Al alba de la derrota

            Los acontecimientos se precipitan a un ritmo vertiginoso. A falta de suficiente distancia, de perspectiva que nos permita dimensionar adecuadamente los hechos, todo análisis – y a fortiori, todo vaticinio – resulta azaroso. Sin embargo, todo lleva a pensar que en medio de las ruinas de Gaza está a punto de sellarse una derrota histórica. Una derrota cuya onda expansiva, propagándose desde el Próximo Oriente, alcanzará a las democracias occidentales y situará a la izquierda europea ante un dilema existencial que no podrá soslayar: refundar su horizonte estratégico, su programa, sus métodos, para afrontar una nueva era de violentas disputas por las materias primas, de guerras por procuración, de reconfiguración de un capitalismo decididamente hostil a la democracia… o bien sucumbir a la oleada reaccionaria.

            Palestina se desangra ante los ojos del mundo. La población de Gaza no sólo está extenuada: ha sido llevada a un nivel de sufrimiento que rebasa toda capacidad de resistencia humana. En tales condiciones, aceptar el plan de Trump – de hecho, cualquier plan que suponga detener los bombardeos del ejército israelí y permita la llegada de suministros – no es una opción, sino un imperativo.

Pero ese mismo hecho no hace sino certificar la profundidad de la derrota. Una derrota, en primer lugar, de Palestina: tras un genocidio que aún no se detiene, parece difícil evitar una segunda Nakba que empequeñezca a ojos de la Historia la tragedia de 1948. Derrota de la ya muy debilitada izquierda israelí: la matanza del 7-O, perpetrada por Hamás, se cebó con especial crueldad en los kibutz progresistas, que se esforzaban por tejer vínculos cooperativos con la población trabajadora palestina. El miedo cerval desatado en la sociedad israelí por aquella masacre, reviviendo los peores fantasmas del pasado, no podía sino confortar a la extrema derecha mesiánica y acabar de hundir a la opinión pública en una paranoia negacionista de la realidad. Israel no sale del bucle del 7-O y Gaza agoniza bajo las bombas.

Pero, sin duda, la derrota más definitiva sea la que ha encajado Naciones Unidas. Cierto, Israel ha ignorado desde siempre las resoluciones y mandatos de la ONU. Y esta organización, encorsetada en el veto de las grandes potencias, ha sido incapaz de contener no pocas tragedias que han azotado África y Oriente. Pero, jamás como hasta ahora, había sido objeto de una voluntad tan claramente destructiva de la organización como la que encarna la administración norteamericana. Con su plan, Trump no sólo excluye a la ONU, sino que proclama que sus principios fundacionales y el orden de postguerra sobre los que se sustentaba han dejado de existir. Su destino, da entender el megalómano de la Casa Blanca, no será otro que el de su antecesora, la efímera Sociedad de Naciones. Se abre paso la era de un nuevo orden imperial, emancipado del Derecho y basado en la fuerza.

Es inútil detenerse sobre las distintas etapas previstas en el plan de Trump. Un artefacto bajo su presidencia – con la servicial cooperación de Tony Blair, lacayo narcisista donde los haya – no puede ser sino una suerte de protectorado americano, tanto si se apoya en un despliegue de marines como si recurre a un ejército de “contratistas” para tutelar a una nueva policía palestina. Todo cuanto hoy prometa Trump, referido al futuro de la población de Gaza es papel mojado. Una vez asentado sobre el terreno, hará cuanto le convenga y cuanto convenga a Israel, su aliado estratégico en la región. Si sólo entrasen en línea de cuentas las garantías acerca de un futuro Estado palestino – o, simplemente, la fiabilidad que inspira la palabra de los promotores, occidentales o árabes, del plan -, este merecería un indignado repudio. Por desgracia, Palestina no está en condiciones de rechazar nada. Eso no obsta – ¡muy al contrario! – para que miremos la realidad cara a cara y llamemos a las cosas por su nombre. Una “solución”, avanzada en medio del horror y bajo la amenaza de desatar un infierno definitivo, es una imposición criminal. Como un auténtico gánster planetario, Trump hace a Palestina “una oferta que no podrá rechazar”.

