
“Nada nos resulta tan difícil como situarnos ante un nuevo paradigma histórico, un mundo disruptivo y desafiante para el cual no disponemos de cartas de navegación. Las angustiosas urgencias del día a día impiden levantar la mirada, situar los acontecimientos en perspectiva. Más que nadie, sin embargo, la izquierda debe hacer ese esfuerzo”. Con estas palabras arranca “De la distopía a la esperanza. El socialismo democrático frente al mundo de los depredadores”, un trabajo que recoge toda una serie de artículos sobre geopolítica, economía, filosofía e historia, a través de los cuales he tratado de abordar algunas de las cuestiones más candentes que plantea a la izquierda el vertiginoso cambio de época que estamos viviendo. La guerra desencadenada por Trump y Netanyahu contra Irán, conmocionando al mundo entero, ha puesto de manifiesto la urgencia de prepararse para afrontar desafíos inéditos en defensa del progreso social y de la propia democracia.
El libro acaba de salir de prensa. Durante las próximas semanas, habrá toda una serie de presentaciones y debates cuya convocatoria se anunciará puntualmente en redes sociales y a través de este mismo blog. He aquí, condensadas, algunas de las principales tesis que se exponen en el libro, y que espero tener ocasión de discutir en esos encuentros. Pues la pretensión no es otra que la de contribuir a una reflexión colectiva que, de hecho, ya ha comenzado en las filas de la izquierda.
No habrá retorno al mundo de ayer. Ante el caos generado por Trump desde que asumió la presidencia de Estados Unidos, la evidencia de la ruptura con el orden de posguerra parece imponerse a todos. No así, sin embargo, el carácter irreversible de la misma. Y aún menos las consecuencias que de ello se derivan. De algún modo, todavía prevalece la ilusión de que quizás se trate de un paréntesis: tal vez podamos volver a un terreno conocido en el que partidos e instituciones recobren la autoridad perdida… Un terreno, en suma, en el que sabemos movernos. Pero eso no sucederá. No estamos ante un episodio de alternancia dentro de un marco general compartido, sino ante una impugnación radical del derecho internacional, de las conquistas sociales del siglo XX, de la propia democracia liberal. Una democracia formalmente declarada “incompatible con la libertad” por boca de Peter Thiel, gurú de la élite tecnocrática al frente de la última y agresiva mutación del capitalismo. Décadas de globalización neoliberal han dado paso a un mundo de depredadores. Nos adentramos en un agitado período histórico donde estarán en disputa, a través de un retorno descarnado del imperialismo y de la lucha de clases, el semblante y el propio destino de la civilización. Hay que superar el vértigo que inspira este inapelable cambio de época. La izquierda necesita reorganizarse y rearmarse ante tamaño desafío.
Un programa de transición social y ecológica. Eso no significa que la defensa de las relaciones internacionales basadas en el derecho, la preservación del Estado del Bienestar o la construcción europea, hayan perdido su vigencia. Todo lo contrario: constituyen la primera trinchera. Quien no sepa preservar los logros alcanzados difícilmente conquistará metas más ambiciosas. Pero la radicalidad de la contestación planteada por un capitalismo senil, incapaz de procurar progreso alguno a la humanidad, obliga a la izquierda a superar la vieja lógica gradualista del “programa mínimo” y el “programa máximo”. A término, nada de cuanto ha sido conquistado prevalecerá sin una profunda modificación de las actuales relaciones sociales. Es decir, sin un ascenso de las clases populares que embride al capital, sometiéndolo a la primacía del progreso social, la preservación del medio ambiente y la deliberación democrática. Hoy, esa dinámica puede antojarse quimérica ante el ascenso de la extrema derecha y la realidad de una clase trabajadora fuertemente precarizada y atomizada. Pero la lucha de clases no tolera interrupciones. La guerra anuncia un futuro inminente de agudas crisis que sacudirán la vida de todas las naciones. Corresponde a la izquierda la tarea de reencontrarse con su base social natural. Ningún otro “sujeto histórico” ha venido – ni vendrá – a sustituir a la clase obrera. Ni los robots pueden reemplazarla como fuerza generadora de plusvalía, ni el desarrollo monstruoso de las finanzas dejar de remitirse a la producción de mercancías. Lejos de suprimir al proletariado, la tecnología proletariza a los trabajadores más cualificados. En términos políticos, se trata de proponer un ambicioso horizonte de cambio, sustentado sobre una serie de medidas que prefiguren el objetivo de una sociedad más justa y equitativa, y que recaben la complicidad ciudadana necesaria