La guerra interminable (I)

              La guerra desencadenada por Trump contra Irán tiene al mundo entero en vilo. Y no es para menos. El conflicto, que no cesa de expandirse, ha entrado en una dinámica de impredecibles consecuencias, tanto para Oriente Medio como para las economías occidentales. La Casa Blanca se ha lanzado a una intervención militar con objetivos políticos poco definidos y, sobre todo, sin contar con un escenario de salida. No obstante, no se trata de la simple locura de un megalómano: la guerra tiene su lógica geopolítica. Trump pretende “cercar” a China, expulsándola de la “zona de influencia” estadounidense en Latinoamérica, acotando los suministros petrolíferos del Golfo, acaso controlando las rutas marítimas árticas desde Groenlandia. El hecho de que tenga que recurrir a la “diplomacia de las cañoneras” en una desenfrenada disputa por las materias primas dice mucho de las tensiones que habitan al capitalismo americano.

Pero, la conducción de la guerra que está haciendo Trump parece haber olvidado una de las lecciones más recurrentes de los conflictos armados: no hay plan de batalla que resista el primer contacto con el enemigo. A pesar de la eliminación de Alí Khamenei, líder supremo de la República Islámica, y de los daños sufridos por los intensos bombardeos americanos e israelís, el régimen de los ayatolás no parece hallarse al borde del colapso. Una reedición persa del “modelo venezolano” – un giro de guion en el que el gobierno asediado se pone al servicio de Washington – tampoco se vislumbra en Teherán. El propio presidente americano acaba de decir que las bombas han matado a los eventuales candidatos al papel de títeres y que no conocen a nadie más, susceptible de interpretarlo. Lo cual no le impide exigir una rendición incondicional, so pena de destrucción completa. ¿Del país? El llamamiento al levantamiento popular contra el régimen, lanzado al inicio de los ataques, no ha vuelto a renovarse. Es más, Trump declara que poco le importaría que una teocracia siguiese al frente de Irán… mientras se llevase bien con los intereses norteamericanos en la región. Desde luego, esta no es una cruzada en favor de la democracia ni de la liberación del pueblo iraní.

En una extensa nación de cerca de noventa millones de habitantes, tampoco se antoja ésta una guerra que pueda ganarse desde el aire. Si embargo, una operación terrestre conllevaría un esfuerzo bélico extraordinario… y bajas americanas. Probablemente, muchas más de las que podría soportar una opinión pública mayoritariamente contraria a la intervención – incluso en esta fase – y el propio movimiento MAGA, donde la corriente de la derecha aislacionista es muy fuerte. Por su parte, Israel intensifica su ofensiva en el Líbano y, a cubierto de la guerra, sigue haciendo de Gaza un infierno para la población palestina. Los conflictos armados favorecen siempre un clima patriótico y un cierre de filas defensivo. Pero, de prolongarse indefinidamente, de tornarse absurdos e insoportables los sacrificios humanos exigidos, pueden desatar una reacción contraria entre la ciudadanía. El tiempo es la materia prima de la política. Y nada es tan político, en sus impulsos y su gobernanza, como la propia guerra. Por lo pronto, el caos regional generalizado y la desestabilización de los gobiernos constituyen las únicas certezas.

Por supuesto, no es Trump el único – ni el primer – mandatario belicoso que ha soñado con su particular blitzkrieg. Las autocracias, a pesar de su imponente fachada, adolecen de una debilidad congénita: los aduladores y las mediocridades serviles que rodean al dictador prefieren regalarle los oídos antes que contarle la desagradable verdad de las cosas. Lanzando su “operación militar especial”, Putin esperaba hacerse con el gobierno de Kiev en cuestión de pocos días, si no en algunas horas decisivas. Pues bien, la guerra de Ucrania acaba de entrar en su quinto año. Empantanada en el frente del Donbás, Rusia obtiene avances poco significativos con un altísimo coste en bajas. 