Pero es a la izquierda a quien corresponde emprender sin tardar una reflexión de fondo. Gaza nos ha puesto ante el espejo del siglo. Y la imagen que nos devuelve es turbadora. Europa, la gran apuesta de la izquierda, incapaz de levantar la voz ante lo insoportable y mover un solo dedo para detener a Netanyahu, ha sufrido una espantosa derrota moral, que mina ante el mundo entero la credibilidad de los valores humanistas y democráticos de los que se dice portadora. En muchos casos, el tardío reconocimiento del Estado Palestino se asemeja más a un intento de darse buena conciencia, ocultando la omisión del deber de actuar. Diversos son los factores que han empujado a los Estados de la UE a renunciar a cualquier medida seria de presión sobre Israel: desde el miedo a enfurecer a Trump – pensando que los halagos y los gestos de vasallaje hacia la Casa Blanca amansarán sus apetitos arancelarios – hasta los más mezquinos intereses mercantiles, frente a los que los cadáveres que se amontonaban en Gaza no presaban lo suficiente. Sin olvidar la situación particular de Alemania, encadenada al recuerdo del Holocausto.

Desde luego, el carácter confederal que aún reviste la UE, con sus reglas de unanimidad y la rigidez de sus instituciones, no ha favorecido en absoluto debates de fondo, ni la adopción de medidas enérgicas. Es éste un dato mayor del que debe tomar nota la izquierda: la tragedia de Gaza nos proyecta hacia un tiempo que exigirá audacia y aceleración de los ritmos en la federalización de Europa.

He aquí la cuestión crucial: la toma de conciencia de que no habrá vuelta atrás. Esto no es un paréntesis de locura tras el cual las aguas volverán a su cauce. Ni en la esfera de las relaciones internacionales, ni en el seno de nuestras democracias. No es posible recuperar el orden anterior de las cosas. De su agotamiento ha surgido precisamente el nuevo escenario mundial. Thomas Piketty dice, por ejemplo, que Europa debe abandonar sin tardanza la religión del librecambismo y adoptar su propia política arancelaria, so pena de una devastación de su industria. El mantenimiento del Estado del Bienestar, de cuyo deterioro se nutre el ascenso de la extrema derecha, será imposible sin adoptar unas políticas tributarias hacia los grandes patrimonios y sin una intervención de los mercados por parte de los poderes públicos que hoy suenan todavía a sacrilegio. La crisis económica y social que está gestándose modificará bruscamente los límites de lo posible y de lo razonable. 

Las movilizaciones en solidaridad con Gaza que han abarrotado las calles de las grandes ciudades europeas demuestran que hay un caudal de energía social disponible. En su seno están los elementos y el germen de una recomposición de fuerzas susceptible de enfrentarse a la deriva autoritaria. Pero esas energías se disiparán o derivarán en frustración si no hay una formación política capaz de proyectar un horizonte de esperanza, un nuevo y ambicioso pacto social de progreso, que forje el ethos democrático de nuestras sociedades multirraciales y responda a los desafíos ecológico-civilizatorios del siglo. 

Reconozcámoslo: el incendio de Gaza ha proyectado una luz cruda sobre las miserias del campo progresista. ¿Es necesario pasar en revista los posicionamientos del SPD alemán o la torpeza del grupo dirigente del Labour? El PSOE y el PD italiano han salvado el honor de la izquierda tradicional europea. Pero eso no es ahora lo más importante. La advertencia que viene de Gaza se dirige a todos. Es inútil aferrarse a lo sabido, rebuscar en las recetas de ayer. Entramos en una época brutal… necesitada de revoluciones que frenen la barbarie, como diría Walter Benjamin.

Hoy por hoy, la suerte de Gaza está echada. Eso no hace menos necesario, sino todo lo contrario, permanecer a su lado. Pero no nos engañemos: la solidaridad va a moverse en los meandros del incierto plan de Trump ante el que todo el mundo, de buena o mala gana, se ve obligado a inclinar la cabeza. Nos han infringido una derrota. Pero no es hora de lamerse las heridas, ni aún menos de relativizar las cuestiones que nos interpelan. Es hora de aprender, de sacar conclusiones para encarar el período histórico que comienza. Así de duro será.

Lluís Rabell

5/10/2025

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