Liderazgo

              Ni siquiera en sus momentos más sombríos la historia está escrita de antemano. El futuro anda en permanente disputa. Es cierto: a un ritmo vertiginoso, a golpe de brutales decisiones e incesantes amenazas, Trump parece dominar la escena mundial sin que nadie se atreva a detenerle. La saturación mediática de cuanto emite la Casa Blanca, algunas exhibiciones de poderío militar – como en Venezuela – o la pronta imposición de aranceles a los países que contestan sus ambiciones sobre Groenlandia, contribuyen a generar una atmósfera de fatalismo. Decididamente, el siglo pertenecería a los depredadores. En concreto, Europa habría perdido el tren de la historia. Sus naciones, mecidas hasta ahora en la ilusión de permanecer al abrigo de las tempestades que se ciernen sobre el mundo, estarían condenadas a la irrelevancia o el vasallaje, amenazadas desde el Este por Rusia y desestabilizadas desde dentro por una extrema derecha que comparte con Trump sus obsesiones reaccionarias. A imagen de la deriva autoritaria que, a marchas forzadas, el presidente narcisista imprime a Estados Unidos, el declive de las democracias liberales sería imparable.

              Desde luego, ese inquietante escenario está inscrito en el curso actual de los acontecimientos. Pero sólo como una posibilidad, no como un inamovible desenlace. La amenaza es muy real, corresponde a poderosas tendencias que brotan de las propias entrañas del capitalismo en un momento crítico de reconfiguración de su semblante, de relevo de sus élites dirigentes… y también de agudización de las contradicciones que lo atenazan. Tras la aparente fortaleza de Trump – y sin menoscabo de sus temibles zarpazos -, late en realidad una profunda debilidad sistémica. La reedición de la doctrina Monroe, con la toma de control de Venezuela como solemne declaración, constituye ante todo una maniobra defensiva. No sólo se trata de hacerse con la explotación del petróleo y de los ricos recursos naturales del país para mayor provecho de las grandes corporaciones americanas. Se trata de apartar a China de la escena latinoamericana, cerrándole el acceso a esas materias primas. Pero, aún más, se trata de preservar el papel del dólar en el comercio mundial. La capacidad de Estados Unidos de sufragar su astronómico gasto militar y un endeudamiento que crece un año tras otro reside en la credibilidad del dólar como moneda de intercambio comercial y en la atracción de los bonos americanos como valor refugio e inversión. Así han funcionado las cosas desde el fin de la paridad del dólar con el oro, a principios de la década de los setenta. El mundo ha financiado el déficit americano. El hecho de que determinados países busquen salir de ese circuito, cifrando sus transacciones en yuanes u otras monedas, representa en última instancia una amenaza existencial para el poderío económico de Estados Unidos. En el Caribe, Trump ha disipado esa amenaza a cañonazos. Esa demostración de fuerza armada tiene, sin embargo, mucho de confesión de debilidad intrínseca y de temor. Y un imperio que intuye su declive deviene peligroso y redobla en agresividad. En eso estamos.

              El rumbo de la presidencia americana está indiscutiblemente marcado por las ambiciones y la cosmovisión de la reducida élite tecnológica de Silicon Valley. Esos gurús han decretado la incompatibilidad entre libertad y democracia. Odian a la Europa que pretende introducir regulaciones a sus productos, sueñan con un mundo sin más reglas que los designios de quienes han sido llamados a dirigir una humanidad sin alma, ni capacidad para decidir su futuro. Las pulsiones de esa reciente mutación del capitalismo, incubada durante décadas de neoliberalismo y eclosionada en la crisis de la globalización, son las que confieren su ímpetu regresivo a las políticas de Trump. Pero, una vez más, esas pulsiones, en su voluntad de derribar cualquier constricción, son reveladoras de una debilidad orgánica. En manos de esos nuevos señores feudales, las más deslumbrantes innovaciones tecnológicas – repletas de inmensas posibilidades de progreso humano – ponen de manifiesto la senectud de un sistema que, convertido en obstáculo mayor al desarrollo de las fuerzas productivas, transforma esos potenciales avances en otras tantas amenazas para la humanidad.