para vencer la resistencia que opondrán las clases poseedoras: fin de los privilegios fiscales de los ultrarricos, tributación progresiva, fortalecimiento de infraestructuras y servicios, liderazgo público inversor en economía verde y vectores de crecimiento sostenible, intervención decidida de mercados – como el de la vivienda – para cerrar el paso a la especulación y preservar derechos… En resumen: hablamos de una sociedad democrática avanzada, vertebrada por un potente Estado del Bienestar y el liderazgo de lo público; una sociedad con mercado, pero no de mercado, camino de la superación del impasse histórico y la disfuncionalidad terminal del sistema. Y hablamos del tránsito hacia esa sociedad desde una situación marcada por la persistencia de amplias bolsas de pobreza y el deterioro de los servicios públicos, por las dificultades de acogida de las nuevas oleadas migratorias, la desestabilización provocada por los vertiginosos cambios tecnológicos, los impactos del cambio climático y la zozobra de las clases medias…
No existe una distancia infranqueable entre reforma y revolución. Hasta tal punto Octubre marcó la pasada centuria, que Josep Fontana la llamó “el siglo de la revolución”. De ahí que ésta se identifique con un momento insurreccional – la toma del Palacio de Invierno -, un episodio que tiene más que ver con las condiciones específicas de un país atrasado que con la naturaleza intrínseca de un proceso de transformación radical de las relaciones sociales. Y de ahí también que, tras la degeneración del Estado soviético, la revolución sea percibida como una explosión de violencia irracional, condenada a desembocar en el totalitarismo. Son visiones sesgadas y ahistóricas, pero sólidamente ancladas en el imaginario colectivo. En realidad, la revolución no brota de la invocación, el deseo o los preparativos de nadie, sino de una determinada concatenación de acontecimientos y de condiciones objetivas. Se trata de un proceso convulso por el que las clases sociales irrumpen masivamente en la arena política en un momento de quiebra del orden existente, tratando de forjar otro nuevo, acorde con sus anhelos respectivos. El siglo XX conoció distintas revoluciones: algunas, fracasadas y vencidas, como la revolución alemana de 1919 o los levantamientos antiburocráticos de Europa del Este; otras, con mejor fortuna, como la revolución portuguesa de 1974, que acabó alumbrando una democracia sólidamente arraigada. El siglo XXI se perfila, tanto o más que el anterior, como una “época de guerras y revoluciones”. Las primeras ya están aquí. En cuanto a las revoluciones, siempre bajo formas inéditas y alejadas de cualquier cliché romántico, es razonable pensar que surgirán, aquí o allá, del impacto de las crisis sistémicas sobre naciones en las que, bruscamente, “los de arriba ya no pueden seguir gobernando como venían haciéndolo… y los de abajo ya no toleran ser gobernados como antes”. Acaso el mundo vea abrirse procesos revolucionarios, poniendo en disputa la naturaleza social y la forma del Estado, a partir del estallido de las tremendas contradicciones que palpitan, violentamente comprimidas, bajo regímenes autocráticos como el de Putin o Xi Jinping. Tal vez sea América el escenario de una gesta emancipadora que inspire a la humanidad. Resulta inútil especular al respecto. Importa ser conscientes, sin embargo, de que los objetivos imaginables de una revolución moderna – cuando menos en una primera fase histórica – nos remiten, por lo esencial, al programa actualizado de la socialdemocracia. Su tarea, diría Sebastian Haffner, sería la de “ahorrar a la sociedad”, mediante la consecución de avanzadas reformas, la vía, repleta de peligros, de la revolución. Pero eso depende del nivel de organización y la influencia de masas con que cuenten las fuerzas progresistas. Hoy, las élites tecnocapitalistas están apostando por una suerte de neofascismo populista, mientras que los partidos conservadores se deslizan hacia los planteamientos de la ultraderecha, arrastrados por la desestabilización de las clases medias. El asalto de las huestes de Trump al Capitolio anticipó la virulencia de los conflictos en ciernes. El grado de violencia que pueda darse en las crisis venideras dependerá de la masividad, organización y claridad de objetivos de las corrientes populares. Esa fue siempre la apuesta del movimiento obrero. Pero, integrar en el pensamiento del socialismo democrático la hipótesis de la revolución – que conlleva asimismo la amenaza latente de la contrarrevolución – no es en absoluto ocioso. Muy al contrario: resulta indispensable para insuflar la audacia necesaria a sus políticas y prepararlo para la brusca aceleración de la historia en la que nos adentramos.
