Hacia los Estados Unidos de Europa

            La percepción es ya ampliamente compartida: vivimos una brusca aceleración de los tiempos. En medio de la sacudida provocada por el giro de la política americana, la “demanda de Europa” a que se refiere Thomas Piketty, nunca ha sido tan grande. Y esta vez viene de abajo. Manifestaciones multitudinarias en Roma, en Belgrado, en Budapest… Crece el sentimiento de que la hora es grave, de que todo cuanto representa Europa en materia de libertades, de derechos humanos, de conquistas sociales, está hoy en peligro.

            Presente en la Piazza del PopoloJaume Collboni, alcalde de Barcelona, se refería a las dos amenazas que se ciernen sobre Europa en estos momentos: la amenaza militar en el Este y la amenaza de las desigualdades sociales, empezando por el difícil acceso a una vivienda digna, en el seno de nuestras sociedades. Sobre el malestar y la desazón que tales injusticias provocan en las clases medias y trabajadoras cabalga la extrema derecha, minando la credibilidad de las instituciones democráticas y de la propia construcción europea.

            ¡Bienvenido sea el debate suscitado por la iniciativa de rearme propuesta por Ursula von der Leyen! El sentimiento de urgencia está haciendo saltar algunos pertinaces tabús sobre el gasto público, como ocurre en Alemania, donde el futuro canciller Friedrich Merz está dispuesto a modificar la constitución para dar un salto adelante en cuanto a gastos de defensa se refiere. Pero el problema no es el incremento de los presupuestos militares en sí mismo, sino a qué se dedica dicho esfuerzo, cómo se pone en funcionamiento y bajo qué estructuras operativas. Al margen de un esfuerzo mancomunado a nivel europeo y de una agregación de los recursos industriales que permitiesen practicar economías de escala y generar conocimiento aplicable a otros campos, el dispendio y la ineficiencia estarían servidos – cuando no el aumento de la dependencia respecto a los proveedores norteamericanos, en una tesitura en que se trata justamente de alcanzar la autonomía defensiva de la UE.

            En cualquier caso, el incremento del gasto en defensa no puede hacerse en detrimento de la inversión social y de la transición ecológica. Porque lo que se trata de defender es precisamente esa Europa social, cuyo desarrollo pide a gritos grandes inversiones comunitarias. Si el rigor fiscal deja de regir por cuanto se refiere al gasto militar, los presupuestos sociales no pueden tener un trato distinto. Europa es capaz – nos dice Piketty – de afrontar ambos retos al mismo tiempo. Europa debe movilizar sus ingentes ahorros. Y a la hora de luchar en favor de Ucrania, la incautación de los activos rusos en el continente deviene una medida tan insoslayable como significativa de los tiempos que se avecinan: la defensa de la democracia requerirá audaces incursiones en territorios que hasta ahora parecían vedados. Es más: será imposible defender las conquistas y el bienestar alcanzados sin ir mucho más lejos y más rápido en la unificación de Europa, en su desarrollo federal. “¡Estados Unidos de Europa!”, se escuchaba ya en Roma. Esa es, en efecto, nuestra cita con la Historia.

            La controversia se ha iniciado en las filas de una izquierda que debería saber unir sus fuerzas para liderar ese combate. El escritor italiano Antonio Scurati, autor de un monumental trabajo sobre la figura de Mussolini, escribía hace unos días en las páginas de “La Repubblica”“El pacifismo constituyó una revolución cultural. Conviene meditarlo, respetarlo, pero nunca podrá ser una plataforma política. Por todas esas razones, adquirido definitivamente el rechazo de toda guerra agresiva, nacionalista e imperialista, el inminente 80 aniversario de la liberación del nazi-fascismo debería suponer un momento crucial para que Europa recuperase su espíritu combativo y, con él, el sentido de la lucha. Aquella fue la última ocasión en la cual nosotros, europeos occidentales, fuimos guerreros. La resistencia antifascista nos recuerda por qué hemos repudiado la guerra, pero nos enseña también las razones para prepararnos, si es necesario, a librarla.”

            Lluís Rabell

            (16/03/2025)

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Recuperar la confianza en Europa

       Ante la ofensiva trumpista, es urgente que Europa recupere la confianza en sí misma y proponga a sus ciudadanos y al mundo otro modelo de desarrollo. Para lograrlo, hay que empezar a salir del auto-escarnio permanente en el que, con demasiada frecuencia, incurre el debate público en nuestro continente. Según el discurso vigente en numerosos círculos dirigentes, Europa viviría por encima de sus medios y debería apretarse el cinturón. La última versión de este relato nos dice que deberíamos recortar nuestros gastos sociales a fin de concentrarnos en una única prioridad: la persecución a la carrera de Donald Trump y Vladimir Putin en materia de gastos militares.

            El problema es que todo es falso en ese diagnóstico. En el plano económico, la realidad es que Europa dispone de recursos suficientes – si ello resultase útil – para perseguir diferentes objetivos al mismo tiempo. En particular, Europa obtiene desde hace años sólidos excedentes en su balanza de pagos, mientras que Estados Unidos acumula un enorme déficit. Dicho de otro modo: son los Estados Unidos quienes gastan en su territorio más de lo que producen, mientras que en Europa ocurre exactamente lo contrario y acumula su ahorro en el resto del mundo (y muy especialmente en Estados Unidos).

