El mito del pueblo deicida

       Llegó el tiempo de Pascua con Tierra Santa en llamas. Ante una comunidad internacional impotente, la ofensiva israelí contra Gaza sigue acumulando horror y sufrimientos indecibles entre la población palestina. Las exacciones y crímenes se suceden también en los territorios ocupados. Consciente de que su supervivencia política depende del mantenimiento de la tensión bélica, Netanyahu aviva nuevos frentes en la frontera con Líbano y en Siria. El círculo infernal parece no tener fin.

            “¿Hay salida de la trampa palestino-israelí?”, se preguntaba hace unos días el filósofo y escritor Yuval Noah Harari (“La Vanguardia”, 23/03/2024). “El conflicto palestino-israelí – reflexionaba el autor de “Sapiens” – está alimentado por el terror mutuo a la destrucción. Cada bando teme que el otro desee matarlo o expulsarlo, y poner fin a su existencia como colectivo nacional. Por desgracia, no son miedos irracionales nacidos de la paranoia, sino miedos razonables basados en recuerdos históricos recientes y en un análisis bastante acertado de las intenciones del otro bando.” En efecto. La Nakba es el trauma fundacional de la conciencia nacional palestina. Y los propios ministros de la actual coalición derechista israelí no se privan de decir que el objetivo final del cruel asedio medieval sobre Gaza no es otro que el de provocar un segundo y definitivo éxodo palestino. Por otra parte, no hay que olvidar que, como señala Noah Harari, la moderna identidad judía e israelí tuvo como matriz el Holocausto. Una identidad cincelada por los avatares de las guerras árabe-israelís. Tras las derrotas militares sufridas, “los países árabes se vengaron destruyendo sus propias comunidades judías indefensas. Unos 800.000 judíos fueron expulsados de sus hogares ancestrales en países como Egipto, Iraq, Siria, Yemen y Libia. Al menos la mitad de los judíos israelíes son descendientes de aquellos refugiados de Oriente Medio.” Un hecho que constituye el substrato social del desplazamiento del laborismo, que hegemonizó la primera etapa del Estado de Israel, en favor de una derecha que se ganó el favor de en unos mizrajim que se sintieron discriminados a su llegada… y que no ha dejado de radicalizarse. La matanza perpetrada por Hamás el pasado 7 de octubre no podía sino reavivar el temor secular al exterminio, favoreciendo el discurso de los extremistas que proclaman que no habrá salvación sin la aniquilación del adversario.

            Desde luego, no será fácil desescalar – y aún menos resolver – un conflicto donde se ha acumulado tanto dolor y resentimiento mutuo. Pero es evidente que, por razones geopolíticas y también culturales, ese conflicto, no sólo se ha internacionalizado, sino que se ha insertado en la vida de nuestras naciones. Es cierto que el gobierno israelí tilda de “antisemita” cualquier crítica a su política. No es menos cierto, sin embargo, que uno de los efectos colaterales del 7-O y de la guerra de Gaza ha sido el despertar de un antisemitismo siempre latente en nuestras sociedades. La reacción ante el asesinato de civiles indefensos a manos de Hamás fue tibia – cuando no benevolente – por parte de todo un sector de la izquierda, tendiendo a envolver aquellas brutalidades en un “acto de resistencia” e ignorando en cualquier caso lo que aquellos hechos despertaban en la memoria colectiva judía. Del mismo modo, esa izquierda parece obviar que, cuando se grita en las calles querer liberar Palestina “desde el Jordán hasta el mar”… los israelíes entienden que se trata de borrar a Israel de la faz de la tierra. Lo cual no facilita precisamente la aproximación entre quienes, a uno y otro lado, deberán obrar en favor de una paz justa y de una convivencia entre los pueblos.

            Y es que la justa indignación por las matanzas indiscriminadas y la hambruna perpetradas por el gobierno de Netanyahu puede fácilmente deslizarse hacia generalizaciones antisemitas… porque hay un pósito cultural secular, profundamente enraizado en las sociedades europeas y que revive con cada momento crítico de nuestra historia. Un pósito que tiene mucho que ver con el mito que presenta a los judíos como un pueblo deicida, la nación que no sólo no reconoció la divinidad de Jesús, sino que lo llevó a la cruz. Es ése un mito tenaz, insidioso y subterráneo, que alimenta una desconfianza ancestral hacia una comunidad, por naturaleza, sospechosa. Para conocer la génesis de ese mito, resulta muy aleccionador volver a un clásico del socialismo como Karl Kautsky. En su libro “El origen del cristianismo”, Kautsky procede a una lectura crítica de los Evangelios – compuestos muchos años después de los hechos narrados -, poniendo de relieve un relato que, interesado por aquel entonces en establecer una entente con las instituciones romanas, descarga sobre los judíos la responsabilidad del suplicio del Mesías. Ese relato ha moldeado durante siglos la percepción del mundo cristiano, abriendo un abismo de incomprensión y animadversión hacia el judaísmo. El sociólogo ecosocialista quebequés Richard Poulin ha tenido la inspirada iniciativa de recuperar y traducir la obra de Kautsky, de la que reproducimos algunos significativos extractos.

