
“Vivimos una época de transición: el siglo XX ha terminado; tuvimos una muestra del nuevo con el 11 de septiembre, varias guerras que devastaron el mundo árabe, una crisis financiera global, los atentados en Europa. (…) Frente a nuevos escenarios desconocidos, sólo disponemos de un vocabulario antiguo, herencia del siglo terminado. Sus palabras están desgastadas, pero aún no hemos forjado otras. (…) Todo el debate en torno al fascismo se inscribe en esta situación transitoria. Sabemos que el siglo XXI no será una era de felicidad, pero, a diferencia de nuestros antepasados, nos cuesta definir un proyecto para el futuro. Intentamos conjurar lo peor, defender las conquistas del pasado, preservar una democracia que día tras día se vacía un poco más de su sustancia. Y sin embargo, sabemos que la olla hierve y que la tapa va a saltar. Habrá grandes cambios; hay que prepararse para ellos. Las palabras vendrán solas.” Así concluía el historiador Enzo Traverso una extensa entrevista realizada hace ya algunos años – antes de la pandemia, de la guerra de Ucrania, del martirio de Gaza y la reelección de Trump, acontecimientos que, lejos de cuestionar el análisis del docente y ensayista italiano, confirman su pertinencia. (“Las nuevas caras de la derecha”. Ed. Siglo Veintiuno).
En política es fundamental conceptualizar bien. Y no por puntillismo académico, sino por necesidad vital. La política no es una disciplina contemplativa. Definir con precisión un fenómeno, desentrañar su lógica interna y su especificidad determinan la acción que habrá que emprender frente a él. Hoy, el ascenso de las formaciones de extrema derecha, confortadas por el nuevo inquilino de la Casa Blanca, vuelve a plantear con inusitada viveza el debate sobre el fascismo. Un debate que llevaba ya algún tiempo abierto. ¿Representan acaso Trump, Marine Le Pen, Viktor Orban, Georgia Meloni… un proyecto fascista? Desde luego, no les faltan rasgos, comportamientos, ni filiaciones ideológicas que inciten a pensarlo. ¿Cómo olvidar el asalto al Capitolio de los partidarios armados de Trump, tratando de revocar por la fuerza el veredicto de las urnas? No obstante – y sin menoscabo de la amenaza que se cierne sobre la democracia-, en la comprensión de las diferencias que separan la actual deriva autoritaria del devenir de los Estados surgidos entre las dos guerras mundiales del siglo XX radica la clave de una política socialista.
Enzo Traverso prefiere hablar de “posfascismo”: la irrupción de Trump nos ubica, como diría Enric Juliana, en una suerte de “Weimar Global”. En medio de una situación mundial volátil, violenta e incierta, la desestabilización de las instituciones, el ataque a la separación de poderes, la brutalización de la política y la erosión de los derechos que se producen en muchos países… apuntan a unas formas de gobierno que el politólogo americano Olivier Burtin designa como “democracias iliberales o regímenes autoritarios competitivos”. “Una democracia iliberal – precisa – se presta al juego de las elecciones, al tiempo que va reduciendo las libertades e impone un modo de control sobre la sociedad”.
Diferenciar entre trumpismo y fascismo es fundamental para identificar correctamente el momento que vivimos. La principal distinción tiene que ver con las etapas del capitalismo en que apareció cada uno de estos fenómenos. “El fascismo surgió en una época de intervencionismo masivo del Estado en la economía – señala Traverso -, un rasgo compartido, bajo formas diferentes, tanto por la Unión Soviética y los países fascistas como por las democracias occidentales (en primer lugar, el New Deal de Roosvelt). Era hijo del capitalismo fordista, la producción en serie y la cultura de masas. Trump aparece en la época del neoliberalismo, la era del capitalismo financiero, el individualismo competitivo y la precariedad endémica”.
