
La realidad de las sociedades tras la fachada militarista de los Estados. Ahí radican los factores que explican la guerra y, en gran medida, determinan su propio desarrollo en los campos de batalla. La aventura militar de Trump en el Golfo – nos dice Thomas Piketty en una reciente columna de opinión – constituye una “confesión de debilidad”. (“Le Monde”, 8/03/2026) “La situación financiera y comercial del país se ha degradado fuertemente en el curso de los últimos veinte años. A falta de haber invertido lo suficiente en formación y en infraestructuras, a falta también de regulación colectiva adecuada, Estados Unidos ha ido acumulando déficits comerciales, con una deuda exterior neta que alcanza el 70% de su producto interior bruto. Incluso si los tipos de interés permaneciesen bajos, lo que no es seguro, los intereses a pagar al resto del mundo pronto llegarán a niveles desconocidos en la historia por cuanto se refiere a una potencia militar dominante. De ahí surge la incontenible tentación de desenfundar las armas para aprovisionarse: así de sencillo.”
Sencillo en cuanto al origen de las pulsiones bélicas de la Casa Blanca, un caos inextricable por lo que se refiere a sus consecuencias. Tras más de una semana de incesantes bombardeos sobre Irán, la situación, lejos de aclararse, no cesa de tornarse más y más compleja. Debilitado militarmente, el régimen de los ayatolás, en lugar de rendirse como esperaba Trump, resiste e incluso se endurece: el hijo de Jamenei, vinculado a ala más radical de la teocracia, se convierte en el “heredero” de la República Islámica. Su gobierno dista mucho de gozar de las simpatías del pueblo: la despiadada represión que se abatió sobre las últimas protestas segó la vida de millares de iranís. Algunos expertos estiman que el apoyo al régimen podría circunscribirse como mucho a un 30% de la población. Pero esa franja está movilizada y radicalizada, mientras que la oposición se encuentra dividida y en el exilio. No hay marcos organizativos, ni liderazgos que, hoy por hoy, puedan vertebrar una revuelta popular y conformar una alternativa. Enfurecido, Trump ha pasado en pocos días de llamar a una insurrección ciudadana a pecho descubierto… a advertir a la población iraní de que las zonas urbanas habitadas por civiles podían considerarse también “objetivos legítimos” de sus incursiones aéreas.
Informes preliminares del Pentágono ya habían prevenido al presidente acerca de un escenario endiablado como éste. ¿Se creyó Trump omnipotente? ¿Fue convencido y arrastrado a la aventura, como algunos pretenden, por Netanyahu? Poco importa ya, a la vista de una situación que se le ha ido de las manos. Las destrucciones son ingentes, pero las guerras no se ganan desde el aire. La posibilidad de una intervención terrestre – opción que elevaría los riesgos para Washington, así como las repercusiones regionales y mundiales del conflicto hasta cotas impredecibles – está ya sobre la mesa. ¿Una locura tras otra? Sin duda. “Esa estrategia brutal y nacionalista está condenada al fracaso – prosigue Piketty -, en primer lugar, porque no está a la altura de las masas económicas en juego, y en segundo término porque la opinión norteamericana no la aceptará por mucho tiempo.” Sin embargo, la vía militarista “puede aún generar ilusión” y, en cualquier caso, “volverá a plantearse regularmente”. Pues, “más allá del factor Trump y de los fallos de las instituciones (que no han frenado su acometida) que habría que corregir, la deriva ideológica nacionalista extractivista del Partido republicano sin duda prevalecerá.”
