La moral y la guerra

              Decía Trotsky – y lo hacía con conocimiento de causa, tras haber librado una cruenta contienda civil al frente del Ejército Rojo – que “la guerra no es una escuela de humanidades”. En medio de la violencia general desatada es posible, sin embargo, distinguir las pulsiones que animan a las distintas fuerzas enfrentadas. “La guerra es la continuación de la política por otros medios”. La máxima de Clausewitz se ha repetido hasta la saciedad, aunque muchas veces se ha entendido de modo sesgado. Más allá de sus aspectos técnicos, del arte militar desplegado por cada bando y de los factores aleatorios que inciden en el curso de los acontecimientos, la guerra se da en un contexto político y su propia conducción, determinada por la naturaleza de los objetivos que cada cual persigue, es igualmente política. La guerra es un hecho total, no se circunscribe al choque entre ejércitos, sino que implica, en el esfuerzo bélico y el sufrimiento, a las naciones en su conjunto. Y no es lo mismo una guerra defensiva que una razzia de conquista. Ningún bando está exento de poder cometer atrocidades, pero uno y otro apelan a impulsos y resortes muy distintos.

              Todo eso podemos verlo en la guerra de Ucrania. Putin esperaba tomar Kiev en una suerte de operación relámpago… y ya vamos para cuatro años de encarnizados combates. A pesar de la decisiva ayuda europea y americana – esta última menguante bajo el mandato de Trump -, la superioridad estratégica y el poderío militar están del lado de Rusia. Pero, la contienda se ha transformado en una interminable guerra de desgaste que recuerda las trincheras de la Primera Guerra mundial, donde se peleaba por cada palmo de tierra con unos costes terribles en vidas humanas. No parece exagerado decir que el ejército ucraniano sostiene el esfuerzo bélico sobre una tenaz moral de resistencia nacional. Ciertamente, el cansancio y las privaciones hacen mella. La población civil ucraniana es severamente castigada, bombardeada sin piedad y sumida en el frío invernal por la destrucción sistemática de las infraestructuras del país a cargo de los drones rusos. Pero Ucrania aguanta, consciente de librar una lucha existencial: si Rusia llegase a imponerse – o en los territorios donde lo lograra -, la cultura, la lengua y el anhelo democrático del país serían barridos. Para el Kremlin, la nación ucraniana, sencillamente, no existe; es un artificio propagandístico. En tales condiciones, la moral que anima a los soldados ucranianos desempeña un papel decisivo e imprime un determinado semblante a la acción de su ejército.

              Frente a él, la lucha de Rusia no es menos existencial. Pero, en este caso, se trata de la existencia de su régimen autocrático y corrupto, de la supervivencia del propio PutinLos raudales de propaganda nacionalista vertidos por Moscú y la persecución implacable de cualquier oposición interna, no pueden enmascarar la realidad de una guerra de conquista, ni el objetivo de rusificar por la fuerza a otra nación. Con todo lo que ello conlleva: matanzas, deportaciones, terror… La propia estrategia desplegada en el campo de batalla trasluce el mismo objetivo espurio, incapaz de apelar a la abnegación y el espíritu de sacrificio de los soldados. Tropas sin preparación ni motivación son enviadas a una muerte cierta en operaciones de desgaste, con un desprecio absoluto por la vida humana. El ejército ruso necesita recurrir a un reclutamiento incesante con la promesa de elevados salarios y prebendas que muy pocos llegan a disfrutar. Putin ha echado mano también del personal penitenciario, llenando las cadenas intermedias de mando de criminales de la peor calaña que han lumpenizado el ejército a base de una extorsión sistemática, ejercida sobre los propios soldados. La guerra ha acentuado y extendido la corrupción a todos los niveles. El reportaje, publicado por el diario “Le Monde”, que se reproduce a continuación es, en ese sentido, literalmente sobrecogedor. Para muchos soldados rusos, sometidos a un auténtico infierno en sus propias filas, “la única esperanza de sobrevivir consiste en caer herido y ser hecho prisionero por los ucranianos”.

