Prisioneros del relato

              “Sin relato, no hay política”. Así de contundentes se muestran los profesores Fernando Pittaro Martín Szulman en su ensayo acerca de las narrativas que hoy dibujan los escenarios de crisis de las democracias representativas, “La era de la crueldad”. (Siglo XXI editores). No les falta razón. Las “sociedades líquidas” de Zygmunt Bauman, la posmodernidad – de hecho, la reconfiguración de mundo bajo la globalización neoliberal -, confirieron una importancia y una capacidad de incidencia extraordinarias al relato político. En un momento crucial como el que vivimos, un momento de agotamiento del orden que ha prevalecido desde la Segunda Guerra mundial, de cruento forcejeo por establecer nuevos equilibrios geoestratégicos y de impugnación de la democracia, permanecemos cautivos de la herencia de aquella etapa. Y eso es algo especialmente preocupante para la izquierda.

            “A pesar de las reiteradas frustraciones que las sociedades democráticas cargan a sus espaldas por promesas incumplidas, gestiones maltrechas y políticas erradas, la necesidad humana de seguir creyendo en algo – una utopía por más pequeña que sea – o en alguien – un Dios, un político, un club de fútbol – seguirán intactas. Serán sociedades más enojadas, más desconfiadas, más irascibles, pero su predisposición a creer que mañana todo estará mejor seguirá allí.”, nos dicen Pittaro y SzulmanEl triunfo de la “revolución conservadora” en las viejas metrópolis industriales deshilachó los mimbres y las certezas que las vertebraban. Las grandes concentraciones obreras fueron en gran medida disueltas por las deslocalizaciones, poniendo fin al modelo fordiano. Con ello, los sindicatos se vieron debilitados y los partidos de izquierdas sintieron como la base social de su influencia se deshacía bajo sus pies. A su vez, las clases medias, que durante las “treinta gloriosas” habían florecido bajo un capitalismo sofrenado por las conquistas sociales del Estado del Bienestar, fueron abocadas a la desestabilización. El ascensor social se detuvo. La precarización del mundo del trabajo, el impacto de los cambios tecnológicos y el shock de la recesión económica al final de la primera década del nuevo siglo, les hicieron vislumbrar el rostro de su propia decadencia, sumiéndolas en la incertidumbre y la desazón. En el polo opuesto, la rápida concentración de riqueza en manos de unas reducidas élites capitalistas acentuó las ansias aspiracionales de los segmentos superiores. Así pues, la agitación de las clases medias, otrora pilar de estabilidad y de alternancia entre la democracia cristiana y la socialdemocracia, se ha convertido desde entonces en el mayor factor de perturbación y descrédito de las instituciones representativas. Asociada en el imaginario colectivo a una expectativa de progreso, ¿de qué vale una democracia que se revela incapaz de proveerlo? ¿Cuánta frustración y angustia social puede soportar?

            En ese contexto de una sociedad atomizada, desarticulada y desesperanzada – y justamente cuando la posmodernidad proclamaba la muerte de todas las utopías de progreso y la desaparición de las narraciones que las sustentaban -, el relato – eso sí, un relato airado y cautivo de un presente infinito – adquirió una fuerza descomunal. Diríase que sólo quedaban las historias para agrupar a los individuos y aportarles una determinada percepción de cuanto ocurría… e incluso para proporcionarles una identidad. La urgencia del relato se impuso a todas las fuerzas políticas. Y hasta ahora, las izquierdas no han resuelto felizmente ese imperativo. Privada de los márgenes de negociación en que había labrado sus éxitos anteriores, la socialdemocracia se deslizó hacia una exposición chata de la realidad, carente de ambición, una suerte de aceptación tácita del “fin de la Historia”, sin otro horizonte de mejora que ciertas reformas societales. Pero, con mimbres tan endebles, el social-liberalismo se reveló incapaz de contener, en la vida y en la percepción social, el ímpetu disgregador del capitalismo. Aún ahora, el reformismo de izquierdas permanece en gran medida anclado en la añoranza, vacilante ante el crudo dilema histórico y existencial de un cambio de época.

            Por su parte, el espacio de la izquierda poscomunista tampoco tuvo mejor acierto en su momento. El hundimiento de la URSS, arrastrando en su caída la esperanza emancipadora del siglo XX, dejó a esa izquierda agotada, sin referentes… mientras las políticas neoliberales golpeaban a sus votantes tradicionales y convertían asoladas regiones industriales en los nuevos caladeros de la extrema derecha. Las izquierdas se quedaron sin asideros materiales, ni respuestas para su gente. Y la ira fue llenando el vacío.

Este espacio también trató de armar un nuevo relato a lo largo de la última década. Pero lo hizo sin perspectiva histórica, sin una clara comprensión de la evolución del capitalismo mundial y sus contradicciones. Lo hizo, en suma, sin horizonte estratégico, presa de un profundo desaliento y bajo la exigencia de inmediatez que hoy pesa sobre todo y sobre todos. (Que nadie interprete estas palabras como un reproche, sino como la amarga constatación de la miseria intelectual que dejaron en el campo de la izquierda anteriores derrotas de cuadros y corrientes revolucionarias sobre las que sería prolijo extenderse ahora). Mientras la socialdemocracia europea se debatía, debilitada y desconcertada, en un escenario desconocido de fragmentación social y política, la izquierda alternativa se abrazaba al populismo. Pero el populismo no es un programa, ni una ideología. Es una manera anti política de hacer política, cabalgando emociones colectivas y formateándolas con simplicidad, efectismo polarizador y ambigüedades: “el pueblo frente a la casta”“los de abajo frente a los de arriba”, “el 99% frente al 1%”…  Esos “significantes vacíos”, caros a Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, permitieron la agrupación episódica de muy diversos segmentos sociales, con distintos intereses y aspiraciones, frente a la fatiga de materiales de las democracias liberales – y de hecho, cuestionándolas. Pero en el pecado estaba la penitencia. Ese método permitió crear algunas exitosas “maquinarias de guerra electorales” de corto recorrido, pero no sólidas formaciones políticas, estructuradas, enraizadas socialmente, con una visión compartida de “tareas y acontecimientos”, como decían los clásicos del marxismo. Entre 2011 y 2015, la indignación frente a la crisis sistémica llenó las plazas y propulsó a Podemos. Hoy, el descontento se ha desplazado hacia la extrema derecha, encapsulando a la izquierda – y a las propias instituciones representativas – en el significante vacío de “la casta”.