Estamos ante una poderosa pulsión del capitalismo norteamericano que sacude el tablero internacional y socava la propia existencia de la democracia. Ningún gran imperio contempla su declive con resignación. Por eso resulta de primera importancia mantenerse firmes, como lo está haciendo el gobierno de España, en el “No a la guerra” injusta y descabellada de Trump. El impacto del posicionamiento de Pedro Sánchez entre la opinión pública europea ha sido enorme, poniendo de relieve la pusilanimidad de los gobiernos y mandatarios de la UE que no se han atrevido a contrariar al irascible megalómano de la Casa Blanca. Europa puede y debe girar hacia una posición digna, acorde con sus principios fundacionales y su apego proclamado al derecho internacional. Corresponde a la izquierda europea reclamar coordinadamente ese alineamiento de la UE, que volvería a situarla como un actor creíble ante las naciones del mundo. Pero la posibilidad de desempeñar durablemente ese papel depende de que el rechazo a secundar la cruzada de Trump signifique un punto de inflexión hacia la autonomía europea. En materia de defensa, por supuesto. Pero también por cuanto se refiere a una integración económica y social. ¿Al precio de plantear un proceso a dos velocidades que sortee el obstáculo de la regla de la unanimidad de los 27? Probablemente. El tiempo apremia. La izquierda europea, empezando por las fuerzas que se reunirán dentro de unas semanas en Barcelona, debería trazar sin tardanza una hoja de ruta compartida para empujar en ese sentido: desde los gobiernos en los que participa, pero también desde la oposición parlamentaria y en el seno de las instituciones comunitarias.
Porque, mediáticamente, una guerra puede tapar a otra. Pero la que se libra en Ucrania encierra el destino de Europa. Ahí también, a través de las vivencias de las sociedades rusa y ucraniana podemos desentrañar la dinámica interna de los acontecimientos bélicos, más allá de consideraciones estrictamente militares. Permanecer fieles junto a la nación agredida – y devastada hasta lo indecible – no es sólo un deber moral, sino que un imperativo para el proyecto europeo. La guerra que libra obsesivamente Putin – en Ucrania con las armas, y en el resto del continente de forma híbrida – representa un choque frontal, existencial, entre ese proyecto y la autocracia rusa. Un régimen que hoy se yergue sobre una sociedad reprimida y anestesiada… pero cuyo despertar democrático el amo del Kremlin teme por encima de todo.
Lluís Rabell
9/03/2026
Destrucciones colosales, pero una situación humanitaria controlada
La eficacia del gobierno y de las redes de ayuda mutua permiten a los ucranianos resistir
No es ésta una de las menores paradojas de la guerra en Ucrania. Al tiempo que el país soporta un coque militar y violaciones del derecho internacional de una amplitud vertiginosa, la situación humanitaria permanece controlada por el gobierno de Kiev y las organizaciones internacionales. De memoria de humanitario, jamás un país inmerso en semejante tormenta había cuidado tanto de la población civil como lo ha hecho Ucrania a lo largo de estos últimos cuatro años.
Si la agresión de Rusia no se circunscribe a las fuerzas armadas, sino que golpea también a la población, a los inmuebles e infraestructuras, el país, bien que mal, resiste. Del mismo modo que, durante las primeras semanas de la invasión rusa, Ucrania conoció el éxodo de seis millones de personas sin que hubiese un solo fallecido en las carreteras, el país vive actualmente su invierno más duro sin que se haya identificado una sola muerte directamente debida a la falta de agua, electricidad o calefacción.
Desde un punto de vista material, las destrucciones son colosales. “Los daños directos de la guerra causados a Ucrania han alcanzado los 195.000 millones de dólares (166.000 millones de euros)”, señala un informe publicado el lunes 23 de febrero por el Banco Mundial, la ONU, la Unión Europea y el gobierno de Kiev, ciñéndose al período que se extiende desde el 24 de febrero de 2022, fecha del inicio de la invasión rusa, hasta el 31 de diciembre de 2025. “El coste de la reconstrucción, puede leerse en ese documento, se estima en 588.000 millones de dólares durante la próxima década.”
Matthias Schmale, jefe de la ONU en Ucrania, confiesa que actualmente la “militarización de la energía” por parte de Moscú es el fenómeno que “no le permite conciliar el sueño por las noches”. “El hambre, por ejemplo, es un arma utilizada en los conflictos, en Gaza, en Sudán y en otras partes, pero no existe quizás un precedente de esta amplitud por cuanto se refiere a la utilización de la energía como arma de guerra”, explica el responsable alemán de la ONU. “La militarización de la energía es deliberada y resulta totalmente inaceptable.”
