
Hace unos días, el rotativo “Le Monde” publicó una columna de opinión del economista Thomas Piketty (“Europa, potencia socialdemócrata”) que ha tenido una notable repercusión entre la opinión de izquierdas, también en nuestro país. No resulta de extrañar. Piketty pone en valor una realidad objetiva de la que andamos lejos de tener plena consciencia y que, sin embargo, reviste hoy una importancia crucial en medio de la crisis y la reconfiguración del orden mundial a las que asistimos. Una realidad que deviene también motivo de disputa en ese contexto: desde 1945, Europa se ha convertido en “una potencia democrática, social y transnacional”. “Después de haber sido durante mucho tiempo potencias coloniales rivales y feroces – escribe Piketty -, después de haber conocido el abismo, los países europeos se han unido y han desarrollado en el seno de esta unión un modelo social y democrático nuevo. Europa se ha convertido así en una potencia socialdemócrata. Decir esto no supone encerrar a Europa en un campo político, sino simplemente constatar que existe en el continente un muy amplio consenso acerca del modelo social europeo”.
En efecto. Echando la vista atrás, podemos constatar la magnitud de los cambios. Hacia 1914, el gasto de los Estados en relación con el PIB de las naciones se situaba por debajo del 10%. Se trataba esencialmente de los presupuestos militares y del mantenimiento del orden interno. Hoy, el gasto público de los países europeos con un Estado del Bienestar más desarrollado (Dinamarca, Suecia, Noruega) se sitúa entre el 45% y el 50% del PIB. Francia y Alemania se mueven en una órbita similar. Como bien señala Piketty, “si alguien hubiese dicho a las élites europeas y a los economistas liberales de 1914 que la socialización de las riquezas alcanzaría un día la mitad de los ingresos nacionales, habrían denunciado en coro la locura colectivista y pronosticado la ruina del continente. En realidad, los países europeos alcanzaron un nivel de prosperidad y de bienestar social desconocido en la historia, en gran medida gracias a las inversiones colectivas en sanidad, formación e infraestructuras públicas”.
He aquí un modelo de desarrollo totalmente opuesto al “nacional-extractivista” que promueven, cada cual a su modo, Trump y Putin. Y en la fortaleza de ese modelo social reside sin duda el gran potencial de Europa, sus posibilidades de alzarse como una potencia capaz de influir, decisivamente y en un sentido progresista, en el curso de los acontecimientos mundiales. En un plano estrictamente económico, Piketty pone de relieve el carácter engañoso de los indicadores que se utilizan para confrontar la realidad de Estados Unidos con la de Europa, demostrando que, por cuanto se refiere a los respectivos poderes adquisitivos y a los niveles de bienes y servicios producidos a uno y otro lado del Atlántico, llevan a exagerar en un 40% la estimación de la riqueza norteamericana. Europa dista mucho de representar el potencial de segundo orden y en declive que se pretende hacernos creer. También resulta ventajosa para el viejo continente la comparación en lo tocante al tiempo de trabajo, horarios laborales, períodos de vacaciones… Su progresiva reducción, ha permitido incrementar el bienestar social y disminuir el impacto de la actividad humana. “Si tenemos en cuenta esos dos factores, constatamos que la productividad horaria, es decir el PIB por hora trabajada expresado en paridad de poder adquisitivo, es más elevada en Europa del Norte que en Estados Unidos”.
En otras palabras, las conquistas que en un orden económico, democrático y social han configurado el semblante de Europa tras la Segunda Guerra mundial, constituirían un suelo lo bastante firme para que la UE hablase con una voz mucho más decidida en la arena internacional, “dejando atrás ambigüedades y defendiendo reglas económicas y comerciales coherentes con un modelo de desarrollo verdaderamente equitativo y sostenible”. Oportuno recordatorio de una fortaleza y unas posibilidades que la propia complejidad de la construcción europea y las urgencias de los Estados nos hacen con frecuencia perder de vista.