El caso de la Inteligencia Artificial es buena prueba de ello. Las inversiones en IA movilizan sumas ingentes y constituyen el factor más dinámico de unos hipertrofiados mercados financieros. Sin embargo, no resulta nada evidente que semejante apuesta vaya a corresponderse con las ganancias en productividad que, previsiblemente, conllevaría la incorporación de la IA en los distintos sectores de la economía productiva o del conocimiento aplicado. A lo largo del siglo XX, tanto en Estados Unidos como en Europa, el incremento de la productividad ha estado relacionado con el esfuerzo inversor en educación. Fue esa formación, esa capacitación de millones de seres humanos, el factor que propició – mucho más que cualquier avance técnico en sí mismo – las décadas de mayor crecimiento económico y prosperidad. Por el contrario, el período neoliberal, con su constante erosión del Estado del Bienestar, ha representado una notable caída de la productividad, en relación con los años precedentes, en el seno de las economías más avanzadas. El crecimiento hipertrófico de las finanzas, que ya llevó la economía mundial a una recesión de sangrantes impactos sociales, es la pesada herencia de esa etapa. Pues bien, galopando sobre ese inestable universo de apuestas cruzadas hasta el infinito, la sobrevaloración de la IA se asemeja cada vez más a una burbuja especulativa. Tanto más cuanto que el grueso de esa inversión está sustentado por las propias corporaciones tecnológicas, lanzadas a una carrera de incierto desenlace. Una carrera que, de estallar esa burbuja, podría arrastrar a entidades financieras y ahorradores, hoy encandilados por unas expectativas que muy bien podrían no cumplirse. De algún modo, el carácter sincopado y la constante huida hacia delante de las políticas de Trump se corresponden con los movimientos sísmicos de ese capitalismo nihilista.

Tomar conciencia de esos entresijos debería hacernos ver que hay un camino alternativo. Y que hay fuerzas, sociales y políticas, capaces de emprenderlo. El intento de la Casa Blanca de sembrar el terror entre la población inmigrada – y la ciudadanía en su conjunto – mediante el despliegue de una fuerza parapolicial, más parecida a unas escuadras fascistoides que a otra cosa, está despertando una inusitada reacción democrática en las ciudades. Nueva York está hoy gobernada por un alcalde socialista que empieza a implementar sus primeras medidas redistributivas entre los más desfavorecidos. El destino de la democracia americana no está, ni mucho menos, decidido. Pero quizá sea en Europa donde va a desarrollarse el forcejeo decisivo, que puede hacer bascular la situación mundial en un sentido u otro. Es cierto que la UE se ha mostrado tibia y ha intentado apaciguar a Trump, temerosa de perder la protección del paraguas americano, a cuya sombra ha dormitado durante tantos años. Sin embargo, la realidad acaba imponiéndose. Trump quiere Groenlandia… y quiere ante todo dinamitar el proyecto de integración europea. Y es que ese proyecto, de avanzar, sólo puede hacerlo armonizando políticas fiscales, regulando mercados y buscando estabilidad social a través de Estados del Bienestar sostenibles, dando preeminencia a la deliberación democrática, con esfuerzos mancomunados cada vez más estrechos… Como tendencia histórica, la construcción europea no puede sino teñirse de un federalismo superador de las viejas estrecheces nacionales y no puede sino teñirse de socialdemocracia. Todo cuanto detesta Trump. Y no sólo por pura aversión ideológica. Una Europa democrática unida representaría un potencial económico y un referente político que la convertirían en un actor insoslayable de la arena internacional, capaz de pesar decisivamente sobre el curso de los acontecimientos.

Nada sería tan imprudente como no tomarse en serio las amenazas de Trump. Pero nada sería tan insensato como amilanarse ante ellas. Si Europa se organiza, si encuentra el modo de acelerar su integración, si hace valer realmente los principios de derecho y justicia que proclama – y que, ¡ay!, ante tragedias como la de Gaza no ha sabido defender -, si sabe sobreponerse y mira la realidad cara a cara… no estará sola, encontrará aliados, empezando por la propia sociedad americana. El histrionismo militar de Trump no debe nublarnos la vista. Hay carcoma sistémica tras esa fachada intimidatoria. Ahora, la cuestión decisiva para que Europa responda al desafío planteado reside en su liderazgo; un liderazgo firme, que urge forjar y que será sin duda compartido, pero en cuya conformación la izquierda tendrá una enorme responsabilidad. 

Lluís Rabell

(18/01/2026)

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