Francia. La izquierda no es la némesis de la ultraderecha

        Las elecciones municipales que acaban de celebrarse en Francia dan para muchas reflexiones y comentarios. Más de los que caben en unas apresuradas notas. A la espera de análisis más pormenorizados, he aquí algunas primeras observaciones.

            Estos comicios locales eran esperados como un test de cara a la cita decisiva de 2027: las elecciones presidenciales. Sin embargo, y a pesar de que los resultados de ayer arrojan alguna luz sobre las tendencias de fondo que atraviesan a la sociedad francesa, convendría guardarse de hacer extrapolaciones precipitadas. La lógica que opera en cada una de esas elecciones es muy distinta. Los actores políticos y las condiciones en que se moverán también van a serlo. En primer lugar, cabe señalar que la participación ha sido notablemente baja, de apenas un 57%. Es previsible que la disputa de la presidencia de la República, crucial en la arquitectura política francesa, suscite una mayor movilización. Eso no quita que el desinterés manifestado ante una convocatoria donde se dirimía el gobierno de la institución más próximas a la ciudadanía revela una grave crisis de confianza en la política, en su capacidad para resolver los problemas cotidianos a que se enfrenta la población. Y muy especialmente las clases populares. Esa crisis está ahí, latente e insoslayable.

            La noche electoral deparó algunas gratas noticias a las fuerzas progresistas. Emmanuel Grégoire, candidato socialista al frente de una coalición de izquierdas, se alzó con la alcaldía de la capital. (Jaume Collboni, alcalde de Barcelona, que está a lo que tiene que estar, se ha apresurado a felicitar a su homólogo parisino, consciente de la importancia de la alianza de las grandes ciudades a la hora de pesar en las decisiones de la UE en materias tan relevantes como el acceso a la vivienda). En Marsella, el también socialista Benoit Payan se impuso, con un 53% de los votos, al candidato del RN. Con un escrutinio favorable similar, lo hizo en Lyon el ecologista Grégory Doucet, que contaba con el apoyo del PS. Así pues, las candidaturas socialistas resisten bien en las ciudades más densamente pobladas y retienen alcaldías tan significativas como las de Nantes, Estrasburgo, Lille o Montpellier, mejorando en general los vaticinios de las encuestas.

            La cuestión más crítica para la izquierda ha sido – y mucho más lo será en las presidenciales – las relaciones entre, por un lado, las formaciones de corte más clásico – socialistas, comunistas, ecologistas y otros agrupamientos independientes -, que encuentran terrenos de entendimiento en la defensa de los servicios públicos, en las políticas redistributivas y medioambientales… y, por otro lado, La France Insoumise, de acentuado carácter populista, bajo el hiperliderazgo de Jean-Luc Mélenchon. La obsesión de Mélenchon, a la cual subordina cualquier otra consideración, es llegar a un enfrentamiento directo con el candidato de la extrema derecha en la segunda vuelta de las presidenciales, convencido de que toda la izquierda – poblada de “pequeñoburgueses asustadizos y carentes de espinazo”, como le gusta decir – se alineará entonces tras LFI. Bajo esa óptica, LFI ha entrado en una dinámica sectaria y extremadamente polarizadora. La pretensión de Mélenchon es encarnar lo que llama “la Nueva Francia” frente a la decadencia de la V República y sus instituciones. Pero, con ello se refiere esencialmente a la población de origen migrante, principalmente de confesión musulmana, que puebla los barrios periféricos de las grandes ciudades. Justamente la población racializada y estigmatizada por la extrema derecha, sospechosa de aspirar a un “gran reemplazo” que cambiaría para siempre el semblante de Francia, diluyendo su identidad nacional. La voluntad de desafiar ese relato con la bandera de la “Nueva Francia” ha llevado a Mélenchon a incurrir en graves derrapadas de consonancias antisemitas – que, quizás contando con el tremendo impacto emocional causado por el genocidio de Gaza entre esas franjas de la población, se suponía que iban a granjear mayores simpatías hacia LFI. Naturalmente, esas hipérboles, así como las calculadas ambigüedades ante algunos episodios de violencia que, en Lyon, costaron la vida a un militante neofascista, han sido ampliamente aprovechadas por los partidos de derechas para fustigar al conjunto de la izquierda y ahondar en sus divisiones.

