su día que Jospin, usando de las posibilidades de desplazamiento que su profesión le brindaba, había llevado personalmente ejemplares a Varsovia. En nuestra jerga, acostumbrábamos a llamar a los militantes secretos “submarinos”. Alguno navegó – y eso le honra – en aguas procelosas).
La generación que en aquellos años conectó con los supervivientes del trotskismo bebió de mucha teoría marxista y de mucha historia del movimiento obrero. Pero de poca experiencia práctica, algo que sólo se adquiere en el movimiento y en el seno de las grandes organizaciones, sindicatos, asociaciones y partidos. La práctica de hacer ingresar cuadros en otros partidos – que desde el desconocimiento de aquella época se antoja hoy retorcida – respondía a un análisis y a una convicción. Todo nos hacía vislumbrar que nos adentrábamos en un ciclo intenso de la lucha de clases. Sin embargo, los contingentes que irrumpían en la escena social difícilmente podrían reconocerse – cuando menos de modo significativo – en nuestros agrupamientos revolucionarios. El movimiento llamaría sin duda a la puerta de las organizaciones tradicionales – visibles, implantadas, con mayor capacidad de captación –, se “apropiaría” de ellas o las revitalizaría, como de algún modo estaba ocurriendo con la recomposición del socialismo francés. Había que estar ahí, situarse en el meollo de ese proceso, evitar a cualquier precio quedar al margen de nuestra gente, sin capacidad de incidencia sobre una dinámica que podía cambiarlo todo. Se puede discutir cuanto se quiera, e incluso ironizar, sobre esa táctica. Los hechos parecen atestiguar que, lejos de “radicalizar” la línea política del PS, sirvió sobre todo para facilitar el tránsito sincero de no pocos militantes a la socialdemocracia y al posibilismo. Por supuesto, la lógica imperiosa de las responsabilidades institucionales contribuyó a ello. Aunque es preciso recordar una vez más el contexto de los años siguientes, testigos del triunfo del neoliberalismo y el desvanecimiento de muchas esperanzas de cambios radicales en la sociedad. Todo el mundo tuvo que reposicionarse.
La evolución de Lionel Jospin sólo puede entenderse en ese entorno. Sin embargo, su adaptación a los nuevos tiempos la hizo pertrechado con el bagaje intelectual y el compromiso hacia la clase trabajadora adquiridos en su etapa de formación. Jospin configuró una mayoría parlamentaria tras las elecciones legislativas de 1997 y llegó a ser primer ministro al frente de una coalición de la “izquierda plural”, conformada por socialistas, comunistas y ecologistas. Mucho más allá de la aritmética, esa alianza bebía de una tradición unitaria y de una visión – muy anclada entre nosotros – de las clases populares como un vasto terreno sobre el que, necesariamente, florecían diversas estrategias de progreso, distintas representaciones y culturas políticas. En aquellos años, al poco de la caída del Muro de Berlín, en medio de un profundo descrédito del comunismo y cuando la ecología política era aún denostada, el gobierno de coalición que encabezaba Jospin contrastaba con la imagen “glamourosa” de Tony Blair y su “tercera vía”, mucho más acordes con los vientos desreguladores que soplaban sobre las viejas metrópolis industriales. Es cierto que, bajo el mandato de Jospin, se llevó a cabo una notable serie de privatizaciones de empresas públicas – algunas tan significativas como France Telecom, Thomson, Air France o Crédit Lyonnais – y que hubo asimismo mayor flexibilidad tributaria. Tampoco lo es menos que esos factores pesarían en la división de las izquierdas que contribuyó al fracaso de la candidatura presidencial del propio Jospin en 2002, en una dramática contienda que acabó dirimiéndose en una segunda vuelta disputada entre Jacques Chirac y Jean-Marie Le Pen, y dejó un profundo trauma en la izquierda.
Pero, una vez más, conviene guardarse de perentorios juicios a posteriori, olvidando la imparable fuerza de arrastre de la globalización neoliberal sobre el conjunto de las economías europeas y las presiones que ejercían los mercados financieros sobre los gobiernos. Vivíamos “el fin de la Historia”. ¿Cómo permanecer fiel a unas arraigadas convicciones? ¿Cómo seguir siendo leal a los más desfavorecidos? En la década de los 90, en medio de una “globalización feliz” que iba dejando ya un rastro de perdedores – pero cuyas ilusiones acerca de un mundo pacificado por el comercio aún no se habían desmoronado junto a las Torres Gemelas de Manhattan -, no resultaba nada fácil responder a esas preguntas. El mismo Jospin decía a sus allegados que, con el siglo XX, se extinguía definitivamente aquella “época de guerras y revoluciones” que en su día anunciara Lenin. Había, pues, que trabajar por la equidad en los márgenes de una nueva era y desentrañar su potencial de progreso democrático. A ello consagró el primer ministro sus esfuerzos. Y así dejó su legado más recordado, avanzando en materia social y derechos civiles: las 35 horas, la ampliación de la cobertura sanitaria par los más necesitados, la promoción de la presencia de las mujeres en la vida política, la policía de proximidad en los barrios… Derrotado en las urnas, Jospin asumió con entereza la responsabilidad política del fiasco y se retiró de la política activa, dando así una última lección de integridad.
El paso del tiempo brinda la perspectiva necesaria para atribuir su justa proporción a todas las cosas. También para medir la talla de las personalidades que han marcado el devenir de las naciones. Lionel Jospin fue sin duda un socialista de convicción. Lo escribe alguien que recorrió en su juventud un itinerario ideológico no muy alejado del suyo… y que hoy discrepa del análisis que, en una coyuntura ciertamente cegadora, hizo de nuestro tiempo. Es ya indiscutible que vivimos una época de guerras. Y quizás sólo la revolución – una revolución que tendrá un semblante distinto a cuantas hemos conocido y ojalá nazca sabia de sus dolorosas enseñanzas – salve a la humanidad del desastre. En cualquier caso, queda la altura de miras, el talento y la humanidad de una personalidad cuya evocación empequeñece a tantas mediocridades que hoy pululan por la escena política. En 1999, respondiendo a un grupo de periodistas, decía Jospin: “El día que comprendáis que soy una persona rígida que evoluciona, un austero que sabe divertirse y un protestante ateo, escribiréis menos tonterías acerca de mí”. Valga como reconocimiento y epitafio.
Lluís Rabell
28/03/2026