Lluís Rabell

30/03/2024

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La Pasión de Cristo y el antisemitismo cristiano

(Extractos de “El origen del cristianismo”, de Karl Kautsky, Syllepse, 2024)

            (…) Cuando los cristianos gentiles retomaron la tradición de esta muerte en la cruz, se vieron confrontados a una cuestión espinosa: según esa tradición, Jesús, el Mesías judío, el rey de los judíos – es decir, un partidario de la independencia judía -, fue crucificado por los romanos por alta traición perpetrada contra la dominación romana. Tras la caída de Jerusalén, es tradición se volvió doblemente incómoda. El cristianismo había entrado en conflicto con el judaísmo y trataba de establecer buenas relaciones con las autoridades romanas. A partir de aquel momento, se trataba de deformar la tradición a fin de hacer recaer la responsabilidad de la crucifixión de Cristo sobre los judíos, descargando de culpa a los romanos y lavando a Cristo, no sólo de cualquier sospecha de violencia, sino igualmente de cualquier traza de patriotismo judío y de hostilidad hacia Roma. (…) Probablemente, en ninguna otra parte de los Evangelios encontramos tantas contradicciones e incoherencias como en esta parte que, desde hace casi dos mil años, ha causado la mayor impresión en el mundo cristiano y ha estimulado poderosamente su imaginación. Ningún otro motivo ha sido pintado tantas veces como la pasión y la muerte de Cristo. Y sin embargo, ese relato, que acumula los efectos menos artísticos y peor encajados, no resiste el menor examen serio.

            (…) El relato de la pasión comienza con la entrada de Jesús a Jerusalén. Es el cortejo triunfal de un rey. La población va a su encuentro, unos extienden sus ropajes al paso de Jesús, otros arrancan ramas de los árboles para adornar con ellas su camino… Y todos lo aclaman: “¡Hosana!¡Bendito sea el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito sea el Reino venidero, el de David, nuestro padre! ¡Hosana en los cielos!” (Marcos 11, v/9-10). Esa era la forma en que los judíos recibían a los reyes. El pueblo entero estaba con Jesús, sólo la aristocracia y la burguesía, “los grandes sacerdotes y los escribas”, le eran hostiles. Jesús se comportaba como un dictador. Era lo bastante fuerte para expulsar del templo a los mercaderes y a los cambistas de moneda sin hallar la menor resistencia. Reinaba como amo absoluto en esa ciudadela del judaísmo. Por supuesto, todo eso es pura invención de los evangelistas. Si Jesús hubiese tenido algún día semejante poder, ese hecho no habría pasado desapercibido. Un autor como Flavio Josefo, que consignaba los detalles más insignificantes, habría dado cuenta de ello. Los elementos proletarios de Jerusalén, como los zelotes, nunca fueron lo bastante fuertes para gobernar Jerusalén por si solos. Siempre toparon con fuertes resistencias. Si Jesús hubiese querido, contrariamente a los saduceos y a los fariseos, entrar en Jerusalén para purificar el templo, habría tenido que ganar primero un combate en la calle. Esas batallas callejeras entre las distintas tendencias del judaísmo constituían por aquel entonces acontecimientos comunes en Jerusalén. Sin embargo, el relato de su entrada en Jerusalén resulta llamativo, porque Jesús es acogido por la población como el que trae consigo “el Reino de David, nuestro padre”, dicho de otro modo, como el restaurador de la independencia del reino judío. Así pues, Jesús aparece no sólo como un adversario de las clases dominantes del judaísmo, sino también de los romanos. Manifiestamente, aquí no se trata de la imaginación cristiana, sino de la realidad judía.