            La dirección socialista se desmarcó de Mélenchon y se inclinó por esquivar alianzas con LFI en las municipales, a pesar del riesgo que esa división del voto de izquierdas podía representar en la segunda vuelta. En París, Grégoire ha derrotado a la candidata de las derechas, Rachida Dati, (50,52 % frente a 41,52 %)… a pesar de que LFI mantuvo a su candidata, Sophia Chikirou en la segunda vuelta (pasando del 11,72 % obtenido en la primera, lo que le permitía seguir en liza al superar la barrera del 10 %, a un 7’96 % este último domingo). En Marsella, por el contrario, el candidato de LFI, Sébastien Delogu, que había obtenido cerca de un 12 % de votos en la primera vuelta, un resultado que quedaba muy por debajo de sus expectativas, decidió retirarse, facilitando así la reelección del alcalde socialista. En otras localidades, como Toulouse, Brest, Clermont-Ferrand o Tulle, las alianzas de socialistas e “insumisos” – finalmente admitidas por la dirección nacional como exigencias tácticas locales, pero a costa de enormes tensiones internas e incluso de retiradas de candidatos allí donde tales fusiones se producían – han fracasado, restando en lugar de sumar. Como es sabido, los éxitos tienen muchos padres, mientras que los fracasos no son reconocidos por nadie. Toda una parte del PS reprocha a su dirección haber tolerado esos precipitados apaños de última hora… mientras que LFI dice que los candidatos socialistas eran tan perniciosos que nadie podía salvarlos del desastre.

            Controversias aparte, lo cierto es que, a pesar de los escarnios de Mélenchon hacia el resto de la izquierda, el electorado que corteja LFI también se ha mostrado sensible al “voto útil” frente a las derechas. La izquierda populista se aferra a su suelo granítico del 10 % para condicionar al resto de fuerzas progresistas. Pero sus victorias en los comicios locales son escasas. La más significativa es sin duda la obtenida en Saint-Denis, en las afueras de París, donde Bally Bayagoko se impuso desde la primera vuelta al alcalde socialista saliente, Mathieu Hanotin. Pero no siempre podrá contar LFI con una sociología tan favorable a sus planteamientos como la que resulta de la transformación demográfica de aquella localidad, donde, a la población de raíces migrantes, se han ido sumando contingentes de clases medias con estudios superiores, expulsados de la capital por el encarecimiento del precio de la vivienda. Y es que la “Nueva Francia” de Mélenchon no resuelve la ecuación de una mayoría progresista capaz de ganar en 2027. Al contrario, genera enormes tensiones en la izquierda y la divide. El planteamiento de LFI aparece como el reflejo invertido de la visión apocalíptica de la extrema derecha. La alternativa a la exclusión y al racismo no puede ser la afirmación exaltada de una población estigmatizada, elevada al rango de una identidad de vanguardia. La alternativa de izquierdas sólo puede ser un pacto democrático – en el país vecino preferirían llamarlo “republicano” – integrador de la diversidad; un pacto por la igualdad efectiva, apuntalado por el reforzamiento del Estado del Bienestar, la redistribución de rentas en favor de las clases laboriosas, una transición ecológica justa y una clara apuesta de Francia por la construcción europea, al margen de la cual los discursos sobre la soberanía nacional son pura entelequia en el mundo de los depredadores.