              Desde luego, es imposible predecir el desenlace de la guerra. ¡Tantos factores entran en juego! Pero si Ucrania no ha sido doblegada, ello se debe – mucho más que a cualquier otra consideración de orden militar – a la naturaleza y objetivos del combate que está librando… y a la moral superior que de ellos se desprende.

              Lluís Rabell

              22/02/2026

En el ejército ruso, las ejecuciones sumarias de militares recalcitrantes

El medio ruso independiente “Viorstka” publica los testimonios de soldados que han asistido a las exacciones cometidas por algunos superiores contra sus propias tropas

              “Anulación”. Es el término utilizado por los militares rusos para designar el asesinato de sus propios camaradas. Esas ejecuciones son castigos, son consecuencia de intimidaciones o ajustes de cuentas personales. Los “anuladores” son los comandantes que practican ese tipo de ejecuciones. No se trata solo de asesinatos en un sentido estricto – tiroteos o torturas infligidas hasta la muerte -, sino también de condenas a muerte disfrazadas de soldados enviados a una “carnicería”.

              Los combatientes que aún siguen en primera línea tienen miedo de hablar. Pero “Viorstka” ha recopilado testimonios acerca de centenares de “anuladores” que han enviado a sus hombres a tales ataques suicidas. Los testigos de esas ejecuciones describen a comandantes sádicos. “Un chaval de mi pelotón fue golpeado hasta morir, le reventaron la cabeza contra el suelo porque, tras volver de una misión de combate, bebió vodka”. Un militar explica a “Viorstka” lo que le ocurrió a uno de sus antiguos camaradas en el frente de Ucrania, del lado ruso. “Los comandantes ‘Kemer’ y ‘Doudka’ empezaron a partirle la cara. Le reventaron la cabeza contra una losa de cemento. Luego, lo arrojaron a un foso”, prosigue este militar que consiguió abandonar el ejército y puede testificar. “Se estaba muriendo. Algo manaba de su cabeza. Le salía espuma por la boca. Su cuerpo convulsionaba. ‘Akoula’ ordenó que lo abatieran.”

              “Akoula” es el nombre de guerra de I.P., de 34 años, comandante en jefe de las unidades de asalto del 80º regimiento de carros de combate de la 90ª división blindada. “Kemer” (D.K., 34 años) y “Doudka” (M.D., 39 años) son sus adjuntos. “Akoula” ya no se encarga personalmente de hacer el “trabajo sucio”. Para eso tiene a “Kemer” y a “Doudka”, que no son militares de carrera, sino hombres con un largo pasado judicial. La compañía se compone esencialmente de antiguos presos. Las “anulaciones” son allí moneda corriente.

              “Salíamos pertrechados únicamente con cuatro cargadores de 120 cartuchos cada uno para enfrentarnos a dos o tres pelotones ucranianos – recuerda un soldado ruso -. Enfrente, nos esperaban con tanques. Durante el primer combate, en el invierno de 2023, éramos 47 hombres. Solamente volvimos cinco. El combate duró tres minutos.” Un soldado puede rehusar lanzarse al asalto, pero se arriesga a ser ejecutado por sus comandantes.

              Movilizado y destinado al 2º batallón motorizado de la 7ª brigada, Alexei cuenta como uno de sus comandantes, “Soumrak”, disponía de un adjunto encargado de las “anulaciones”. Cuando comenzaba el asalto, debía seleccionar una decena de hombres y enviarlos a primera línea de fuego. “Quienes rehusaban partir al ataque eran abatidos de una ráfaga de kalashnikov, disparada a quemarropa por el subordinado de ‘Soumrak’, encargado de las anulaciones. Luego, sencillamente, se deshacían de los cuerpos lanzándolos al río con el chaleco antibalas puesto para que se hundiesen o bien los enterraban de cualquier manera en algún lado.”  Esa es la forma de “anulación” más sencilla.

