Nadie saldrá indemne de esta guerra

               Cuanto más se prolonga la guerra iniciada por Trump y Netanyahu contra Irán, mayores incertidumbres se acumulan sobre su duración y sus consecuencias. Hoy por hoy, en un mundo estrechamente interconectado, sus efectos desestabilizadores se hacen ya sentir por doquier. Sobre la economía mundial, con el peligro de una oleada inflacionista y severos impactos en la producción, en caso de drástica restricción de los flujos de gas y petróleo. No pocos gobiernos podrían tambalearse ante las penurias y el descontento popular que provocaría semejante crisis. Sobre la guerra de Ucrania, acrecentando las dificultades de Kiev frente a Putin, principal beneficiario del curso elevado del petróleo y del levantamiento de las sanciones anunciado por la Casa Blanca.

Pero las primeras consecuencias devastadoras las estamos viendo en Oriente Medio, con la amplificación del escenario bélico. Para Irán, resistir es vencer: se trata de arrastrar a Estados Unidos a una guerra prolongada para la que Trump nunca ha tenido escenario de salida, se ha quedado sin el apoyo de Europa y que difícilmente podrá sostener ante la opinión pública norteamericana. La supremacía militar de Estados Unidos e Israel se ahoga en su propia carestía frente a los drones baratos y una balística capaz de incendiar los recursos de las monarquías del Golfo. Esas mismas que, hace apenas unas semanas, pagaron a Trump un alto precio para sumarse al delirio infame de levantar un resort de lujo en Gaza, sobre los escombros de la ciudad mártir palestina. Hoy, los emires no sólo dudan de los beneficios de su alianza tradicional con Washington, sino del futuro de sus propios regímenes, inmersos en una guerra que amenaza directamente todas sus fuentes de riqueza, desde la explotación de los recursos petrolíferos hasta la idoneidad de aquellos países como paraísos fiscales y nodos turísticos y comerciales. Las explosiones de las bombas sacuden de arriba abajo el tablero geoestratégico de Oriente Medio. Putin y Xi Jinping pueden contemplar, desde una cierta distancia, cómo Trump se hunde en un pantano donde se ha metido él solo – animado, eso sí, por Netanyahu, que libra su propia guerra de supervivencia. Pero el mundo contiene su aliento ante el crescendo de un conflicto que nadie parece capaz de detener.

El número de víctimas – civiles en su mayoría – crece día tras día. Más de mil muertos y un millón de desplazados tan solo en el Líbano, objeto de los devastadores ataques israelís. Israel, se dice, sí tiene claros sus objetivos. Es cierto que, a través de la destrucción de Gaza, del proceso de anexión de la Cisjordania ocupada, del pretendido establecimiento de una “zona tampón” en el sur del Líbano y de la propia ofensiva contra Irán, se perfila la ensoñación de un “Gran Israel” de cartografía bíblica, como potencia hegemónica de un Oriente Medio convertido en un mosaico de Estados fallidos y regímenes amedrentados. Esa es la visión que mueve los designios de la coalición derechista y mesiánica que conforma el gobierno de Netanyahu. Pero nadie va a salir indemne de esta guerra. Tampoco Israel, por mucho que sus fuerzas armadas se proclamen invencibles. La perspectiva a la que ese gobierno arrastra a la sociedad israelí es la de una guerra infinita, en la que nunca podrá proclamarse una victoria definitiva, una certeza irreversible. Sin embargo, a pesar de toda la evolución del Estado de Israel en las últimas décadas; a pesar de la deshumanización del “otro” que está en las raíces de su lógica colonial y que la ocupación de los territorios palestinos no ha dejado de inocular en la mentalidad de la ciudadanía; a pesar de que, reviviendo en bucle el trauma del 7 de octubre, haya permanecido tetanizada y aparentemente impasible ante el genocidio de Gaza… a pesar de todo eso y más, la sociedad israelí empieza a percibir el engaño: cada “éxito” militar acaba con el resurgir del enemigo y sitúa a Israel ante la urgencia de una nueva contienda existencial. Finalmente, la guerra se ha convertido en una finalidad en sí misma: la razón de ser de un dirigente que sólo puede sobrevivir acentuando su deriva autoritaria y barriendo los últimos resortes democráticos que aún conserva el país. El artículo de la escritora israelí Zeruya Shalev – que se reproduce a continuación – da cuenta de esa evolución de las mentalidades, bajo la inapelable crueldad de un conflicto que no ahorra sufrimientos a ningún pueblo. Falta que ese cambio en la percepción de las cosas, hoy en ciernes, encuentre – ¡y eso será lo más difícil! – una expresión política adecuada, no sólo capaz de descabalgar a Netanyahu y a la extrema derecha mesiánica, sino de imprimir un rumbo radicalmente distinto al que emprendió Israel, cuando fue abandonando cualquier perspectiva de diálogo con la Autoridad Nacional palestina y optó por el juego de suma cero que ha conducido a la actual tragedia.

