
Trump, “el pacificador”, candidato frustrado al Nobel de la Paz – al que se considera acreedor tras “haber detenido ocho guerras” -, acaba de desencadenar, atacando a Irán en una operación conjunta con Israel, una contienda de impredecibles consecuencias regionales y mundiales. Sus repercusiones son ya múltiples. En un plano interior americano, supone un nuevo paso en la deriva autoritaria de la presidencia, que se ha lanzado a una guerra sin consulta ni aval del Congreso. A nivel regional, los riesgos de una desestabilización y un caos generalizado resultan evidentes. En términos geopolíticos, significa la afirmación de la fuerza por encima del derecho y la política en una nueva configuración de las relaciones internacionales. Por cuanto se refiere a la economía mundial, un estrangulamiento del suministro de crudo de los países del Golfo por vía marítima, disparando los costes de la energía, podría precipitar una crisis mayor.
Para Trump, más allá del conflicto con el régimen iraní, se trata de rediseñar el orden regional y asegurar la supremacía estadounidense sobre Oriente Medio: hay demasiados recursos en juego, demasiadas veleidades de autonomía – incluidas las de algunos aliados -. Urge preservar a toda costa las “zonas de influencia” americanas frente a China. Para Netanyahu, se trata de mantener la tensión bélica que comprime las contradicciones existentes en el seno de la sociedad israelí y le permite mantenerse en el poder. Mientras surcan el cielo cazas israelís y misiles iranís, atrayendo la mirada de la opinión pública, se agrava impunemente el sufrimiento de Gaza y Cisjordania, prosigue el castigo del Líbano… De un modo u otro, la guerra contra Irán golpea a todos los pueblos de Oriente.
Cuando pesan tantas incertidumbres sobre el curso que tomarán los acontecimientos, resulta interesante escuchar la opinión de un intelectual y político tan lúcido como Dominique de Villepin, ministro de Asuntos Exteriores de Francia entre 2002 y 2004, que alcanzó gran notoriedad por su rotunda oposición a la guerra de Iraq. Buen conocedor de los entresijos de la diplomacia internacional y de la situación en Oriente Medio, Villepin, que se sitúa en la tradición de una derecha liberal apegada al respeto del Derecho, nos brinda en estas notas de urgencia algunas claves para descifrar los acontecimientos que se desarrollan ante nuestros ojos a un ritmo vertiginoso y para dilucidar los dilemas que plantean.
Lluís Rabell
1/03/2026
Irán
Acabar con la tragedia, encontrar un camino de esperanza
Desde hace cincuenta años, el pueblo iraní padece la opresión de un régimen tiránico y criminal, así como las ambiciones imperiales de ese régimen, desestabilizadoras de la región, y la pobreza inducida por las sanciones. Hoy, ese pueblo se encuentra atenazado entre las bombas que caen del cielo y las ametralladoras de un aparato represivo que en medio de la guerra, lejos de fisurarse, se endurece.
Comprendo la angustia y las expectativas del pueblo iraní y sus diásporas a través del mundo cuando llaman a liberarse del régimen de los mulá, tras haber vivido el horror de las matanzas de decenas de miles de hombres y mujeres. Quiero decir con claridad que esa aspiración a la libertad es legítima y ese sufrimiento inmenso. Esta intervención militar pretende tener en cuenta tal aspiración, la invoca, trata de ampararse en ella. Pero, en realidad, en momento alguno toma en consideración los intereses del pueblo iraní. No tiene la ambición de restablecer la libertad y la democracia en Irán. No hace sino añadir sufrimiento al sufrimiento, cuando decenas de inocentes mueren durante un bombardeo que alcanza una escuela de niñas en el Sur de Irán. Esa intervención obedece a una lógica de potencia, de coerción y de seguridad inmediata. Los pueblos se convierten en argumento, pero nunca constituyen una finalidad.
Esta nueva guerra desencadenada por Israel y Estados Unidos contra Irán no sirve a la paz, a la democracia, ni al derecho. Esta guerra se conduce al margen de todo marco colectivo, abriendo las puertas a una espiral de represalias de la que nadie controla el alcance, la salida, ni el costo humano. Hay cinismo, incluso una forma de cobardía, en el hecho de llamar al pueblo a sublevarse, empujándole a abalanzarse sobre las ametralladoras del régimen sin proporcionarle los medios y apoyos necesarios. Del mismo modo que constituye una irresponsabilidad exponer los países del Golfo y de Oriente Medio a las bombas y las llamas sin poder garantizar su seguridad, ni hoy ni mañana. Lamento también que las negociaciones nunca se hayan llevado hasta el final. A fuerza de desanimar la buena voluntad de las potencias mediadoras, se acaba por facilitar el recurso automático a la guerra.