              Otra forma consiste en utilizar a un soldado como anzuelo viviente, enviándolo a primera línea para provocar que el enemigo abra fuego y revele su posición. “Corres en sentido único. A tus espaldas tienes hombres que te impiden dar marcha atrás. Tu única posibilidad de sobrevivir es caer herido y que los ucranianos te hagan prisionero”, cuenta un militar. Luego, dirán a sus allegados que aquel hombre abandonó voluntariamente su unidad. A veces, los comandantes utilizan drones contra sus propios soldados.

“Todo se reduce al dinero”

              ¿Por qué hay comandantes que se arriesgan a apartar soldados de sus misiones de combate, a malgastar munición y a “anular” a sus hombres en presencia de numerosos testigos? Una de las hipótesis más extendidas entre quienes hemos podido interrogar es que hay que impedir que un soldado herido pueda caer prisionero o ser hospitalizado: podría “contar demasiadas cosas” sobre la realidad del frente.

              Otros “anuladores” practican torturas en las fosas, unos agujeros de dos metros de profundidad por dos de ancho, recubiertos por una rejilla y llenos de agua. Los soldados castigados mueren lentamente. “Cuando alguien empieza a hacer preguntas, por ejemplo, acerca de su salario, o comienza a quejarse, lo meten en la fosa”, cuenta un soldado. “No le dan de comer ni de beber. Lo golpean dos o tres veces al día, todos los días. Solo lo sacan del agujero para pegarle. Hay un montón de gente en esas condiciones. Algunos mueren.” Para disimular este tipo de “anulación”, el cuerpo “es sencillamente arrojado a la línea de fuego y se le mete un balazo” para que parezca un soldado caído en combate.

              En la base de tales “anulaciones”, chantaje, con el dinero como objetivo. Los comandantes “anuladores” ofrecen, a cambio de dinero, la posibilidad de no participar en asaltos suicidas, imponen contribuciones forzosas o roban a sus subordinados, obligándoles a transferir a sus cuentas el montante de la paga que reciben del ejército. Quienes se niegan a pagar son “anulados”.

              Coronel en el 139º batallón, “Kourort” (K.K., 35 años) es uno de esos “anuladores”. Bajo sus órdenes, había armas apuntando a los operadores de drones para obligarlos a lanzar granadas sobre sus propios camaradas heridos. Gracias al dinero extorsionado a sus hombres, se ha construido una sauna lejos del frente y se ha comprado un segundo apartamento en Donetsk, que alquila para redondear sus finales de mes. “Kourort” ha abierto también un par de almacenes, donde, según un militar, revende la ayuda humanitaria enviada al frente por voluntarios. El coronel se ha convertido en un experto en materia de chantaje, afirman varios militares que lo han conocido. “Si quieres ir de permiso, tienes que pagarle, explica uno de ellos. Y te arriesgas a ser ‘anulado’ si no contribuyes, si te niegas a ir al asalto, si le incordias de algún modo, si empiezas a hacer preguntas sobre él, si informas a tu familia de lo que ocurre, si tratas de grabar videos o mensajes de voz, si intentas reunir cualquier dato comprometedor. Al final, todo se reduce al dinero.”

              Se han presentado muchas quejas contra “Kourort”, pero permanece en su puesto gracias a la protección de dos generales. Él, que había empezado como mayor, ha sido ascendido de manera anticipada al grado de teniente coronel y, luego, a coronel. Ha recibido dos condecoraciones por su “valor” y su “bravura”. Por orden de los comandantes, los cuerpos de los soldados “anulados” son enterrados en el bosque o abandonados en el campo de batalla. Se les declara desaparecidos o quedan registrados como soldados que han abandonado su unidad por propia voluntad. En tales casos, las familias no reciben indemnización alguna.

              Olessia Gerassimenko

              Ivan Jadaïev y Rina Richter (“Viorstka”)

(“Viorstka” es un medio de comunicación en línea independiente ruso, fundado en 2022, dedicado a los reportajes de campo y a la investigación de temas sensibles, como la guerra en Ucrania, la censura o las violencias intrafamiliares. Este reportaje ha sido traducido y editado por “Le Monde” en el marco de un partenariado exclusivo.)

              “Le Monde”, 21/02/2026

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