No, nadie saldrá indemne de esta guerra. Una guerra que, bajo los auspicios de una presidencia americana bendecida por las iglesias evangelistas supremacistas, la desesperada resistencia de la teocracia de Teherán y la furia de los supuestos herederos de las tierras bíblicas, adquiere los contornos de una guerra de religión a ojos de un agudo observador como Enric Juliana. Por supuesto, no lo es en sus raíces y motivaciones, determinada por la necesidad de Estados Unidos de hacerse con el control de materias primas estratégicas y de contener la proyección mundial de China. Pero no es baladí que las confrontaciones que de ello se derivan adquieran la forma que señala Juliana, con unos liderazgos radicalizados, particularmente inaptos a la conciliación e ínclitos a toda clase de aventuras. Cada época escoge a los dirigentes que encarnan sus tendencias más profundas. El declive de un imperio, el agotamiento del neoliberalismo y las nuevas mutaciones del capitalismo, han propulsado al poder a toda una pléyade de autócratas y a una cohorte de nihilistas que fantasean con el Armagedón.

Por eso deviene crucial la batalla por Europa, por su integración en un proyecto federal que aúne el potencial de sus naciones alrededor de unos valores democráticos sólidos y de un nuevo impulso social y medioambiental. Empujando en ese sentido desde el “No a la guerra”, la izquierda necesita afianzarse en toda Europa frente a las fuerzas que tratan de disgregar ese proyecto, detestado y combatido por Putin y por Trump. La UE – más exactamente, la promesa de futuro que aún encierra, y que florecerá si avanza hacia su plena autonomía estratégica – es el auténtico Anticristo que Peter Thiel, gurú de Silicon Valley, querría exorcizar en Roma. Este fin de semana, un gran encuentro federalista, celebrado en Barcelona, ha marcado un hito en la unificación de fuerzas militantes, comprometidas en esa tarea. Los días 16 y 17 de abril, al llamado de la Internacional Socialista y del Partido Socialista Europeo, y bajo la presidencia de Pedro Sánchez, la ciudad condal acogerá un encuentro mundial de líderes progresistas frente a las crisis que amenazan a la humanidad. Ese es el camino que puede abrir una ventana de esperanza a los pueblos.

Lluís Rabell

21/03/2026

“Salvas infinitas de mentiras”

Zeruya Shalev

            Hoy, la alerta me ha sorprendido en la caja del supermercado. Junto a la cajera y a los otros clientes, he bajado rápidamente los dos niveles que conducen al refugio antiaéreo. Desde que Hezbolá ha entrado en la batalla, las alertas se han tornado más aterradoras: el lapso de tiempo que transcurre entre el aviso y el impacto se ha acortado. Disponemos de un minuto para ponernos a cubierto, contrariamente a los misiles procedentes de Irán, que nos dejan un margen de cinco.

            Junto a mí ha bajado por las escaleras una joven madre que llevaba a su bebé en brazos e intentaba calmarlo recitando una especie de mantra. Me ha tomado algún tiempo captar las palabras que murmuraba a su pequeño para explicarle la realidad delirante en la que estábamos inmersos. “¿Qué es lo que vuela allí arriba, en el cielo? ¡No es ni una cometa ni un pájaro aleteando, no es más que un enorme misil que no tardará en caer!” ¿Qué puede haber de tranquilizador en esa letanía? Me sentía perpleja. Pero, ante mi gran sorpresa, el bebé dejó de llorar. Me acordé de cómo, durante la Guerra del Golfo, yo misma tranquilizaba a mi hija de tres años, sumida en el pánico, en un cuarto estanco: jugábamos a las pegatinas. Delante de la puerta, siguiendo las instrucciones, había colocado una bayeta empapada de lejía para protegernos de un eventual ataque químico. La realidad local no vive hoy sus primeras derivas surrealistas, por no decir macabras, pero los dos últimos años y medio desafían cuanto pudiese concebir cualquier imaginación.

            Como siempre hacemos los israelís, iniciamos inmediatamente un debate. ¿Era indispensable lanzarse a un conflicto armado en este preciso momento… o bien se trata de una guerra política personal ideada por Netanyahu? Por supuesto, la eliminación de la amenaza existencial iraní constituye un objetivo de la más alta importancia, por no mencionar la liberación del propio pueblo iraní del yugo de los ayatolás; pero, ¿son esos realmente los objetivos de esta contienda? ¿Y en qué medida pueden considerarse realistas? ¿Cómo creer a Netanyahu, tras habernos prometido, hace apenas ocho meses, al concluir “la guerra de los doce días”, que el programa nuclear de Irán así como la capacidad balística del régimen habían sido anulados por varias generaciones? ¿Y qué decir de Hezbolá? Hace apenas año y medio, nos decían que había agotado todas sus fuerzas. Y he aquí que obliga de nuevo a millones de personas a esconderse en los refugios antiaéreos. Tan solo a lo largo de la última noche, lanzó cerca de doscientos misiles, y todos nosotros, aquí, en el sótano, agotados, nos miramos con los ojos enrojecidos por la falta de sueño.