¿Van a cruzarse los destinos de ambas guerras? Bien podría ser, de confirmarse las noticias que hablan de una cooperación de la inteligencia rusa con Teherán en la localización de objetivos militares e infraestructuras – extremo difícilmente verificable y sujeto a manipulación informativa. Pero, sobre todo, si se materializase el interés de las monarquías del Golfo por contar con la tecnología desarrollada por Ucrania en materia de drones, vital para interceptar los ataques iranís. Algunos analistas han considerado la guerra de Ucrania como una suerte de “conflicto por procuración”, como un choque entre los intereses de Estados Unidos y China a través de actores secundarios. La “amistad inquebrantable” que Xi Jinping dice profesar hacia Putin, gran suministrador de gas y petróleo a Pequín, induce a pensarlo. Pero el conflicto tiene muchas otras capas. Rusia no es un actor menor en la escena internacional. Se trata de una potencia nuclear. Y, desde el desmoronamiento de la URSS, su evolución ha desembocado en la consolidación de un régimen nacionalista, corrupto y autoritario, que tutela una sociedad reducida al silencio y una élite de oligarcas extractivistas; un régimen con ínfulas imperiales. Ucrania no es por casualidad una obsesión de Putin. Dada su profunda vinculación histórica, esa república constituye un espejo para Rusia. Una Ucrania democrática, integrada a la Unión Europea, podría convertirse en todo un referente para la sociedad rusa, la demostración fehaciente de una vía alternativa a la autocracia. Una vez entablada, la guerra se ha convertido para Putin en una cuestión existencial.

La perspectiva de una Ucrania libre resulta mucho más temible para el Kremlin que todos los dispositivos de la OTAN. Tanto más cuanto que la Alianza, bajo el mandato de Trump, vacila por su desprecio hacia Europa y sus flirteos con Putin. Un reciente thriller político, “Si Rusia ganara”, escrito por Carlo Masala, experto de renombre en temas de defensa y actual director del Centro para la Inteligencia y la Seguridad de la Universidad de las Fuerzas Armadas en Múnich, evoca precisamente la hipótesis de un triunfo de Putin sobre la OTAN y la UE, calificándola de “escenario más que probable”. “En el campo de la ciencia, afirma el autor, pero también en el de la planificación política y militar, la estrategia centrada en considerar escenarios posibles es un método que se usa para simular desarrollos futuros sobre la base de tendencias y acontecimientos presentes. El objetivo es identificar las condiciones y los factores que podrían determinar esos acontecimientos y extrapolar creativamente a partir del presente.”

Desde luego, la concatenación de sucesos que imagina Masala no tiene nada de descabellado. Trump se desentiende del apoyo a Ucrania al tiempo que favorece, en países decisivos de Europa, la llegada al poder de partidos nacionalistas y de extrema derecha, que fuerzan una negociación a la baja con Putin. Rusia termina por hacerse con sus “Sudetes”. Comienza entonces una acelerada rusificación de los territorios conquistados. Exangüe tras años de guerra, pendiente de unas ayudas a la reconstrucción que conocen una suerte similar al de los incumplidos apoyos militares, Ucrania se hunde en una crisis social y política que acaba favoreciendo el retorno de opciones prorrusas. Vista la debilidad del adversario, poco tiempo después, Rusia invade una pequeña localidad, de mayoría rusófona, perteneciente a una República báltica. La acción es tan sorpresiva como limitada: de torcerse las cosas, la retirada es fácil. Teóricamente, en caso de ataque a un país de la OTAN, debería operar la cláusula de defensa mutua del tratado fundacional de la Alianza. Pero, ¿quién querría arriesgarse a un conflicto abierto con una potencia nuclear por un pueblecito estonio cuyos habitantes, por si fuera poco, no se sienten bien tratados por el gobierno? Estados Unidos, por supuesto, no. Por su parte, la mayoría de los países europeos condena diplomáticamente la incursión rusa, pero rechaza activar la cláusula en cuestión. Otras maniobras puntuales del Kremlin parecen acreditar su determinación, acentuando la sensación de impotencia en todo el continente. La suerte está echada. El giro geoestratégico americano hacia Asia y la pusilanimidad de Europa han acabado con la OTAN. Masala imagina un final en que Putin y Xi Jinping se felicitan y sueñan con moldear el mundo a su antojo.