El aplastamiento de toda disidencia
Oriente Medio está enfermo de la opresión de sus pueblos. Pero esta guerra, al igual que las que la precedieron, no puede instaurar la democracia. Sin intervención militar sobre el terreno, el régimen podrá sobrevivir y endurecerse aún más. Bajo los bombardeos, son los Guardianes de la Revolución y los bassidji quienes ganan mediante el estado de excepción, el miedo, las purgas, las ejecuciones en masa, el bloqueo de Internet y el aplastamiento de cualquier disidencia. Aunque cada pueblo y cada nación son únicos, si se produjera una intervención militar terrestre, nos encontraríamos ante una situación análoga a la que conocimos en Iraq en 2003, donde la caída de un dictador sanguinario desembocó en una década de cruenta guerra civil. Un régimen surgido en tales condiciones no sería estable, ni legítimo. Una democracia no se exporta a partir de un ultimátum. Se construye mediante instituciones, garantías, a través del establecimiento de un Estado de Derecho y la voluntad libremente expresada de un pueblo. Ninguna intervención militar ha logrado jamás cambiar el régimen de un gran país para instalar en él una democracia.
Oriente Medio está enfermo, infectado por el virus imperial. Pero el remedio a un imperio no son otros imperios. Hoy, Estados Unidos e Israel se arrogan el derecho de intervenir militarmente por doquier y en cualquier momento, sin tener que rendir cuentas ante la comunidad internacional. Además de Irán, hoy es el caso del Líbano y del sur de Siria. El precedente resulta explosivo. Instala la idea de que, en el Próximo Oriente, la regla cede ante la fuerza, de tal modo que cada potencia puede ser juez y parte en nombre de su “prevención”.
Sustituir un imperio iraní por otro imperio no crearía en absoluto las condiciones de una paz duradera. Hay dos salidas posibles. O bien la repetición constante de la misma lógica de bombardeos, según una estrategia de “segadora”, como dice el ejército israelí, extendida a una gran región del mundo. O bien la transformación de Irán en un país subalterno del eje Washington-Tel Aviv. Pero un Irán “vasallo” sería una bomba de relojería política. Engendraría mecánicamente nuevas oposiciones, nuevas radicalidades, nuevas desestabilizaciones. Porque no se humilla hoy a una nación sin fabricar la revancha de mañana. Esa dinámica podría reactivar el terrorismo y alimentar por doquier la tentación de hacerlo proliferar.
El papel de Europa
Oriente Medio está enfermo de pobreza y de mal desarrollo, desgarrado por desigualdades colosales. Esta guerra, instalando la inseguridad y tornando la economía cautiva de las armas, reduce la vida de los pueblos a la supervivencia y acelera la evasión de riquezas. Esta guerra, que no es ajena a la voluntad de controlar los recursos petrolíferos de Oriente Medio, sólo provocará una fuga suplementaria de riquezas regionales y una profundización de las fracturas sociales.
Francia no puede asociarse a semejante iniciativa unilateral. Existe otra vía, la única responsable, basada en el derecho y la política. En primer lugar, hay que detener la escalada, lograr que cesen bombardeos y represalias, proteger prioritariamente a la población civil, abrir canales de distensión y de prevención de incidentes. Luego, hay que resituar la crisis en el marco de la legitimidad colectiva mediante una reunión de urgencia del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.
Europa debe desempeñar un papel de primer orden en ese esfuerzo, movilizando una coalición política de potencias europeas y regionales capaz de ser garante de una transición negociada hacia la democracia y de una reconstrucción ambiciosa del país. La ambición sería arrancar de la tutela del régimen al mayor número posible de fuerzas económicas, sociales y políticas. Y, finalmente, hay que disociar los distintos objetivos. Por cuanto se refiere a la cuestión nuclear y a los misiles, sólo una negociación verificable, encuadrada, controlada, puede prevenir la proliferación. Una bomba no se combate durablemente con otras bombas. En cuanto a los derechos humanos, es necesaria una estrategia de la verdad, de la prueba, aplicando sanciones a los responsables de la represión, protegiendo a las víctimas y evitando el castigo colectivo del pueblo iraní. Acerca del futuro político de Irán, un principio intangible debe ser afirmado. Dicho futuro no puede dictarse desde el exterior. Hay que ponerlo en manos de los propios iranís, con un horizonte creíble de soberanía, de reconstrucción y de reintegración.
Oriente Medio no necesita otra guerra. Necesita un nuevo contrato, cimentado sobre soberanías viables, seguridad colectiva y desarrollo compartido. Hoy, el coraje no consiste en bombardear. Coraje significa atenerse a las reglas cuando todo empuja a quebrantarlas, porque esa es la única fuerza que, al cabo, nos protegerá.
Dominique de Villepin
(Traducción: Lluís Rabell)