Pero, como el propio Piketty apunta, Europa se debate ahora en el dilema de avanzar por el camino de ese exitoso modelo… o replegarse frente a las presiones adversas que proceden de los poderosos ímpetus desreguladores y regresivos del tecno-capitalismo. Unos influjos que encuentran una expresión interna en los movimientos nacional-populistas y de extrema derecha, al alza ante la desazón de las clases medias. Y es que la única opción ciertamente inviable es la del inmovilismo, es la ilusión de quedarnos como estamos; una tentación que comparten diferentes corrientes políticas, incluida la socialdemocracia en su versión más conservadora. O bien Europa acelera el paso hacia su integración federal, su cohesión social, su programa de transición ecológica y también hacia su autonomía defensiva… o el vendaval disgregador de los depredadores puede acabar desmoronando conquistas que hoy parecen inamovibles. El capitalismo surgido de las entrañas de la globalización neoliberal representa una amenaza distópica para la civilización humana. A pesar de la inquietud creciente que recorre al mundo, todavía nos cuesta mesurar el alcance histórico de los choques que se están fraguando. Hoy por hoy, el potencial que encierra el inconcluso modelo europeo representa la única alternativa disponible frente al caos. Y los señores del caos, las oligarquías que aspiran a vampirizar el planeta, han identificado a Europa, a esa Europa posible, como el principal enemigo a batir.
El futuro se decidirá a través de un tortuoso camino de luchas sociales y políticas. Las conquistas del Estado del Bienestar, la profundidad de las raíces que han echado en nuestras sociedades hasta el punto de estructurarlas, constituyen un inestimable punto de partida. Por eso hay que defenderlas con uñas y dientes. Pero las batallas defensivas, para ser bien libradas, necesitan un horizonte estratégico. Nada ahorrará a la izquierda – y al conjunto de fuerzas progresistas – un esfuerzo consciente, tenaz y organizado. Ninguna realidad objetiva constituye una fortaleza inexpugnable. El modelo europeo tiene muchos recursos, pero sus enemigos también. Llegando a encrucijadas como la que se perfila ante nosotros, conviene desembarazarse de aquellos mitos que podrían nublarnos la vista. Nunca fue cierto que la democracia brotara del capitalismo o fuese consustancial al mismo. Las democracias representativas tal como hoy las conocemos – lo que hemos dado en llamar “democracias liberales” – son el resultado de prolongadas batallas populares, del movimiento obrero, de las sufragistas… para pasar de los regímenes censitarios al sufragio universal. El moderno Estado social europeo – lo que la democracia cristiana aceptó en su día como “economía social de mercado” – surgió del pacto entre la clase trabajadora y la burguesía, temerosa de la ira de los pueblos tras la devastación que supuso la guerra. Es cierto que el capitalismo se recompuso en ese marco; las mejoras sociales, el formidable progreso educativo… generaron durante décadas condiciones de prosperidad general. Pero ese marco nunca dejó de ser una constricción, un freno para las tendencias intrínsecas de incesante acumulación del capitalismo. La oleada neoliberal, a partir de los años 80 del siglo pasado, supuso un enorme embate por emanciparse de tales limitaciones. Hoy, el capitalismo descarnado que viene de América querría hacer del Estado del Bienestar – y de las sociedades democráticas que conocemos – un mero paréntesis en su marcha hacia una delirante apoteosis de dominación.
Nunca la política, como expresión activa de la consciencia social, fue tan decisiva como en estos momentos. Bienvenida sea, pues, la convocatoria de la Global Progressive Mobilisation, impulsada por Pedro Sánchez, presidente de la Internacional Socialista, y el Partido Europeo Socialista, que reunirá en Barcelona, los próximos 17 y 18 de abril, un encuentro de partidos y fuerzas progresistas de todo el mundo para debatir una agenda común frente a las amenazas de Trump y los magnates que le han aupado al poder. El encuentro debería marcar un punto de inflexión tras años de titubeos y desconcierto en las filas de la izquierda. Sin duda, el devenir de la construcción europea estará en el corazón de los debates y acuerdos de este encuentro.
Lluís Rabell
8/01/2026