La construcción de la hipótesis es seductora por su realismo y se basa, efectivamente, en comportamientos bien conocidos de las cancillerías occidentales. Sin embargo, la historia podría seguir un curso muy distinto. Y la nueva guerra del Golfo acelerarlo. La vida supera siempre en variables a la más fértil de las imaginaciones. El “No a la guerra” de Pedro Sánchez, que muchos comentaristas se apresuraron a tildar de solitario y quijotesco, está teniendo una amplia repercusión mundial. Por otra parte, si bien Putin, priorizando Ucrania y deseoso de no perder su feeling con Trump, no había dicho hasta ahora gran cosa respecto a Venezuela, Cuba o Irán, puede haber dado un paso en falso. En cualquier caso, paradójicamente, las necesidades defensivas de las monarquías árabes favorecerían a Ucrania. Pero es inútil especular acerca de este extremo. Pronto se verá.

Sin embargo, para proyectarse hacia el futuro, es necesario partir de lo que es. Desde ese punto de vista, resulta altamente interesante contrastar la evolución que han tenido, a lo largo de estos años, los regímenes, las sociedades y los ejércitos contendientes en la guerra de Ucrania. A comprenderla contribuyen una serie de trabajos de investigación periodística – procedentes, entre otros, de medios independiente rusos -, recogidos por el rotativo francés “Le Monde”, que se reproducen a continuación. Con esos datos en mano, podrá observarse que “el escenario más que probable” que evoca Carlo Masala dista mucho de ser una fatalidad. Ucrania no resiste en vano. Y, en medio del estruendo de unos conflictos cada vez más cercanos, se perfila desde el gobierno de España un liderazgo inspirador para toda la izquierda europea. Una izquierda que tiene cita, el próximo mes de abril, en Barcelona, en el encuentro internacional de fuerzas progresistas convocado por Pedro Sánchez.

Lluís Rabell

7/03/2026

Dossier Rusia-Ucrania           

La emoción que domina entre los soldados rusos es la desesperanza

              Cuando la guerra entra en su quinto año, el ejército ruso ya no combate con el celo de un agresor convencido de su misión histórica. Lucha porque necesita dinero y porque tiene miedo. Y entre los soldados, no progresa la contestación, sino la desilusión.

No es ésa la observación de un analista externo, sino de una periodista rusa que, desde 2022, cubre uno de los temas tabú y más estrictamente censurados de la Rusia contemporánea: el de los hombres que libran esta guerra sobre el terreno. Prácticamente cada día, les hago preguntas que resulta imposible formular públicamente en Rusia. ¿Por qué habéis invadido un país vecino? ¿Comprendéis los objetivos de esta guerra? ¿Qué sería, para vosotros, una victoria?

Hace cuatro años, las respuestas no se hacían esperar. Retomaban el discurso de la televisión pública rusa: Kiev está a punto de caer; miles de “nazis” iban a ser expulsados; Rusia demostraría que posee el ejército más poderoso del mundo. En estos primeros meses invernales del año 2026, la respuesta más frecuente es el silencio.

En 2022, muchos soldados hablaban de una victoria rápida y triunfal. En 2023 y 2024, sin embargo, se veían forzados a adaptarse a la realidad: el ejército ruso no era, manifiestamente, el más poderoso del planeta. Y, en la mayoría de los casos, luchaba contra los drones. “Vosotros no lo entendéis: es una guerra de robots. No estábamos preparados para algo así”, me gritó un día al teléfono un paracaidista mientras trataba – en vano – de desertar. No lo consiguió.

La corrupción mina la moral del ejército

Desde 2025, la emoción que prevalece entre los soldados, tanto si han sido movilizados o han firmado un contrato, es la desesperanza. Y las pequeñas “victorias” oficiales en el campo de batalla no cambian nada al respecto. Un día, un piloto de drones destinado a proximidad de Kharkiv me explicó cómo, en distintos frentes, el ejército “vence a crédito”: declara haber conquistado localidades o posiciones estratégicas antes de haberlo logrado. En una alocada carrera en pos de medallas y promociones, los generales reivindican la toma de territorios; luego, tienen que hacer lo imposible para hacerse realmente con esas posiciones antes de que lleguen los inspectores. A veces, esas “conquistas” se reducen, de hecho, a una bandera plantada durante quince minutos al borde de una localidad en cuyas calles prosiguen los combates.

