Bajo la misma bandera


Cuando Trump inició, hace apenas un año, su alocado mandato presidencial, se habló mucho de los mecanismos de reequilibrio de poderes de que dispone la democracia americana como un posible freno, un dique de contención a la deriva autoritaria que hoy se desarrolla ante los ojos del mundo. La verdad, sin embargo, es que el ordenamiento jurídico y las instituciones de un país, por asentados que estén, tienen una limitada vida propia y se ven zarandeados por el vendaval de la Historia, bajo el poderoso influjo de las fuerzas sociales en liza. No hay que olvidar que los cimientos de esas mismas instituciones – y los valores que a través de ellas deberían prevalecer – se forjaron en el curso de una revolución, de una guerra civil, de sufridas luchas por los derechos civiles… La furia devastadora de Trump no es sino el reflejo de la asfixia de un capitalismo cuya constante huida hacia adelante se ha tornado incompatible con la democracia, con sus normas y regulaciones, con la oportunidad que – a pesar de sus limitaciones – éstas representan para quienes tratan de poner coto a los desmanes de las élites. No es la primera vez que eso ha ocurrido. La República de Weimar no halló en sus resortes institucionales el aliento necesario para resistir al asalto de Hitler. En Francia, los cuerpos del Estado bascularon en bloque, tras la derrota militar, hacia el régimen de Vichy. Una vez derrotado el movimiento obrero y desmoralizada la sociedad, el camino hacia el fascismo era imparable. La verdadera pregunta que cabía – y cabe – hacerse no es si los contrapesos al poder presidencial operarían, sino cómo reaccionaría la ciudadanía americana ante los abusos y provocaciones del Rey Trump. La respuesta empezó a vislumbrarse en California, en Nueva York… Hoy resuena con fuerza en Minnesota. La gran esperanza de la democracia americana la representan las calles rebeldes de Minneapolis, la movilización solidaria de sus gentes frente a la campaña de terror de los paramilitares de Trump contra las familias migrantes. En ese empuje ciudadano encontrarán los magistrados y representantes públicos que quieran permanecer fieles a los mandatos constitucionales la fuerza y la exigencia necesarias para defenderlos.

Sí, se está planteando una batalla existencial en torno a la democracia americana. Y todas las fuerzas progresistas del mundo deberían entender su importancia, porque contiene el germen del futuro social de Estados Unidos, algo decisivo para toda la humanidad. Los primeros compases de la lucha revelan cuán profundamente enraizados están en la conciencia popular lo que, desde una distante óptica académica, se daría en llamar “los mitos fundacionales de la nación americana”: la idea de un pueblo libre en una tierra de oportunidades para todos, un país regido por las leyes de las que sus propios ciudadanos se han dotado, contrario a cualquier forma de tiranía, tolerante, donde nadie está por encima de la ley… La realidad nunca se correspondió con esa visión idílica: la República americana nació marcada por lo que Lincoln llamó “el pecado original de la esclavitud”. Y su expansión hacia el Oeste barrió a las naciones indígenas. La Biblia y el fusil trazaron el camino del país. El “sueño americano” nunca ha dejado de ser una promesa incumplida para la inmensa mayoría en la patria del capitalismo moderno y, por ende, el reino de las más sangrantes desigualdades sociales. A lo largo del siglo XX, la enseña de las barras y las estrellas ha ondeado sobre intervenciones imperialistas contra pueblos deseosos de emanciparse, desde Vietnam hasta Latinoamérica. Todo eso es cierto. Y sin embargo…

La bandera de Estados Unidos – y, bajo sus pliegues, los valores constitucionales y la identidad nacional que pretende simbolizar – ha sido
enarbolada en luchas sindicales por salarios y contratos dignos, en los movimientos por los derechos civiles, incluso en protestas antimilitaristas. El cadáver de Alex Pretti, envuelto en esa bandera, fue homenajeado en posición de firmes y saludo militar, como se rinden honores a un héroe, por sus compañeros del hospital de veteranos donde trabajaba. Resulta difícil concebir una imagen más patriótica. Puede parecer absurdo, un contrasentido, que los matones de Trump y quienes se rebelan contra sus tropelías sangrientas icen
la misma bandera. En realidad, eso revela la virulencia del choque entre las clases que se está fraguando en las entrañas de la primera potencia capitalista del mundo. Y pone de manifiesto que los anhelos de progreso con los que millones de seres humanos se abrazaron al sueño americano siguen operando como un enorme caudal transformador. El destino social de Estados Unidos aún no ha sido zanjado por la Historia.