            (…) Jesús ha sido detenido. Conducido al palacio del sumo sacerdote, allí es juzgado. “Los principales sacrificadores y todo el Sanedrín (El Sanedrín era la asamblea legislativa, así como el tribunal supremo de Israel) buscaban un testimonio contra Jesús para condenarlo a muerte, pero no lograban obtenerlo. Algunos prestaban falsos testimonios, pero no concordaban entre sí. Hubo quien se levantó y prestó falso testimonio diciendo: ‘Le hemos oído proclamar: Yo destruiré este templo levantado por la mano del hombre y, en tres días, erigiré otro que no construirá la mano del hombre’. Pero ni siquiera sobre ese extremo concordaban los testimonios. Entonces el supremo sacerdote, poniéndose en pie, interrogó a Jesús. ‘¿No dices nada? ¿No replicas a lo que esta gente declara contra ti?’ Jesús guardó silencio, siguió sin decir nada. El sumo sacerdote le interrogó de nuevo: ‘¿Eres tu el Cristo, el Hijo de Dios bendito?’ Y Jesús respondió: ‘Lo soy. Y veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del poder de Dios, en las nubes del cielo’. Entonces, el sumo sacerdote se rasgó las vestiduras y dijo: ‘¿Acaso necesitamos más testigos? Ya habéis oído al blasfemo. ¿Qué os parece?’ Todos le condenaron, diciendo que merecía la muerte.” (Marcos,14, v/55-64).

            He aquí un juicio la mar de extraño. El tribunal se reúne inmediatamente después del arresto de Jesús, cuando todavía es de noche. Y no lo hace en la audiencia, situada probablemente en el monte del Templo, sino en el palacio del sumo sacerdote. ¡Imaginad la fiabilidad de un informe acerca de un juicio por alta traición en Alemania que permitiese al tribunal reunirse en el castillo real de Berlín! Toda una serie de falsos testigos comparecen contra Jesús, sin que nadie les haya sometido a un contrainterrogatorio, mientras Jesús permanece en silencio frente a unas acusaciones… que no aportan nada susceptible de incriminarle. Es el propio Jesús quien se incrimina a si mismo al reconocer que es el Mesías. Entonces, ¿a qué viene toda esa comedia de los falsos testimonios, si semejante confesión basta para condenarle? No tiene otra finalidad que la de mostrar la maldad de los judíos. La condena a muerte es pronunciada de inmediato. Lo que constituiría una violación de las formas prescritas a las que el judaísmo de aquella época tenía un especial apego. El tribunal sólo tenía derecho a pronunciar inmediatamente una absolución. Tratándose de una condena, debía esperar al día siguiente. Pero, ¿tenía en esa época el Sanedrín potestad para condenar a alguien a la pena capital? A ese respecto: “Cuarenta años antes de la destrucción del Templo, Israel se vio retirado el derecho de pronunciar sentencias de muerte.” (Talmud) Algo confirmado por el hecho de que, acabado el juicio, el Sanedrín no castiga a Jesús, sino que lo entrega a Poncio Pilato para que sea sometido a otro proceso, bajo la acusación de alta traición contra Roma, puesto que habría pretendido proclamarse rey de los judíos, es decir habría querido liberar Judea del dominio romano. ¡Curiosa acusación proferida por un tribunal de patriotas judíos! No obstante, cabe la posibilidad de que el Sanedrín tuviese efectivamente el derecho de pronunciar penas de muerte, pero que tales sentencias hubiesen de ser ratificadas por el procurador. “Pilatos lo interrogó: ‘¿Eres el rey de los judíos?’ Jesús le respondió: ‘Tu lo has dicho’. Los principales sacerdotes sostenían contra él diversas acusaciones. Pilatos lo interrogó de nuevo: ‘¿No dices nada? Ya ves de cuántas cosas te acusan…’ Jesús siguió sin responder, lo que sorprendió a Pilatos. Con ocasión de cada festividad, tenía por costumbre liberar a un prisionero, el que la multitud le pedía. Estaba en la cárcel un tal Barrabás junto a sus cómplices, arrestados por haber cometido un asesinato en el curso de un acto de sedición. El gentío, que había ido congregándose, empezó a pedir lo que el cónsul tenía por costumbre conceder. Pilatos respondió: ‘¿Queréis que libere al rey de los judíos?’ Pues sabía que los principales sacerdotes se lo habían entregado movidos por la envidia. Pero los jefes de los sacerdotes excitaron a la multitud, a fin de que Pilatos liberase a Barrabás. Pilatos, tomando de nuevo la palabra, les dijo: ‘¿Qué queréis que haga, pues, con aquel que llamáis el rey de los judíos?’ Gritaron de nuevo: ‘¡Crucifícalo!’ Gritaron otra vez: ‘¡Crucifícalo!’ Pilatos les dijo: ‘¿Qué mal ha hecho?’ Y la multitud gritó aún más fuerte. ‘¡Crucifícalo!’ Pilatos, deseoso de satisfacer a la multitud, liberó a Barrabás. Y, tras haber hecho flagelar a Jesús, lo entregó para que fuese crucificado.” (Marcos, 15, v/2-15).