Y la corrupción mina un poco más todavía la moral del ejército. En 2026, la publicación de fotografías de un apartamento de dos habitaciones, construido en las trincheras para uso de los oficiales y equipado con una pantalla gigante, calefacción y un acuario – todo financiado por los soldados – ya no sorprende a nadie. Cuando, en 2024, las autoridades regionales rusas incrementaron el montante de las primas de alistamiento a varios millones de rublos (1 millón de rublos equivale aproximadamente a unos 10.900 euros), muchos rusos, para quienes sumas más modestas ya suponen mucho, se enrolaron. Muchos me hacían este tipo de razonamiento: “En la vida civil, he fracasado en todo. En ninguna parte podría ganar tanto dinero como en el ejército. Es mi única oportunidad.”

              Lo que no podían prever es que la guerra iba a robarles su dinero. El primer millón, sirve con frecuencia para escapar de una “carnicería” – esas misiones casi suicidas que deben llevar a cabo los nuevos reclutas – mediante pago. Si no quieren ir al frente con zapatillas, los soldados no tienen más alternativa que comprar su equipamiento. Por otra parte, las unidades deben contribuir a la financiación de los drones, de las terminales de comunicaciones e incluso a la compra del coñac y el champán de las fiestas que organizan los oficiales. Algunos soldados hablan también de una especie de “seguro de vida”: merced al pago regular de sumas equivalentes a mil euros, pueden evitar ser enviados al asalto de posiciones difíciles de tomar.

              Graves traumatismos

              Quienes no se avienen a las reglas del juego corren el riesgo de ser “anulados”, de “se liquidados”, según el argot de los soldados. Un oficial puede decidir eliminar a un soldado recalcitrante enviándolo a ejecutar una misión fatal, e incluso ordenando a sus camaradas que lo abatan de un tiro o lo ejecuten con un dron. Una de mis fuentes, que había acusado públicamente de extorsión a oficiales de la 90ª división blindada, fue devuelto a su unidad después de haber intentado en vano esconderse en Siberia. Unos días más tarde dejó de contestar a mis mensajes. Su mujer me llamó, llorando, para decirme que había sido golpeado hasta el punto de sufrir un paro cardíaco. “Olessia, ¿serán castigados algún día esos canallas? Lo han matado. Lo han apaleado hasta que su corazón ha dejado de latir.” Así me contaba, entre sollozos, lo que los otros soldados le habían explicado.

              Por supuesto, este tipo de testimonios está prohibido en los medios de comunicación oficiales rusos. Pero casi todos aquellos que, en Rusia, conocen a algún hombre que haya estado en el frente han oído historias como ésta.

              A pesar de todo, la profunda desilusión de los soldados no se transforma en revuelta. Paradójicamente, pienso que los sodados se encuentran entre los ciudadanos más críticos de Rusia – en privado, en cualquier caso. Pero el miedo, la dependencia financiera y la ausencia de perspectiva los mantienen maniatados. Algunos están furiosos contra Putin – se sienten traicionados cuando evoca la idea de entablar negociaciones. Otros comprenden que no bastaría con congelar la línea del frente para que pudiesen volver a casa. Probablemente, el Estado no estaría dispuesto a devolver a la vida civil a cientos de miles de hombres armados, muchos de los cuales han sufrido graves traumatismos. Y, de todos modos, harán falta hombres para vigilar los territorios ocupados. En los tiempos que corren, la depresión y el fatalismo son más frecuentes que la revuelta. Y muchos no conciben otra vida posible al margen de la guerra. Así pues, siguen ahí.

              La guerra de agresión contra Ucrania dura desde hace cuatro años y el ejército ruso no se ha desmoronado. Se ha adaptado. Se ha transformado. Otrora movido por las ideas, se ha convertido en una institución movida por el dinero y el miedo. Un ejército que combate sin convicción corre el riesgo de perder su ímpetu, pero se vuelve más cínico y violento. He aquí el ejército contra el que lucha Europa en 2026.