Y es que el sueño de Martin Luther King era un sueño genuinamente americano. Apelaba los poderes públicos a ser consecuentes con la igualdad racial inscrita en las leyes. La abolición de la esclavitud fue un hecho – y una promesa dolorosamente inconclusa – que era ya inaplazable honorar. La realidad es siempre más compleja y contradictoria de lo que las mentes obtusas llegan a concebir. Las cosas no son simplemente blancas o negras. A veces son blancas y negras. La guerra de Vietnam fue sin duda una de las mayores atrocidades imperialistas, primero francesa y luego norteamericana, del siglo XX. No obstante, en la comunidad afroamericana, donde no faltaba consciencia de ello – Muhammad Alí decía que ningún campesino vietnamita le había tratado de “negro” -, tampoco faltaron jóvenes
convencidos de que, combatiendo bajo la bandera de Estados Unidos, contribuirían por fin al pleno reconocimiento de su comunidad. No pocos veteranos de aquella contienda reprochan a Donald Trump que utilizara la posición económica de su familia para eludir reiteradamente el llamamiento a filas. Habrá quien vea en ese reproche el blanqueo implícito de una guerra absurda. En realidad, contiene una denuncia de clase: los americanos pobres sangraron y murieron en la jungla, mientras ese niño rico se daba la gran vida. Y contiene una reivindicación del patriotismo de doble lectura. Una vez más, habrá quien vea la justificación de una guerra del imperio. Pero, a su vez, la acusación de cobardía contra Trump contiene una exigencia democrática que resulta en el fondo explosiva: si aquella fue una guerra para defender a la nación y sus ideales, nadie debía estar eximido del deber militar. La deserción de las élites apunta entonces a que esa guerra, como tantas otras, se libró por intereses espurios.

No cabe hablar de ingenuidad. En un país donde, a diferencia de Europa, el movimiento obrero, incluso en sus etapas de mayor pujanza sindical, nunca logró hacer emerger un partido de masas – similar a un Labor -, la consciencia de clase trata de abrirse paso cargando de un significado contestatario conceptos, ideas y valores – ¡banderas! – nacionales. O quizás sería más exacto decir que la lucha de clases trata de abrirse paso disputando el sentido de esas nociones y enseñas, tiñéndolas a su paso de humanismo social. El mayor deseo de los migrantes que hoy son objeto de persecución es sin duda poder jurar un día fidelidad a la Constitución y la bandera de los Estados Unidos. Desde luego, habrá quien fantasee con hacerse rico, pero la aspiración general es la de llegar a formar parte de una nación de trabajadores libres y dignos. Y la solidaridad vecinal que los ampara, la ciudadanía que sale a la calle jugándose incluso la vida, proclama que no hay anhelo más legítimo, porque tal es la promesa de América. La figura de Alex Pretti es, desde ese punto de vista, emblemática: cuidador de veteranos, solidario con sus nuevos vecinos hasta el sacrificio. La trascendencia de su actitud radica en la contradicción insalvable entre la América plenamente democrática que tantas personas como él querrían… y el país siniestro, distópico y autoritario hacia el que empuja el declive del sistema. La “limpieza étnica” y el terror de Estado practicados por Trump constituyen la negación final del compromiso fundacional, moldeado por más de dos siglos de convulsa historia. Hoy por hoy, la palabra “socialismo” aún parece difícil de pronunciar en Estados Unidos. Pero las cosas pueden cambiar muy de prisa: en Nueva York ya han perdido el miedo a hacerlo. La consciencia social y política no avanza siguiendo los grados escolares, sino dando saltos, bajo el ímpetu de los acontecimientos. La propia experiencia de la población hará que encuentre las palabras apropiadas; la lucha creará las condiciones para la emergencia de nuevos liderazgos, a la altura de las circunstancias. Las banderas enarboladas en las protestas nos hablan de una nación democrática que, al cabo, sólo será fiel a sus promesas en la medida que se enfrente a los poderosos y haga bascular el destino social de Estados Unidos. Entretanto, se alza la voz
rasgada y auténtica de Bruce Springsteen por Renée Good y Alex Pretti. No es exagerado decir que en ella se reconoce lo mejor de la clase trabajadora y el pueblo americano.


Lluís Rabell
30/01/2026

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