            Según el Evangelio de Mateo (27, v/24-25), Pilatos llegó incluso a lavarse las manos ante la multitud, declarando: “Soy inocente de la sangre de este hombre. Es asunto vuestro.” A lo que el pueblo respondió: “¡Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!” Finalmente, Lucas (23, v/1-5) no dice que el Sanedrín haya condenado a Jesús. Se limita a presentarse ante Pilatos como denunciante. “La asamblea entera se puso en pie y llevó a Jesús ante Pilatos. Y allí empezaron a acusarle: ‘Este hombre ha sembrado el desorden en el seno de nuestra nación. Ha impedido que se pagasen los impuestos que corresponden al emperador y dice que es Cristo, el Rey.’ Pilatos lo interrogó: ‘¿Eres tu el rey de los judíos?’ A lo que Jesús respondió: ‘Tu mismo lo has dicho.’ Pilatos se dirigió a los sacerdotes y a la multitud: ‘No hallo en este hombre motivo alguno para condenarle.’ Pero insistían con fuerza: ‘Subleva al pueblo predicando en toda Judea; tras haber comenzado en Galilea, ha llegado hasta aquí.’”

            Probablemente, Lucas anduvo más cerca de la verdad. Jesús es directamente acusado de alta traición ante Pilatos y, lleno de un orgulloso valor, no niega su culpabilidad. Pilatos le pregunta si es el rey de los judíos; es decir, su jefe en la lucha por la independencia, y Jesús replica: “Tú lo has dicho.” Juan (18, v/36) se percata de hasta qué punto ese vestigio de patriotismo judío resulta embarazoso y pone en boca de Jesús: “Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuese de este mundo, mis servidores hubiesen combatido por mí.” El Evangelio de Juan es el más reciente. Ha transcurrido bastante tiempo para que los autores cristianos se hayan resuelto a maquillar los hechos tal como eran originalmente relatados.

            El asunto era, evidentemente, muy sencillo para Pilatos. Mandando ejecutar al rebelde Jesús, no hacía sino cumplir con su cometido como representante del poder de Roma. Por otra parte, la masa de los judíos no tenía el menor motivo para indignarse por el hecho de que un hombre aborreciese la dominación romana y llamase a no pagar el tributo al emperador. Si eso era realmente lo que había hecho Jesús, concordaba plenamente con el espíritu zelote, a la sazón la corriente dominante entre la población de Jerusalén. Si la acusación invocada en el Evangelio fuese exacta, resultaría que los judíos hubiesen tenido que sentir simpatía por Jesús, mientras que Pilatos hubiese deseado condenarlo. No obstante, ¿qué dicen los Evangelios? A ojos de Pilatos, Jesús no era culpable de nada, incluso después de que éste hubiese confesado su culpabilidad. El gobernador no cesa de afirmar que el acusado es inocente y pregunta qué mal ha hecho. Todo eso resulta muy extraño. Pero hay algo que aún lo es más: aunque Pilatos no alcanza a ver de qué es culpable Jesús, no lo absuelve sin embargo. A veces ocurría que el procurador se encontraba ante un caso demasiado complejo para decidir por si mismo. Pero resulta inverosímil imaginar que un funcionario del emperador romano tratase de resolver sus dudas preguntando a la masa del pueblo lo que convenía hacer con el acusado. Si no podía condenar él mismo a un traidor de esa envergadura, no le quedaba más que una alternativa: debía enviarlo a Roma para que compareciese ante el emperador. Es lo que hizo el procurados Antonio Félix (52-60), quien atrajo a su casa con falsas promesas de libertad y seguridad al líder de los zelotes de Jerusalén, Eliazar, que había dirigido y animado la revuelta durante veinte años. Lo apresó y lo envió a Roma, al tiempo que mandaba crucificar a un gran número de sus partidarios. Pilatos hubiese podido del mismo modo enviar a Jesús a Roma. El papel que Mateos le atribuye es francamente ridículo: he aquí un juez romano, representante del emperador Tiberio, dueño de la vida y de la muerte de sus súbditos, suplicando a una asamblea del pueblo de Jerusalén que le permita absolver al acusado y respondiendo a las vociferaciones de la multitud: “Pues bien, ¡matadlo, yo soy inocente!”