              Olessia Gerassimenko (periodista independiente rusa de investigación)

(“Le Monde”, 3/03/2026)

Las múltiples triquiñuelas de Rusia para reclutar soldados

El ejército incrementa el alistamiento casi forzoso de inmigrantes, reclusos y pacientes de psiquiatría

Cuatro años después de la invasión de Ucrania, Rusia se enfrenta a un dilema: seguir reclutando cada mes entre 30.000 y 35.000 hombres para compensar las bajas en el frente, pero sin llegar a decretar una movilización general, susceptible de sembrar el pánico entre la población como ocurrió con la movilización parcial de otoño de 2022. El Kremlin tiene dificultades para atraer un número suficiente de voluntarios a pesar del anzuelo que suponen unas primas elevadas y la promesa de ascenso social para las familias de los alistados. Estos últimos meses, las campañas de reclutamiento se acompañan de prácticas de todo tipo que se asemejan cada vez más a un enrolamiento forzoso.

“En Rusia, se puede vivir lejos de la guerra, sumido en el quehacer cotidiano, en plena apatía. Con el sonido de fondo de los reportajes de las televisiones del Kremlin sobre nuestros ‘héroes’. El único retorno a la realidad de la guerra es el reclutamiento de hombres para el frente”, nos dice Iouri, de 42 años, contactado por mensajería. Padre de familia en Ekaterinburg, en la región de los Urales, prefiere mantener el anonimato por precaución. Paralelamente a la ofensiva militar en Ucrania, la represión policial se ha intensificado en Rusia contra una supuesta “quinta columna”. Al igual que otros hombres críticos con el Kremlin y opuestos “a esta guerra que no es la nuestra”, Iouri teme que él y sus hijos, que aún son estudiantes, terminen por ser enviados al frente.

Desde el verano de 2025, el dispositivo reglamentario se ha reforzado: se ha establecido un registro de conscriptos, censando a todos los hombres susceptibles de ser llamados a filas en caso de movilización general. Otro decreto del Kremlin, fechado el 8 de diciembre de 2025, prevé la realización de ejercicios de entrenamiento para todos los rusos aptos para ello: pueden ser incorporados a las fuerzas armadas, pero también a la guardia nacional (estructura policial autónoma bajo la autoridad del Kremlin) e incluso a los servicios de inteligencia del FSB (una de las instituciones heredera del KGB).

“Gran creatividad”

“Para Putin, la movilización general no constituye por ahora una prioridad. Pero todo está dispuesto para decretarla”, advierte Ekaterina Schulmann, politóloga rusa en el exilio y catedrática en la Universidad libre de Berlín. “Después del pánico provocado por la movilización parcial del otoño de 2022, las autoridades hacen gala de una gran creatividad por cuanto se refiere a sus métodos de reclutamiento.” Lejos de los objetivos iniciales de la “operación militar especial” que, según los planes del Kremlin, debía concluir con un rápido cambio de poder en Kiev, el ejército ruso se encuentra empantanado en una guerra de desgaste, muy costosa en hombres y con ganancias territoriales limitadas.

En Ekaterinburg como en cualquier parte de Rusia, los problemas de reclutamiento son palpables. “Por un lado, las autoridades buscan siempre verdaderos voluntarios, ofreciendo primas y prestaciones sociales para sus familias”, nos dice Iouri. Las condiciones y los criterios de edad se han rebajado. “Pero, por otro lado, hay cada vez más alistamientos casi forzosos. Las autoridades recurren a personas vulnerables, fácilmente manipulables.”

La reducción de las enfermedades consideradas como invalidantes permite, por ejemplo, desde agosto de 2025, el envío al frente de pacientes ingresados en hospitales psiquiátricos. La esquizofrenia y algunas otras dolencias ya no constituye un obstáculo: hombres afectados por tales trastornos son obligados a firmar un contrato con el ejército. “Cada vez nos envían más discapacitados para que los masacren”, resume un soldado de asalto citado por Viorstka, un medio de comunicación ruso independiente que ha publicado en enero una encuesta sobre el reclutamiento. “Los tontos del pueblo se encuentran de pronto en el frente, carentes de entrenamiento. Sobreviven un mes o dos.”

Para hacer frente a la caída de los alistamientos de auténticos voluntarios, los reclutadores han recibido la instrucción de “encontrar el mayor número de candidatos, sea cual sea su perfil”, confirma a Viorstka una fuente de la administración encargada del reclutamiento en Moscú. “Esta guerra ya dura más que la de 1941-1945. Toda la gente activa y saludable, con convicciones políticas o morales, hace tiempo que marchó al frente. Ahora nos llega todo tipo de desechos humanos.” La lista es larga: “Alcohólicos, toxicómanos o sin techo. Eran parados, hombres solos y endeudados”, añade otra fuente de la misma administración moscovita.