Pero Schmale admite también que a lo largo de treinta años consagrados al socorro humanitario y a la ayuda al desarrollo, desde Palestina hasta diversos países africanos, nunca había conocido una situación tan paradójica entre la amplitud de la destrucción y la gestión de la crisis. “Aprendemos a trabajar con un Estado no fallido. El gobierno asume el liderazgo sobre las organizaciones internacionales y lleva a cabo un trabajo remarcable.”
Kiev, además, solicita a la ONU, no sólo por cuanto se refiere a las ayudas de urgencia, sino también para acometer proyectos de ayuda al desarrollo. “En la ONU, algunos piensan que no puede haber acciones de desarrollo durante una guerra. Pues bien, aquí es posible emprenderlas. Hay proyectos en materia de hábitat, de agricultura, de energía solar…”, añade Schmale. La agencia de Naciones Unidas para los refugiados (HCR) da fe de una experiencia similar. En lugar de dedicarse exclusivamente a los 5’9 millones de refugiados en el extranjero y a los 3’7 millones de desplazados en el interior de Ucrania, el HCR ha asistido a la población con “más de 500.000 intervenciones desde 2022” llamadas “refugios de urgencia”: ayudas para reparar algunas de los 2’5 millones de viviendas dañadas por el conflicto. “Ayudamos a las familias para que no tengan que desplazarse”, explica Bernadette Castel-Hollingsworth, representante del HCR en Kiev. Y la agencia trabaja también para brindar “soluciones duraderas” en materia de vivienda para los desplazados.
Violaciones de los derechos humanos
“Preocupada por la situación humanitaria”, Castel-Hollingsworth constata, como todo el mundo, un “deterioro desde el verano de 2025” y un recrudecimiento de los ataques rusos contra las ciudades, concomitante con la instauración de un diálogo entre el presidente americano, Donald Trump, y Vladimir Putin. No obstante, no sólo el invierno no ha matado a nadie, sino que tampoco ha provocado desplazamientos de población. “Los 150.000 desplazados de 2025 son debidos a las evacuaciones de las zonas de combate”, explica la responsable francesa del HCR. “Ningún desplazado lo ha sido debido al invierno.”
Para los responsables de la ONU, en cuanto a los civiles, el lado oscuro del conflicto se refiere sobre todo a los crímenes de guerra y las violaciones de los derechos humanos cometidos por el ejército ruso. Danielle Bell, la representante del Alto Comisariado de Naciones Unidas para los derechos humanos en Kiev, quien cree también que “Ucrania gestiona eficazmente la situación humanitaria, con autoridades muy implicadas en la limitación de los sufrimientos humanos y con gente que se ayuda mutuamente”, se sitúa en primera línea del frente más difícil para la ONU, el de las violencias deliberadas contra civiles.
Bell constata al mismo tiempo un “incremento de las víctimas civiles” a lo largo de 2025 en comparación con los dos años precedentes – 2022 fue el año más mortífero -, y la “extensión de las violaciones de los derechos humanos en los territorios ocupados, con asesinatos, desapariciones, detenciones arbitrarias y torturas”. Para la responsable canadiense de la ONU, “el objetivo ruso está muy claro: se trata de hacer sufrir a la población civil, de volver miserable su vida y someterla por la fuerza”. Desplegando, en los territorios ocupados, “nuevas amenazas a cada paso: ninguna libertad, ninguna posibilidad de reconocerse como ucranianos, ninguna vida posible si no se adopta la nacionalidad rusa”, así como “la militarización de las escuelas y el adoctrinamiento de los niños”.
Para estos responsables, veteranos de otros conflictos, el desafío que plantea esta guerra es considerable. Bell reconoce que la situación “le parte el corazón”. Castel-Hollingsworth tiene “la impresión de haber dedicado toda una vida a las tareas humanitarias para llegar aquí”. “Como representante de la ONU, confía por su parte Schmale, no creo en una solución militar a la guerra, pero en Ucrania he adquirido una mejor comprensión del derecho a defenderse. Este conflicto nos enseña que es difícil permanecer neutral cuando existe claramente un agresor. Podemos ser neutrales políticamente, pero estamos del lado de las víctimas.”