            Semejante papel es absolutamente contradictorio con la personalidad del Pilatos histórico. En una carta a Filón, Agripa I describe a Pilatos como un individuo dotado de “un carácter de una brutalidad inflexible y sin escrúpulos”, y le reprocha “su venalidad, actos de violencia, pillajes, abusos, ultrajes, ejecuciones incesantes sin juicio, crueldades sin fin e insoportables”. Su dureza y su ferocidad crearon unas condiciones tan insoportables que llegaron a irritar al propio gobierno central de Roma, que lo relevó de su puesto (año 36). Los evangelistas eran demasiado ignorantes para ofuscarse por ello, pero hubiesen podido percatarse de que atribuían el más extraño de los comportamientos al gobernador romano. Entonces, buscaron un motivo que lo hiciera más verosímil: contaron que los judíos estaban acostumbrados a que Pilatos liberase a un prisionero por Pascua y que, cuando les propuso liberar a Jesús, respondieron: “¡Preferimos que sea Barrabás, el asesino!”

            Resulta extraño que no conozca la existencia de esa regla más que por los Evangelios. Una norma contradictoria con las instituciones romanas, que no otorgaban el derecho de gracia a los procuradores. Por otra parte, confiar el derecho de gracia, no a una entidad responsable de sus actos, sino a una multitud reunida por azar, entra en contradicción con cualquier organización jurídica estructurada. Sólo los teólogos pueden tomar semejante fabulación jurídica por dinero contante y sonante. (…) Porque, en ese caso, surge otra monstruosidad. Si, supuestamente, los judíos disponían del derecho de gracia, ¿cómo lo ejercieron? ¿Acaso se contentaron con exigir la liberación de Barrabás? ¡No, exigieron además la crucifixión de Jesús! Aparentemente, los evangelistas imaginaron que el derecho de indultar a uno implicaba al mismo tiempo el derecho de condenar al otro. (…) Los evangelistas nos presentan una multitud que odia a Jesús hasta el punto de preferir indultar a un asesino – ese gentío no encontró persona más digna de perdón que un homicida – y que no se calma hasta que logra llevar a Jesús al calvario. Recordemos que se trata de la misma multitud que, apenas el día anterior, le había recibido como a un rey, entonando Hosana, extendiendo ropajes a su paso y aclamándolo de modo unánime, sin que se oyese ninguna voz discrepante. Según los Evangelios, fue precisamente ante tales muestras de fervor popular que no se atrevieron a detener a Jesús en pleno día y esperaron a la caída de la noche para arrestarlo. Y ahora, esa misma multitud se mostraba igualmente unánime en un arrebato de odio contra él – contra un hombre acusado de un crimen que lo hacía digno de la más profunda veneración a ojos de todos los patriotas judíos, acusado de haber querido liberar a la comunidad judía de la dominación extranjera. ¿Qué había ocurrido para provocar un cambio tan sorprendente? Hacían falta motivos muy poderosos para explicar semejante giro. Cuando dic00en algo al respecto, los evangelistas no balbucean mas que frases ridículas. Lucas y Juan no exponen motivo alguno. Marcos dice: “Los grandes sacerdotes sublevaron a la multitud” contra Jesús. Y Mateo: “lograron convencer a las masas”.

            (…) Esas afirmaciones se tornan todavía más estúpidas cuando examinamos las condiciones políticas de aquella época. Contrariamente a casi todos los otros componentes del Imperio Romano, la comunidad judía tenía una vida política intensa, todas las contradicciones sociales y políticas estaban exacerbadas en su seno. Los partidos políticos estaban bien organizados, muy lejos del estado de unas masas inestables. Los zelotes habían conquistado completamente a las clases inferiores de Jerusalén, y se oponían vehementemente y de modo permanente a los saduceos y a los fariseos, al tiempo que odiaban vivamente a los romanos. Sus mejores aliados eran los rebeldes galileos. Incluso si los saduceos y los fariseos hubiesen logrado “sublevar” algunos elementos populares contra Jesús, nunca habrían podido organizar una manifestación unánime. Como mucho, desatar un encarnizado enfrentamiento en la calle. Nada resulta tan grotesco como esa puesta en escena donde una masa de zelotes se precipita gritando, no contra los romanos o los aristócratas, sino contra un rebelde encausado, cuya ejecución logra merced a un clamor fanático que acaba imponiéndose al pusilánime comandante romano, hechizado por el traidor. Nadie concibió jamás una escena tan pueril.