Moscú es una plataforma central de reclutamiento para todas las regiones porque las pagas son allí más elevadas y se reparten. La corrupción, habitual en todo lo concerniente a la financiación pública en Rusia, es uno de los motores del sistema: cuanto más vulnerables son las personas reclutadas, mejor se las apañan los reclutadores para embolsarse una parte del dinero que reciben. En Moscú, los ingresos prometidos a los voluntarios y a sus familias son enormes: un total de 5’2 millones de rublos al año – o sea, más de 55.000 euros – y además compensaciones en caso de fallecimiento. La prensa rusa en el exilio ha citado los casos extremos de mujeres que se casan con sin techo para que los envíen al frente: cuando el hombre muere, la esposa y los funcionarios implicados en su reclutamiento se reparten el botín.

Paralelamente, el ministerio de defensa obliga a los conscriptos a firmar un contrato. “La gente es ignorante y está aterrorizada por la represión”, cuenta un paracaidista a Viorstka. “Muchos conscriptos se dejan engañar por las promesas de ser afectados a la retaguardia. Finalmente, los transfieren a la infantería; es decir, los envían al matadero.”

El reclutamiento forzoso se intensifica también en las cárceles. Al principio, iban a buscar a reos ya condenados: un contrato para ir al frente a cambio de una medida de gracia. El mecanismo se ha extendido a a fase de instrucción, e incluso desde el inicio de una investigación. Concierne a los acusados de delitos menores (robo, efracción, actos violentos…): un contrato a cambio de un archivo del caso o de una pena clemente. “Oficialmente, se trata de una decisión voluntaria. Pero en un contexto de aislamiento, de incertidumbre y de riesgo de acabar en prisión, resulta difícil hablar de libre albedrío”, puntualiza Olga Romanova, defensora de los derechos humanos y experta en el mundo carcelario. Una vez más, el reclutamiento alimenta la maquinaria de la corrupción. “Un policía puede llegar a cobrar hasta 100.000 rublos cuando la persona que ha detenido es enviada al frente”, explica Romanova.

Mercenarios extranjeros

Moscú no duda tampoco cuando se trata de enrolar a mercenarios extranjeros. Hay profesionales atraídos por la promesa de no extraditar a cualquier hombre que, reclamado por la justicia en su país de origen, obtendría la inmunidad de por vida a condición de alistarse. En esos casos, las autoridades recurren una vez más al chantaje: desde noviembre de 2025, todo solicitante de un permiso de residencia debe firmar un contrato con el ejército, excepto en caso de obtener un certificado médico de desmovilización por incapacidad.

Las redes de reclutamiento despliegan antenas en Asia y África. Todo empieza con la promesa de un empleo bien pagado y una rápida naturalización. Esas ofertas engañosas buscan atraer a la juventud urbana pobre de las antiguas repúblicas soviéticas de Asia central, pero también de Sri Lanka, de Nepal, de Kenia o del Camerún. Las expectativas de esos extranjeros se ven frustradas en cuanto llegan: en lugar del empleo soñado, esos jóvenes se ven obligados a firmar un contrato con el ejército escrito en caracteres cirílicos. No entienden ni una palabra del compromiso que contraen y con frecuencia acaban en el frente. Dmytro Usov, secretario del cuartel general ucraniano de coordinación que se hace cargo de los prisioneros de guerra, asegura haber identificado al menos 18.000 ciudadanos extranjeros que habían combatido por Rusia. Afirma tener prisioneros originarios de 37 países.

Esas prácticas de reclutamiento demuestran la necesidad urgente de mano de obra en Rusia para mantener el esfuerzo de guerra. El Kremlin y sus distintos dispositivos de propaganda minimizan el problema. Sin querer, el antiguo presidente de la Federación Rusa Dmitri Medvedev, hoy secretario adjunto del Consejo de Seguridad, lo ha reconocido, sin embargo. El 16 de enero, se felicitaba del número de contratos firmados por el ejército en 2025: 422.000. Una cifra que representa un descenso del 6% con relación a 2024.

Benjamin Quénelle

(“Le Monde”, 24/02/2026)

Deixa un comentari