            En un registro similar, Netanyahu no dejado de repetir durante años, acerca de Hamás y de Gaza, que la disuasión había hecho efecto, que esa organización se había desinteresado de la confrontación con Israel… hasta que nos despertamos, horrorizados ante la matanza atroz del 7 de octubre de 2023. Y, después de haber proclamado una victoria total en la horrible guerra de Gaza, prolongada mucho más allá de lo necesario al precio de tantas vidas sacrificadas, resulta que Hamás sigue controlando el territorio y permanece en pie.

            Sí, a lo largo de estos últimos años, aparte de misiles, drones y bombas de fragmentación, han llovido sobre nuestras cabezas salvas infinitas de mentiras, de engaños, de teorías complotistas y de “conceptzia” (esa palabra designa un pretendido statu quo permanente, elaborado por los estrategas, según el cual el poderío de la aviación israelí bastaría para disuadir de cualquier ataque a nuestros enemigos) – una verdadera ofensiva de la que no nos preserva refugio alguno. Los israelís, que soportan la pesada carga de una guerra sin fin, están expuestos a incesantes manipulaciones, a una cínica ingeniería de la consciencia orquestada por un poder corrupto, con la complicidad de los medios de comunicación y las redes sociales.

            Netanyahu y su gobierno se dedican sin descanso a moldear una realidad imaginaria para envolver una verdad insoportable. Pues, tras el fracaso total de su política, que ha consistido, durante estos años, en fortalecer a Hamás debilitando a la Autoridad Palestina con el objetivo de evitar cualquier negociación sobre la creación de un Estado palestino, y en permitir que Hezbolá se reforzara en bajo una engañosa calma, Netanyahu, a partir del 7 de octubre, ha optado por una guerra sin fin. La instrumentaliza con una eficacia perversa, con objeto de consolidar su poder, promulgando leyes liberticidas que amenazan con transformar Israel en otro Irán, y combatir al sistema judicial para evitar un proceso penal que probablemente concluirá con la condena del primer ministro. Ahora, también bajo el pretexto de la guerra, con el argumento de la amenaza iraní, que es efectivamente existencial, libra su propia contienda personal contra la amenaza no menos existencial que pende sobre su cabeza y que le atemoriza más que la primera. Para Netanyahu, la pérdida del poder irá de par con la privación de su libertad individual.

            ¡Cuántas y cuántas luchas de supervivencia se entrecruzan en estos momentos en Oriente Medio! Conocemos bien nuestros sufrimientos. Nubes de negras humaredas sobrevuelan Teherán y Ispahán, cubren los barrios del sur de Beirut, el aeropuerto de Dubai, el de Tel-Aviv y el de Abú Dhabi. La lucha por la vida del individuo Netanyahu, que se desenvuelve sobre el terreno de una amenaza palpable y converge con los intereses económicos y estratégicos del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha empujado al régimen iraní a una violenta guerra de supervivencia, arrastrando a su vez a Hezbolá a una lucha – ahora en plena escalada – por su propia existencia.

            En una noche, los habitantes del Líbano se han convertido en rehenes de Hezbolá, sumándose así a los millones de seres humanos que a lo largo y ancho del espacio medio-oriental están atrapados en estas guerras de supervivencia. ¡Hay tantos lugares donde los niños están ahora mismo llorando! Pienso en ello cuando el bebé empieza a sollozar con el ruido de las explosiones. Tantos lugares donde la gente corre en busca de un refugio o donde – ¡Dios no lo quiera! – huye de su hogar en llamas. Por un instante, trato de imaginarnos saliendo todos juntos a la calle, a la misma hora: millones de ciudadanas y ciudadanos que aspiramos a poder criar a nuestros hijos lejos de cualquier guerra.

            Hace unos diez minutos, hemos recibido un aviso en nuestros teléfonos móviles: ya podemos salir de los refugios. La rutina retoma su curso de inmediato. Con una rapidez que tiene también algo de surrealista, volvemos a ocuparnos de la compra. En el bar de al lado volvemos a sorber nuestro café, que entretanto se ha enfriado, o pedimos otro. Yo también he vuelto a la caja del supermercado, pensando en la conversación que hemos tenido allí abajo, mientras en el cielo se cruzaban proyectiles e interceptores de misiles. Durante un breve instante, eso me ha insuflado valentía. Constatar que la mayoría de personas que nos apiñábamos en el refugio habíamos perdido toda confianza en Netanyahu y que apenas le queda un puñado de partidarios, ciegos ante sus fracasos, ha sido un consuelo para mí.

            Por la noche, los sondeos de opinión confirman los resultados del cuadro que, como mera aficionada a las encuestas, había imaginado en el refugio. Ni siquiera la guerra, hasta ahora exitosa, brinda a Netanyahu y a su coalición la perspectiva de un mandato suplementario. Pero, bruscamente, la euforia de un instante se transforma en inquietud y amargura. ¿Qué será capaz de sacarse de la manga, antes de las elecciones, para sobrevivir políticamente? No estoy segura de que el Estado de Israel sobreviva a la guerra que está librando Netanyahu por su propia supervivencia. Una pugna que, en los últimos años, se ha convertido en una amenaza existencial para el país, tanto como la amenaza nuclear iraní.

            (“Le Monde”, 20/03/2026)

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