            Después de haber presentado ingeniosamente al perro de caza Pilatos bajo los rasgos de un inocente corderillo y señalado la abyección congénita del judaísmo como la verdadera causa de la crucifixión de un Mesías pacífico e inofensivo, los evangelistas andaban ya cortos de recursos. Su inventiva se seca durante un tiempo, y el antiguo relato reaparece, por lo menos de modo provisional: tras su condena, Jesús es objeto de sarcasmos y malos tratos, pero no por parte de los judíos, no, por parte de los soldados del mismo Pilatos que acababa de declararle inocente. Pilatos no sólo mandó a sus soldados que lo crucificaran, sino que ordenó que antes lo flagelaran y ridiculizaran su pretendida realeza judía: pusieron sobre su cabeza una corona de espinas, le revistieron con un manto púrpura y los soldados se postraron ante él antes de volver a golpearle y escupirle. Finalmente, en la cruz, colgaron la inscripción: “Jesús, rey de los judíos”. Aquí, el carácter original de la catástrofe se torna evidente. Los romanos son los enemigos encarnizados de Jesús. Y la razón de su odio y su desprecio reside en lo que consideran su traición, su aspiración a un reino judío, sus esfuerzos por deshacerse del yugo de la dominación extranjera romana.

            Desgraciadamente, ese destello de simple verdad será fugaz. Jesús ha muerto. Y ahora llega el momento de aportar la prueba, a través de una serie de efectos sensacionales, de que un Dios acaba de morir. “Pero Jesús, lanzando de nuevo un gran grito, entregó su alma. Y he aquí que el telón del Santuario se rasgó en dos, de arriba abajo; la tierra tembló y las rocas se resquebrajaron. Se abrieron los sepulcros; los cuerpos de muchos santos que habían muerto resucitaron y, saliendo de sus tumbas tras la resurrección de Jesús, entraron en la Ciudad Santa y se mostraron a mucha gente.” (Matías, 27, v/50-53).

            Los evangelistas no cuentan lo que los “santos” resucitados hicieron tras su expedición masiva a Jerusalén, si permanecieron allí en vida o si volvieron a acostarse tranquilamente en sus tumbas. En cualquier caso, cabía esperar que tan extraordinario acontecimiento causase una impresión inaudita en quienes lo presenciaran, convenciendo a todo el mundo acerca de la divinidad de Jesús. Pero, una vez más, los judíos permanecieron entestados en su actitud. Y, de nuevo, sólo los romanos se inclinaron ante la divinidad. Ante el temblor de tierra y a la vista de todos esos acontecimientos, el centurión romano y con él los soldados que custodiaban a Jesús, presos de un gran temor, dijeron: “¡Verdaderamente, éste era Hijo de Dios!” (Mateo, 27, v/54).

            (…) Desde el principio hasta el final de este relato, la tendencia al servilismo hacia los romanos y al odio contra los judíos acumula tal colección de absurdos que podríamos suponer que no surtiría el menor efecto en personas capaces de pensar. Y, sin embargo, sabemos que esa historia ha alcanzado plenamente su objetivo. Esa historia, transfigurada por la luz divina, ennoblecida por el martirio del orgulloso confesor de una misión celeste, ha sido a lo largo de los siglos uno de los medios más importantes utilizados para despertar, incluso entre las almas más bondadosas de la cristiandad, el odio y el desprecio hacia un judaísmo que personalmente sólo conocían de lejos y del cual se mantenían a distancia; una herramienta utilizada para decretar que los judíos representan la escoria de la humanidad, una raza naturalmente repleta de la maldad y la obstinación más infames, una raza que era necesario mantener al margen de toda comunidad humana y someter con mano de hierro. Habría sido imposible que esta percepción del judaísmo se impusiera si no se hubiese forjado en una época de odio y de persecución generalizada de los judíos. Nacida de la exclusión del judaísmo, la ha reforzado ampliamente, prolongando su duración y ampliando su radio de acción. Lo que aparece como la historia de la Pasión de Jesucristo no es, fundamentalmente, más que un testimonio acerca del vía crucis del pueblo judío. 

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