Por su parte, el historiador y sociólogo Marc Lazar recuerda que el fascismo “tomó la forma de una contestación de las dos grandes ideologías dominantes en las primeras décadas del siglo XX: por un lado, el liberalismo, y por otro, el gran movimiento obrero con sus variantes socialista y comunista”. Llegado al poder, “el régimen fascista instaura un partido único y una dictadura, manifestando la ambición de engendrar una nueva humanidad a través de un encuadramiento completo de la sociedad. (…) El fascismo mezcla aspectos conservadores y revolucionarios, en la medida que pretende trastocar el modo tradicional de comportamiento”. (“Le Monde”, 3/05/2025)
En ese mismo sentido, Traverso subraya el papel fundamental de la utopía, su fuerza motivadora o su desesperante ausencia, como rasgo diferenciador. “El fascismo competía con el comunismo, porque ambos se presentaban como una alternativa a la crisis del capitalismo y también a la de la Europa liberal que era su expresión política. (…) Hoy, sin embargo, el contexto es completamente diferente: ya no hay ‘horizonte de expectativa’ , parafraseando al historiador alemán Reinhart Koselleck.” Las derechas radicales no son capaces de proponer una nueva utopía. Su discurso constituye antes bien un pobre remedo, el sucedáneo de una ambición de futuro. Su programa propone una vuelta atrás: “Las derechas extremas rechazan la globalización para restablecer fronteras nacionales cerradas, con una concepción estrecha, mezquina, de la soberanía nacional, (…), la vuelta al proteccionismo y la exclusión de los inmigrantes”. En otras palabras, se trata de un movimiento que orienta la rabia de los perdedores de la globalización neoliberal, de la clase obrera atomizada y precarizada, así como la desazón de unas clases medias que toda la evolución del capitalismo aboca al declive, hacia la ensoñación del retorno a un pasado idealizado. Make America Great Again.
Pero eso sólo ha sido posible porque las grandes utopías de emancipación que enarbolaban las izquierdas se hundieron con el siglo XX, y ningún nuevo “horizonte de expectativa” ha venido a reemplazarlas. Traverso sitúa en esa dramática ausencia una de las causas principales del fracaso de las revoluciones árabes, que sabían con lo que pretendían terminar, pero ignoraban a dónde querían ir. Culturalmente, “hay una sincronía asombrosa entre el advenimiento del posfordismo en la década de 1980 y el auge en las ciencias humanas del posmodernismo, que postula precisamente el final de los ‘grandes relatos’ emancipadores”. Muchos factores se dieron cita en el último tramo del Siglo de Octubre: el colapso de la URSS, en medio del descrédito de su régimen burocrático; la desagregación de los grandes bastiones industriales de las viejas metrópolis, bajo el ímpetu de una deslocalización que desplazó hacia China el peso de la producción fabril del mundo; la derrota ideológica de la izquierda ante la ofensiva neoliberal, proclamando el final de la Historia… “La clase obrera ya no se identifica con la izquierda”, señala con amargura el pensador italiano. “La Liga del Norte italiana se convirtió en el primer partido obrero en las regiones más industrializadas del país. El final del comunismo rompió un tabú y en lo sucesivo los movimientos posfascistas reivindican el estatus de defensores de los intereses de las clases populares, incluida la clase obrera. Desde luego, se trata de una visión muy particular de la clase obrera: en el norte de Francia, en torno al Frente Nacional, la clase obrera es ‘francesa’. El FN sabe mezclar un discurso antiliberal y contra la austeridad con el etnocentrismo y la xenofobia”.
¿Sería, pues, inexorable el triunfo de esos movimientos reaccionarios? ¿Estamos condenados a sucumbir ante el futuro sombrío que dibujan? “El problema es que no nacerá una nueva utopía gracias al genio de una mente visionaria: hacen falta además fuerzas sociales que hagan suyas esas ideas”. Esas fuerzas están ahí, a pesar de la confusión reinante. La lucha de clases no conoce interrupciones. Bajo los movimientos populistas palpitan contradicciones que acabarán superándolos. Tarde o temprano, de los fracasos de sus recetas estériles, acaso de los sufrimientos que sus aventuras imponen a los pueblos, surgirán vastas reacciones sociales. Nada sería más irresponsable por parte de la izquierda, sin embargo, que esperar pasivamente el advenimiento de un giro de los acontecimientos que la llevase de nuevo a la cresta de la ola. “La revolución, decía Trotsky, es un momento de inspiración de la Historia”. Pues bien, si la inspiración nos visita un día, mejor será que nos encuentre trabajando: trabajando por mejorar las condiciones de vida de la mayoría social, trazando un camino de progreso y solidaridad que mire hacia una Europa federal y abierta al mundo… Si la izquierda cumple con su deber, llegado el momento, las palabras – las palabras que enunciarán un nuevo devenir de la civilización – vendrán solas.
Lluís Rabell
(11/05/2025)