Una izquierda ilustrada y de clase. Todas las izquierdas salieron tocadas – e incluso diezmadas – tras el abrupto final del siglo XX, con el triunfo de la “revolución conservadora” y el hundimiento de la URSS. La desagregación de los bastiones obreros en las viejas naciones industriales debilitó a sindicatos y partidos, favoreciendo la interiorización del paradigma del “fin de la Historia”. Las izquierdas se deslizaron hacia las clases urbanas instruidas, abriendo paso a la penetración de la extrema derecha entre las legiones de los perdedores de la globalización, abocados a la precariedad. La socialdemocracia exploró, con diversos matices, la vía del social-liberalismo: la aceptación del modelo neoliberal, atenuado con políticas asistenciales – frente a las desigualdades sociales crecientes – y reformas societales. La izquierda poscomunista y alternativa, por su parte, privada de “sujeto” y referentes, sucumbió en gran medida al influjo de la posmodernidad: la lucha de clases fue reemplazada por la exigencia de reconocimiento de todo un abanico de identidades agraviadas. El recurso al populismo le procuró algunos efímeros éxitos electorales, pero no permitió ninguna sólida construcción partidista. En un plano ideológico, la razón – y la idea misma de progreso – se vieron impugnadas por el relativismo y una profunda desilusión. Con todo – y a pesar de que, en su conjunto, la socialdemocracia dista mucho de haber hecho un balance de su viaje social-liberal y de que sus principales partidos europeos siguen cautivos de una visión del “interés nacional” que les ata a unas burguesías en declive -, la izquierda reformista encierra todavía en sus filas un potencial de lucha decisivo. Sus vínculos históricos con la conformación de la clase obrera, que nunca han llegado a desdibujarse, han permitido a la socialdemocracia recomponer sus fuerzas en más de una ocasión. Su identificación con las conquistas sociales del Estado del Bienestar y las formas de la democracia representativa la sitúan objetivamente en un ángulo de confrontación directa con la actual oleada reaccionaria. Si bien las ideas deletéreas de la posmodernidad han hecho mella en todas partes, es en el seno de la socialdemocracia donde pervive un mayor apego a la tradición ilustrada. Y, muy especialmente, donde se agrupa un valioso contingente de mujeres, defensoras del feminismo de la igualdad, sin duda uno de los mayores vectores de progreso civilizatorio. Podemos aventurarnos a decir que el futuro de toda la izquierda pende hoy de la capacidad de reacción del socialismo democrático ante los desafíos de la época. Pero, ¿bastarán esos resortes para levantar los nuevos liderazgos que se requieren? A ese interrogante sólo cabe responder con otra pregunta: ¿qué debemos hacer para que así sea? ¿Qué debates hay que abrir, qué exigencias cabe plantear? Sabemos que lo muerto atenaza a lo vivo: las viejas rutinas, la persistente estrechez nacional de miras, el miedo a los cambios, el vértigo que provoca la vorágine de acontecimientos… jugarán a favor de un conservadurismo que, en la actual tesitura, resultaría fatal. Sólo la lucha política puede inclinar la balanza del lado de la audacia. Los terrenos en los que se desenvolverá esa pugna serán sin duda variados. Sin embargo, uno de los más decisivos en los que pueda darse quizás sea el de la Internacional Socialista. Nada sería tan útil como su transformación cualitativa: de foro de partidos progresistas en un marco dinámico de coordinación, intercambio de experiencias, organización de acciones conjuntas y elaboración de hojas de ruta compartidas. El internacionalismo del Siglo XXI frente al mundo de los depredadores.
La unificación europea y su trascendencia mundial. “Si alguna vez Europa fue un faro moral para el mundo, ese faro ha quedado sepultado bajo los escombros de Gaza”. Con esta lúcida amargura se expresaba Josep Borrell. En uno de sus últimos escritos, Jürgen Habermas decía que “una mayor integración política, al menos en el núcleo de la Unión Europea, nunca ha sido tan vital para nosotros como lo es hoy. Y nunca ha resultado tan improbable.” Ambos están en lo cierto. El proyecto europeo se encuentra ante una encrucijada existencial, atenazado de un lado por la guerra de Putin contra Ucrania – de hecho, una guerra contra la unificación de Europa – y, por otro, por la hostilidad abierta de Trump hacia la UE. Uno y otro tratan de dislocar el proceso de integración, favoreciendo las tendencias al repliegue nacional y promoviendo a los “partidos patrióticos” que encarnan esas tendencias. El conservadurismo de la nomenclatura comunitaria, formada en tiempos más clementes, o la desazón de las grandes corporaciones industriales, como la alemana, ante un cambio de paradigma mundial que las torna frágiles ante la competencia, favorecen esas tendencias y explican los intentos de conciliar con Trump, la pasividad ante el martirio de Palestina o las vacilaciones ante la guerra del Golfo. Desde sus inicios, la construcción europea se ha dado en el marco de un entendimiento entre el centro derecha liberal y la socialdemocracia. Ese binomio está en crisis. Cuando la federalización de la UE se torna la única alternativa a la decadencia y vasallaje de las naciones, la derecha flaquea y tiende a expresar las pulsiones más defensivas, chatas y egoístas de sus respectivas burguesías. La construcción europea, en su lógica de armonización fiscal, social, medioambiental – y ahora, de modo imperativo, en la urgencia de forjar una autonomía defensiva, así como en la necesidad de tejer estructuras federales operativas – representa en sí misma, como apunta Slavoj Zizek, “una forma de socialdemocracia” en construcción. Pues bien, a sus partidos corresponde ahora la responsabilidad de asumir la tarea de impulsarla con redoblada energía. Europa condensa el desafío histórico del socialismo democrático.
Lluís Rabell
16/03/2026