El problema es que ese relato, cortoplacista y fallido, sigue aprisionando el pensamiento de toda una parte de la izquierda, llevándola al ensimismamiento, al sectarismo y a una crispación estéril. A falta de estrategia transformadora, el “nosotros” frente a “ellos” acaba traduciéndose en la radicalización autojustificativa de un espacio cada vez más reducido y endurecido. Y, con demasiada frecuencia, la afirmación de una identidad propia se hace a costa de ataques furibundos y de sobreactuaciones contra la otra izquierda, la socialdemócrata, como si se tratara del enemigo más perverso. (Cuando escribo estas líneas, Pedro Sánchez“el señor de la guerra” que denunciaba Ione Belarra, acaba de vetar la utilización de las bases americanas en España para operaciones de bombardeo contra Irán. No se conocen gobiernos que muestren tal firmeza frente a la agresividad de Trump. Pero eso suele “saberle a poco” a una izquierda que lava más blanco que nadie).

La esclavitud del relato deviene una enorme dificultad cuando las circunstancias requieren un entendimiento entre las izquierdas, capaz de articular mayorías sociales de progreso frente a la amenaza involutiva que proyectan la ultraderecha y una derecha cada vez más embebida de sus tesis. Francia nos muestra un ejemplo paradigmático al respecto. Jean-Luc Mélenchon (La France Insoumise) radicaliza y brutaliza su discurso, cultivando reiteradamente ambigüedades y expresiones que le exponen a ser tildado de antisemita y propician – ¡el mundo al revés! – que incluso el Reagrupamiento Nacional de Le Pen, auténtico heredero de la tradición fascista, pueda llamar a formar un “cordón sanitario republicano” contra LFIMélenchon sueña con un enfrentamiento directo con el candidato de la extrema derecha en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de 2027. La extrema derecha acaricia también la perspectiva de ese duelo como antesala de su victoria. Y es que la campaña de Mélenchon, destinada a galvanizar los ánimos del 10% del electorado que le es fiel, genera muchos anticuerpos en el resto de la izquierda y difícilmente podría unificarla. Ni siquiera ante un choque de tal trascendencia. Pero las formaciones construidas como LFI Podemos lo fueron no conciben su pervivencia más que a través de una extrema polarización. El relato que las hizo posibles en su día se ha convertido en el sumidero por donde se pierden todas sus energías.

Ante ese panorama, la responsabilidad que incumbe al socialismo democrático es mayúscula. No resulta exagerado decir que está en juego el futuro de la socialdemocracia – y junto a ella, el del grueso de las fuerzas progresistas – durante todo un período histórico. Es cierto que en esta fase ferozmente agresiva del capitalismo se plantea un choque crucial entre las conquistas del Estado del Bienestar y la propia democracia – consustanciales a la existencia misma de la socialdemocracia – y la rapiña de las nuevas élites. Pero la radicalidad de la disputa, sus ritmos acelerados, hacen que la respuesta de la izquierda no pueda plantearse en términos meramente defensivos, ni confiando en un imposible retorno al statu quo anterior. A diferencia de las narraciones agitadas y vacías de la posmodernidad, es necesario construir un nuevo relato esperanzador. Un relato basado en la perspectiva cierta de una sociedad avanzada, solidaria y redistributiva, justa medioambientalmente, capaz de embridar los mercados desde la iniciativa pública y la deliberación democrática… Una perspectiva cooperativa, europeísta, federal. Pero ese relato sólo cobrará consistencia a través de un programa de acción, un programa de medidas transitorias que nos permitan elevarnos desde las actuales circunstancias hasta esos objetivos superiores, apelando a la movilización electoral y social de las clases trabajadoras. Necesitamos un relato tan realista como audaz, que inspire, convoque y unifique. El desafío parece inmenso ante el mundo de los depredadores.

Pero, como señalan Pittaro y Szulman“El momento más oscuro de la noche, es justo el instante antes del amanecer, decía el dominico valenciano Vicente Ferrer y que, haciendo de esta frase un icono, repitió Winston Churchill. Esta visión se nutre de la convicción de que, para trascender el relato impuesto por la crueldad, es preciso revalorizar aquello que nos hace humanos: la capacidad de sentir, de conectar y de transformar. Es un llamado a dejar de lado la inercia de los viejos paradigmas y abrazar un proyecto colectivo que, en lugar de lamentarse por lo que fue, se fije en lo que aún puede ser. Sólo así se abrirá el camino hacia un porvenir en el que la política, la sociedad y la cultura se fundan en la esperanza compartida de un mundo más justo y humano. En política, para ganar, hace falta algo más que determinación y disposición a confrontar; hay que persuadir, convencer y construir mayorías”. Esa es, en efecto, la tarea.

Lluís Rabell

2/03/2026

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