Rémy Ourdan
(“Le Monde”, 24/02/2026)
Rusia sigue hundiéndose en el autoritarismo y la represión
La guerra desatada contra Ucrania se acompaña de un control cada vez más violento de la sociedad, con un fondo de crecientes dificultades económicas
Ocho décadas después de Stalin, Vladimir Putin se guarda muy mucho de explicar por qué su “operación” se ha empantanado en una guerra de posiciones, costosa en bajas, y con limitadas conquistas territoriales. El presidente no deja de hablar de “victoria”. Y su nivel de popularidad no parece disminuir: más del 80% de la ciudadanía rusa dice aprobar su acción según Levada, el centro de estudios independiente del Estado. Un dato que habría que tomar con precaución como en todo país donde, sin libertad de expresión, las encuestas de opinión se realizan en medio de un clima de miedo y delación. Sin oposición política ni crítica en la prensa, en ausencia de sociedad civil ni debates entre las élites, esa popularidad aparente esconde una realidad: a lo largo de cuatro años, la capa de plomo impuesta por el Kremlin se ha ido haciendo más y más pesada.
“Putin no afloja y conduce al país por el buen camino. La guerra se encuentra ahora en un momento de impasse. Pero no hay ninguna duda: al final, venceremos; Europa lo comprenderá a costa de sus intereses”, repite, al igual que muchos moscovitas, Piotr, de 45 años, fiel partidario del Kremlin desde antes de 2022. “Ni más débil ni más fuerte. Putin sigue obcecado en sus certezas. Las élites y el país se hunden con él. La economía se degrada. La guerra tiene un coste exorbitante. Pero el régimen sobrevive”, se inquieta por su parte Daria, 52 años. Opositora perteneciente a los estrechos círculos liberales moscovitas, vive en una especie de “emigración interior” bien conocida en la época soviética. Contactados desde París mediante un sistema de mensajería encriptada, ambos solicitan guardar el anonimato: sean cuales sean sus opiniones, los rusos tienen cada vez más miedo de hablar con un periodista occidental.
La “operación militar” de Putin contra Ucrania viene acompañada de una operación policial y judicial contra la sociedad rusa. La represión, centrada en la persecución de una pretendida “quinta columna”, se ha intensificado: los defensores de los derechos humanos estiman entre 3.000 y 4.600 el número de presos políticos. Entre ellos se encuentran figuras célebres, como Evguenia Berkovitch, de 40 años. Esta directora teatral de renombre cumple una pena de seis años por haber hecho, oficialmente, “apología del terrorismo” en una obra que, en Moscú, denunciaba precisamente el terrorismo. Berkovitch está privada de llamadas telefónicas y correspondencia; su estado de salud se deteriora; sus diarios íntimos le son confiscados.
Apatía general
Hay también algunos centenares de simples ciudadanos, como Nikita Ouvrarov, de 20 años. Detenido cuando estaba pegando carteles hostiles al FSB (servicios de seguridad) en su ciudad de Kansk, en Siberia, el joven debía, tras purgar una pena de prisión de cinco años, recobrar su libertad el 19 de marzo. Pero acaba de verse atrapado por una de las prácticas habituales de la justicia rusa: un nuevo proceso para prolongar su estancia en prisión.
Esta represión no sólo ha acabado con la oposición y aplastado a la sociedad civil. También ha orquestado una apatía general. En medio de la indiferencia, el Kremlin y sus diversos altavoces siguen invocando la historia para forjar la trama de sus políticas, exterior e interior. En las pantallas de televisión como en las escuelas, la propaganda despliega su mensaje: al igual que lo hizo Stalin, Putin lucha contra el nazismo; como ocurrió durante la Gran Guerra patriótica, los opositores son unos traidores. En 2024, el Ayuntamiento de Moscú cerró el Museo del gulag. El 20 de febrero de 2026, anunció su reapertura: rebautizado como Museo de la memoria, será consagrado al recuerdo de las “víctimas del genocidio del pueblo soviético” y de los crímenes nazis.