            A lo largo de los últimos quince años, el excedente anual medio alcanza el 2% del producto interior bruto (PIB) en Europa, algo nunca visto desde hace un siglo. Es un fenómeno que se observa tanto en el Sur de Europa como en Alemania o en los países nórdicos, con niveles que superan el 5% del PIB en algunos casos. Por el contrario, en Estados Unidos, desde 2010, han ido acumulándose déficits cuya media es el del orden del 4% del PIB. Francia se encuentra a medio camino, con una balanza de pagos casi en equilibrio (con un déficit inferior al 1% del PIB). Lo cierto es que Europa dispone de cimientos económicos y financieros más sanos que Estados Unidos – tan saludables que el verdadero peligro que desde hace tiempo nos amenaza es que no gastamos lo suficiente. En lugar de una cura de austeridad, lo que Europa necesita sobre todo es una cura de inversiones si quiere evitar una lenta agonía, como lo ha diagnosticado acertadamente el informe Draghi.

Ningún marco democrático

            Pero debe hacerlo a su modo, a la europea, privilegiando el bienestar humano y el desarrollo sostenible, y concentrándose en las infraestructuras colectivas (formación, sanidad, transportes, energía, clima). Europa ha superado ya a Estados Unidos en materia de salud, con una diferencia en cuanto a esperanza de vida que no cesa de agrandarse en beneficio de la ciudadanía europea (80’6 años de media en la UE frente a 77’4 en Estados Unidos, según datos de 2022). Y todo ello con un gasto sanitario que apenas llega al 10% del PIB en el continente, mientras que en Estados Unidos se aproxima al 18%, lo que demuestra la ineficiencia del sector privado y los sobrecostes que genera, por mucho que resulte desagradable a oídos de Elon Musk y sus brigadas.

            Europa debe seguir apoyando a sus sanitarios para que prosigan por ese camino. Tiene también los medios para superar definitivamente a Estados Unidos por cuanto se refiere a transportes, cuidado del clima, formación y productividad, por poco que lleva a cabo las inversiones públicas necesarias.

            Si se torna indispensable, Europa puede igualmente incrementar sus gastos militares. Conviene aportar sin embargo la prueba de que ese esfuerzo es necesario. Consagrar miles de millones de euros a los ejércitos resulta una manera fácil de demostrar que se está haciendo algo frente a la amenaza rusa, pero nada indica que sea el modo más eficaz. Los presupuestos europeos acumulados superan ya ampliamente el presupuesto ruso. La clave consiste en gastar esas sumas conjuntamente, y sobre todo en levantar estructuras operativas que permitan tomar decisiones colectivas para proteger eficazmente el territorio ucraniano.

            Para financiar la reconstrucción del país, ya es hora de que Europa embargue no sólo los activos públicos rusos (300.000 millones de euros, de los cuales 210.000 millones en Europa), sino también los activos privados, cuya estimación se eleva a cerca de un billón de euros, cuyo grueso se halla igualmente en Europa y de los cuales apenas unas migajas han sido incautadas. Eso exigiría poner en pie un auténtico catastro financiero europeo que permitiese registrar qué es lo que cada cual posee realmente en nuestro continente, herramienta igualmente indispensable para luchar contra la gran delincuencia e impulsar una política de justicia social y fiscal.

            Y he aquí la cuestión esencial. ¿Por qué Europa, que desborda de ahorro y constituye de facto la primera potencia económica y financiera del planeta, no invierte mucho más? Una explicación clásica se refiere a la demografía: ante la curva de envejecimiento, los países europeos se preparan para la jubilación acumulando toneladas de ahorro en todas partes del mundo. Sin embargo, sería mucho más útil gastar esas sumas de dinero en Europa para permitir a las jóvenes generaciones proyectarse hacia el futuro.

            Otra explicación es el nacionalismo: cada país europeo teme que su vecino vaya a dilapidar el fruto de su trabajo y prefiere poner el dinero a buen recaudo. La globalización comercial y financiera ha alimentado una profunda inquietud – en Suecia tras la crisis bancaria de 1992 o en Alemania durante la crisis que siguió a la reunificación del país, a lo largo de 1998 y 1999 -, engendrando en toda Europa un movimiento de repliegue hacia el ahorro y un sentimiento de “cada uno a lo suyo” que se agravaron con la crisis de 2008.

            Pero el principal factor es de orden político e institucional. No existe ningún marco democrático donde la ciudadanía europea pueda decidir colectivamente la mejor manera de utilizar la riqueza que produce. Hoy por hoy, tales decisiones están de facto en manos de algunas grandes corporaciones y de una reducida capa social de directores de empresas y de accionistas. La solución puede revestir distintas formas, como la de una Unión Parlamentaria europea que se apoyase en un núcleo duro de países. Lo cierto es que la demanda de Europa nunca ha sido tan fuerte como ahora, y que los dirigentes deben responder a ella con audacia e imaginación, dejando atrás caminos trillados y falsas certezas.

            Thomas Piketty

            (“Le Monde”, 16-17/03/2025)

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