            Tal es el verdadero desafío de las izquierdas. No se equivoca Olivier Faure, primer secretario del PS, al decir que la apuesta obstinada y los chantajes de Mélenchon abren la posibilidad de una victoria de la extrema derecha en las presidenciales del próximo año – lo que supondría una derrota histórica de la izquierda y un auténtico desastre para toda Europa. En efecto. Los resultados de las municipales dan algunos datos fiables en cuanto al futuro, al tiempo que proyectan algunas imágenes engañosas. Lo cierto: el “macronismo” ha desaparecido de la escena política. La experiencia liberal-populista del presidente se extinguirá con su segundo mandato, dejando tras de sí un escenario de desolación política y social. La derecha más tradicional ha obtenido algunos buenos resultados en las ciudades de tamaño medio: en Toulouse, gana una alianza conservadora encabezada por Jean-Luc Moudenc; en Le Havre, el republicano Édouard Philippe, aspirante a la carrera presidencial, vence al candidato comunista Jean-Paul Lecoq… En Pau, sin embargo, los socialistas desbancan a François Bayrou, primer ministro de Macron entre 2024 y 2025.

En general, los éxitos que obtiene la derecha – y que exhibe ante el PS diciendo que, mientras la izquierda se ha podido entender con los extremistas de Mélenchon, las formaciones “orgullosamente republicanas” han rechazado las alianzas con el RN de Le Pen – tienen mucho que ver con la implantación local, las redes clientelares y el propio marco sociológico de las ciudades medianas. Pero esos factores no tendrán ni mucho menos el mismo peso en una elección presidencial. La dialéctica será muy distinta. La agonía del macronismo arrastra tras de si al centro derecha. Veremos cuánto dura la virtud republicana ante la presión de la extrema derecha. Algunas encuestas atribuyen un 40 % de intención de voto a su presidenciable Jordan Bardella. La presión será máxima en esa contienda. ¡Y atención! El RN lepenista ha “pinchado” en Marsella; pero el candidato que la ultraderecha apoyaba en Niza, el derechista Éric Ciotti, se ha impuesto holgadamente frente al republicano Christian Estrosi… Aviso para navegantes de derechas que, en 2027, no quieran arriesgarse a perder el barco. La extrema derecha no logra los avances deseados en un terreno que tradicionalmente se le resiste – contra pronóstico, fracasa en Toulon -, pero se consolida en las posiciones adquiridas y en general se refuerza en el arco mediterráneo. No perdamos de vista que, en unos comicios de ámbito nacional, todos los votos suman… y se agregan en función de modelos y perspectivas que rebasan con mucho las disyuntivas municipales. En el actual contexto internacional, el escenario resultará mucho más angustioso.

Con todos esos elementos sobre la mesa, la probabilidad de que la candidatura de la extrema derecha pase a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales es muy alta. La situación de la izquierda no se presenta nada fácil. Una candidatura amplia, de perfil socialdemócrata y ecologista, sería sin duda la opción con mayores posibilidades de vencer. Obvia decir, sin embargo, que si esa candidatura se asocia de algún modo al retorno a un pasado social-liberal – no olvidemos que el proyecto de Macron se gestó bajo la presidencia de François Hollande y ahí estuvo Manuel Valls como primer ministro – todo puede irse al traste. Pero, por ahora, el problema político sigue siendo la obstinada apuesta de Mélenchon y los anticuerpos que genera entre el electorado progresista. Con la actual fricción de discursos, cuando las dos izquierdas se unen in extremis, no despiertan ningún entusiasmo entre sus respectivos apoyos. Separadamente, podría ser que ninguna recabase los suficientes para pasar a la segunda vuelta… o incluso que una lo hiciese y acabase enfrentándose a la extrema derecha con el campo progresista en llamas.

Es tiempo de una reflexión colectiva valiente y generosa. Hay bastantes enseñanzas, bastantes señales explícitas de que el sectarismo, el recurso a la demagogia y al populismo, conducen al desastre. Pero no hay ninguna fatalidad. La izquierda puede vencer. Los resultados de las grandes metrópolis permiten intuirlo. Pero, para lograr ese objetivo, las izquierdas deben imperativamente evitar una situación de bloqueo.

Lluís Rabell

23/03/2026

Deixa un comentari