Experto en invertir los hechos, el Kremlin no ha dejado de presentar al país como víctima de la OTAN y la rusofobia. Putin descarga sobre Kiev y Occidente, no sólo la responsabilidad de desencadenar la guerra, sino también, desde ahora, la culpa del impasse de las negociaciones. Con la diana puesto sobre los europeos, acusados de alimentar “una escalada militar permanente”. Por el contrario, Putin evita cualquier reproche a Donald Trump para guardar toda latitud sobre Ucrania. En las conversaciones ruso-ucranianas bajo la égida de los emisarios del presidente americano, Putin mantiene sus exigencias maximalistas. Y, para dirigir la delegación rusa, envía regularmente al exministro de cultura Vladimir Medinski, historiador e ideólogo que defiende una lectura patriótica del pasado ruso y denuncia el “declive occidental”.
En Moscú, ningún miembro de la élite cuestiona esa línea. “La dictadura de Putin se ha endurecido. La guerra se ha convertido en una cuestión existencial cuya única obsesión es la victoria”, insiste Fiodor Krasheninnikov, analista político exiliado. “Putin se ha encerrado en una burbuja. Escoge a sus interlocutores y percibe cualquier presión sobre él como un complot.” Lejos de la agitación política que reina en Kiev, donde escándalos de corrupción y desavenencias internas provocan regularmente cambios de gobierno en torno al presidente Volodymyr Zelensky, el Kremlin se ha emancipado de cualquier regla democrática y puede exhibir una apariencia de unidad. Incluso entre los nacionalistas más extremistas: el final del motín protagonizado por Evgueni Prigojine, jefe de las milicias Wagner, en junio de 2023, y su misteriosa muerte dos meses más tarde mandaron un mensaje inequívoco a todo el mundo. Las filas permanecen prietas desde entonces.
“El sistema Putin, a quien poco importa el coste de la guerra, se ha vuelto aún más personalista. Todos los que rodean al presidente no son más que ‘pequeños telegrafistas’”, ironiza Andrei Kolesnikov, editorialista del periódico independiente Novaia Gazeta, uno de los pocos todavía presentes en Moscú. La élite se ha adaptado: la guerra es su nueva norma. “Putin interpreta su papel preferido: el de la espera”, nos confía desde Moscú un diplomático europeo. “En política exterior, a pesar de los reveses diplomáticos sufridos en Venezuela, en Irán y ahora en Cuba, Putin no ha dicho gran cosa desde hace dos meses porque su prioridad es Ucrania. Se traga los sapos que hagan falta y abandona a sus aliados, históricos pero lejanos, porque ante todo quiere evitar enojar a Trump a fin de que permanezca a su lado.”
Posible recesión
Mutismo y espera constituyen también el rasgo dominante en el plano interior. Si bien estos últimos días los siloviki, los miembros de las fuerzas de seguridad se activan para bloquear las mensajerías occidentales de WhatsApp y Telegram, Putin no ha intervenido al respecto. Públicamente, no ha tomado posición. De hecho, esos dos sistemas de mensajería siguen funcionando a trancas y barrancas.
Las malas noticias económicas tampoco han alterado su gobernanza. La inflación (que oficialmente se sitúa en el 5’6 %, pero en realidad rebasa el 10 %), el incremento de los impagos bancarios, la reducción de las horas trabajadas en las fábricas, constituyen, sin embargo, señales reveladoras. Pero, ni esos problemas ni el aumento de los impuestos han provocado agitación política alguna. “La guerra interminable, el incremento del IVA y del recio de los servicios públicos, las restricciones de WhatsApp y Telegram crean tensiones. Pero sin que se llegue a un punto crítico”, observa Tatiana Kastouéva-Jean, directora del centro Rusia-Eurasia en el Instituto francés de relaciones internacionales.
“Desde 2022, el sistema de gobernanza no ha cambiado de naturaleza, pero se ha vuelto aún más centralista, represivo, militarizado, ideologizado y antieuropeo”, resume la investigadora. Putin es el único que toma decisiones. Tanto más cuanto que el tema de su sucesión es tabú. “La economía se debilita. La victoria militar no es total. Como consecuencia de todo ello hay tensiones. Pero nada cambia a nivel político”, resume una fuente bien informada de cuanto sucede en el Kremlin. “Porque Putin cree estar por encima de todo eso…”
Benjamin Quénelle
(“Le Monde”, 24/02/2026)
Traducción: Lluís Rabell